lunes, agosto 17, 2026

Luz Casal

 Luz Casal, una clásica con sus clásicos

La cantante se mostró feliz, plena y competente en su paso por Cap Roig

Luz Casal está, desde hace tiempo, en un momento dulce de su carrera que seguramente está viviendo sin alharacas, sabedora de lo frágil que es casi todo en esta vida. Pero a estas alturas, con el poso que dejan los años y la felicidad de poder continuar haciendo lo que desea con el apoyo del público, la vida es más fácil, gratificando casi en cada actuación. En el festival de Cap Roig dejó en evidencia estas percepciones, manejándose solvente y dominadora por un repertorio diverso en el que sacó a relucir una de sus mejores facetas, la interpretación. Esa forma de cantar, ese convencimiento no impostado al decir las letras, su entrega al público, cercana pero no ramplonamente tópica, desde un espacio de poder, le permitieron dedicar cerca de dos horas a recordar que es una de las grandes damas del pop-rock español. Su público se lo mostró.

Dado que presentaba su último disco, Me voy a permitir, un título que ya explica bastantes cosas, comenzó precisamente por él, con una pieza rítmica que en directo suena más directa, menos instrumentada, casi más franca que en disco. Poco más tarde se lucía con Volver a comenzar con sus estrofas iniciales casi más dichas que cantadas, expresadas como quien cuenta una historia, esa que ayuda a darnos más oportunidades cuando la adversidad nos descarrila. Su recuerdo a Amalia Rodrígues mediante Lágrima fue su segunda parada en ese disco en el que Luz se ha dado permiso para afrontar versiones de otras voces, algo que jamás ha sido ajeno a su carrera y que da al título del álbum un sentido que va más allá de este hecho. Por ejemplo hacer un tema sobre la vigencia del odio, comprendiéndolo puntualmente pese a no permitírselo de manera continuada, “sería horroroso odiar”, dijo al presentar Bravo, tema que tomó del cancionero de Olga Guillot, una de las artistas que lo han abordado. “Te odio tanto que yo misma me espanto de mi forma de odiar”, cantó con tal convicción que hasta daba un poco de pena la persona destinataria de tamaño odio. Eso es interpretar, hacer verosímil un sentimiento, una actitud, un estado de ánimo.

En la parte central del concierto, antes del segundo cambio de vestuario, Luz dejó ir alguno de sus clásicos, un No me importa nada que dedicó a las mujeres, con las que estableció un tan invisible como evidente sentimiento de complicidad, ese Besaré el suelo por ti que muestra amor y sufrimiento, dos caras a menudo en relación y Un nuevo día brillará en el que espoleó al público para acompañarla. Y la platea cantó, perdiendo poco a poco el miedo hasta recibir la final aprobación de Luz. De vuelta a escena, y según dijo rompiendo una norma que suele evitar esta canción en su repertorio cuando actúa en España, cantó 18 años, la adaptación del Il venoit d’avoir 18 ans de Dalida que concluye con una frase casi demoledora, fin de una relación entre personas de edades distanciadas que marcó la vida de su intérprete, “había olvidado que yo tenía dos veces 18 años”. Otra mujer ocupó el centro cuando Luz cantó Nada es imposible, una loa a la resiliencia con Noah Higón, jurista, politóloga y escritora aquejada de varias enfermedades raras que no le han arrebatado la ilusión de vivir. Fue quizás uno de los momentos de más intensidad emocional, pues a Luz se la vio impresionada por el carácter y actitud de la activista cuando presentó la pieza.

La recta final de la actuación bajó esta intensidad, expresada por medio de canciones de regusto pop y caminar pausado, y se ancló en el rock, comenzando por Me voy a permitir, una licencia a sí misma, quizás hija de una edad en la que callarse no es opción ante la posibilidad de ser sincera consigo misma y el entorno. Rufino y Loca antecedieron unos bises que abrió con Lo eres todo un tramo sin batería para Negra sombra y Piensa en mí. No faltó Es por ti, su Boig Per tú de Sau, que en Cataluña no puede ausentarse del repertorio. Luz haciendo lo que desea, Luz, madura y segura, Luz, un ramillete de éxitos para relacionar amor y dolor, tristeza y esperanza en una noche en la que pareció particularmente satisfecha de estar sobre un escenario. Nota aquí.




Polaco Goyeneche

 


Glen Hansard

 

Ernest Hemingway

 


Piti Fernández

 


Las Migas

 

Max Yasgur

 El hombre que hizo posible Woodstock y desafió a su comunidad por un campo

Max Yasgur, productor lechero de Nueva York, cedió sus tierras a los organizadores del festival y enfrentó el rechazo de sus vecinos, transformando su granja en el escenario clave del encuentro que marcó una época

Cualquier conversación sobre el mejor solo de Jimi Hendrix, o sobre una presentación que partió en dos la historia del rock, termina tarde o temprano en el mismo lugar: Woodstock. El festival que, el 15 de agosto de 1969, convirtió a una granja lechera del estado de Nueva York en un evento que definiría a una generación.

