Mostrando las entradas con la etiqueta Enrique Vila-Matas. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Enrique Vila-Matas. Mostrar todas las entradas

jueves, octubre 29, 2026

Enrique Vila-Matas

 Enrique Vila-Matas, Premio Nacional de las Letras Españolas 2026: “La literatura está siempre allí para divertirse”

El Ministerio de Cultura concede el galardón al escritor catalán, columnista de EL PAÍS, por su “ficción posmoderna” y su “proyecto metaliterario apoyado en la cita, el mestizaje y el juego ensayístico”

Enrique Vila-Matas ha sido galardonado con el Premio Nacional de las Letras Españolas, que otorga el Ministerio de Cultura. El jurado ha elegido al autor, columnista de EL PAÍS, por “su influencia decisiva en la narrativa contemporánea, su aportación a la tradición borgiana en lengua española, así como por una originalidad formal y fidelidad al espíritu metaficcional de Cervantes desde una dilatada y ejemplar trayectoria”. Fundado en 1984, este premio ha recaído a lo largo de su historia en nombres como Juan Goytisolo, Rosa Montero, Miguel Delibes, Bernardo Atxaga, Francisca Aguirre, Rafael Sánchez Ferlosio, Ana María Matute o Francisco Umbral. El premio, que se da a la labor literaria de una vida, tiene una dotación de 50.000 euros.

Vila-Matas es dueño de un universo propio caracterizado por el gusto por el juego, el humor, lo metaliterario y la exploración de los entresijos de la creación libresca. Unos textos en los que se mezclan los géneros, y la novela parece ensayo, el ensayo novela, la ficción realidad y la realidad una cosa muy rara, plagada de escritores con características muy particulares. La literatura y la vida se confunden y ambas conducen al absurdo.

Tras el anuncio del premio, el escritor ha recibido a los medios de comunicación en el mismo lugar donde ha sabido la noticia, la librería barcelonesa +Bernat. Se trata de un sitio muy frecuentado por el escritor, que incluso llegó a convertir en personaje a su fundadora, Montse Serrano, en la novela Aire de Dylan (2012). Desde allí, Vila-Matas ha confesado que considera “muy acertado” lo que ha dicho el jurado sobre su trayectoria literaria, con algún matiz: “Existe la manía de decir que lo que hago es metaliteratura, pero no existe; lo que yo hago es una reflexión sobre la escritura y la literatura, como ya hacía Cervantes”. El escritor considera que estas etiquetas, como la de autoficción o la de no ficción, se ponen por motivos comerciales, “pero únicamente existe la ficción”, afirma, “los hechos reales se deforman sin querer cuando los escribimos”.

Sin perder su reconocible espíritu lúdico, el escritor ha agradecido el premio, y ha explicado que ha recibido la llamada en compañía del también escritor Alejandro Basteiro, con quien tenía prevista una reunión: “El premio no solo ha marcado mi día, también la vida de Basteiro, que ahora está convencido de que lleva el azar consigo”.

Según el acta del jurado, Vila-Matas “encarna de manera magistral los principios medulares de la ficción posmoderna a través de un estilo particular donde las fronteras entre realidad y fabulación se difuminan y entremezclan con absoluta fluidez, construyendo un universo literario que dialoga con la tradición mientras la reinventa. Al convertir la duda en método y la lectura en aventura, reivindica la creación literaria como un arte de la inteligencia y del placer”.

Buena prueba de ello es Historia abreviada de la literatura portátil (1985) protagonizada por la “conspiración shandy” (por el Tristram Shandy, de Laurence Sterne), una sociedad secreta fundada en torno a dos principios: primero, que la obra de uno sea portátil y trasladable en un maletín, y, segundo, “funcionar como una perfecta máquina soltera”, es decir, ser autónomo y autosuficiente. Formaron parte de la conjura shandy, según la imaginación del barcelonés, Duchamp, Scott Fitzgerald, Walter Benjamin, César Vallejo, García Lorca o Georgia O’Keefe.

Siguiendo esa línea, en Bartleby y compañía (2000) Vila-Matas habla de esos escritores que un día dejan de escribir, como Juan Rulfo, Arthur Rimbaud o J.D. Salinger y que toma el título de Bartleby, el famoso escribiente del cuento de Herman Melville cuya frase emblemática era: “Preferiría no hacerlo” (y que tanto se lee ahora en camisetas y tote bags, aunque la gente, en general, prefiera sí hacerlo).

El jurado ha manifestado que “su cuestionamiento de la autoridad narrativa, sumado a una agudeza y un humor que raya en el laconismo y la ironía, lo sitúan como uno de nuestros escritores más subversivos. Su obra sustenta un proyecto creativo y arriesgado en el marco de las letras hispánicas, que, a través de un viaje metaliterario apoyado en la cita, el mestizaje y el juego ensayístico, investiga a fondo el género de la novela, la autoría, la identidad personal y el porvenir de la escritura”. Nota aquí.



martes, agosto 25, 2026

Enrique Vila-Matas

 Dígame cuánta verdad hay

La tensión entre literatura y vida logra un magistral equilibrio, evitando así que la existencia y el tedio lleguen a ser abrumadores.

