LOS OJOS DE LAS MUJERES AFGANAS
lunes, abril 06, 2026
Félix Maraña
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Suso Sudón & Seba Ulivi
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Reynaldo Sietecase & Pedro Saborido
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La Mandrágora
La Mandrágora, la cueva cultural que estrenó a Sabina y a Almodóvar cuya memoria se desvanece en un mural
En el sótano de lo que hoy es un bar de pinchos en la Cava Baja estuvo un epicentro de la cultura nocturna de la Transición. Abierta por los artistas Manuel Paniagua y Enrique Cavestany, se recuerda por el disco de Sabina, Krahe y Alberto Pérez, pero pasaron por allí cineastas, magos, actores e intelectuales. El mural de Cascorro que lo recuerda lleva años esperando ser rehabilitado.
Entre los años 1978 y 1982, una de las cuevas habituales en los edificios de la Cava Baja se convirtió en un secreto que corría de boca en boca por los ambientes de un Madrid que inauguraba con ahínco el tópico 'ciudad que no duerme'. Eran los años de la hoy tan manoseada Movida. Pero los chavales más jóvenes de la Nueva Ola, con estilismo de SEPU y pelos de color tropical, no eran los únicos que estrenaban país. La Mandrágora, en el número 42 de la calle, fue el local que aglutinaba a una generación un poco más mayor –sus fundadores estaban en la treintena–, acaso de perfil más intelectual.
Aunque la experiencia no duró mucho, su recuerdo fue rebotando en las paredes del tiempo gracias a La Mandrágora, un disco publicado en 1981 con canciones grabadas en el sótano de la Cava Baja por los cantautores Joaquín Sabina, Alberto Pérez y Javier Krahe. En el aire de grabación casual del disco, se cuelan las risas de la noche 'mandragorera' y el tintineo de los vasos. Casi se puede oler el humo de los cigarrillos de Krahe.
Sin embargo, el viaje a través de un puñado de canciones desternillantes oculta el resto de las actividades que, durante años, convirtieron el local en centro neurálgico de la movida cultural. La Mandrágora fue el proyecto de los artistas Manuel Paniagua y Enrique Cavestany, Enrius, que le dedicó un libro llamado Una cueva diluvial en la Cava Baja.
Cavestany rememora cómo conoció a Paniagua y a su pareja, Piluca Pascual –también pionera en la aventura–, en el obituario que los dedicó después de que ambos fallecieran en un desgraciado accidente de tráfico en 2005: “Nos conocimos hace 30 años y Begoña me los presentó como unos padres del Colegio Siglo XXI, de Moratalaz, lo que en aquella época formaba parte de nuestras señas de identidad”.
En su libro, narra también el primer encuentro con Joaquín Sabina, que se produjo al poco tiempo de abrir las puertas del local: “Serían las once y media cuando Manolo me dijo que un tipo quería hablar con el baranda. Salí de la cocina donde estaba terminando de fabricar un gazpacho y junto a la barra me encontré con un individuo carniseco, pero flamenco, con un voluminoso álbum de fotos bajo el brazo. Se presentó como vecino del barrio y confesó de manera desenfadada que su mujer le había informado acerca de la reciente apertura de nuestro pequeño local, al tiempo que le hacía ver la urgente necesidad de procurarse algunos ingresos para afrontar los apremios alimenticios de las próximas horas”. Nota aquí.
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Alfredo González
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Colectivo Panamera
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Ernest Hemingway
"Un hombre inteligente se ve obligado a emborracharse algunas veces para poder pasar tiempo con los imbéciles".
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Silvina Chediek & Esteban Morgado
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domingo, abril 05, 2026
Bar Jurucha
Jurucha, el bar sesentero de pinchos que sobrevive a la avalancha del lujo en el barrio de Salamanca
A este establecimiento acuden a comer trabajadores de la zona en un barrio donde el comercio tradicional se ha convertido en una especie en vías de extinción.
Su rostro transmite armonía. Ojos claros, tez despejada y una leve sonrisa que enseguida ilumina una barra repleta de tentempiés. Su tono afable, pero en todo momento claro y directo, no esconde su filiación bilbaina. Inmaculada Lanza está en “fase de dar el relevo”, es su hijo Rodrigo quien se encarga de casi todo, “ahora está detrás de la barra”, señala mientras se abre paso entre la concurrencia. Sin embargo, quién mejor que ella para hablar de la historia de Jurucha, de su marido —Jose María de la Viesca, el encargado de dinamizar el bar en las décadas pasadas—, de su suegra —Carmen Gómez-Martinho, la que cambiaba y ajustaba recetas a su gusto— y de sus legendarios pinchos.