Cualquier conversación sobre el mejor solo de Jimi Hendrix, o sobre una presentación que partió en dos la historia del rock, termina tarde o temprano en el mismo lugar: Woodstock. El festival que, el 15 de agosto de 1969, convirtió a una granja lechera del estado de Nueva York en un evento que definiría a una generación.

Detrás del barro, la música y las 400.000 personas hay una figura que raramente encabeza el relato: un granjero de casi 50 años, sin ningún interés por el rock, que atendió el teléfono en el peor momento y tomó la decisión que hizo posible todo lo demás. Su nombre era Max Yasgur.

Era julio de 1969 cuando los organizadores Michael Lang, Artie Kornfeld, Joel Rosenman y John Roberts estaban al borde del desastre. El predio original en Wallkill, Nueva York, les había sido retirado a semanas del evento: la Junta de Zonificación prohibió el concierto alegando que los baños portátiles no cumplían con el código municipal. Con las entradas vendidas y los contratos firmados, el festival no tenía sede.

Fue entonces cuando llegó el contacto más improbable: Kornfeld le pidió a su prima que llamara al tío de un vecino. Ese vecino resultó ser sobrino de Yasgur. El granjero atendió, escuchó la propuesta y aceptó arrendar su granja de 600 acres (243 hectáreas) en Bethel. Woodstock Story reconstruyó ese hilo y lo señaló como el momento en que se definió el destino del festival.

Lo que vino después no fue sencillo. Los vecinos de Yasgur colocaron carteles por toda la zona: “Compren leche en otro lado. Paren el festival hippie de Max”. Su teléfono recibió llamadas de amenaza. El ayuntamiento de Bethel aprobó los permisos a último momento, pero la Junta Municipal se negó a emitirlos formalmente, según la documentación de Bethel Woods Center for the Arts. Yasgur avanzó de todos modos.

Había una razón práctica detrás de su decisión, según su propio hijo. El año había sido muy lluvioso y la producción de heno en la granja era baja. El dinero del arrendamiento —que las fuentes especializadas cifran entre USD 10.000 y USD 75.000, con versiones que difieren— servía para compensar la pérdida.

Pero Yasgur hizo más de lo que el contrato le pedía. Cuando se enteró de que algunos vecinos vendían agua a los visitantes, colocó un cartel en su granero que decía “agua gratis” y golpeó la mesa frente a sus amigos para preguntar cómo alguien podía cobrar por agua, según registró The New York Times en su cobertura de aquellos días.

Cuando el campo se volvió ciudad

El festival se realizó entre el 15 y el 18 de agosto de 1969. Lo que empezó como un evento pago terminó siendo gratuito porque el público llegó en oleadas, saturó los accesos y volvió inviable cualquier control del ingreso. Bethel Woods Center for the Arts ubica la asistencia entre 400.000 y 500.000 personas, lo que convirtió a Bethel en la cuarta ciudad más poblada del estado de Nueva York durante esos cuatro días.

La primera noche abrió con Richie Havens, quien subió al escenario casi por necesidad, mientras los retrasos y el caos de la llegada de artistas desorganizaban el cronograma. Bethel Woods conserva la lista completa: Havens, Sweetwater, Bert Sommer, Tim Hardin, Ravi Shankar, Melanie, Arlo Guthrie y Joan Baez.

No fue una explosión inmediata de gigantismo rockero. La primera noche de Woodstock mostró que el festival no tenía una sola voz, sino varias vidas al mismo tiempo: folk acústico, espiritualidad oriental, discursos de paz y una audiencia que todavía buscaba acomodarse en un campo que ya cambiaba con la lluvia.

El sábado 16 y el domingo 17 completaron esa acumulación. La programación incluyó a Santana, Grateful Dead, Creedence Clearwater Revival, Janis Joplin, Sly & The Family Stone, The Who, Jefferson Airplane, Joe Cocker, The Band, Crosby, Stills, Nash & Young y Jimi Hendrix, entre otros, según Bethel Woods.

La lluvia, el barro y los cortes de luz formaron parte de la biografía del festival tanto como las canciones. Smithsonian Magazine explicó que los helicópteros se usaron para mover artistas, médicos y suministros en medio del colapso vial, ya que las carreteras rurales habían quedado completamente saturadas. Alimentar y sostener durante días a cientos de miles de personas exigió soluciones de emergencia que nadie había previsto.

Yasgur subió al escenario durante el festival y habló a la multitud. Sus palabras, recogidas por Woodstock Story, fueron directas: “Demostraron algo al mundo: que medio millón de jóvenes pueden reunirse durante tres días de música y diversión sin nada más que música y diversión. Dios los bendiga por eso”.

El aplauso que recibió ese granjero de casi 50 años, en medio de un campo que era su propiedad y que había cedido contra la voluntad de su comunidad, fue uno de los momentos más recordados del festival.

Qué pasó con Yasgur después del festival

Lo que vino después para Yasgur fue más duro. Sus vecinos lo demandaron por daños en las propiedades. La relación con su comunidad se deterioró al punto de que ya no se sentía bienvenido en el almacén del pueblo.

