“Cuando grabé ‘Bazar de los milagros’ creían que me había vuelto loco’
El músico rosarino celebra el cincuentenario de 'Fuera del cielo' y 'Bazar de los milagros' y recuerda zapadas mágicas con Spinetta en Villa Gesell.
“En la agitada noche del pasado 23 de marzo, el rosarino Litto Nebbia comenzaba a grabar otro álbum para su ya bastante poblada discografía. Los estudios de Casa Netto ponían a su disposición la Consola Sonydine de cuatro canales con máquina Ampex y micrófonos AKG, dinámicos o condensador; contando con Jorge Da Silva como encargado de grabación y la asesoría musical del pianista Manolo Juárez, se superaba el déficit tecnológico que significa trabajar con muchos playbacks en esas condiciones, si hablamos comparativamente con otras latitudes”. Así comenzaba la crónica firmada por Carlos Inzillo para la edición inaugural de la fugaz revista Estornudo, publicada en abril de 1976.
El álbum es Bazar de los milagros, recientemente reeditado en vinilo por el sello español Vampisoul, y junto a Fuera del Cielo será revisitado por el rosarino, medio siglo después de su edición original, este sábado 31 de octubre, a las 21, en el Teatro Santa María, junto a Ariel Minimal y los hermanos Corley. Entradas acá.
Litto no recordaba que había empezado a grabar justo en la noche previa del Golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, que daría inicio a una sangrienta dictadura cívico-militar, que instauraría un plan sistemático de terrorismo de Estado, violaciones masivas a los derechos humanos y devastación económica. “¡Qué locura!”, confiesa el músico. “Menos mal que en algún lugar quedan los registros de cosas así: de discos, de producciones artísticas y culturales”.
Litto recuerda, en cambio, el origen del nombre de aquel álbum, una referencia a Tienda de los milagros, el libro del escritor brasileño Jorge Amado (1912-2001). “En esa época había leído Teresa Batista [cansada de guerra] y Tienda de los milagros. Yo soy bastante lector y, en una época me agarra que le doy a [Ernest] Hemingway y Norman Mailer, y en otra me agarra por la literatura brasileña… Y en esa época tuve la oportunidad de leer esos dos libros de este hombre divino, y ahí se me ocurrió que el álbum siguiente fuera de alguna manera una pincelada de cosas brasileras, sin la necesidad de que tenga que ser bossa nova ni nada por el estilo. Lo grabé con Daniel Homer, que es otro loco por Brasil, y que toca la guitarra impresionante, y nos propusimos la aventura de grabar el álbum los dos solos. Nos dividimos la tarea: además de la guitarra, él tocó el bajo. Y yo, además de los teclados, la batería. Y lo fuimos grabando así, grabando las bases los dos solos”.
El álbum incluye un homenaje a Milton Nascimento (“Bituca”), uno de los tantos referentes que integran el altar musical de Nebbia. “Tuve la suerte de conocer esa música cuando tenía 10 u 11 años. El primer tema que sale interpretado por João Gilberto y escrito por Tom Jobim, Chega de saudade, es del 58 o 59, y a mí ya me enloquecía eso. Al poco tiempo conseguí un librito con un curso de guitarra brasilera para la bossa nova, de un gran músico que además era muy buen didacta, Paulinho Nogueira. Así que cuando tenía unos 13 años ya usaba acordes de paso, que aparecen en las primeras canciones de Los Gatos. Cualquier canción de Los Gatos que vos busques tiene una cantidad de acordes de paso que la música pop o rock de esa época no tenía. Después lo sacábamos con el grupo a la manera que tocábamos en esa época, música beat como le llamábamos, pero era una mezcla de beat con pop y rock, ¿no?”.
¿Cómo es tu reencuentro con estas músicas, tanto con Bazar de los milagros como con Fuera del cielo, que compusiste y grabaste hace 50 años?
Es una sensación muy noble y muy extraña. Por un lado te da felicidad reencontrarte con algunas músicas que no las toco exactamente desde que las escribí. “¡Guau, 50 años!”. Y digo: “Uy, y pensar que nos dejaban tocar en esa época, qué locura”, porque hay cosas que son muy complicadas técnicamente, son moños [risas]. Imagínate Fuera del cielo tiene apenas cinco canciones, porque cada uno de los temas tiene mucho desarrollo, con improvisaciones y contrapuntos. Son muy largos, muy extensos.
