martes, septiembre 08, 2026
Ramón Serrano
EL GALLO DEL SILENCIO
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Paco Cifuentes
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Cristina Narea
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lunes, septiembre 07, 2026
Carlos Ares & Barry B
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Daniel Hare
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Bodegón Pepito
El bodegón de 1950 que hacía 1000 cubiertos por día y no cerraba nunca: hoy, es el templo del asado y la milanesa
Fundado por un asturiano en 1950, abría las 24 horas y era punto de encuentro de la noche porteña
Martes, cuatro de la tarde. Seis personas se sientan a una mesa y ordenan una milanesa a la fugazzeta de tamaño “large” y un Gran Asado Cambalache (un kilo doscientos de tira de asado banderita con papas fritas y ensalada mixta) para compartir. Al ratito, ambos pedidos llegan ocupando, cada uno de ellos, dos platos grandes desbordantes de porteñidad. El almuerzo tardío termina rozando las cinco de la tarde; entonces, piden café.
“Antes en Pepito no servíamos café. Cuando yo entré, hacíamos 1000 cubiertos diarios y cuando una mesa pedía el postre ya la gente que esperaba para sentarse se iba acercando. Incluso si eran conocidos (porque acá había muchos habitués que se conocían entre ellos), arrimaban una silla a la mesa y se sentaban a charlar, mientras unos terminaban y otros estaban por empezar a hacer el pedido”.
Quien contrasta las costumbres de ayer con las actuales es Hernando Ochoa, de 61 años, mozo de este clásico bodegón fundado em 1950 por el asturiano Manuel Cardin sobre la calle Montevideo, a metros de avenida Corrientes. Jopo prolijamente peinado, camisa blanca impecable, delantal y la tradicional costumbre de tomar los pedidos de memoria –“desde que trabajo de mozo jamás anoté un pedido... ¡ni lapicera tengo!”, se ríe– describen a este gastronómico de toda la vida, que desde hace 36 años recorre este salón que, años atrás, funcionaba las 24 horas sin parar.
–Hernando, ¿cómo llegaste a Pepito?
–Entré en el año 90. Yo trabajo en gastronomía desde los 14 años. Empecé acá cerca, en Corrientes y Libertad, en una confitería que se llamaba Brasilia. Antes de entrar a Pepito trabajaba al mismo tiempo en la Embajada de Israel por las mañanas, con los desayunos, y por la tarde en el hotel Sheraton. Después estuve un tiempo sin trabajo hasta que llegué a Pepito. En ese entonces yo buscaba un lugar donde asentarme y decir “acá hago carrera”. Cuando llegué me tomaron una prueba que iba a ser de cuatro días, pero ya en la primera noche quedé, porque venía con un manejo bastante fluido del salón.
–¿En esa época el restaurante funcionaba 24 horas?
–Sí, acá venías a las dos de la mañana y estaba lleno. En una época mi turno terminaba a esa hora, pero como hasta las tres no pasaba el colectivo que me llevaba a mi casa en Lomas de Zamora, me quedaba a ayudar porque el salón era un mundo de gente. Y no era que a esa hora llegaban mesas de dos personas... De repente aparecían mesas de 10 o 15 de improvisto. Pensá que antes del 2001 hacíamos 1000 cubiertos por día. Había épocas en que, según cómo andaba la economía del país, se utilizaba mucho el comer una sola vez al día. Era, de repente, una merienda-cena. Y para eso los platos abundantes de bodegón funcionaban muy bien.
–Pepito siempre estuvo muy ligado al circuito de teatros de avenida Corrientes.
–Sí, pero acá siempre había y hay gente de día y de noche. Muchos que salen de los teatros viene a comer a Pepito e incluso vienen los que actúan en las obras, que en general vienen antes de la función, temprano. Pero de día también viene mucha gente que trabaja en el Palacio de Tribunales; también está cerca Sadaic, y vienen los músicos a comer.
–¿Qué celebridades recordás haber servido?
–Uf, ¡un montón! Alfredo Alcón, por ejemplo, venía muy seguido en una época en que tenía una obra en cartel en el Teatro San Martín: cuando entraba al salón había gente que se ponía de pie y lo aplaudía. Hoy viene seguido Miguel Ángel Solá, que tiene una obra cerca. Gerardo Sofovich también venía con Cecilia Milone; lo mismo su hermano, Hugo. De Sadaic venían Los Nocheros, entre otros, y muchos bailanteros como Antonio Ríos, Sebastián o Gary.
–¿Y Rodrigo?