Vendió la granja en 1971. El 9 de febrero de 1973 murió de un ataque cardíaco a los 53 años. La revista Rolling Stone le dedicó un obituario de página entera, uno de los pocos no músicos en recibir ese homenaje en sus páginas, según Woodstock Story.

A 57 años de aquel 15 de agosto, el predio de Bethel integra desde 2017 el Registro Nacional de Lugares Históricos de Estados Unidos, según el Servicio de Parques Nacionales. Mientras que Rolling Stone recordó que el festival confirmó que el rock and roll había entrado en la corriente principal de la cultura.

Bethel Woods, que custodia el sitio y el archivo oral del evento, reunió miles de testimonios para conservar esa memoria desde abajo. En la actualidad, en el predio existe hoy un memorial dedicado a Max Yasgur, el granjero que no era hippie, que no escuchaba rock y que, con una llamada telefónica que llegó por azar, hizo posible el festival. Nota aquí.






Pez Mago

 


Fernando Savater

 


El Roto

 


domingo, agosto 16, 2026

Supersubmarina

 

Coque Malla

 


Joaquín Pérez Azaústre

 Joaquín Pérez Azaústre convierte la distancia geográfica con su hijo en emocionada poesía

El autor de 'Defender el Álamo', galardonado con el Premio de Poesía Generación del 27, hace de la escritura un ejercicio de "resistencia frente al tiempo y la ausencia"

Defender El Álamo es buscar en tu hijo las palabras que te definan y las fuerzas con las que encarar cada mañana. El narrador y poeta Joaquín Pérez Azaústre (Córdoba, 1976) ha ganado con Defender El Álamo el Premio de Poesía Generación del 27, un conjunto de versos escritos entre 2018 y 2020 donde remedia la distancia con su hijo por medio de poemas que palían la separación de ambos. El libro está editado en Visor. «Frente a la noche oscura, siempre te quedarán nuestras palabras. / Yo cubriré tu espalda, y pienso resistir. / Hijo, tú y yo sabemos defender El Álamo».

Para comprender el significado, la emotividad, las brasas que queman en este poemario es necesario comprender algunas cosas del autor. Su hijo, que ahora frisa los diez años, vive lejos de Madrid y Córdoba, las ciudades donde trabaja el poeta. El hijo vive en otro continente, a varias horas de avión de él. Cuando están juntos, el padre y el hijo defienden El Álamo con lecturas, películas, viajes y largas conversaciones, sin prever en momento alguno el billete de vuelta. «Todo se guarda para el hijo: / de la primera gota de la vida / a la última palabra», escribe Pérez Azaústre entre los primeros versos del libro. Y esas no son palabras banales en él, sino una innegociable declaración de principios. Puedes dimitir de un familiar por cercano que sea, de un amigo, de tu pareja (esto es lo más fácil y habitual), pero no es posible dimitir de un hijo. No estamos construidos para eso. Leemos a Pérez Azaústre y cualquier padre se siente concernido, señalado, partícipe de sus sentimientos abrasadores. Hay en este libro un poema que se titula Videollamada que empieza así: «Y llegará un momento en el que nadie / nos corte la llamada». Y cuyo final es este: «Y eso, por ahora, es todo lo que tengo. / Todo lo que tenemos, / el momento de gloria: / Saber que tú me miras, y me ves».

Por entonces, como ahora, padre e hijo se contaban su mundo a través de internet, muchos kilómetros de distancia entre uno y otro. Los dos han sabido establecer un mundo de paciencia, espera y demora hasta que internet los vuelve a juntar. Pérez Azaústre asegura: «Algunos venimos a la vida / a no cansarnos nunca», otra de las muchas declaraciones de principios que atesora este libro que quema, de una belleza muy serena, que guarda mucho de esa emocionalidad contenida de la que están hechas obras como las de César Vallejo, Caballero Bonald, Gala o Antonio Colinas.

El jurado que premió el libro, formado por Jesús García Sánchez, Raquel Lanseros, José Antonio Mesa Toré, Miriam Reyes y Jaime Siles, sostiene que la metáfora que encierran estos versos pasa por «sostener un baluarte afectivo pese a la separación geográfica y vital». Y añade: «La escritura se asume como resistencia frente al tiempo y la ausencia». El dibujo que ilustra la portada del libro, por cierto, es obra del hijo. Joaquín Pérez Azaústre ha sido reconocido con algunos de los premios de poesía más importantes que se conceden en España. Acaba de terminar su última novela, que aparecerá a finales de año o principios del próximo y que volverá, ya lo advertimos, a zarandear los corazones más sensibles, acostumbrados y fríos de su legión de lectores, del mismo modo que hizo con El querido hermano, en Galaxia Gutenberg, una de las mejores novelas escritas en la lengua de Cervantes en los últimos años y que narra los días en que Manuel Machado conoce la noticia de la muerte de su hermano Antonio en Colliure. Nota aquí.



Los Estanques & El Canijo de Jerez

 

Siloé

 


Juan José Campanella

 Juan José Campanella y sus recuerdos de El hijo de la novia, que hoy cumple 25 años de su estreno

Llamamos al director, por el aniversario del filme con Ricardo Darín, Héctor Alterio y Norma Aleandro, que fue candidato al Oscar.