¿Y cómo los abordás?
Respeto la línea melódica, la armonía y la letra, pero hago una adaptación. Primero, porque lo estoy tocando con alguna gente que ni había nacido cuando yo escribí eso —que es con la banda con la que me presento actualmente—. Segundo, porque no me parece una buena idea querer hacer un cover de mí mismo y querer copiar un clima a través del tiempo, de medio siglo atrás. No tiene sentido. Entonces, respeto la esencia de los temas, pero le doy un ámbito, un clima sonoro potenciado por la química que tiene este grupo. Es más, lo vamos a grabar para sacarlo el año que viene, porque pasan otras cosas, hay otros solos, así que estoy muy contento.
Cuando entraste a grabar Bazar de los milagros, venías de disolver el trío con el contrabajista Jorge “Negro” González (1935-2013) y con el baterista Néstor Astarita (1938-2024). ¿Cómo influyó en tu música haberte relacionado con músicos que manejaban el lenguaje jazzístico?
A mí lo que me permitió tocar con esta gente es poder continuar esta aventura de tocar de una manera que no te encasillen, de una manera que no te digan: “Ay, si no hacés esto no es rock, y si no hacés esto no es jazz, o si no hacés esto no es bossa nova”. El tema de la ortodoxia en los géneros musicales, a veces por edades, a veces por géneros, es muy triste. Yo le he escapado siempre a eso y hasta el día de hoy toco con gente que le gusta la música en general, donde no hay diferencias por edades, porque si no es como que uno tiene que tocar a la moda de lo que pasa ahora y lo que viene después. Yo toco mi música, que tiene mi identidad, mi forma personal de interpretar, de tocar el piano, de cantar, de escribir. Y bueno, esa música que hago la toco con gente que le gusta lo que yo escribo y que es gente que tiene bandas y me gusta lo que ellos hacen: esa es la primera condición para estar contentos en el escenario. Hace 50 años, no sonaba natural usar el término “fusión” pero nosotros innovamos con la fusión. Y tocábamos juntos con Chango Farías Gómez, con Dino Saluzzi, con Domingo Cura, con Rodolfo Alchourrón, con Chivo Borraro. Imagínate, unos venían del jazz, otros venían del tango y otros venían del folclore, pero ninguno era ortodoxo. Entonces, cuando vos caías —en este caso, que eran canciones mías— con canciones que tampoco estaban rígidas en un género, a nadie de estos tipos se le cruzaba por la cabeza: “Uy, este era de Los Gatos, tenemos que tocar rock”. Tocábamos y sacábamos una cosa libre, y salía una alternativa nueva de música popular que finalmente era música popular argentina, porque somos argentinos y porque las escuelas que tenemos vienen de las músicas que nos representan por idiosincrasia, que es un poco el folclore, un poco la música ciudadana, el tango…
Claro, pero en esta cuestión de las etiquetas, siempre fue bastante difícil encasillarte. Vos decías “música popular argentina” y, si la comparas con Brasil —donde la MPB es una marca, muy fuerte—, no es un término demasiado desarrollado…
Nosotros tenemos compositores extraordinarios de la época dorada del tango, del folclore, de todo, tenemos de todo. Pero es muy bravo nuestro país en eso: en encasillarse, en reconocer cosas que tiene y disfrutarlas libremente. Te menciono nada más que como ejemplo máximo: ¡25 años discutiendo si Piazzolla es tango o no es tango! No tiene sentido. Nadie discute en España si Joan Manuel Serrat hace música española o no hace música española; es un cantautor influenciado por la canción francesa, por Brassens, por Jacques Brel, por eso, pero nadie discute si es música española, dicen: “Es español”. Bueno, acá es si son foráneos, si no son… Esas eran las luchas de esa época que hoy en día no se dan de la misma manera, pero siempre hay una pequeña cosita. Entonces, acá es muy difícil que encuentres esto que describís de Brasil, donde aman su música, donde además enseguida le ponés un nombre y no importa si el tipo que maneja el taxi escucha todavía a Cartola o el último disco de Milton Nascimento: les gusta la música brasilera. Nota aquí.

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