–Sí, era increíble la cantidad de fans que lo esperaban afuera. Él era muy tranquilo, tomaba cerveza (mucha cerveza) y comía pollo o asado, ¡y entraña, que en esa época era un boom en nuestra carta! Después la tuvimos que sacar porque ya no venía de buena calidad. Con JAF pasaba algo parecido a lo de Rodrigo: la gente lo reconocía por el pelo largo y tenía que entrar rápido al restaurante. Acá vino todo el mundo... Vinieron presidentes: Menem, De La Rúa; intendentes como Aníbal Ibarra. También muchos boxeadores del Luna Park, incluso Don King vino varias veces, él y su hijo.
–En esas épocas en que hacían 1000 cubiertos por jornada, ¿cuántas milanesas o entrañas salían por noche?
–Imposible saberlo. Yo llegaba y el negocio estaba lleno; me iba y seguía lleno. Otros restaurantes que estaban cerca, como Pippo, cerraban a las dos de la mañana; nosotros, a las seis, todavía teníamos gente comiendo. Pensá que antes acá traían directamente las medias reses y las despostábamos para separar los distintos cortes. Y eran varias medias reses las que traían cotidianamente, porque teníamos que tener en stock tres veces lo que se vendía cada día. Nota aquí.
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Hilda Lizarazu
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Rosa Montero
Lo aguantamos (casi) todo
Hablo de la porfía misma del cuerpo y de un montón de amenazas invisibles con las que convivimos
Pues ya estamos de vuelta, tras un verano bronco y cruel que se ha empeñado en atormentarnos con los incendios devastadores, la desolación de la tragedia de Ceuta, unos cuantos terremotos para que nada falte y hasta las inundaciones de finales de agosto, como calamitoso remate de temporada. Mucha pena todo y un sabor a ceniza entre los dientes.
Pero la vida sigue. Somos bichos tenaces; a poco que nos den unos días de tranquilidad nos venimos arriba y creemos estar de nuevo a salvo y al mando de nuestro destino. Fuegos, seísmos, pandemias, crisis migratorias, riadas; todo eso se sufre, pero en cuanto podemos lo olvidamos y volvemos a sentirnos los reyes del mambo.
En este tórrido y accidentado verano he pensado muchas veces en eso; en que las catástrofes nos dan la medida de nuestra total fragilidad, pero también la de nuestra increíble capacidad de supervivencia. Ya lo dice el refrán: que Dios no te mande lo que puedas soportar. Porque lo aguantamos todo, o casi todo. Y no hablo sólo de la entereza mental ante las grandes penalidades, sino de la porfía misma del cuerpo y de un montón de amenazas invisibles con las que convivimos. Por ejemplo, acabo de leer dos libros sobre sustancias tóxicas, Puro veneno, de Roberto Pelta Fernández, y El olor de las almendras amargas, de Daniel Torregrosa. Dos textos muy interesantes que me han recordado que vivir es una actividad de alto riesgo. Ya se sabe que a lo largo de la historia las mujeres han abusado de muchos ingredientes peligrosos en pro de un supuesto ideal de belleza. Como carmines con cianuro y arsénico, o el célebre albayalde, carbonato de plomo, que blanqueaba el rostro. Lo usaron las egipcias, las griegas, se lo untaba generosamente la famosa Isabel I de Inglaterra. A resultas de ello, la reina quedó calva, perdió los dientes, sufrió fatiga, temblores y deterioro cognitivo. Pero hay muchos otros envenenamientos además de los cosméticos. Los pobres mineros se intoxicaban a mansalva, muchos pintores enfermaron con sus pigmentos plúmbeos, los sombrereros perdían la razón por el nitrato de mercurio con que curtían sus pieles (de ahí que Lewis Carroll pusiera un Sombrerero Loco en su Alicia, era una profesión llena de gente demenciada). Incluso Isaac Newton se intoxicó con mercurio, lo que podría explicar ciertos trastornos mentales que por lo visto tuvo. Y hay otros riesgos que no recogen estos libros. Citaré sólo uno: tras el descubrimiento del radio por Marie Curie, durante varias décadas añadieron suplementos radioactivos hasta en las papillas de los bebés. Todas estas barbaridades las conocemos, pero nos suenan a un mundo remoto y superado. Ahora no sucede, nos decimos. ¿O sí?