Y Campanella nos escribió esta nota.

En realidad, la historia empezó en el año 1999, para mí se cumplen 27 años por estas épocas. Fue una noche de ese año que fui a cenar con mi papá, y tuve la charla que empezó todo.

Los ubico en la situación. Hacía poco habíamos terminado de filmar El mismo amor, la misma lluvia, y sentía que ese tándem que habíamos formado con Ricardo Darín era una especie de Milagro. Ese enorme actor al que le debo tantísimo, además tenía conmigo una serie de coincidencias creativas muy raras. Una película es una sucesión de emociones intangibles y tener como coautor (un gran actor es también coautor) a alguien con quién se acuerda en esas (el sentido del humor, de la emoción, de la comedia, del timing, de la sensibilidad) debe ser cuidado como una orquídea.

Al mismo tiempo con otro de esos coautores/hermanos de la vida, Fernando Castets, buscábamos una historia para contar lo que le pasaba al hombre de 40 y pico en esos años, a ese hombre que estaba solo y esperaba, sin saber qué, mirando un televisor caleidoscópico a las 4 de la mañana sin poder dormir, control remoto en mano. Teníamos el personaje, pero no la historia.

Y esa noche de 1999 fui a cenar con mi papá. “Quiero casarme con Luisa por Iglesia”. Mi madre, que sufría de Alzheimer, estaba en un geriátrico al que mi padre visitaba todos los días, de domingo a domingo. Ellos nunca se habían casado por Iglesia por razones que no vienen al caso. Tratamos de cumplir ese sueño, pero no hubo caso. La Iglesia no lo permitía por la situación de salud de mi madre.

Pero algo salió de ese pedido, y hoy estamos hablando de eso. El personaje del cuarentón sin brújula encontró su historia y ahí fuimos con Fernando Castets a escribirla. Un año y medio de trabajo constante y 27 bocetos después, estaba listo el guion que sin ningún cambio es lo que hoy podemos ver. En el proceso fueron fundamentales los consejos de Aída Bortnik, nuestra gran amiga y maestra de toda la vida. El guion no sería lo que es sin ella. ¡Gracias, Aída!

Las primeras reacciones

No fue fácil. Cuando comenzamos a mostrar el guion la reacción no fue buena. “Deprimente”, “Nadie quiere ver esto”, “Te va a arruinar la carrera”, “Viejos, Alzheimer, ataques al corazón… Esto es veneno”. Solo Jorge Estrada Mora, otro enorme amigo y productor al que le debo tantísimo, creía en la historia. ¡Gracias, Jorge! Y Ricardo Darín también, sin su fe hubiera sido imposible. ¡Gracias, Ricardo!


Y luego de muchas vueltas, el guion paró en la mesa de Adrián Suar. Adrián lo llevó al teatro, en donde estaba hacienda junto con Guillermo Francella “La cena de los tontos” y lo dejó esa noche en su camarín. Al día siguiente, Guillermo preguntó qué era ese libro. Adrián le cuenta. Guillermo, curioso como es, se lo lleva. Al día siguiente le dice a Adrián “Tenés que hacer esta película”. Otro gran enorme amigo de la vida, Guillermo Francella. ¡Gracias, Guillermo! Y Adrián resolvió hacerla, lo que comenzó otra gran amistad que ya lleva 25 años. ¡Gracias, Adrián!

El elenco

¿Alguien se puede imaginar esta película sin Norma y Héctor? Imposible. Quizás el que desconoce los mecanismos de trabajo de un actor no dimensione justamente el trabajo de Norma Aleandro. Un actor trabaja con emociones, recuerdos, objetivos de escena, subtexto y motivación. NADA DE ESO se aplica a una persona con Alzheimer, cuyos estados emocionales responden a caprichosos centelleos del cerebro. Norma tenía dudas al respecto, y fuimos a ver a mi madre.

Pasamos dos horas con ella y fue como un Milagro, mi madre, cuyo sentido del humor estaba intacto aun cuando ya no me reconocía, hizo un paseo por casi toda la película. Recitó la poesía de los cuarenta balcones, hizo gala de su picardía natural, quizás el único rasgo que conservaba intacto de su personalidad, e hizo reír a Norma.

Cuando volvíamos en el auto, Norma pensaba. Yo, callado. En un momento, Norma dice “Es un trabajo muy difícil”. Yo, callado. Segundos después dice “Es MUY riesgoso”. Yo asentí. En efecto, lo era. Y medio minuto después, Norma dice “Pero si sale bien…” . ¡Gracias, Norma!

El proceso

Sin lugar a dudas, y por muy lejos, fue el proyecto más fácil de mi vida. Los actores, en estado de gracia, me daban lo mejor de sí en la primera toma. La película se terminó en tiempo y en forma, y estaba editada una semana después de terminar el rodaje. Cada día era orgásmico.

Dos anécdotas. Cuando filmamos la escena en la que Nino le explica a Rafael lo que era el restaurante cuando trabajaba Norma, yo tenía planeado un recurso cinematográfico, inspirado en Rebecca, de Hitchcock. La idea era que mientras Nino describía el camino de Norma llevando a un cliente hacia la mesa, la cámara recorriera el restaurante vacío, y la teoría era que el espectador combinara en su cabeza el texto en off de Héctor y el recorrido de la cámara, imaginando a Norma.

