sábado, agosto 13, 2022

Rodolfo Serrano

 UCI

Estaban allí todos.
En la sombra más negra y más doliente.
Acechándote como en viejas pesadillas.
Buscando por tus venas y tus huesos
el dolor mineral de las mil vidas
que hoy se enfrentan a muerte por tu carne.
No eres nada. Un cuerpo, cruel despojo
de nervios, vísceras, dolor y sufrimiento.
Y esos negros heraldos que, de pronto,
acuden a buscarte presurosos
de ese recuerdo infame del pasado.
Te ves inmóvil, hay tubos que te salen
de ámbitos jamás imaginados.
Eres un triste amasijo que no puede
ni respirar -ni solo- por la herida.
Murmuran a tu lado. Pasan sombras,
agujas que se pierden en la noche.
Y esos nombres que añoras y ahora mismo
se deshacen en nieblas y tormentas.
Soñar, soñar, soñar y quién pudiera
revivir un instante aquellos días,
ese sabor del vino en la taberna,
la calle más hermosa de la tierra
con Cancio, esperando tras la esquina,
el momento de gloria y de belleza.
Y tú voz, tu piel que en esta noche oscura,
siento rozar mi carne seca y muerta.
Y el olvido otra vez, igual que un grito
en una madrugada de hotel en las afueras.
Esos trenes abiertos a mis miedos.
Abro mis ojos. Morirse es lo más fácil.
Y es entonces. Resulta que la vida
penetra en mis pulmones, me remueve,
a borbotones sale por mis labios.
Es la vida imparable, lenta y firme.
(Me rindo yo ante ella. Dejó salir mis lágrimas).
Foto de Raúl Cancio.



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