Verás, el mercurio se ha utilizado en amalgamas dentales. Como a mí me han empastado las muelas desde niña, debo de haberme zampado un montón. Para que te hagas una idea, el uso general de la amalgama de mercurio no se prohibió en la UE hasta el 1 de enero de 2025, con una excepción hasta el 30 de junio de 2026 para pacientes de bajos ingresos (cosa que me alucina). Así que acabamos de librarnos de eso (aunque es posible que lleves algo de mercurio en la boca). En cuanto al resto del mundo, la OMS intenta erradicarlo para 2034. ¿Y qué decir del plomo? El médico griego Galeno ya advirtió a los romanos, que lo usaban en los acueductos, que beber de ahí era pernicioso para la salud, pero eso no ha sido óbice para seguir utilizando las tuberías de plomo. Si vives en un edificio construido antes de los años ochenta, es probable que las conducciones sean de ese metal. De hecho, en España no se prohibieron las cañerías de plomo en construcciones nuevas y en reformas hasta 2003. Y hay más: la ONG Pure Earth hizo un estudio el año pasado analizando 56 muestras de delineadores comerciales de ojos khol, kajal y surma, y más de la mitad tenían niveles preocupantes de plomo. Recuerdo ahora que en mi juventud usé khol marroquí durante años, así que más plomo para mi coleto (madre mía, no sé cómo he llegado hasta aquí). Y todo esto sin tener en cuenta los nuevos peligros de los que aún no sabemos nada, como no supieron los contemporáneos de Curie lo dañina que era la radioactividad. Por ejemplo: estos nuevos fármacos antiobesidad que la gente consume a troche y moche, ¿qué consecuencias tendrán a la larga? En fin, como digo, la buena noticia es que, visto lo visto, somos más resistentes que las cucarachas. Nota aquí.
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Natalia Lafourcade & Los Auténticos Decadentes
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Victoria Ocampo
La niña argentina: Victoria Ocampo según ella misma
Regresan los primeros tres tomos de la autobiografía de Victoria Ocampo, mecenas y cerebro de la cultura argentina del siglo XX, fundadora de la revista y editorial Sur.
Después de muchos años sin reeditarse, vuelve a aparecer esta Autobiografía de Victoria Ocampo en seis pequeños tomos. Ahora en una edición mejorada, en la que se reponen los nombres que ella ocultó por piedad o, vaya a saber, por conveniencia. Pero la aparición de los tres primeros de los seis, conserva casi exactamente la apariencia de su primera publicación entre los años 1979 y 1984.
Estos tres tomitos cuentan su período de formación hasta la aparición de la revista Sur, con la que no sólo descubre su vocación, sino que se descubre su personalidad pública, esa que conocemos sin necesidad de leer su obra y que selló el destino de una parte de la cultura nacional de manera indeleble.
Que tres de las casas que habitó (la de Mar del Plata, la de Palermo y la de Béccar) se hayan convertido en centros culturales no muestra sino el poder con el que trasformó la cultura. Beatriz Sarlo llamó a ese poder la capacidad de generar una “máquina cultural”, es decir, un dispositivo de funcionamiento que no necesita de la persona para ponerse en marcha. Como si esas casas dijeran: “Allí donde puso un pie V. O., se discutirá la cultura del presente en todos los tiempos”. Victoria Ocampo fue una parte indispensable de la cultura argentina, porque su acción no puede ser soslayada ni por los que acuerdan con sus ideas, ni por lo que la denuestan.
Su influencia se extiende más allá de la Argentina, claro. En todas las referencias a los benefactores de la intelectualidad parisina del período de entreguerras y durante la Segunda Guerra Mundial, que reunía a franceses con ingleses y americanos varados en la ciudad, aparece el nombre de Victoria Ocampo como una de las más grandes contribuyentes a esa comunidad. Sobre todo a través de Sylvia Beach, la dueña de la librería de París Shakespeare & Company (que en aquella época estaba en el barrio de Odéon) y editora de libros como Ulises. Su tarea de embajadora de la cultura argentina solo se puede comparar con la del fundador y sostén de la Escuela de Frankfurt (entre el año 1923 hasta su cierre), el también argentino Félix Weil.
Pero no la iguala porque ella también fundó la revista Sur, que le dio forma al cosmopolitismo cultural argentino hasta la década del 60 y más allá, mediante traducciones de grandes obras, invitaciones a intelectuales, protección del bienestar de muchos escritores e intelectuales de todo el mundo.
Su primera amistad literaria, adolescente, y su correspondencia es con Delfina Bunge, narrada en el Tomo II, El imperio insular. En las cartas confiesa la conciencia y el temor a que el matrimonio se constituya en una cárcel y la desespera la posibilidad de caer en la trampa que supone el enamoramiento: “Sí. Sólo me he jurado a mí misma que no tendré sino un gran amor: el arte”. El arte y el contacto con los artistas e intelectuales del siglo será justamente lo que la aleje de la religión católica, de la institución matrimonial, y la acerque al feminismo, a la vida mundana, al trabajo. Victoria Ocampo es el ejemplo perfecto de la mujer del siglo XX que sabe que tiene que optar y que seguir una vocación implica romper lanzas con la vida que le había sido destinada por su familia y las instituciones de su época. “¡El casamiento me parece algo tan temible!”.
