martes, abril 28, 2026

Enrique Vila-Matas

 De Galdós a Galdós

El novelista español hablaba del placer de “referir las cosas pequeñas antes que las grandes” y afirmaba que “la historia nunca olvida sus viejas mañas”

Dos de mis mejores amigos tienen obras literarias radicalmente opuestas en todo, con un solo y curioso punto en común: a los dos en su juventud la lectura de Galdós les marcó, dejándoles una fértil huella.

Uno de los dos es Sergio Pitol (1933–2018), que leyó a Galdós en Veracruz, y quedó fascinado tanto por su forma de combinar la realidad con el delirio como por la construcción de personajes, especialmente los femeninos, de grandísima complejidad interna.

Para Pitol no fue Galdós un autor rancio del XIX, sino un maestro de la modernidad, cuya estructura narrativa conversaba con la literatura contemporánea. ¿Galdós, maestro de la modernidad? Bueno, creo que quien verdaderamente conversó con lo contemporáneo fue el propio Pitol, ya que, sin renunciar a las lecciones de su maestro, fue todo un pionero en el revolucionario trasvase de géneros que tanto viene caracterizando a cierta literatura de este siglo. De hecho, el paso vanguardista hacia adelante es bien detectable en un relato clave en su obra, El oscuro hermano gemelo (2001), donde narra una cena de gala en un hotel de Funchal y se dedica a deslizar su narración hacia el ensayo para acabar difuminando por completo las fronteras entre ambos géneros.

En cuanto a Ignacio Martínez de Pisón, gran admirador también de Galdós, le acabo de enviar un WhatsApp para decirle que su reciente libro de bolsillo Dos tardes con Benito Pérez Galdós (Alianza) es muy “portátil” y al mismo tiempo paradójicamente inmenso. Y es que, aun siendo de aspecto ligero por sus 96 páginas de pequeño tamaño, contiene en realidad un mundo entero: el universo completo del autor de los Episodios nacionales. Es genial ver cómo Pisón se acerca a su admirado Galdós con técnicas similares a las que éste utilizaba para acercarse a sus criaturas: máximo desparpajo a la hora de adentrarse en el mundo cotidiano de sus personajes y de sus amores y de sus sentires de personas corrientes frente a la solemne gran “historia” oficial.

No en vano, Galdós hablaba del placer de “referir las cosas pequeñas antes que las grandes” y afirmaba que “la historia nunca olvida sus viejas mañas de amalgamar los grandes hechos de público interés con los casos triviales que componen el tejido de la vida común”.

Ese placer de “referir lo pequeño antes que lo grande” viene desde sus comienzos recorriendo la obra entera de Pisón, que tal vez no habría sido el gran escritor que es hoy si en su juventud, al igual que le ocurrió a Pitol, no hubiera sabido entender a la primera que la suma de las pequeñas verdades privadas es la única forma de contar la verdad pública. Pisón maneja verdades privadas y, en su admirable ensayo galdosiano se dedica a permitir que su sombra de autor se vaya fundiendo discretamente con la de Galdós, lo que le permite, entre tanto suceso antiguo puesto al día, que vaya transparentándose una realidad de hoy que es de ayer: la de un país polarizado, sometido ininterrumpidamente, también en literatura, a la tensión entre las fuerzas del progreso y la reacción. Nota aquí.



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