Jurucha (Ayala, 19, Madrid) es el último bar con pedigrí —con permiso del restaurante O’Caldiño— que sobrevive en el barrio de Salamanca, donde el comercio tradicional se ha convertido en una especie en vías de extinción. Si se da un paseo por sus calles lo que más llama la atención es la increíble cantidad de boutiques de moda que hay por metro cuadrado. A cual más cara y distinguida. “Esto antes no era así. Ha cambiado muy rápido en el último lustro”, se sincera la todavía jefa de todo. “El barrio entonces era un barrio de tiendas de siempre: mercerías, ferreterías, fruterías, sastrerías. Había mucho comercio pequeño. El señor que nos ha saludado antes tenía una tienda de ultramarinos aquí enfrente; se jubiló y ahora es una tienda de gafas”.
Un pequeño Madrid que también estaba repleto de casas de comidas, bodeguillas, lonjas, tascas, mesones y despachos de vinos. Lanza recuerda cómo en los alrededores se apostaban multitud de estos negocios, lo cual permitía trazar diferentes rutas de tapeo. Era el caso de El Aguilucho, El Águila, El Corrillo, El Cerro, Casar, Peláez, Roma, Sakuskiya o el último de todos ellos en desaparecer, El lago de Sanabria. “Ahora es una tienda de zapatos. Su dueño se jubiló durante el Covid y lo quiso traspasar como negocio de hostelería, pero nadie lo quiso”, comenta. En el libro que celebraba su cincuenta aniversario, Jurucha Todo Tapas (que recibió en 2013 el galardón World Book Awards como mejor recetario local, y que se puede comprar en el bar por 15 euros), el periodista vasco Javier Urroz recordaba cómo era a mediados de los setenta: “Tenía la ventaja añadida de poder ir con nuestros padres. Un sitio correcto, sencillo pero siempre presentable. Sin ser ‘postinoso’, como lo eran otros locales de Serrano”.
Jurucha sigue siendo “un bar de trabajadores”, insiste Lanza. “Aquí entra todo tipo de gente. Vienen los obreros que trabajan por la zona, empleados de tiendas, de bancos, de oficinas o de despachos cercanos. Mucha gente que se pasa el día trabajando en la zona y que acaba aquí para tomar algo”, subraya la propietaria sentada en el diminuto comedor de ladrillo visto que hay en la parte posterior (reformada recientemente), en una mesa de uno de los esquinazos, desde donde se divisan grupos de amigas y amigos que aprovechan el momento del desayuno para conversar. “También siguen viniendo los vecinos de siempre, señores del barrio, algunos conocidos, otros completamente discretos, que se acercan a tomar el aperitivo con sus hijos, con la familia o con amigos. El público resulta muy variado y eso forma parte del carácter del lugar”, puntualiza.
Templo de los desayunos, del aperitivo, del picoteo, de la sobremesa o del tardeo, Jurucha no falla nunca. Adalid de la sencillez, de ese menos es más que en esta era tanto se proclama. La importancia de esta taberna de tabernas, con algo de un tiempo pretérito, radica en una carta casi inamovible, con unos precios amables (los pinchos oscilan entre los 2,30 euros y los 3 euros), y en el que todo se hace a mano. “Tenemos mucho cliente habitual que viene a por su pincho de siempre y no se lo podemos cambiar”, señala de una selección, entre fríos y calientes, de unos treinta canapés. Nota aquí.
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Félix Maraña
NACE UNA PLAYA
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Paula Mattheus
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Chinchón
El pueblo medieval declarado Conjunto Histórico, famoso por su Plaza Mayor de 1499: tiene las mejores torrijas de España
A menos de una hora de Madrid, este destino es un plan perfecto para una escapada improvisada en el que lo único importante es disfrutar.
Hay rincones en España que parecen diseñados para desconectar del mundo. Lugares donde el tiempo se ralentiza y cada detalle (una fachada, un balcón, una plaza) invita a quedarse un poco más. Y en ese mapa de escapadas con encanto, Chinchón ocupa un lugar privilegiado.
A menos de una hora de Madrid, este pueblo no es solo una visita bonita, también es una experiencia para los cinco sentidos. Un escenario que mezcla historia, gastronomía y ese aire castizo que cada vez es más difícil de encontrar.
Hay rincones en España que parecen diseñados para desconectar del mundo. Lugares donde el tiempo se ralentiza y cada detalle (una fachada, un balcón, una plaza) invita a quedarse un poco más. Y en ese mapa de escapadas con encanto, Chinchón ocupa un lugar privilegiado.
A menos de una hora de Madrid, este pueblo no es solo una visita bonita, también es una experiencia para los cinco sentidos. Un escenario que mezcla historia, gastronomía y ese aire castizo que cada vez es más difícil de encontrar.