En ese mismo Tomo II sostiene que “el gran proletariado del mundo es el de las mujeres de todos los países y de todas las clases. Me salieron al pasar, como era de esperarse, los comunistas, para proclamar que yo pensaba y decía disparates…”. Lo notable es que ese es el argumento de Engels en su libro La sagrada familia, donde examina el efecto de la lucha de clases sobre las instituciones nucleares.
El episodio es óptimo para ilustrar hasta qué punto ella era el objeto de malinterpretaciones. Su nombre y su linaje siempre precedieron a sus argumentos o a sus ideas. Es la típica escritora que se lee instalado en el prejuicio y en la idea ya concebida antes de llegar a la primera página.
Cuando relata el error que cometió con su joven matrimonio, termina con la publicación de las cartas de sus parientes en que se relata la trágica muerte de Felicitas Guerrero en 1872, asesinada por un tío abuelo de la propia Victoria, y en la que Victoria ve, sin dudas, una precursora de su espíritu rebelde frente a las obligaciones impuestas por su familia.
Confinada al mundo en el que nació, su infancia se limita a la vida junto a sus cinco hermanas menores, con las que comparte el contacto con el ejército de sirvientes, mucamos, choferes, nanas, institutrices; ese rasgo bien latinoamericano: la vida se desarrolla con esa otra familia, el servicio doméstico, y allí las tareas de preparación del vestuario para las fiestas y el aseo personal se confunden con el aprendizaje de lenguas o con los rudimentos de aritmética.
Todo es lo mismo: lo privado se confunde con lo público y lo familiar se entrelaza con lo nacional. La amistad de su abuelo con Sarmiento, entre otros próceres, la hacen comprender desde niña que el destino de la nación se debate, muchas veces, en el living de su casa (cuando no en otras habitaciones).
Y a veces en esta autobiografía logra plasmar imágenes que han quedado grabadas en el imaginario de nuestra cultura como una fuente incesante de sentidos. Valga como ejemplo el ya célebre episodio usado como letanía para ilustrar con una imagen instantánea a la aristocracia argentina: “En nuestro primero y segundo viaje a Europa nos embarcamos con vacas (dos) y gallinas (varias)…”. Retrato perfecto de una clase nacionalista, patriótica, oligarca, suntuosa y liberal. Contado quizás, con inocencia, el episodio dio lugar a una cantidad casi infinita de interpretaciones. La obra de teatro inspirada en esa oración, El niño argentino, de Mauricio Kartún, de 2006, es una de las más deliciosas y agudas. Nota aquí.
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domingo, septiembre 06, 2026
Luis Eduardo Aute
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Gustavo Santaolalla
Ronroco: el alma del viaje silencioso de Gustavo Santaolalla
El músico argentino se presentó el sábado 29 de agosto en el Teatro Jorge Eliécer Gaitán de Bogotá con un tour construido alrededor del proyecto que, casi tres décadas después de su nacimiento, sigue siendo su autorretrato más fiel.
En fila, uno detrás de otro, cinco músicos entraron al escenario del Teatro Jorge Eliécer Gaitán bañados por una tenue luz azul y acompañados por el rumor líquido de un hilo de agua cayendo sobre agua. Nicolás Rainone, Javier Casalla, Gustavo Santaolalla, Barbarita Palacios y Santiago Carregal avanzaban lentamente, con la mano derecha apoyada en el hombro de quien iba adelante. De esa manera convertían la fragilidad en un ritual de cuidado, que llevó a Santaolalla a sentarse en el centro del tablado.
Allí, el músico argentino, vestido de gris, de pelo largo y barba abultada color blanco, hizo sonar los cuencos tibetanos. La vibración profunda y prolongada de cada golpe y fricción fue abriendo el espacio para un concierto que revela, quizá como ningún otro, al artista nacido en El Palomar, Gran Buenos Aires, en 1951.
Desde el camerino, Santaolalla manifestaría su profundo agradecimiento por la posibilidad de emprender ese viaje musical sobre un escenario. Lejos de responder a una búsqueda comercial, Ronroco lo revela de manera íntima como artista, y desde el cual propone una inmersión por territorios etéreos atravesados por la memoria, la naturaleza y un sonido profundamente cinematográfico. “Nunca había hecho un concierto de estas características y realmente sucede algo muy especial. Hay que estar ahí para experimentarlo”, dijo en entrevista antes del concierto.
