jueves, septiembre 10, 2026
Ismael Serrano
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miércoles, septiembre 09, 2026
Martina Alfuso
La resistencia: mientras muchos bares cierran, una comunidad se organiza para dar nueva vida a los sobrevivientes
Martina Alfuso genera actividades en bares de barrio y apuesta a las relaciones para combatir el aislamiento de las pantallas.
“La resistencia hoy es no tener una cuenta de Instagram, podes decir: vayamos al cine, y dejemos de ver Netflix”, sostiene convencida Martina Alfuso, licenciada en Letras y creadora de Bar de Viejes, una comunidad que logró trascender la pantalla del celular hasta convertirse en un movimiento cultural que involucra a miles de personas y tiene como principal objetivo llenar los bares olvidados de los barrios y darles una segunda oportunidad en una realidad económica que los tiene en jaque.
“En esta realidad resquebrajada y rota estamos buscando desesperadamente algún sentido, una señal para salir del algoritmo, para poder hablar”, dice Alfuso. En 2018 encontró la suya. Creó su cuenta de Instagram y transformó el algoritmo en una acción humana que modificó la realidad de los bares del arrabal porteño. “Lo imprevisible sucede en un bar”, cuenta. Desde ese año ella y su comunidad llevan mapeados más de 1300 bares de CABA, Argentina, Brasil y Uruguay.
Cada 15 días, 3000 suscriptores reciben en su email el boletín Voy al Bar, en el que Alfuso transmite el fundamento teórico de su proyecto, vinculado directamente al movimiento y la acción. Crítica de la omnipresencia de las pantallas que no dejan espacio a la improvisación, su salida la encuentra en hallar la soberanía de pensamiento crítico en los pocos huecos que dejan las apps. “En los bares aún existen los acontecimientos, eso que no se planea ni se controla”, afirma Alfuso.
Desde 2021 ha intervenido activamente 34 bares con su ciclo Bar Abierto que ha tenido un sentido federal, porque se han producido en Córdoba, Rosario, La Plata y Mar del Plata, y que en CABA ha abarcado toda su geografía en bares de barrios como Devoto, el Café de García o el Florida Garden, en Retiro. Su idea tiene este año una evolución: El Club Atlético Bar de Viejes. El 14 de noviembre hará una fiesta en el Club Villa Malcolm (Vill Crespo) para celebrar el proyecto junto a su comunidad, pero también para relanzarlo. En una primera fase ya tiene diez bares miembros, donde se desarrollan actividades.
“Tenemos que generar espacios donde nos encontremos”, dice Alfuso. Su obsesión: que estas islas de bohemia y felicidad efímera, hecha de mesas, café y mostradores con madera lustrada por el lento y musical paso del tiempo, no cierren y sean los territorios donde los habitantes de la ciudad puedan reconocer una mirada, un gesto amigo, la maravilla de lo inesperado. “El algoritmo sólo te muestra lo que se parece a vos, a tus gustos, no te permite experimentar, ni sentir la alteridad”, critica Alfuso. “Los bares son una red social, no una digital. Todavía hay espacio para la sorpresa”, agrega.
El cerebro
“Nuestro cerebro no está funcionando como le estamos proponiendo que funcione: atendiendo múltiples estímulos en forma simultánea. Es necesario volver a hacer sólo una cosa por vez”, sostiene Alfuso. Entonces proclama su resistencia: la lectura en papel, leer noticias en la edición impresa de los diarios, resolver crucigramas, leer un libro, abandonarnos a la posibilidad del asombro y lo que no está geolocalizado por los algoritmos de las apps. Apunta contra la supremacía del click. “Existe una ficción de actividad, sentís que estás haciendo, cuando en realidad no hacés nada, sólo reposteas stories”, argumenta. Bar de Viejes y la propia Martina proponen desacelerar. Entonces tomar un café o un vermut se vuelve una tarea necesaria para recuperar la humanidad y conseguir hallar un hueco de evasión delante del imperio digital. “¿Para qué queres llegar rápido a tu casa: para scrollear? No tiene sentido”, dice Alfuso.
Martina está sentada en el Bar Comet. Avenida Belgrano y Paseo Colón, el corazón del Bajo porteño, la esquina tiene más de cien años, las nubes eternas del invierno en el sur del mundo, dejan pasar una luz melancólica, un teléfono público sobrevive al asedio táctil, cuesta imaginar a una persona buscando monedas para hablar, pero ahí está, útil y en vigencia: un teléfono hecho para hablar. “La tecnología del bar tiene potencia: una taza es un desarrollo tecnológico de la humanidad”, reflexiona Alfuso.
Los mozos del Comet tienen una base de tres décadas de atención. “Martinita”, la llaman estos hombres ajusticiados por el trópico de las noches de una Buenos Aires que se resiste a desaparecer. “Ella hace que la gente venga al bar”, dice Pedro. Hace 33 años trabaja ahí, es correntino y apunta que hace pocos días se hizo la Fiesta del Mbaipy en su provincia. Y en pocos minutos se anotaron 900 pescadores en la del Dorado. Cosas del bar: en El Bajo hablando de cocina guaraní y la costa del Paraná.
“Es mi mozo en el Comet”, dice Alfuso. Ese sentido de pertenencia a un núcleo familiar es la base sentimental de Bar de Viejes. “Ella es como un viejo bolichero: siempre está”, completa Pedro, sonriente. Nota aquí.
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Fito y Fitipaldis
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Viva Frida
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Piti Fernández
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Carlos Cano
Granada celebra el 80 aniversario de Carlos Cano, su artista más heterodoxo
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Seba Ulivi & Suso Sudón
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Federico García Lorca
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martes, septiembre 08, 2026
Julieta Rada & Rubén Rada
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Silvia Penide
“Lo que más me gusta de A Falperra y Os Mallos es la gente, que es muy abierta y muy dicharachera”
Con una infancia fronteriza, a medio camino entre Meicende y A Coruña, desde el año 2004 vive entre dos barrios que, asegura, “se abrazan” y hasta están unidos por medio de un puente.
