Una sangre común
María Eugenia Sampallo Barragán es hija de desaparecidos de la dictadura militar argentina. Al descubrirlo, en una decisión sin precedentes, se querelló contra el matrimonio que la crio, sus apropiadores. Esta es su historia
No sabe dónde nació. No sabe en qué fecha nació. No sabe cuánto tiempo su madre la tuvo con ella. No sabe qué nombre querían darle. No sabe dónde pasó su madre el último año y medio de vida. No sabe dónde pasó su padre el último año y medio de vida. No sabe si al final sufrieron, no sabe si les dolió, no sabe si fue rápido. Sí sabe en qué situación estaban ambos cuando ella misma empezó a desaparecer. Eso es todo. No hay final. Ni triste ni feliz: no hay final.
El primer encuentro es el 16 de septiembre de 2025 en la Cervecería Modelo, un bar y restaurante de la ciudad de La Plata, a 60 kilómetros de Buenos Aires, donde vive desde 2002. Tiene 47 y cumplirá 48 en un momento indeterminado de 2026 (aunque su documento dice que nació el 8 de febrero de 1978, es una fecha escogida más o menos al azar), pero la piel firme conserva una obstinación casi adolescente.
—Parecés mucho más joven.
—Es porque no tengo problemas: no tengo hijos, no tengo marido y no trabajo.
El chiste —expresado con sarcasmo— refleja parte de su vida actual: una parte pequeña de su vida actual.
—¿Cómo te dicen: María Eugenia, Eugenia?
—Mis amigos me dicen Maru.
—Si seguimos adelante, voy a tener que hablar con tus amigos, con tu abogado.
—Ya sé que la gente va a decir cosas que me van a parecer mal, pero está bien.
—No tenés contacto con tu familia biológica…
Corrige suavemente, sin hostilidad:
—Yo quitaría lo de “biológica”. Es mi única familia. No hay otra. Pero no tengo contacto con ellos.
—¿La próxima vez podemos encontrarnos en tu casa?
—Prefiero que no. No me gusta quedarme sola después de hablar de esto.
El 24 de marzo de 1976 los militares tomaron el poder en la Argentina, iniciando una dictadura que terminó en 1983. A lo largo de esos años, miles de ciudadanos —en su mayor parte militantes de agrupaciones de lucha armada, aunque no sólo— fueron secuestrados, torturados y desaparecidos en cientos de centros clandestinos de detención. Algunos de ellos eran mujeres embarazadas que dieron a luz en cautiverio. Muchos de esos niños, unos 300, fueron apropiados por los represores y entregados a familias de militares o de civiles que los criaron como propios, falsificando su identidad, en lo que se conoce como Plan sistemático de apropiación de menores. Desde 1977, la ONG Abuelas de Plaza de Mayo busca a esos niños, hijos de sus hijos e hijas. Han encontrado a 140. María Eugenia Sampallo Barragán fue y no fue una de ellos. En cierta forma, se buscó a sí misma.
—¿Recordás cuántos nietos habían aparecido antes que vos?, ¿qué número te corresponde?
—No, ni idea. En aquel momento no lo supe, ahora menos.
Es la nieta número 71.
Era el mes de febrero de 2008, verano en Buenos Aires. La causa se había iniciado en 2001 y llegaba el momento del juicio en el Tribunal Oral Federal número 5. Ese año hubo otros procesos importantes, pero ninguno generó tantos titulares como este porque, si bien algunos casos de apropiadores —aquellos que criaban a los hijos de los desaparecidos ocultándoles su procedencia— habían llegado a la justicia, nunca la persona apropiada, la misma víctima, se había constituido en querellante, esto es, en alguien que no sólo denuncia sino que es parte activa del proceso penal acusando a los imputados. Después de un peregrinaje por un mundo de procedimientos burocráticos que hasta poco antes le resultaban ajenos, María Eugenia Sampallo Barragán se presentó como querellante y llevó a juicio a sus apropiadores, Cristina Gómez Pinto y Osvaldo Rivas, y al militar Enrique Berthier, integrante de Inteligencia del Ejército Argentino, que fue quien la entregó a esa pareja. “Es el primer caso en llegar a esta instancia en el que una hija de desaparecidos que recuperó su identidad es querellante”, publicó el periódico Página/12. “María Eugenia Sampallo Barragán es la primera nieta recuperada por las Abuelas de Plaza de Mayo que llega a los tribunales en carácter de querellante contra las personas que actuaron como sus ‘padres’, pero que eran en realidad apropiadores”, publicó Infobae. Otros titulares decían: “Hija robada enjuicia a padres”; “El juicio que una hija hizo al matrimonio que la apropió”. Hija. Padres. Ella, que dormía con un candado en la puerta de su cuarto para que Cristina Gómez Pinto no pudiera entrar. Ella, que, siendo niña, cuando las peleas de ese matrimonio escalaban, corría al departamento de su vecina y aporreaba la puerta gritando: “¡Susto, susto, susto!”. Nota aquí.



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