El proyecto que lo explica todo
Ese universo dejó su huella en el disco de 1998 que le da nombre al proyecto, en Camino (2014), su heredero natural, en bandas sonoras de películas como Amores perros, Babel y Secreto en la montaña, y en la música del videojuego The Last of Us, que después adaptó para la serie. Esas composiciones hilan la vida de un proyecto con una exploración de por lo menos 13 años, que en un inicio solo compartía con su círculo más íntimo y que hoy lleva al mundo entero con el Ronroco Tour, que tuvo paradas en Bogotá y Medellín el último fin de semana de agosto.
En Bogotá, el concierto abrió con “Way Up”, la composición que abre el disco de 1998. Cumple una función de ascenso e inmersión: el ronroco establece el pulso repetitivo, mientras los armónicos y las capas de cuerdas van expandiendo el espacio. Era la prolongación del ritual que iniciaron el sonido del agua y los cuencos tibetanos, en una invitación al oyente a ingresar a un universo sonoro donde confluyen la música argentina y andina, África, Asia y Europa oriental, todo atravesado por elementos del rock progresivo, el jazz y la experimentación minimalista.
Siguió con “Gaucho” y “Jardín”, también de Ronroco. La primera remite directamente al imaginario de la llanura rioplatense, sin llegar a ser una pieza de folclor tradicional, sino una composición que transforma ese paisaje cultural en textura y movimiento. Es un buen ejemplo de la idea central de Santaolalla: usar un instrumento asociado con los Andes para producir una música que también puede sugerir la Pampa. Tras “Jardín” terminó una secuencia, prácticamente continua, lo que dio lugar a una descarga de aplausos contenidos.
Santaolalla tomó la palabra. Luego de manifestar su amor por el ajiaco y decir, entre risas, que tenía loca a la producción porque era lo único que quería comer, aludió a la mecánica cuántica y a la idea de que “el observador modifica lo observado”, para explicar que mostrar ese repertorio frente a un público lo transforma. Era una invitación a que los presentes construyeran el concierto junto a él.
Alfredo Santaolalla le regaló un charango a su hijo cuando este tenía quince años. Con él, Gustavo empezó a cruzar el rock con la música tradicional argentina en Arco Iris, la banda que fundó en 1967. Once años después se instaló en Los Ángeles. En uno de sus viajes a Buenos Aires entró a una tienda de instrumentos y encontró un instrumento parecido a un charango, pero más grande: el ronroco. “Lo saqué y lo toqué y tuve una conexión muy profunda, me tocó el espíritu”, ha dicho. Desde entonces empezó a grabar pequeñas composiciones, sin intención de publicarlas. Un diario musical. Nota aquí.
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Juan Carlos Baglietto
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Orquesta Mondragón
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Manuel Vicent
El paraíso perdido
Toda la memoria que llegó a convertirse en materia de mis sueños ha ardido ante mis ojos este apestoso verano.
Este verano he visto arder en el incendio de la Vall d’Uixó el paraíso donde se desarrolló mi niñez, que en el recuerdo permanecía intacto, como una pauta de la dicha del pasado. En la montaña de Santa Bárbara, que domina el pueblo de La Vilavella, hubo un altar romano erigido sobre los restos de un yacimiento ibérico. De aquello no quedaba nada, pero le confería un aire sagrado a aquel lugar, y al amparo de un ara votiva, oculta todavía durante siglos bajo el matorral, yo buscaba entre las plantas aromáticas y los zarzales cápsulas de cobre, bombas de piña y de Lafitte, la arandela incrustada en los proyectiles, muy apreciada por un chamarilero. Aquel paisaje de la sierra de Espadà lo llevaba asociado a mis correrías de niño, a los juegos y recreos escolares, a las excursiones de los días de Pascua, a la sensación de una libertad asilvestrada y feliz. El límite de aquel paraíso lo cerraba la línea azul del mar. Eran nombres para mí imborrables la Peña Espiadora, el castillo del siglo XI del que quedaban en pie un lienzo de muralla y dos torres, el abrevadero de los caballos y algún foso; también las trincheras de la guerra, la Fonteta d’Oliver, la de Cabres, la Cruz de Hierro, el pico del Puntal, el más alto de la sierra, que servía de rito de iniciación. Coronar la cumbre del Puntal marcaba el final de la niñez, significaba el sacrificio del héroe con el que uno comenzaba a reconocerse como adulto. Conocía cada barranco, con sus alacranes, serpientes, lagartos y alimañas, las madrigueras de las liebres, los nidos de los cuervos, cada arbusto con los frutos silvestres que compartía con los jabalíes. Toda esa memoria que llegó a convertirse en materia de mis sueños y traté de convertirla en literatura ha ardido ante mis ojos este aciago y apestoso verano. Ahora aquel paraíso ya no existe, solo es mental, una entelequia. Sé que con el tiempo al final la savia ganará de nuevo la partida a la ceniza y todo volverá a florecer, pero yo no estaré en este mundo para verlo. Nota aquí.
