miércoles, agosto 19, 2020

Alejandro Borensztein

Berta

La historia de Berta, la Berta de Tato, merece ser contada hoy. No sólo porque a ella le hubiera encantado leerla, sino también porque las generaciones que disfrutaron de Tato, siempre lo escucharon hablar de ella.

Se supone que cuando se pierde a ser muy querido, ni hablar a una madre, uno debería tomarse unos días para procesar el impacto y empezar a elaborar el duelo. Sin embargo, creo que la historia de Berta, la Berta de Tato, merece ser contada hoy.


No sólo porque a ella le hubiera encantado leerla, sino también porque las generaciones que durante décadas disfrutaron de Tato, siempre lo escucharon hablar de ella pero poco supieron sobre el verdadero rol que cumplió en esta historia.

Berta nació en Buenos Aires en 1931 y fue la única hija de Isaac y María, un matrimonio de polacos judíos que llegaron a la Argentina escapando de la barbarie europea.

Isaac era un hombre simple que peleó con la camiseta polaca en la Primera Guerra Mundial. María era hija de un industrial de Varsovia que fue asesinado en una revuelta obrera. Se conocieron, se casaron y dedicaron su vida a coser pieles y a criar a su única hija, Berta.

Hasta el último día de sus vidas vivieron en un PH alquilado de la calle Guise. Primer piso por escalera, tres piezas conectadas que daban a un pasillo descubierto, un baño y una cocina al fondo. O sea, eran polacos, judíos, peleteros y muy humildes. Esta es la historia de los Szpindler.

La de los Borensztein no es muy diferente. Tato fue el hijo del medio de tres hermanos fruto del amor de Samuel y Sara, un matrimonio de judíos polacos que llegaron a la Argentina en los años 20 y que, curiosamente, también dedicaron su vida a coser y reparar pieles. O sea, también polacos, judíos, peleteros y muy humildes.

Los Borensztein vivieron en distintas casas de inquilinato. Una de ellas fue el sótano de un edificio en la Avenida Córdoba, a la vuelta del templo de la calle Libertad. Muchísimos años después, el local que incluía ese sótano fue alquilado por Alejo, el gran amigo de mi hermano Sebastián. En cuanto mi viejo se enteró me llevó a conocer aquel lugar que pasó a usarse como depósito. Bajamos la escalera y me dijo: “acá dormíamos con mi papá, mi mamá y mis hermanos”.

Cuesta imaginar cómo hicieron Samuel y Sara, desde ese sótano, para que Abraham, el hijo mayor, se recibiera de ingeniero civil en la UBA y lograra ser uno de los más exitosos constructores de su época; el hijo del medio, Mauricio, se trasformara en Tato Bores, y el más chico, Enrique, llevara adelante emprendimientos de todo tipo.

Justamente, uno de los primeros intentos comerciales de Enrique fue una disquería a la que ingresó a trabajar una joven de 21 años. Así aparece Berta en escena.

Cuando Tato pasó por al negocio de su hermano y la vió, acuñó la primera frase clave de este cuento familiar: “Ojo a todos, prohibido enamorarse de la secretaria”. Por supuesto, la prohibición no corrió para él.

Así Tato y Berta se enamoraron. Eran los hijos mimados de dos matrimonios de polacos, judíos y peleteros. Mejor imposible. ¿Qué podía salir mal?

Por ese entonces, Tato trabajaba en los teatros de revista haciéndole la segunda a grandes capocómicos de la época como Pepe Arias o Adolfo Stray.

Como se estilaba en aquellos años, pasado un tiempo, Tato fue a pedirle la mano de Berta a Don Isaac quien aceptó gustoso la propuesta y pronunció la segunda frase clave de esta historia: “Me imagino que ahora usted se va a buscar un trabajo en serio, ¿no?”.

Don Isaac temía que Berta “terminara levantando la gamba en el Maipo”, frase que ella usó toda la vida para graficar los miedos de su padre.

Tato no supo qué contestar y amagó aceptar la imposición porque estaba dispuesto a dejar todo por Berta. De hecho, siempre estuvo dispuesto a dejar todo por Berta.

