martes, abril 28, 2026

Juana Molina

 Juana Molina: Bucles, humor y experimentación

La artista argentina cerró en Barcelona su gira europea

En ocasiones se da por sentado que la música de raíz electrónica, a base de sintetizadores, tiende a unificar los sonidos en directo y en disco, asimilándolos en un contexto sonoro similar. No es el caso de la argentina Juana Molina, quizás porque esta música y actriz sigue tomándose la música a sus 64 años como un elemento lúdico, una suerte de materia plástica con la que jugar dándole forma. En Barcelona cerró su gira de presentación de su octavo disco, Doga, primero con temas nuevos en ocho años, luego de haber ofrecido en la misma ciudad otro concierto la semana pasada, una prueba de cómo las fechas se iban sumando ante el éxito de público. De nuevo lleno, esta vez en la sala Upload, y de nuevo gran presencia de compatriotas que jalearon su presencia y cada una de las palabras que, en muchos casos bañadas con humor y distancia, cosieron su concierto. Y fue de música incalificable que se bailó.

Juana juega tanto con ritmos, como con ambientaciones como con palabras. Su voz filtrada, tirando a etérea y aniñada, era de difícil comprensión, todo y que en muchos casos se basa en la reiteración de términos en bucles que acompañan los propios bucles sonoros de las composiciones. La idea de “árbol dormido” pautó la primera canción, Uno es árbol, también la de apertura de Doga, mientras que en Paradoja es una concatenación de adjetivos la que abre el significado de un texto sobre temas afectivos que se cierra repitiendo casi como un mantra “los perros y los gatos van corriendo por ahí” en una suerte de recordatorio de que no siempre nos llevamos bien. Es, en todo caso, una interpretación, pues tanto los textos como la música de Juana se abren a los significados como la propia vida y la música que no opta por los perfiles regulares. El carácter experimental de su propuesta abunda aún más en los sentidos de un material de difícil clasificación que no se abre fácil al consumo automático.

La puesta en escena de la docena de piezas interpretadas tuvo en directo un tacto mucho más crudo y rugoso que en disco. Una batería acústica también con pads digitales servía de base rítmica, en ocasiones acelerada, con acento en cada tiempo, para que sobre ella los sintetizadores de Juana, su guitarra en bucles muestreados en directo y su voz construyesen cada canción. Sonidos gruesos en muchos casos, sin ánimo de estilización, que sin embargo evocaban ritmos del folclore argentino, a menudo gracias a la guitarra, y que tenían un pulso bailable que en ocasiones acababa casi en desmán, con la batería redoblando asalvajada, como en Cara de espejo, Ay, no se ofendan o en Un dia. Era entonces cuando un público dispuesto a bailarlo casi todo, aunque no todo fuese formalmente bailable, se podía entregar a la euforia. Y aunque en algunos casos hubiese resabios de pop, como en Sin guía, no o en Caravanas, la canción más plácida de la noche, no se piense tanto en el pop redondo como en el de Radiohead, por poner un ejemplo. Y es que la música de Juana desea buscar el ángulo, no la comodidad de la circunferencia, aquello que rueda solo. Nota aquí.



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