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Ismael Serrano
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Antonio Orozco
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Alejandro Dolina
La Universidad de Buenos Aires le otorgó el título de Doctor Honoris Causa a Alejandro Dolina
Fue durante un acto realizado en el Auditorio de la Facultad de Ciencias Sociales
n la tarde del viernes, la Universidad de Buenos Aires (UBA) le otorgó el doctorado Honoris Causa a Alejandro Dolina, durante un acto realizado en el Auditorio de la Facultad de Ciencias Sociales, en su sede de la calle Santiago del Estero. Además de la distinción formal se realizó un conversatorio de Alejandro Dolina y Gabriel Rolón.
“Las alegrías después de cierta edad vienen acompañadas por una deliciosa melancolía y por una noble tristeza. No porque uno sienta los achaques, sino porque uno comprende mejor la naturaleza humana, siendo esta trágica”, señaló al recibir la distinción.
Al referirse a la universidad pública y al sentido de la ceremonia, sostuvo: “Poder encontrar un poco de reflexión y un poco de amor, de comunión en esta alegría personal también me alegra. Y es que por eso estamos aquí en una universidad pública, porque aquí es donde se recibe pero también donde se da, y donde se produce a veces durante un ratito, un momento de comunión siendo que nuestra vida en general es solitaria”.
Y agregó: “Hay otra cosa que cabe decir: no puedo evitar sentirme un poco farsante, sentirme un poco impostor. Evidentemente yo no provengo del mundo académico. Claro, me dirá alguno: ‘Usted se habrá leído algún libro’. Le voy a rogar que nadie me diga que yo provengo de la universidad de la calle. No es un foro muy adecuado para formarse. Las cosas que se aprenden en la esquina no siempre son académicamente interesantes. De manera que si uno quiere aprender verdaderamente a estudiar y aprender, pero además vivir todo ese mundo maravilloso de intercambio, de sensaciones y de reflexiones acerca de la constitución de la realidad es mejor que vaya a la universidad y no al boliche de la esquina. Deberían entenderlo así quienes los estados nacionales gobiernan y propender cuando se trata de educación a preferir la inauguración de universidades y colegios ante que las de parrilladas”.
Consideraciones
El acto celebrado al conductor de radio y televisión fue realizado por la resolución que la UBA publicó el último año. Allí, la Facultad de Ciencias Sociales solicitó se otorgue a Alejandro Ricardo Dolina el título de Doctor Honoris Causa.
Dentro de los considerandos, se señala “que Alejandro Dolina es un reconocido escritor, músico, compositor, conductor radial, actor y pensador argentino, distinguido en el ámbito de la cultura, las letras y la comunicación en nuestro país y en el exterior. Que el señor Dolina ha realizado estudios en varias disciplinas, tales como: Letras, Historia y Música. Que ha publicado varios libros, tales como: Crónicas del Ángel Gris y Notas al pie, entre otros. Que ha recibido diversos premios y distinciones, entre los que se destacan: Premio Martín Fierro de Oro 2022; Premio Konex Diploma al Mérito (1991); 4 Premios Argentores; Premio Lector de la Feria del Libro (2013); Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires (2001) y Visitante Ilustre de Montevideo (República Oriental del Uruguay, 2003).Que ha sido homenajeado con el Paseo del Ángel Gris, inaugurado el 11 de agosto de 2014 en Caseros, en honor a su obra y su infancia en ese barrio. Que ha sido conductor de numerosos programas de radio, tales como: La venganza será terrible y El ombligo del mundo. Que se ha desempeñado como creador, guionista y protagonista del ciclo televisivo Recordando el show de Alejandro Molina (2011), así como en varios programas televisivos y películas”.
El laudatio que se preparó para el acto, además de destacar su trayectoria en medios de comunicación, la literatura y la música, se refirió a ese personaje sin par en la cultura popular argentina. Veamos algunos de sus pasajes.
“Con Alejandro Dolina nace una forma de contar”, describió Larisa Kejval, directora de la Carrera de Ciencias de la Comunicación. “La venganza será terrible es un programa transgeneracional que lleva más de 40 años al aire, bajo distintos formatos. Llegó a repetirse dos veces durante el mismo día, a salir por canales simultáneos y hoy, en Spotify, la cuenta oficial compite contra la de un ñato que grabó durante años las emisiones y las subió. Es decir: estamos frente a uno de los pocos programas que compiten contra sí mismos en términos de audiencia”, aseguró.