Cuando filmamos la toma en la que Héctor describe el personaje (el monólogo era apenas un cuarto de página, casi pasaba desapercibido en el guion), nos quedamos todos mudos. Yo, al borde del llanto, no podía ni decir “Corte”. Miro a mi costado al sonidista, viejo veterano del cine, con lágrimas en los ojos. Me acerco a los actores. Natalia Verbeke tenía todo le maquillaje corrido por las lágrimas. Ricardo me dice sonriendo “me robó la película”.

En ese momento decidí agradecerle al recurso cinematográfico, a Rebecca y a Hitchcock por los servicios prestados y los mandé a la casa. La filmación terminó ahí ese día. Cortar esa cara con un “recurso cinematográfico” hubiera sido mala praxis.

Otra. Estábamos filmando la escena en la que Rafael le declara su nueva filosofía y su amor a Nati por el portero eléctrico. Ensayamos desde cámara. Había una cámara chiquita en lo que sería el portero eléctrico, y la cámara grande filmaba desde el costado. Ensayamos (siempre ensayamos sin la actuación a full, no sea cosa de que salga perfecta en el ensayo) y largamos la primera toma. Lo que yo veía de Ricardo en el monitor mío, era tan natural, tan sentido, tan real, que pensaba “se está improvisando todo, qué genio”. Termina la toma, y me acerco.

“Estuvo espectacular, pero hagamos otra con la letra, por las dudas”. Ricardo me mira confundido, y me dice “Era la letra”. Voy a leer el guion y efectivamente, era. El nivel de verdad, espontaneidad, compromiso y sensibilidad, el timing innato que tiene Ricardo es realmente para comprarse una fábrica de sombreros para ir sacándoselos uno a uno. En ninguna de estas dos escenas medió por parte mía ni la más mínima dirección. Fueron ellos. ¡Gracias, Ricardo! ¡Gracias, Héctor!

Y acá estamos

Nadie pensó que estaríamos celebrando y recordando la película 25 años después. Nadie imaginó siquiera el Oscar. Fue Adrián el que primero lo dijo, promediando la filmación luego de ver lo que íbamos filmando, “Me parece que con esta peli vamos a viajar”. Yo nunca lo creí, siempre preparándome para el fracaso.

Poco importa ahora la recepción que tuvo en ese momento. Gran parte de la crítica “especializada” la mató y trató de convertirla en lo peor del cine, pero acá estamos. Todo eso es parte olvidada del pasado.

Hoy, a 25 años de su estreno esta pequeña comedia nos sigue recordando que, en medio del ritmo vertiginoso del día a día, siempre estamos a tiempo de parar, mirar a los ojos a quienes amamos y cumplir esas promesas pendientes que le dan sentido a todo. Rafael encontró su brújula, y nos ganamos el final feliz.

Empecé esta nota sin saber qué escribir, y naturalmente se convirtió en un agradecimiento enorme a todos los que ayudaron a que existiera. Me faltan algunos agradecimientos claves. Al equipo de filmación, sin los cuales nunca nada es posible. Un equipo que puso todo, con enorme eficiencia, entusiasmo y muchísima creatividad. ¡Gracias, gran equipo!

Al público que la sigue viendo y queriendo. A los que se la recomiendan a sus hijos, a sus amigos, a los que hacen que ese esfuerzo de tanta gente siga vigente. ¡GRACIAS!

Y sobre todo, desde lo más profundo de mi corazón… ¡Gracias, papi! ¡Gracias, mami!

Porque como nos enseñó la historia de la familia Belvedere, el verdadero amor no entiende de olvidos: se adapta, resiste y encuentra la manera de volver a casarse todos los días. Nota aquí.









Tute & Ricardo Mollo

 

Día de la Boca

 


Félix Maraña

 Carnicero de Badajoz

Yagüe era un asesino,
un mulo de hoz y coz,
una bestia muy feroz,
un tipo ruin y cretino,
que por mandato divino,
según creyó este canalla,
mataba con la metralla
a millares de inocentes.
Y no fueron suficientes.
Le dieron una medalla.
Además de carnicero
de población indefensa,
mandaba mucho en Defensa
y cobraba buen dinero,
en el tráfico primero
del gobierno del Caudillo.
Era canalla, era pillo,
era un tipo abyecto, cruel,
y en el frente de Teruel
pasó a la gente a cuchillo.
Allá, en su pueblo natal,
San Leonardo de Soria,
lo tienen como en la gloria
a este inculto general,
dedicado a hacer el mal
su vida como quien hace
que lo bueno se deshace
mientras el cruel lo disfruta,
en una guerra, disputa
donde la maldad subyace.