Pienso en aquella extraña fantasía de los escritores de ir en busca de experiencias que les parecieran más intensas que las de la literatura. Algunos seguro que llegaron a creer que la muerte de la escritura les daría acceso a lo estrictamente real. Y, aunque siempre quise que me explicaran qué nos perdemos de la vida cuando escribimos, jamás he pedido esas explicaciones, porque sé que discreparíamos a la hora de matizar la definición de experiencia, y más en un mundo como el actual, tan sórdido, tan idiota, tan literalmente bestial.

Por otra parte, la tan edificante idea de que la vida es, por supuesto, más interesante que la literatura, la demolió para mí Ricardo Piglia en una entrevista en Princeton, en 1998, cuando dijo que para él era más atrayente la literatura que la vida, pues la primera solía tener una forma mucho más elegante y podía ser una actividad más intensa.

No mucho después, John Banville, en un encuentro con Paula Corroto, no dudaba en decir que la literatura era más interesante, pero sobre todo “más importante” que la vida. Y, al señalarle Corroto que, sin embargo, todo lo que venía contándole tenía que ver con la vida, Banville le dijo que, en efecto, pero que eso se debía a que no tenemos otro material para escribir: “Porque si pudiesen, los novelistas no hablarían de nada. Un inglés dijo que la única inspiración que se podía conseguir se limitaba a la música, pero la vida es la vida y es el material que tenemos. Es un caos y puede incluso ser fea, pero es lo que tenemos”.

Desde Cervantes lo que tenemos es esa formidable tensión entre literatura y vida, que viene siendo el tipo de debate que ha desarrollado la novela. De hecho, la novela es ese debate en realidad. Por eso no debería sorprendernos que, cuando alguien presenta nueva novela, la pregunta más standard se interese por saber “cuánto hay de ficción y cuánto de verdad en ella”.

Indirectamente, esa pregunta standard aparecía en La verdad en literatura, reciente artículo de Sara Barquinero, interesante aportación al debate de la tensión entre literatura y vida en las novelas. Por azar supongo, justo después de leerlo, me entraba desde Palermo un correo de Valeria Luiselli relacionado con la pregunta del “cuánto hay de verdad”. En su mensaje siciliano y en plena promoción de su formidable novela Principio, medio, fin me comentaba su inesperada alegría al haber hallado la respuesta a la pregunta standard que le venían formulando en la mayoría de entrevistas. No era la respuesta exacta (porque ésta no existe), pero le parecía la más próxima a la verdad: “De autobiográfica la novela tiene el 27%”.

Tan inesperada alegría, pensé, no habría sido posible de no ser por qué, en mi opinión, la permanente tensión entre literatura y vida logra un magistral equilibrio entre una y otra evitando así que el vértigo de la existencia y el tedio general lleguen a ser demasiado abrumadores.

Pregunta de última hora (utilizable en futuras entrevistas): ¿será el 27% aproximadamente lo que dejamos de escribir para poder vivir?. Nota aquí.



jueves, mayo 28, 2026

Enrique Vila-Matas

 García Lorca en la inmensidad

La noticia del triunfo en Cannes de ‘La bola negra’, filme inspirado en la última e inacabada obra del poeta, me llegó justo cuando estaba leyendo, emocionado, una de las cartas que enviara desde Nueva York a sus padres.

En el juego del escondite, ¿deseaste alguna vez no ser descubierto y así poder seguir felizmente oculto, perdidamente perdido en la noche, en silencio, sabiendo que existe la gloria nocturna de ser grande no siendo nada?

En esa gloria de ser y no ser pensé cuando la noticia del triunfo en Cannes de La bola negra —filme inspirado en la última e inacabada obra de Federico García Lorca— me llegó justo cuando estaba leyendo, emocionado, una de las cartas que el poeta enviara desde Nueva York a sus padres. Carta fechada el lunes 21 de octubre y escrita justo tres días antes del estallido del crack del 29. La encontraremos en el libro No te olvides de escribir (Akal, 2026), donde el especialista lorquiano Víctor Fernández ha reunido cronológicamente la arrebatadora correspondencia del poeta con su familia.

En esa carta, Federico contaba a los padres que por primera vez se había quedado perdidamente perdido en la gran ciudad de Nueva York y, a través de lo que narraba, podía intuirse la sombra del cambio radical de registro poético que se estaba dando en él, es decir, su paso de “poeta del pueblo” y de autor del Romancero gitano al de autor de Poeta en Nueva York.