“Dolina, quizás a su propio pesar, ha dejado de ser solamente un hombre. Su nombre se volvió adjetivo, verbo, una forma de retórica argumentativa: ‘A lo Dolina’, ‘Eso es dolinesco’, ‘Eso es doliniano’. Incluso una plaza del barrio de Flores no lleva su nombre sino que va más allá: lleva el nombre de uno de sus personajes. El Ángel Gris. Es el triunfo de la prosa. La demostración de que la ficción puede cruzar la frontera de la página e intervenir sobre la realidad. Y acaso ese sea uno de los mayores reconocimientos que puede recibir un escritor: que sus personajes comiencen a caminar por el mundo sin pedirle permiso. (...) Gracias por haber construido durante décadas un lugar al que millones de personas pudimos entrar, donde todavía cabe la imaginación, el humor, la música, la literatura, el amor, la melancolía y, por supuesto, las palabras”. Nota aquí.
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Homenaje a Pablo Guerrero
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Roger Farrington
El fotógrafo Roger Farrington publica imágenes inéditas del regreso de John Lennon a la música en 1980
Farrington captó la vuelta del músico al estudio de grabación tras su salida de The Beatles
El regreso de John Lennon al estudio de grabación en agosto de 1980, tras una pausa de cinco años, quedó registrado en una serie de fotografías tomadas por Roger Farrington. El fotógrafo publicará el próximo día 8 un libro que reúne esas imágenes, captadas apenas cuatro meses antes de que el exintegrante de The Beatles fuera asesinado frente a su hogar en Nueva York.
Farrington, fotógrafo de Massachusetts, acompañó a Lennon y a su esposa, Yoko Ono, desde su residencia en el edificio Dakota hasta el cercano y legendario estudio The Hit Factory, en Manhattan, donde la pareja trabajaba en la grabación de Double Fantasy, según informó este jueves el diario The Boston Globe. Farrington fue elegido para documentar el retorno de Lennon a la actividad musical después de cinco años de alejamiento de los estudios, periodo que el artista había dedicado en buena medida a su hijo Sean, fruto de su relación con Ono.
Con 27 años en aquel momento, el fotógrafo capturó una treintena de imágenes de la pareja, tanto en el exterior como en el interior del estudio. Entre ellas destaca una fotografía de Lennon y Ono caminando de la mano a las puertas de The Hit Factory, una imagen que, según Farrington, “dio la vuelta al mundo”. La fotografía fue, además, la única de aquella jornada que Lennon y Ono compraron para acompañar el comunicado de prensa con el que anunciaron su regreso a la actividad musical.
Casi 46 años después, Farrington ha decidido publicar aquella serie en el libro Starting Over with John and Yoko: The Photographs. La portada muestra a Lennon sentado con una guitarra junto a Ono, también sentada y con un cigarrillo en la mano derecha. “Quería que la gente viera quién era John Lennon en 1980, no en 1964. Los Beatles ya habían desaparecido hacía mucho tiempo”, explicó Farrington a The Boston Globe.
El fotógrafo también recordó el “evidente” entusiasmo de Lennon por aquella nueva etapa. El músico estaba a punto de cumplir 40 años, el 9 de octubre de 1980, y se preparaba para retomar su carrera musical después de varios años alejado de los escenarios y los estudios. Farrington quiso conservar en el libro toda la serie realizada aquel día, incluidas las fotografías que considera menos logradas. Su intención, explicó, era incluir “las buenas, las malas y las feas” para mostrar la historia tal como ocurrió.
En noviembre de 1980, Lennon y Ono publicaron Double Fantasy, el álbum que marcó el regreso discográfico del músico. Apenas unas semanas después, el 8 de diciembre, Lennon fue asesinado a tiros frente al edificio Dakota cuando regresaba a casa junto a Ono. El autor del crimen, su admirador Mark David Chapman, fue posteriormente condenado a una pena de entre 20 años de prisión y cadena perpetua. Starting Over with John and Yoko: The Photographs, realizado en colaboración con el escritor e historiador musical Kenneth Womack, especializado en la influencia cultural de The Beatles, será publicado por Rutgers University Press. Nota aquí.
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Alfredo González Ruibal
“Soy Manuel Lluesma, ejecutado el 29 del 12 de 1942. Dejo hijos”
El arqueólogo Alfredo González Ruibal recopila casi dos décadas de investigación sobre el franquismo y revela el hallazgo de un oscuro pasado familiar.
“Llegan a tu casa. Se llevan a tu marido. Vuelven a tu casa. Esta vez vienen a por ti. Te llevan a prisión. Te acompaña tu hija, que no tiene con quién quedarse. Fusilan a tu marido. Te informan las monjas. Te preguntas qué será de ti, embarazada, con una niña. Pasas hambre. Tu hija pasa hambre. Estás a punto de dar a luz. Llega la condena: 20 años por apoyo a la rebelión. Tu hijo nace. Tu hijo muere. Se lo llevan. No sabes dónde. No podrás llevarle flores. Tampoco a tu marido. Tu hija pasa hambre. Enferma de tos ferina, tifus. No hay medicinas. Tu hija muere. Se la llevan. No sabes adónde. No podrás llevarle flores. Málaga, 1937″.
