martes, junio 02, 2026

La Sagrada Familia

 El viaje eterno de la Sagrada Familia

Todas las hipérboles se quedan cortas ya para el templo de todos los récords ideado por Antoni Gaudí. La Sagrada Familia, que afronta la recta final de sus obras y acogerá el 10 de junio la visita del papa León XIV, es un género en sí misma en la arquitectura universal. ‘El País Semanal’ ha vivido en sus tripas durante una semana.

Qué habría pasado si aquel 7 de junio de 1926, en la Gran Vía de Barcelona entre las calles de Girona y Bailén, Antoni Gaudí hubiera acelerado el paso o si el tranvía hubiera frenado a tiempo? No ocurrió nada de eso y el genio de barba blanca y carácter de rayos (“lo he conseguido todo en la vida menos una cosa: dominar mi mal genio”), que como cada tarde y como buen soldado de Dios se dirigía a expiar pecados a la iglesia de Sant Felip Neri, fue atropellado. Murió tres días más tarde. Tenía 73 años. Barcelona se echó a la calle para despedir sus restos, que fueron enterrados en la cripta de la Sagrada Familia, la basílica imposible que nació de su mente y de sus manos y a la que dedicó 43 años de su vida. Doce de ellos en exclusiva y, los últimos ocho meses, viviendo de forma permanente en el taller que se hizo construir en el templo.

Así que habrá que conformarse con seguir contemplando sus obras. Y por encima de todas ellas, esta mole de cohetes de piedra despegando hacia el cielo incrustada en lo que apenas es una manzana del Eixample. Aunque en su libro Homenaje a Cataluña, George Orwell prefirió hablar de “agujas almenadas en la forma exacta de botellas de vino del Rhin” y “uno de los edificios más horrendos del mundo”.

En efecto, la Sagrada Familia, que ahora enfila la recta final de unas obras que arrancaron hace un siglo y medio, nunca creció demasiado en superficie, así que tuvo que hacerlo hacia arriba. Hacia muy arriba. Con la finalización el pasado 20 de febrero de la torre de Jesucristo y su cruz de cerámica y vidrio de 17 metros de altura y 100 toneladas de peso, el templo cuya obra se inició en 1882 (Gaudí se puso al frente en 1883) y que la Unesco catalogó como patrimonio de la humanidad (como los demás edificios de Gaudí que pueden visitarse en Barcelona y alrededores), alcanzó los 172,5 metros y se convirtió en el más alto del mundo, por delante de la catedral alemana de Ulm. No es el único récord que ostenta. También es el edificio más alto de Barcelona, el monumento más visitado de España (4,8 millones de entradas vendidas en 2025) y la segunda iglesia más visitada del mundo, solo por detrás de San Pedro del Vaticano. Ningún otro edificio religioso se parapeta, como es el caso, entre tantas torres, en concreto 18: la de Jesús, la de María, las 4 de los evangelistas y las 12 de los apóstoles (aunque de estas quedan 4 por construir: las que se sitúan en la fachada de la Gloria).

Existen pocos edificios en el mundo, puede que cuatro o cinco -y eso ya es ser generosos- con la capacidad de atracción visual, el poderío icónico y la capacidad polemizadora de la Sagrada Familia, magia hecha piedra para algunos, pastiche anacrónico para otros, creación apabullante para todos. El mundo entero lo ha contemplado a través de sus turistas -estadounidenses, españoles, chinos y franceses ocupando los primeros lugares del ranking-, los críticos de arquitectura siguen analizando sus revolucionarias soluciones estructurales, morfológicas y decorativas y cualquier peatón que transite por la confluencia de las calles de Mallorca, Marina, Provenza o Sardenya continúa quedándose embobado ante la dimensión del coloso.

La Sagrada Familia es, sí, la basílica imposible. Y, sin embargo, todo volverá a ser estruendosamente real cuando el papa León XIV ponga sus pies en ella el 10 de junio para bendecir la torre de Jesucristo y celebrar la eucaristía en el interior de la iglesia. ¿Un antes y un después en la vida del templo? “A ver, yo creo que en este aspecto, antes de nada, hay que hacer historia”, avanza sentado en su despacho Esteve Camps, desde 2011 presidente de la Junta Constructora del Templo Expiatorio de la Sagrada Familia. “Llevamos 144 años trabajando en esta iglesia, y ahora todo es muy bonito, pero hasta que no se celebraron los Juegos Olímpicos en 1992, en Barcelona había poco turismo, y no ingresábamos nada por entradas. Con los Juegos hubo un resurgir, y luego, con la visita del papa Benedicto XVI en el año 2010 se produjo un incremento del 48% en las visitas. Y ese incremento hizo posible el salto cualitativo en la construcción de la basílica. Más tarde, con la inauguración de la torre de la Virgen María y su estrella luminosa [2021], hubo otro impacto. Y ahora hemos terminado la torre de Jesucristo”.

Ante la previsible avalancha de visitantes y de medios de comunicación con motivo de la visita de León XIV, Esteve Camps exhibe una mezcla de orgullo… y precaución: “La visita del Papa tendrá un impacto mundial, y tenemos que administrar muy bien todo eso. En estos momentos, la basílica tiene 4.000 localidades para el acto de la inauguración de la torre de Jesucristo y la bendición papal…, pero ya hemos recibido más de 10.000 solicitudes”. En la actualidad, en torno a 50.000 personas transitan cada día por el exterior de la Sagrada Familia, saturando a veces hasta lo insoportable las calles y plazas que la rodean. “Gaudí ya lo dijo: ‘Vendrán de todo el mundo para contemplarla’. Y yo digo: cuidado, porque la Sagrada Familia puede morir de éxito”, advierte Esteve Camps. Aunque de momento, el balance sale y la cuenta corriente sigue creciendo. Los visitantes que adquirieron entrada dejaron en la hucha de la Sagrada Familia 134 millones de euros en 2025. De ellos, 113 se destinaron a las obras en curso, y el resto a mantenimiento y funcionamiento diario de la basílica. Casi cinco millones fueron a parar a obra social a través del Fondo de Acción Social de la Sagrada Familia, dirigido a colectivos vulnerables. Nota aquí.










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