Un documento que nunca imaginé que podría encontrar. Un documento donde en realidad narraba cómo fue que, al perderse por primera vez en aquella ciudad inmensa, acabó a la vez perdiéndose en lo más infinito del universo. Pero lo contaba de un modo más suave, con asombrosa sencillez, como si para explicar un cambio de estilo poético tan complejo fuera suficiente una prosa sintética: “Queridísimos padres (…) el otro día tuve al fin mi primera pérdida en la ciudad. Me equivoqué de ferrocarril elevado y, en lugar de coger el de la Sexta Avenida, tomé el de la Novena y fui a parar a un sitio opuesto a donde iba…”.

Así de sencillo. Hasta que no pasa algo así, decía Lorca, “no se entera uno de dónde está, de la inmensidad de calles y la agrupación de millones de gentes”. Y aquí creo que habría que añadir que tampoco se entera uno —en el momento en que eso ocurre— de que se está acercando a un tipo de literatura, que es una gran generadora de mundos, donde son muy valoradas las experiencias de lo desmesurado: “Nueva York me ha dado como un mazazo en la cabeza. El puerto y los rascacielos iluminados confundiéndose con las estrellas…”

Sólo tres días después de aquella crucial carta a los padres, estallaba el trágico crack del 29. Y Federico, como si tuviera contacto directo con nuestro mundo de hoy, hablaba con infinita lástima de “toda esa gente expuesta a las terribles presiones y al refinamiento frío de los cálculos de dos o tres banqueros dueños del mundo”.

Federico y sus presentimientos. Había presagiado su propia desaparición en el ancho universo, como si en el fondo —“estoy abrumado de tanto jaleo y tanta popularidad”— buscara el placer de no ser encontrado y la gloria nocturna de ser grande no siendo nada: “Me buscaron en los cafés, en los cementerios, en las iglesias / Ya no me encontraron, / ¿No me encontraron? / No. No me encontraron". Nota aquí.



martes, abril 28, 2026

Enrique Vila-Matas

 De Galdós a Galdós

El novelista español hablaba del placer de “referir las cosas pequeñas antes que las grandes” y afirmaba que “la historia nunca olvida sus viejas mañas”

Dos de mis mejores amigos tienen obras literarias radicalmente opuestas en todo, con un solo y curioso punto en común: a los dos en su juventud la lectura de Galdós les marcó, dejándoles una fértil huella.

Uno de los dos es Sergio Pitol (1933–2018), que leyó a Galdós en Veracruz, y quedó fascinado tanto por su forma de combinar la realidad con el delirio como por la construcción de personajes, especialmente los femeninos, de grandísima complejidad interna.

Para Pitol no fue Galdós un autor rancio del XIX, sino un maestro de la modernidad, cuya estructura narrativa conversaba con la literatura contemporánea. ¿Galdós, maestro de la modernidad? Bueno, creo que quien verdaderamente conversó con lo contemporáneo fue el propio Pitol, ya que, sin renunciar a las lecciones de su maestro, fue todo un pionero en el revolucionario trasvase de géneros que tanto viene caracterizando a cierta literatura de este siglo. De hecho, el paso vanguardista hacia adelante es bien detectable en un relato clave en su obra, El oscuro hermano gemelo (2001), donde narra una cena de gala en un hotel de Funchal y se dedica a deslizar su narración hacia el ensayo para acabar difuminando por completo las fronteras entre ambos géneros.

En cuanto a Ignacio Martínez de Pisón, gran admirador también de Galdós, le acabo de enviar un WhatsApp para decirle que su reciente libro de bolsillo Dos tardes con Benito Pérez Galdós (Alianza) es muy “portátil” y al mismo tiempo paradójicamente inmenso. Y es que, aun siendo de aspecto ligero por sus 96 páginas de pequeño tamaño, contiene en realidad un mundo entero: el universo completo del autor de los Episodios nacionales. Es genial ver cómo Pisón se acerca a su admirado Galdós con técnicas similares a las que éste utilizaba para acercarse a sus criaturas: máximo desparpajo a la hora de adentrarse en el mundo cotidiano de sus personajes y de sus amores y de sus sentires de personas corrientes frente a la solemne gran “historia” oficial.

No en vano, Galdós hablaba del placer de “referir las cosas pequeñas antes que las grandes” y afirmaba que “la historia nunca olvida sus viejas mañas de amalgamar los grandes hechos de público interés con los casos triviales que componen el tejido de la vida común”.

Ese placer de “referir lo pequeño antes que lo grande” viene desde sus comienzos recorriendo la obra entera de Pisón, que tal vez no habría sido el gran escritor que es hoy si en su juventud, al igual que le ocurrió a Pitol, no hubiera sabido entender a la primera que la suma de las pequeñas verdades privadas es la única forma de contar la verdad pública. Pisón maneja verdades privadas y, en su admirable ensayo galdosiano se dedica a permitir que su sombra de autor se vaya fundiendo discretamente con la de Galdós, lo que le permite, entre tanto suceso antiguo puesto al día, que vaya transparentándose una realidad de hoy que es de ayer: la de un país polarizado, sometido ininterrumpidamente, también en literatura, a la tensión entre las fuerzas del progreso y la reacción. Nota aquí.