Es un extracto de País en ruinas, historias enterradas de la España franquista (1939-1975), de la editorial Crítica. Su autor, el arqueólogo Alfredo González Ruibal, premio Nacional de Ensayo 2024, recopila casi dos décadas de excavaciones en fosas comunes, trincheras, campos de concentración y chabolas, es decir, conversaciones con cientos de objetos que, 70 u 80 años después, seguían hablando de sus dueños: de quiénes eran, de cómo vivieron y de cómo murieron. Durante la preparación del volumen, de casi 400 páginas, descubrió un oscuro pasado familiar que tiene mucho que ver en la inusual dedicatoria del libro: “A mi suegra, María Mayorgas”.
“Es imposible entender el franquismo”, explica González Ruibal, “sin tener en cuenta dos cortes sobre el terreno: las trincheras y las fosas comunes. El primero es la épica de la guerra que actuaría como fuente de legitimidad para el régimen durante 40 años. El segundo, la huella del exterminio que neutralizó la oposición a Franco y le permitió reinar sobre la paz de los cementerios”.
El arqueólogo se sumerge en los grandes enterramientos clandestinos, como el de Málaga, donde había hasta seis niveles de cadáveres —“la profundidad de las fosas revela que las autoridades franquistas tenían muy claro que pensaban asesinar a mucha gente y durante mucho tiempo”— y donde muchos años después fueron rescatados los restos de 322 menores de 10 años, hijos de presas. “En una de las fosas aparecieron 16 neonatos, criaturas que murieron al nacer o poco después. Nada sorprendente teniendo en cuenta la salud deshecha de sus madres y la insalubridad de la prisión. Los cuerpos de los niños se colocaban en los perfiles de las fosas comunes, que se rellenaban con los cadáveres de fusilados. Los difuntos pequeños venían muy bien para cubrir huecos”, recuerda el autor, citando la investigación del historiador Francisco Espinosa. En Paterna (Valencia) fueron enterradas más de 2.200 personas y hay fosas tan profundas que perforaron la capa freática y la humedad permanente del fondo hizo que los cadáveres se saponificasen, es decir, que la grasa corporal se transformase en una sustancia parecida al jabón y se conservase la ropa que llevaban las víctimas: camisas manchadas de sangre, vendajes por palizas, ligaduras de esparto en las muñecas. En algunas de esas exhumaciones fueron hallados, junto a los restos humanos, botellas que incluían en su interior un papelito con el nombre del represaliado: “Soy Manuel Lluesma Masià (Moncada). Ejecutado el día 29-12-1942 a las 7.30 de la madrugada. Dejo hijos”. El enterrador, Leoncio Badía, las colocaba junto a los cuerpos pensando que las familias podrían recuperarlos en el futuro, aunque seguramente ese futuro llegó mucho más tarde de lo que él imaginaba. En 2019, Badía recibió, a título póstumo, la Alta Distinción de la Generalitat Valenciana. Hoy tiene una estatua en su honor en el cementerio de Paterna.
El libro visita también enterramientos individuales, como el de Villaverde del Ducado (Guadalajara), “excepcional en muchos sentidos”, explica González Ruibal, arqueólogo en el Instituto de Ciencias del Patrimonio del CSIC. La hija de una vecina de la localidad contactó en 2019 con el arqueólogo para explicarle que el pueblo deseaba enterrar dignamente a una víctima desconocida que había sido inhumada fuera del cementerio, junto a la tapia, durante la guerra. Nadie sabía quién era. Los vecinos contaban que lo habían enterrado en una zanja muy superficial y que, al poco tiempo, “un pie o una bota del muerto acabó sobresaliendo o fue desenterrada por los perros” y un pastor que solía pasar por allí mandó a su hijo “colocar unas piedras para evitar que los animales extrajeran los restos”. Desde 1937, mujeres del pueblo habían depositado flores en la tumba anónima, cuidando del fallecido sin nombre. La exhumación constató que la víctima era muy joven, en torno a 21 años. Junto a los restos aparecieron medallas religiosas que alguien había deslizado en el enterramiento. “No solo documentamos un crimen de guerra”, explica González Ruibal, “sino un acto de humanidad: el del pueblo que cuidó 80 años de aquel muerto desconocido como si fuera un familiar”. Nota aquí.
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sábado, septiembre 05, 2026
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