Silvia Penide (A Coruña, 1979) es una enamorada de la zona de A Falperra y Os Mallos, en donde lleva viviendo prácticamente media vida. Desde que se instaló para estudiar algo de lo que ejerció durante un tiempo, auxiliar de enfermería, aunque nunca dejó su vena artística, escribiendo y cantando sus propios textos. “Tengo la suerte de que mis ingresos vienen de la música y de la escritura –explica–; hago alguna cosa esporádica, como echarle una mano a una de mis mejores amigas, porque su madre tiene alzhéimer y llevo casi dos años acompañándola dos mañanas a la semana”.
¿Cuál es el primer recuerdo que tiene de A Coruña?
Pues mira, el castillo de San Antón. Me recuerdo paseando con mis abuelos por esa zona. Así, a bote pronto, es lo primero que me viene a la cabeza.
¿A dónde fue al colegio?
Al San Xosé Obreiro, en Meicende. Yo es que me crié en Arteixo, aunque llevo media vida aquí. Me vine en 2004 a un piso. Supuestamente de estudiante. Y ya me quedé.
Pero venía mucho por A Coruña, entiendo...
Pasa una cosa: Meicende linda con Coruña, así que hacemos mucha más vida en Coruña que allí. El bus urbano ahora llega casi hasta Pastoriza, pero antes llegaba justo justo al límite. Así que hacíamos mucha vida en Coruña. Yo bajaba muchísimo de adolescente y mi adolescencia fue aquí.
¿Qué tal estudiante era?
Mala. De hecho, es un tema de uno de mis libros. Se llama ‘Diferentes diferencias’ y se lo dediqué a mi profesora Consuelo. Yo era una niña, creo que con déficit de atención porque mi cabeza siempre estaba en las nubes. Tenía una visión diferente de las cosas. Y Consuelo, mi profesora de literatura, siempre me decía: “Tú, tranquila, que el mundo no te entiende, pero algún día te entenderá. Y tú lo entenderás a él”. Yo me quedé con esa frase. El resto de profesores era gente muy buena, muy amable, pero... Consuelo tenía una gran empatía. Seguimos en contacto y años después escribí este libro porque no todos los peques van al mismo ritmo.
¿Y qué decía entonces que quería ser de mayor?
Sin que suene pretencioso, siempre me sentí artista. La primera canción que me inventé –tenía como dos o tres años– fue a mi madre. Yo siempre tenía algo que contar y me interesaban mucho las historias. Me emocionaba muchísimo con cosas que me contaba mi abuela o con, yo qué sé, el atardecer en Lugo, el campo, la hierba recién cortada... A mí me suscitaba algo, aunque no lo sabía explicar.
Entiendo que tenía una sensibilidad especial...
A día de hoy, seguro que eso tiene un nombre, pero en los años 80 no lo tenía (sonríe).
¿Y cómo se definiría: escritora, cantautora? ¿Cómo se ve?
Qué difícil... A mí me gusta comunicar, tirar de los hilos invisibles entre las personas. Mi trabajo siempre tiene algo que decir, algo que contar. Y apelo mucho a la escucha, que a veces incomoda pero es algo necesario. Yo siempre digo que soy cantautora pero luego apareció la escritura.
¿Cuáles son los temas donde profundiza? ¿Qué le gusta contar?
Me gusta que hablemos sobre las emociones, que nos dejemos llevar, y tirar de los secretos, incluso los que tenemos también para nosotros mismos. Me gusta hablar sobre la culpa porque, cuanto más crecemos, más nos cargamos la mochila y nos cuesta un montón perdonarnos. Me gusta hablar sobre los cuidados de persona a persona, no solamente en el plano físico, sino el emocional. A veces el público me dice: “Es como si te conociese de toda la vida”. Eso busco, que la gente se sienta cómoda. Cuando me lee, cuando me escucha, como si estuviésemos teniendo una conversación de tú a tú, aunque solo hable o cante yo.
¿Por qué eligió este sitio, la cafetería Doré, para hacer la foto?
Porque es como mi oficina y mi rinconcito emocional. Aquí quedo con mis amigos para tomar una caña y desahogarme, para celebrar cumpleaños, para hablar de trabajo o incluso para tener conversaciones desagradables. El Café Doré es mi confesionario.
Y, además, vive en la zona. Este es su barrio...
Sí, en A Falperra y, por conexión, Os Mallos, porque están muy unidos. Son dos barrios que siempre digo que se abrazan, porque tienen un puente que los une. Llevo aquí, desde 2004.
¿Siempre ha vivido en esta zona?
Sí. Me encanta saber que en un bar voy a tener conversación con los dueños y con los parroquianos, como digo yo. Conozco más o menos a todo el mundo. Hay una señora que se llama Juanucha con la que tengo una interacción brutal, conectamos muchísimo. Me gusta ese tipo de contacto humano. Lo que más me gusta es la gente. Es muy abierta, muy dicharachera... Empezar a hablar, decir una frase y que te enganches media hora. Eso me encanta.
¿Qué echa de menos cuando no está aquí?
No me da tiempo, me voy dos meses como mucho. Y con los años, me voy volviendo menos sentimental. Ahora no lo pienso tanto, disfruto del momento, sé que voy a volver y no me da tiempo a echar de menos nada. A veces, cuando vuelvo de estar dos días en Madrid, abro la ventanilla y saco la cabeza y digo: “Hola, Coruña” (sonríe). Nota aquí.
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Raly Barrionuevo
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