domingo, abril 26, 2026

Ståle Wig

 Es noruego, trabajó como taxista en Cuba y narra la “desilusión” de un pueblo sumido en una eterna crisis: “Salí con el corazón roto”

El antropólogo Ståle Wig expone en su libro “Taxi Havana” la cruda realidad de una sociedad marcada por la vigilancia, la censura y el éxodo creciente

El 17 de diciembre de 2014, Barack Obama y Raúl Castro anunciaban el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba, lo que representaba un importante giro histórico tras casi medio siglo de tensiones bilaterales. Por esos días, mientras el mundo ponía el foco en esta noticia, por las calles de La Habana deambulaba un turista noruego llamado Ståle Wig, quien llegó a la capital cubana luego de una visita a su familia en México. Previo a su viaje por América Latina, Ståle había ganado una beca en la Universidad de Oslo para realizar un estudio antropológico en Sudáfrica.

Ese “choque cultural” que sintió al recorrer las viejas calles de La Habana y el nuevo contexto geopolítico que se asomaba -y que generaba “ilusión” en muchos locales- cambiaron rápidamente los planes que tenía Ståle para su trabajo. Regresó a Oslo con la intención de solicitar a la Universidad cambiar el destino de su estudio. Las autoridades académicas accedieron a su petición y en lugar de partir al continente africano, volvió a La Habana para realizar su tesis doctoral sobre las reformas económicas en la isla.

Ståle sabía que para reflejar la vida cotidiana de los cubanos debía involucrarse como uno más. Inspirado en el documental “Taxi Teherán”, producción de un cineasta iraní que recorre las calles de su país en un taxi, decide hacer lo mismo. “Sabiendo que los taxistas quieren hablar, me resultó algo interesante de hacer”. Así, ni bien llegó a La Habana compró un auto usando el fondo de una organización llamada Palabra Libre. Al mismo tiempo que iba a realizar su tesis doctoral, decidió plasmar su experiencia en un libro, que años después salió a la luz bajo el título “Taxi Havana”. El coche no era un Buick 57, pero así quedó registrado en el libro.

La dueña del vehículo era -y sigue siendo- militante del Partido Comunista, y es conocida como “la reina del bajo mundo”. En el libro aparece como Catalina, aunque no es su nombre real. Hoy en día, una década después de aquella experiencia, Ståle la considera su “segunda madre”. Al llegar a La Habana, el antropólogo noruego tejió una sociedad con ella: él conducía el auto por las noches, otro chofer lo manejaba durante el día, y Catalina usaba el vehículo para su propio negocio de pelucas, transportando cabello desde el campo hasta la capital para venderlo en el mercado informal. Apenas consiguió la patente del auto, después de un proceso largo y “muy difícil” con “mucho soborno” de por medio, una avería en el motor lo dejó fuera de circulación por un tiempo. Para Wige, ser dueño de un carro en Cuba resulta más una carga que un privilegio: “Pasa más tiempo en el taller que en la calle”.

Además de Catalina, Ståle entabla una estrecha relación con otras dos personas a las que incluye en su libro: Linette, una santiaguera que, tras huir de una relación abusiva en Rusia, se reinventó en La Habana y abrió un negocio de Airbnb; y Norges Rodríguez, un joven periodista que eligió salir del clóset y fundar un blog en tiempos en que los líderes de Cuba y Estados Unidos dialogaban. Norges representó a esa juventud que se entusiasmó con ese acercamiento al punto de considerar que se venían nuevos tiempos en la isla. Pese a las advertencias de su familia y amigos, desafió los límites, escribió sobre derechos humanos y libertad de prensa, y acabó siendo amenazado con 20 años de cárcel, forzado al exilio tras ser señalado como conspirador tras las protestas del 11 de julio de 2021. Catalina, según narra Wige, encarna la contradicción cotidiana: declara su profundo “amor” por Fidel Castro, pero reconoce la crisis en la que está sumida la isla y, aunque en voz alta se expresa como una militante de pura cepa, desde hace años que no se une a las movilizaciones oficiales al no verse representada por las autoridades actuales. Esa dualidad -la necesidad de fingir y adaptarse- se volvió imprescindible para sobrevivir en la isla. Nota aquí.















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