Pero fue ella la que, en el momento justo, metió la tercera frase clave de este relato: “Jamás te voy a permitir que dejes tu carrera artística por mi”.

Cuando le notificaron a Don Isaac que la decisión de ambos era que Tato siguiera adelante con su carrera y con el noviazgo, estalló el conflicto.

Como ocurriría con el peronismo un par de años más tarde, la pareja fue inmediatamente proscripta. A partir de ese momento el noviazgo de Tato y Berta pasó a la clandestinidad. Solo se veían en secreto.

Pero como suele pasar en estos casos, se produjo una falla en el sistema de contraespionaje y Don Isaac se enteró de todo. Ardió Troya.

Cuarta frase histórica: “Tato, nos descubrieron… hago la valija, me voy y nos casamos ya mismo” le dijo Berta, y abandonó a sus padres siendo hija única.

Sofía Bozán, una de las estrellas de la revista porteña (la llamaban “el alma del Maipo”), conocía a un juez que aceptó casarlos en 48 horas. Era habitual que las grandes mujeres de la revista tuvieran amigos muy importantes.

Con la complicidad de los hermanos de Tato y de todo el elenco del Maipo, con Adolfo Stray a la cabeza, se organizó un casamiento en secreto. Fue el 12 de mayo de 1954.

De ahí en más todo fue lucha y trabajo.

Don Isaac Szpindler nunca dió el brazo torcer. Ni siquiera cuando Berta en 1958, o sea cuatro años después de casada, quedó finalmente embarazada por primera vez. Aquel polaco terco murió sin reconocer el matrimonio ni volver a ver a su hija, pese a que Tato intentó sin éxito algunas negociaciones bilaterales.

Pocos meses después de la muerte de Don Isaac nace el primer hijo de Tato y Berta que vengo a ser yo. Por eso mi segundo nombre es Isaac. No hace falta explicar la tradición judía por la que me agregaron el nombre del recién fallecido ni las razones por las que suelo no usarlo.

Los felices Bores Szpindler y su crío ya vivían como duques en un apretado dos ambientes de la calle San Luis casi esquina Pueyrredón. Tato seguía dejando el alma sobre los escenarios de la revista porteña, secundando a otras figuras. Mi viejo siempre me contó que un día, mirando como mi mamá me sostenía en sus brazos, pronunció la quinta frase clave de esta historia: “Berta, si no invento algo pronto nos vamos a morir todos de hambre”.

Al toque renunció al Maipo, se llevó la peluca que más le gustaba, se compró un habano, un armazón de lentes sin cristales y en un instante mágico que nunca terminaremos de agradecer inventó su personaje inmortal.

Luego le agregaría el frac porque en aquellos años los presidentes y los ministros juraban vestidos de frac. Y dado que, tanto a los ministros como a los presidentes los rajaban cada dos minutos, Tato decía que “siempre había que andar vestido de frac porque nunca sabías en que momento te iban a llamar para asumir”.

El éxito en la televisión fue inmediato. En 1959 aparece el personaje y en 1960 debuta con su propio programa “Tato siempre en domingo”. El resto de la historia ya es conocida. Para cuando nacieron mis hermanos Sebastián y Marina, Tato ya era una estrella de la tele. Así fue hasta el final, en 1996.

Lo importante de este cuento es entender que si no hubiera sido por el coraje de Berta, tal vez nunca hubiéramos tenido a Tato.

Tras la muerte de mi viejo, Berta se dedicó a disfrutar de sus hijos, nietos y amigos. Hasta hace sólo unos meses, era una elegante señora de 88 años que salía todas las noches, veía todas las películas y obras de teatro, viajaba y jugaba al bridge.

Pero en los últimos dos meses, todas las calamidades se confabularon y este miércoles a la mañana su corazón no quiso más.

Dicen los creyentes que por estas horas Tato y Berta han vuelto a estar juntos, vaya uno a saber en qué asombroso lugar del Universo. Ojalá.

Nunca tan oportuna la sexta frase clave con la que cerramos esta historia: “Good Show, Berta”.

Gracias por la vida, Ma.

Berta Szpindler de Borensztein (1931 – 2020)


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