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miércoles, mayo 27, 2026

Eva Baroja

 Eva nos cuenta por Facebook.

Escuché por primera vez estas notas hace meses. Íbamos en el coche, de camino al cine desde el periódico. Y me emocioné. Esta semana, en el estreno de 'Golpe a golpe', me volví a emocionar. A pesar de haberla escuchado unas ¿cien veces?
En la obra, Juan Ramón Jiménez le dice a Antonio Machado que a él le interesa escribir sobre las pequeñas cosas. Y antes de desaparecer, cuando empieza a sonar el piano, le enseña las primeras palabras de algo que anda escribiendo: "Platero es pequeño, peludo, suave...".
Quizás, de eso vaya todo. De las pequeñas cosas. Al menos, es lo que intento transmitir cada día en la radio. Y lo que intento aplicar, no siempre con éxito, a mi vida cotidiana.
Hace unas semanas, a las doce en punto de la noche, en la fiesta postestreno de una película, empezó a sonar la alarma del móvil de un actriz veteranísima con la que estaba hablando. “Uy, es la hora de los agradecimientos", me dijo. Mi cara le debió sorprender. "Es un ritual que hago desde hace muchos años. Agradecer lo bueno que me pasa todos los días a esta hora”, aclaró.
Lejos de parecerme una extravagancia, su rutina me convenció. Quizás porque el ritmo de nuestras vidas nos impide muchas veces ver las cosas con perspectiva. Quizás porque el estrés, las obligaciones o los miedos nos convierten en peores personas de lo que realmente somos.
Me convenció porque quizá pararnos una vez al día, al irnos a la cama, a mirarnos por dentro y a agradecer lo bueno que nos ha pasado las últimas 24 horas sea un antídoto contra el mal rollo. Una medicina interesante.
Porque, aunque aparentemente no tengamos motivos importantes para hacerlo, es gratis y nunca está de más. Yo, por ejemplo, esta noche daré las gracias por estar sana, por tener una familia que me quiere, por dedicarme a un trabajo que me apasiona y por todas aquellas pequeñas cosas que me hacen feliz cada día. ¿Y vosotros? ¿Qué es lo que vais a agradecer cuando acabe el día?.



martes, septiembre 02, 2025

Paris Joel

 

viernes, marzo 21, 2025

Juan Ramón Jiménez

 Primavera

Abril, sin tu asistencia clara, fuera
invierno de caídos esplendores;
mas aunque abril no te abra a ti sus flores,
tú siempre exaltarás la primavera.
Eres la primavera verdadera;
rosa de los caminos interiores,
brisa de los secretos corredores,
lumbre de la recóndita ladera.
¡Qué paz, cuando en la tarde misteriosa,
abrazados los dos, sea tu risa
el surtidor de nuestra sola fuente!
Mi corazón recojerá tu rosa,
sobre mis ojos se echará tu brisa,
tu luz se dormirá sobre mi frente...



jueves, marzo 09, 2023

Luis García Montero

 Precisamente por eso

La literatura, en su afán de contarnos la vida, enseña que la realidad más complicada se encarna a veces en una escena sencilla. Una situación y unas pocas palabras resumen las historias personales y colectivas. Lo pensé el otro día en un homenaje a Ángel González en la Caja de las Letras del Instituto Cervantes, cuando María Gil Burman contó una anécdota que me recordó la manera de ser y de estar de un poeta inolvidable.

Ángel González nació en 1925 en Oviedo. Fue el hermano menor y mimado de un mundo feliz, capaz de hablar por teléfono con cualquier sueño. Su familia estaba muy relacionada con el magisterio asturiano, pero los vientos de la vida dan casi siempre lecciones más rotundas que los mejores maestros. Muerto el padre de forma temprana por una operación médica poco afortunada, la familia pagó una factura muy alta por culpa de otro tipo de dolencia nacional crónica: el golpe de Estado de 1936, la guerra, la derrota y la dictadura. Un hermano mayor fusilado, otro hermano en el exilio y la madre y la hermana víctimas de la depuración que el magisterio sufrió en la época de los himnos, las proclamas y la irracionalidad abanderada. Se vieron obligados a convertir la casa en una pensión para limpiarle las sábanas y darle de comer a los oficiales del mismo ejército que había destrozado su alegre convivencia republicana.

Apurado por la vida, Ángel se hizo poeta, buscó en las palabras, en Juan Ramón Jiménez y en Antonio Machado, las mismas complicidades que en los amigos del barrio para compartir imaginaciones y la ilusión de un tiempo distinto al que soportaban. Escribió, militó y vivió durante muchos años con más convencimiento que esperanza, dispuesto a no renunciar a las convicciones en las que se había educado, aunque la realidad del franquismo pareciera una roca inconmovible y cada año nuevo no supusiese nunca una vida nueva. Pero le gustaba cantar y tocar la guitarra. Crónica aquí.




jueves, marzo 06, 2014

Juan Ramón Jiménez

Un siglo de “Platero y yo“

Habla de sexo, trabajo infantil y hasta de un caldo de perritos, señala un experto. Influyó incluso en Borges.

“Yo nunca he escrito ni escribiré nada para niños”, decía Juan Ramón Jiménez (1881-1958) en el prólogo a la primera edición de Platero y yo, la novela a la que su nombre quedaría adherido. “Es un libro que necesita una lectura adulta, habla de sexo, de homosexualidad, de trabajo infantil”, señala Jorge Urrutia Gómez, especialista en este autor, que marcó el canon de la poesía española y fue Premio Nobel en 1956. Nota aquí.