Aquí no se viene solo a ver, se viene a vivir con los cinco sentidos, más en un momento en el que muchos buscan alternativas al bullicio de la capital.
Chinchón aparece como ese secreto a voces que nunca decepciona. Declarado Conjunto Histórico-Artístico, su silueta sobre la colina ya anticipa lo que está por venir.
Chinchón no es solo un destino bonito. Es una forma de reconectar con lo esencial: la historia, el sabor, la tranquilidad y el placer de descubrir lugares que todavía conservan su alma.
Una plaza única en el mundo
El corazón del pueblo late en su icónica Plaza Mayor de Chinchón. Una joya de la arquitectura popular castellana que, con sus 234 balcones de madera pintados de verde, crea una estampa difícil de olvidar.
No es una plaza cualquiera. A lo largo de los siglos ha sido corral de comedias, escenario de festejos, mercado y hasta plaza de toros. Aquí la vida sucede, como ha sucedido siempre, bajo sus soportales.
Pero perderse por Chinchón va mucho más allá de su plaza. Subir hasta la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción es casi obligatorio. En su interior se guarda una auténtica sorpresa como un lienzo de Francisco de Goya, La Asunción de la Virgen, que convierte la visita en algo aún más especial.
Desde allí, la mirada se escapa inevitablemente hacia el imponente Castillo de los Condes de Chinchón. Aunque no se puede visitar por dentro, su presencia domina el paisaje y aporta ese aire medieval que hace que todo parezca sacado de otra época.
La torrija perfecta
Si hay algo que convierte a Chinchón en un destino irresistible cuando llega el buen tiempo (especialmente en Semana Santa) es su gastronomía. Aquí se habla, sin dudar, de tener una de las mejores torrijas de España. Y no es casualidad.
El secreto está en la tradición y en un ingrediente clave como es el Anís de Chinchón, que cuenta con reconocimiento propio y aporta ese matiz aromático tan característico. Nota aquí.
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Álvaro Olmos
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Ramón Serrano
DE PASEO POR LOS SUEÑOS
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Ana Montojo
LO QUE QUEDA
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Benjamín Prado & Ariel Rot
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Luis Eduardo Aute
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Alejandro Vigil
Alejandro nos cuenta por Facebook.
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Mariano Peyrou
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sábado, abril 04, 2026
Alin Demirdjian & Guada
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Laura Vila
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Haydée Milanés & Pablo Milanés
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Rosa Montero
Viva el cine
No es lo mismo ver películas en tu televisor o en una sala. Porque es una ceremonia colectiva
Acabo de regresar de Málaga, en donde he formado parte del jurado de su formidable festival de cine. En una semana vi 22 películas, a un ritmo de al menos tres al día. He sido jurado de otros festivales y en los últimos años del franquismo fui a los fines de semana cinéfilos que se organizaban en Francia, en Perpiñán, justo al otro lado de la frontera; proyectaban hasta una decena de títulos prohibidos en nuestro país, así que te zampabas cinco largometrajes seguidos el sábado y otros cinco el domingo (así vi, por ejemplo, El último tango en París y La naranja mecánica). Con esto quiero decir que los atracones peliculeros no me son desconocidos. Pero he de confesar que en los últimos dos o tres años he ido menos a las salas de cine a causa de las consabidas justificaciones: demasiado trabajo, demasiada fatiga. Por ese caos vital que te emploma los pies y te llena de pereza, de manera que terminas viendo las películas en tu televisor, como si fuera lo mismo. Pero no lo es. Por eso la experiencia inmersiva del Festival de Málaga, y el montón de horas que pasé sumergida en esa oscuridad colectiva y vibrante, me han hecho recordar lo mucho que me gusta el cine de verdad, ese que no sólo se ve, sino que se respira junto a los demás.
Creo que hoy no se puede entender lo que supuso el cine para varias generaciones de españoles. Leo en un estudio académico que en 1965 se llegó al punto máximo de salas en España, con más de 8.000, una de las cifras más altas de toda Europa. No me extraña; era un país lúgubre y paupérrimo, un mundo que recuerdo en blanco y negro, como si la sociedad entera vistiera de medio luto por un duelo aún no superado, y el multicolor de las películas era pura vida, un sueño prestado, un delirio controlado que te salvaba del delirio real. Por entonces había muchísimos cines de barrio, grandes salas de pantallas manchadas y sonido chirriante que proyectaban dos películas en sesión continua a partir de las cuatro de la tarde; las entradas eran baratísimas y tú te metías en la sala cuando querías, a menudo en mitad de un largometraje cuyo argumento tenías que deducir hasta que podías ver la parte que te habías perdido en la siguiente sesión (a veces te gustaba más lo que habías inventado). Los programas cambiaban cada semana y por ejemplo en mi barrio (Cuatro Caminos, Madrid) podías ir andando en menos de 15 minutos a una decena de cines. ¡Y siempre estaban llenos! Llenos todas las tardes, cada día. Eran una droga, una medicina, un pulmón artificial para una sociedad que se asfixiaba. Mi bella madre, artista in pectore que nunca pudo desarrollar su creatividad y que vivió con las alas plegadas en la jaula de su pequeña vida doméstica, solía escaparse conmigo por las tardes a algún cine del barrio, a escondidas de mi estoico padre, que se mataba a trabajar y que probablemente no hubiera entendido que esos programas dobles de coloridas y luminosas mentiras eran tan necesarios para mi madre como el aire y el agua. Creo que esos cines salvaron la vida a muchas personas. Nota aquí.