Nahuel Pennisi

 


Alejandro Astola

 


Fernando Pessoa

 


Monstriña

 


sábado, agosto 15, 2026

Arco

 

Carl Sagan

 


Conciertos de la Muralla

 


Estopa

 

Juan Carlos Baglietto & Lito Vitale

 “Nos damos el gusto de buscar nuevos conceptos”

Después de una década sin grabar juntos, regresaron con un álbum dedicado a las canciones de amor, de Alejandro Sanz a Pablo Milanés, con Sandro, Leonardo Favio, Carlos Gardel, Alejandro Lerner y Nino Bravo en medio. “Nos elegimos porque somos complementarios, nos sentimos contenidos en lo que hace el otro y porque nos admiramos, nos respetamos y nos queremos”, afirman.

“Respeto, amor, compañerismo, complicidad y no competencia. Nosotros nos llevamos muy bien, nunca dejamos de vernos ni tuvimos crisis ni peleas”, resume Lito Vitale, sentado en su estudio de San Telmo, sobre su vínculo musical con el cantante Juan Carlos Baglietto. “Nos tomamos un receso de casi diez años, pero nunca dejamos de vernos en ese tiempo. Nos elegimos porque somos complementarios, nos sentimos contenidos en lo que hace el otro y porque nos admiramos, nos respetamos y nos queremos”, suma Baglietto sobre estos 35 años de historia compartida. A modo celebración, acaban de publicar el disco Bodas de coral (2026), que presentarán este sábado 15 de agosto a las 18.30 y a las 21, y el domingo a las 21 en Auditorio Belgrano (Virrey Loreto 2348).

La particularidad del nuevo disco del dúo es que se trata de un repertorio constituido por nueve canciones de amor. Un abanico que va desde Alejandro Sanz hasta Pablo Milanés, pasando por Sandro, Leonardo Favio, Joan Manuel Serrat, Nino Bravo, Carlos Gardel, Jaime Roos y Alejandro Lerner. “Todos los discos que hicimos en mayor o menor medida tienen una bajada poética de buen nivel. Y acá también. Si bien narran historias de amor, lo hacen de una manera que está buenísima, que es linda, amable y emotiva”, define Vitale sobre el eje conceptual del disco. “El resultado nos gusta, nos parece que es un nuevo mojón en nuestro camino. Nos sacamos el gusto de buscar nuevos conceptos. En el concierto, por supuesto, estarán las canciones de Juan de siempre que son necesarias e imprescindibles”, resalta el pianista.

El sonido del álbum, que suena sofisticado y elegante, sin perder cierta simpleza y frescura de lo popular, fue grabado con la banda estable del dúo: Rocky Fernández en batería, Marcela Galván en saxo barítono y alto, Valentina Pérez en saxo tenor, Clara Lodi en trompeta y Julia Di Paolo en el trombón. “Y mi hijo Jano Vitale toca el bajo. Es una banda excepcional”, celebra el director musical, quien también se animó a cantar “No hace falta”, de Alejandro Lerner. “Es muy orgánico todo, no es que hay un método determinado. Y como nosotros respondemos a nuestras propias voluntades y necesidades, todo lo que hacemos es culpa nuestra. Lo bueno y lo malo”, entiende Baglietto, quien le aporta aquí su voz profunda y sentimental a clásicos de la música popular argentina como “Penumbras”, “Ella ya me olvidó” o “Cuando tú no estás”.

“Decidimos hacer un disco de canciones de amor, y empezamos a abordar repertorio que Lito proponía y yo también. Tenemos un entorno de gente que también propone. Por supuesto, las decisiones finales las tomamos nosotros”, explica el cantor rosarino. “Empezamos a barajar canciones que en otras épocas no nos gustaban porque las canciones de amor nos parecían un género menor. Las veíamos desde un lugar de músico de rock que mira de reojo otras músicas. Nosotros no respondemos a intereses de otra gente sino de nosotros mismos. O nuestro entorno inmediato: parejas, hijos y equipo de laburo. Entonces, se fue armando en base a un repertorio muy variado, como casi siempre hacemos”, completa.

Y sigue Baglietto: “Que fueran canciones de amor emblemáticas, en algunos casos, y tratando de darle un carácter propio, tanto por lo que propone Vitale musicalmente con los arreglos y yo cantando. Donvi, el papá de Lito, decía que nosotros interveníamos las canciones. Ese es un poco el plato de la casa y este disco no es la excepción. Abordamos las canciones, pero tratamos de darle carácter propio”. En el repertorio, también interpretan gemas como “Amándote”, del uruguayo Jaime Roos; “Lucía”, de Joan Manuel Serrat, o “El breve espacio en que no estás”, del trovador cubano Pablo Milanés. “Somos un dueto de intérpretes. Yo he compuesto música y Juan también. Pero el dúo básicamente se encarga de interpretar e intervenir las canciones, solo tenemos un disco con temas originales”, precisa Vitale. Nota aquí.




Alejandro Astola

 


Fran Fernández & Milena Brody

 

Javier Bergia

 De la artesanía musical a la orfebrería de sonido.

Javier Bergia: La quimera y el laberinto. Javier Bergia, composición, textos y todos los instrumentos habidos y por haber. Edita: Tagomago, 2026.

