miércoles, enero 21, 2026

Félix Maraña

 DECIDME CÓMO ES UN ÁRBOL

En la cárcel de este mundo
el poeta Marcos Ana
se asomaba a la ventana
desafiante y rotundo.
El régimen nauseabundo
de un gobierno criminal
le condenó al infernal
castigo que es muy doliente:
No ver árboles ni gente,
pero luchó hasta el final.
Era el preso más decano
porque Franco lo dispuso,
me rebelo y le recuso,
perjuro republicano,
por el maltrato inhumano
a los presos del penal,
fuera de lo racional,
en nombre del crucifijo,
atado en este escondrijo,
como pena adicional.
Vivir tapiado entre rejas,
sin libertad y sin ira,
luchar contra la mentira,
y en otras celdas anejas
oír los gritos, las quejas
de gente desesperada.
La vida no vale nada,
sin vistas, sin horizonte,
sin ver un árbol, un monte,
sin tener vida privada.
(C) Félix Maraña
[Conocí a Marcos Ana un día de septiembre de 1993 en San Sebastián. Lo recuerdo bien, porque era mi cumpleaños. Me lo presentó Rafael Alberti, en la terraza de la cafetería del teatro Victoria Eugenia, en la plaza de Okendo. Rafael había venido al Festival Internacional de Cine de San Sebastián, acompañando al cineasta Yoris Ivens, que presentó un documental sobre la guerra civil de 1936, con cuyo guión había colaborado el propio Alberti.
El poeta gaditano estaba acompañado de una mujer, que no reconocí inicialmente. Se trataba de María Asunción Mateo, profesora de Literatura, a quien yo había conocido en mi ciudad en 1984, con motivo de las jornadas de homenaje que tributó la Diputación Foral de Gipuzkoa al poeta Gabriel Celaya. Mateo iba tapada con gafas muy grandes y oscuras, lo que me impidió reconocerla. Habíamos estado juntos en un Curso de Verano de la Universidad Complutense en El Escorial en 1991, también en una jornada dedicada a Celaya.
Del mismo modo, en 1995, con otro curso en El Escorial, dedicado a Juan Larrea, y dirigido por la poeta Amalia Iglesias, nos encontramos con el nuevo matrimonio y Marcos Ana (Fernando Macarro Castillo). Alberti dio un recital, con Paco Ibáñez, al cante y la guitarra. Al poeta andaluz no le gustaban este tipo de actos con guitarra porque decía que distraían al público. El recital y concierto fue algo muy emocionante.
También estaba allí Marcos Ana, en la primera fila. Marcos estuvo protegido por Alberti desde que volvió de su exilio romano.
En el encuentro primero de San Sebastián (A Rafael ya lo había visto en la primavera de 1985, en Benidorm, en una exposición de sus dibujos y carteles en la sala de la Caja de Ahorros del Mediterráneo), Alberti me expresó su contradicción por el hecho de que las tres librerías donostiarras que había visitado no tuvieran un solo libro de Celaya, y, por contra, tenían varios libros de Alberti en el escaparate. Sin duda, el reclamo de su presencia en la ciudad.
-- No me gusta que no haya libros del otro Rafael.
Yo, que pensaba lo mismo, quise quitar sin embargo hierro al asunto.
Marcos Ana me escribió pronto pidiéndome algunos datos de la vivencia y acción clandestina de los poetas vascos durante la dictadura. Me escribió luego para darme las gracias "por ese completo tratado de historia cultural vasca". Me prometió enviarme una edición anotada en la cárcel de un libro de Celaya, envío que no llegó, pero que era lo de menos.
Que hubiera estado un niño –que nació un 20 de enero de 1920– de la Salamanca rural 23 años privado de libertad y sin poder ver un árbol, ni oír cantar un jilguero, a mí me pareció siempre la condena más desgarradora que un ser humano puede soportar].



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