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Ramón Serrano
PEQUEÑO CONSEJO
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Luis Eduardo Aute
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Liliana Felipe
Viva la irreverencia: tocó Liliana Felipe y hubo ironía, política y el recuerdo de su hermana desaparecida
La artista “argenmex” está en Buenos Aires dando conciertos por el aniversario del Golpe de Estado de 1976. Vuelve a presentarse el jueves 16 de abril.
Quizás el momento más alto del recital -quizás siempre lo es- fue cuando se venían los bises y el público, ya entregado, gritaba nombres de los temas que quería. “Mala”, “San Miguel Arcángel”, “Sirena con patas”. Desde el escenario, la cantante argenmex Liliana Felipe sonreía, con una mano sobre el piano. Otra vez en Buenos Aires, otra vez el ida y vuelta vibrante con la gente.
Felipe es, un poco, una artista de culto, por eso en esta función en el Teatro Empire -en Congreso- son muchos los que se encuentran, se saludan, se conocen.
La cantante cordobesa ha venido muchas veces al país del que se exilió en 1977, despues de que la dictadura secuestrara a su hermana Ester, que sigue desaparecida. Estos recitales que está dando ahora -se acaba de agregar una fecha para el 16 de abril- tienen que ver con los 50 años del Golpe de Estado. La figura de Ester está presente en ellos.
Pero, en fin, el concierto empieza cuando esta señora alta, bien puesta, vestida simplemente con un pantalón y una remera negros, con el pelo atado y sin maquillaje, se sienta al piano y toca.
Toca, con virtuosismo, un tema que escribió su mujer, Jesusa Rodríguez y que habla de cuestiones de la menopausia: “Estoy bien. Un poco cansada, irritable, deprimida, A veces siento náuseas, calambres abdominales. Pero estoy bien”. Se ríe, nos reímos, pero lo dice en serio.
Felipe ha prometido -en una canción- que cuando cumpla 80 se pondrá “calzones rojos y sandalias satinadas” y que va a ser “un mal ejemplo”. Ahora, a los 72, se la ve espléndida, dueña del escenario, con la voz intacta y segura de que el público la va a seguir cuando cante: “Las histéricas somos lo máximo/ Extraviadas, voyeristas, seductoras, compulsivas/ Finas divas arrojadas al diván de Freud y de Lacan”.
Hace unos años la artista pasó -según contó- de los Derechos Humanos a los derechos “de todos animales, incluidos los humanos”. Se volvió vegana y contraria a cualquier desigualdad entre las especies. Por eso, en esa canción que arranca: “Qué cosa es el amor/ Medio pariente del dolor/ Que a ti y a mí no nos tocó...”, cuando llega la parte que dice “Porque no sé si te gustan/ Como a mí las milanesas”, Felipe agrega, con un guiño: “de berenjena”. Ya sabemos, por acá ya sabemos. Lo mismo cuando en “Mala” está enumerando por qué y como qué es mala la chica del título, y ya no dice “como rata pelona en la basura” (¿qué tienen de malo las ratas?) sino algo así como “mala como una deuda con el FMI”.
Y aunque esto sea un cambio de los últimos tiempos, la dimensión política acompañó siempre la obra de Felipe, tanto como el humor. O las dos cosas juntas: “Como Madame Bovary, todos tenemos un amante por ahí”. Y después: “Como madame Butterfy/ Te jode un gringo y no te dice ni good bye /Como madame Pompadour/Tanta miseria nos da un toque de glamour. / Como madame Recamier /Al más payaso le decimos canciller”
Incluso en “Las histéricas”, en medio de orgasmos clitorianos y chistes con Freud, canta: “Como me duele este mundo, Segismundo/ La parálisis, la envidia, la neurosis nos gobierna/ Como me duelen los pobres, como jode la miseria/ Ora sí que lo de menos es la histeria”. Y, sí. Nota aquí.
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Bernardo Atxaga
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Rubén Ibero
“LAS DOS HERMANAS”
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Miryam Quiñones
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