Rodolfo Serrano
Rodolfo Serrano, poeta y escritor, nació en 1947. Estudió Periodismo y ha sido siempre un periodista de raza, con premios como el Giménez Abad del Gobierno de Aragón, por sus escritos en ‘El País’, o el Mesonero Romanos por su colección de artículos «Historias de Madrid». Pero no se queda ahí su obra. Ha escrito obras sobre historia, novela y ensayo, y como poeta tiene en su haber nueve libros. Muchos de sus poemas han sido musicados por Ismael Serrano, Manuel Cuesta, Fran Fernández, etc. Con su nuevo libro de poemas, el autor quiere homenajear a los amigos y familiares que le han acompañado en su caminar en todos los aspectos. En definitiva, Rodolfo Serrano tiene una pareja de altura y excelencia que es la escritura. No sabríamos decir qué escritura alcanza más vuelo, si la poética o la prosa. Rodolfo Serrano es un gran referente como autor.
El título del libro de poemas , ‘Hotel en las afueras. Registro de viajeros’, es una metáfora que juega con el recuerdo amoroso de tiempos pasados que llegan al recodo donde comienzan a amarillear.
Efectivamente. Los hoteles siempre me han fascinado. Para mí son siempre recuerdos del pasado. En sus habitaciones está el tiempo detenido. El olor de los cuerpos que compartieron sus habitaciones, sus tristezas y alegrías. Instantes de unas vidas que ya sólo son jirones del calendario. En sus camas se unieron parejas eternas y parejas de una noche. Siempre que entro en una habitación de hotel, me pregunto ¿quién estuvo antes, que hicieron, de qué hablaron…? Para mí es fascinante.
Esta obra poética se compone de dos partes. La primera se titula: «Sin equipaje». Y el recuerdo del amor y el deseo se abrazan con amores bohemios, bares con la barra casi desierta, y el camarero ofreciéndole otra copa al último solitario de la noche. En la segunda, que lleva el título del libro, «El hotel en las afueras», el hotel parece unificar los diversos lugares recorridos y hacen que surja la soledad con el «ligero de equipaje» machadiano.
Es una parte en la que trato de describir esa soledad y la nostalgia por lo que imaginamos que pasó y no tanto por lo que realmente pasó. También he querido que fuera una representación de mis propios deseos, de lo que he aprendido en mi vida. De hecho, el libro, en el fondo, es un afán de retener en la memoria, nombres, lugares, sentimientos. Y por eso, los nombres de la gente que ha compartido conmigo momentos de mi vida, ocupando esas habitaciones, formando parte de mi añoranza, de mis amores.
Todo el poemario está escrito casi en voz baja, en la lejanía, cuando los bares, las copas y los cuerpos jóvenes imponían su sello, ahora tamizado ya por el recuerdo.
Claro. Ahora, cuando se llega a una edad como la mía, te das cuenta de que eres lo que fuiste. Que en tu carne viven otras carnes, que tus sueños de ahora no son otra cosa que los anhelos que tuviste cuando eras joven y guapo. Sin el recuerdo de aquello que fue no serías nada. Y, muchas veces, resulta que tus propios recuerdos son falsos, que, a lo largo de los años, has construido tus propios recuerdos que, en ocasiones, poco tienen que ver con la realidad vivida. Pero eso no importa. ¿Qué más da? La poesía tiene la maravillosa ventaja de permitirte reconstruir los recuerdos a tu gusto.
Si tuviera que titular este libro le pondría ‘Nostalgia enganchada en los sueños locos de la juventud’. Sí, nostalgia de aquellos cuerpos jóvenes, su aroma y noches clandestinas, siempre con dos cuerpos entre cigarro y copa.
No me parece mal porque, como te he dicho, los hoteles, son para mí pura nostalgia. Y, fíjate, no es una nostalgia extrema. Es la dulce añoranza de lo que fuimos. El recuerdo salvador de una piel en la que hemos dejado escritos nuestros mejores versos. Porque, al final, el sueño dorado es otra piel, otro espacio para vivir este presente, ya sin futuro, ya con los días contados.
El «qué» del poemario consiste en sacar los recuerdos del pozo de la mente para rellenar el vacío del futuro.
Sin duda. El poema, en este caso, es un camino a la inversa. Es la celebración del tiempo ido. Porque, me parece a mí, que hay que celebrar el tiempo, como un ente vivo. Y lo único vivo es el presente y el eco de los días que, aún y siempre, vive en nosotros. Construimos el ahora, como decía don Antonio Machado, hoy es siempre todavía. Ese ‘continuum’ que nos permite permanecer en la memoria y el espacio.
Si leo estos poemas despacio y en una tarde con los brazos caídos a lo largo del cuerpo, la nostalgia que sale de esos bares y tabernas solitaria me invade, y al mismo tiempo me atrae y se une a mí al lector. ¿Esta de acuerdo?
La tristeza tiene la atracción del abismo. En uno de los poemas digo que a mis amigos dejo mi tristeza, que la guarden con cariño. La tristeza, desde un punto de vista poético, es hermosa y enriquecedora. Naturalmente, hablo de la tristeza poética, de la tristeza melancólica de Pessoa. Yo no soy un hombre triste. Todo lo contrario. Creo que soy un hombre alegre, optimista. Pero hay una melancolía que, a veces, nos hace vivir otras vidas, otras situaciones. No hablo de esa tristeza ante el dolor, ante un mundo que nos agobia y mata. Nota aquí.
