Después de unos años sin salir de mis ocupaciones profesionales y con la casi única escucha de jazz y música contemporánea, redescubrí, en los primeros años del siglo XXI, mi antigua querencia por la canción de autor… desde Pi de la Serra a Dylan, pasando, por ejemplo, por Javier Bergia, a quien recordaba en la Casa Revilla de la Fundación Municipal de Cultura de Valladolid allá por los 80, creo.

Desde entonces, su obra ocupa un lugar destacado en la estantería de mi discoteca y le veo en directo siempre que puedo, además de mantener con él conversaciones de todo tipo… lo divino y lo humano… especialmente sobre Joni Mitchell.

Fenómeno «My Generation», lo llamó Pete Townshend, de The Who. Bergia es la banda sonora de muchas personas de mi generación…

Este es su disco número veintiuno (yo solo tengo once, tengo que arreglar esto) y, ante el desdoro de industrias e instituciones musicales, Javier se arremanga, sigue componiendo, grabando maquetas, instrumentando, experimentando sonidos, escribiendo textos y… ¡alehop!, disco nuevo después de un año de trabajo entre Mojácar y Asturias.

Toca todos los palos… desde el «mester de cantautoria» a la canción urbana de amores imposibles, desde el jazz vocal a la crítica social —de manera apocalíptica, dado el estado de shock en el que hemos entrado— o el rock adulto… como corresponde a quienes tuvieron que hacer la mili. No es mi caso, el pelo largo me impedía ver al enemigo.

Un tono directo y, a veces, socarrón le salva de esta miseria en la que se ha convertido el mundo actual.

Diez temas como diez mandamientos, bailables algunos…

Mientras escribo, escucho y hoy repito la escucha de tres temas: «La Quimera y el Laberinto», «Dichosa Primavera» y «Agnóstico de Manual». Hoy son estos; mañana serán otros.

Como dije antes, ha grabado todos los instrumentos, lo que da una gran unidad a la obra sobre la variedad de temas, estilos, melodías, armonías y acentos que tiene su música.

Para mí ha sido un magnífico reencuentro; para usted, querido lector-lectora-lectore, puede ser la puerta de entrada a una casa encantada.

No le encontrará en las ya inexistentes tiendas de discos, sino en su tienda en línea o en alguna de las consabidas plataformas… (PlataJuntas he estado a punto de escribir).

Pasen sin llamar… por favor. Nota aquí.



Vanesa Martín

 


Camila Guevara

 

Félix Maraña

 DOS AMIGOS MUERTOS

Además de ser vecino,
la alegría de Zurriola,
que a poco se queda sola,
porque Imanol Ruiz de Eguino
ha terminado el camino.
Comparsaba en Caldereros,
presumido tamborrero
de Itxas-Gain, y su mirada
era, jornada a jornada,
el saludo de primero.
Iñigo Arratibel tenía,
en el gesto y la mirada,
una expresión imantada
del color de la alegría.
Hasta que llega ese día
que la vida se consume,
pero en su caso resume
un argumento solaz.
Ahora descansa ya en paz
y a sus amigos reúne.
(C) Félix Maraña
[Imanol y Maraña, en los coros de Santa Águeda de 2021].
[En la segunda fotografía, Iñigo Arratibel departe con la cuadrilla en 2025].




Tute

 


viernes, agosto 14, 2026

Raly Barrionuevo

 

Sara Veneros & Salvador Amor

 


Cecilia Roth

 “Moria es una mujer de una absoluta honestidad”

Refractaria, luminosa y queer, la miniserie sobre una de las máximas celebridades del entretenimiento local abona su mitología mezclando tiempos, relatos y actrices. “Me toca una Moria que se quita una piel, una y otra sin miedo, con mucha conciencia y sin dejar de ser ella nunca”, explica Roth.

Una transmoriación: al fin y al cabo, de eso se trata Moria (estrena el viernes 14 por Netflix), la particular biopic seriada sobre esa mujer antes llamada Ana María Casanova. “¿Cómo se cuenta una vida? Mi vida. Yo no soy una persona común. Y mi historia tampoco”, dice la propia homenajeada con su voz en off, al comienzo del primero de sus ocho episodios, mientras se la ve bailando en su cumpleaños número 80. Un detalle no menor: dicho festejo en realidad sucederá el próximo domingo, y esa apertura es consecuente con los juegos temporales que propone la entrega pergeñada por Javier Van de Couter (Tesis sobre una domesticación), en la que tres actrices encarnan distintos pasajes de la vida de la vedette, presentadora de tevé, “el Obelisco con tetas”, tal como se ha definido esta figura única de la industria del entretenimiento argentino.

Como si Mae West, John Waters y David Bowie se refractaran en el Obelisco porteño, Moria prescinde de la lógica de las entregas de su tipo para sumergirse en un ego trip -lógicamente- desmesurado. Es decir, en varios pasajes de la propuesta, Moria Casán aparece en pantalla como titiritera de su propia representación. De las escalinatas de la Facultad de Derecho a comandar la revista porteña, de la Monumental Moria a “la One”, con una recorrida de sus amoríos, en su perfil de madre y reina absoluta de la cultura queer. Amén del repaso de sus grandes éxitos, la miniserie florece como un cuerpo vivo entre lo hiperrealista y la metaficción con las composiciones de Sofía Gala Castiglione (finales de los ‘60 hasta los primeros ’80), Griselda Siciliani en su rol más mediático, y Cecilia Roth con un personaje que mira su pasado y se atreve al futuro. “Lo que me apetecía era atravesar lo que pasa con la otra Moria; es decir, todo aquello que no vemos de Moria”, dice Roth entrevistada por Página/12.

Moria, entonces, juega con lo lúdico, con la deconstrucción de varias épocas, y más que nada, con la fragmentación explícita. Es cierto que ninguna de las miniseries locales de su tipo (Coppola, el representante; El amor después del amor; Menem; Cris Miró (Ella); Monzón; Maradona: sueño bendito) fueron por los caminos de la formalidad, pero Moria asume el riesgo con una jactancia sin precedentes. Para Roth, esta metempsicosis audiovisual implicó “tragarse” a Moria. “Ella me comió a mí también, me chupó en el mejor sentido, ¿no?”, dice la actriz cuyos dos episodios transitan el vínculo con su hija y su estadía tras las rejas en Paraguay. “No eran situaciones mediáticas ni públicas; está la Moria que sabemos, que conocemos, y las otras Morias que atraviesan momentos difíciles, de la cárcel, de la situación que vive Sofía. ¿Cómo se la encara? ¿Qué es lo que le pasa? Y además Moria tiene esta particularidad tan de ella de sus momentos de fuga entre el pensamiento y el habla. Moria es una mujer de una absoluta honestidad. Yo no la veo ni conozco a Moria mintiendo; no habla como el resto de nosotros, los que no somos marcianos”, explica Roth.

-¿Cómo fue entrar en esa Moria que no ven las cámaras?

-Siento que Moria se me abrió en un momento, ¿no? Y empecé a entender que Moria también tenía miedo, que Moria también era vulnerable y trataba de ocultarlo. Lo oculta con frases que tienen algo sardónico. Y para el actor eso es muy lindo. Es muy lindo actuar esos momentos en los cuales los personajes que parecen muy fuertes empiezan a perder esa fortaleza y se ve un poco esa pérdida. Tenía derecho a hacerlo, en el sentido de que a Moria no le gusta estar ahí pero es su lugar, también. Moria tiene mucha tela e historias de vida muy importantes, muy fuertes. Dice que tuvo un orgasmo durante una sesión de electroshock. Y yo le creo. No hay ninguna mentira ahí. Yo quería encontrar esa Moria, encontrarla desde ese lugar que tiene Moria, que nunca baja la cabeza. Lleva consigo esa postura de bailarina, que mira desde arriba, y además es muy alta. Hay que encontrar la sutura y lo que se sutura. No era tan fácil.

-En ese desafío múltiple, ¿cómo hiciste para encontrar su voz y presencia sin caer en la imitación?

-Es una mujer icónica, muy conocida; sin dudas fue uno de los desafíos más grandes que tuve como actriz. Tiene armado un escudo de amor con ella misma. Y eso es fascinante, porque yo lo buscaba y no lo encontraba. No tengo esa capacidad de memoria de estar con esa certeza sobre las cosas, con las mías inclusive. Yo, que concuerdo con ella en el noventa por ciento de las cosas que dice, no las diría igual. Fue muy generosa con nosotras tres a la hora de componerla.

-¿Tuviste algún tipo de contacto o charla con Moria para hacer su personificación? ¿Hubo algún código que compartieron entre todas las “Morias”?

-Para nada. No vi trabajar a Griselda, no vi trabajar a Sofía ni a Moria. El director sí tenía el hilo que nos unía a todas y, de hecho, sucede: ese hilo está, pero lo tenía él. Y siento que nos lo mandaba él. Somos como tres películas distintas y, sin embargo, no: todas somos Moria.

-No es la primera vez que interpretás a un personaje de este tipo. En la serie Furia y en la película Una noche con Sabrina Love encaraste a actrices que fueron bombas sexuales. ¿Fue tan distinto en esta ocasión?

-En Una noche con Sabrina Love y Furia los personajes eran absolutamente diferentes, lo único que las unía era esa cosa de mostrarse desnudas. Moria tiene esa frase sobre haber pasado de las escalinatas de la Facultad de Derecho al Teatro Nacional el mismo día. Y hay que ser capaz de hacer eso. Eso es lo que me resulta fascinante en ella. A mí me costó Sabrina Love, me costó lo que hice en Furia; no tengo esa manera de mostrarme así. No me desnudé explícitamente con Moria, pero sí me desnudé de alma un poco. Un poco no: todo lo que pude, porque sentía que ella estaba totalmente desnuda en ese momento de su vida, totalmente desnuda frente a su hija, teniéndole miedo a su hija incluso. Habiendo roto con ella y después recuperándola. Me toca una Moria que se quita una piel, una y otra sin miedo, con mucha conciencia y sin dejar de ser ella nunca. Porque tiene esa permanente comunicación con su yo del futuro, ¿no? Con esa cosa cuántica, además, de que es todo en paralelo. Nota aquí.



Mon Laferte

 

Carlos Arellano