domingo, febrero 22, 2026
Jorge Drexler
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Fernando Aramburu
En el taller alemán de Fernando Aramburu: “Las víctimas tendrán en mi literatura una casa”
El autor de ‘Patria’, a punto de publicar una nueva novela, ‘Maite’, abre para ‘Babelia’ la puerta de su estudio en Hannover y a su vida cotidiana. Una conversación sobre libros, el País Vasco, los orígenes, la felicidad y sus diálogos con ‘Mendizabal’.
Fernando Aramburu tiene en su estudio un cactus al que ha bautizado como Mendizabal, y habla con él. “Es un cactus vasco”, explica. “A veces le explico mis intenciones literarias. El plan del día. Escuchándome, de alguna manera, obtengo cierta claridad mental”. Cuando el periodista le pregunta si está hablando en serio, si es verdad que conversa en voz alta con el vegetal, se extraña: “¿No hablas contigo mismo?”.
En el estudio de Aramburu, en la ciudad alemana de Hannover, a 15 minutos en bicicleta de su casa, se encuentra el ordenador con el que escribió la novela Patria, que hace una década lo consagró a él, hasta entonces más bien un escritor de culto, como un autor de masas. Hay un microondas en el que se calienta la comida que el sábado ha cocinado en casa y ha congelado para la semana. También un diván donde, después de comer, duerme la siesta mientras escucha música clásica o jazz, y un sillón donde se sienta para solucionar el sudoku del día y leer dos páginas en inglés y dos en italiano. Se toma un café y abre el ordenador y mira, en la página de EL PAÍS, El rincón de los inmortales, el espacio sobre ajedrez de Leontxo García. “Es la cima del día, un absoluto placer”, describe estos momentos, “la capital de la jornada, el centro neurálgico”. Después, retoma la escritura. Unas 500 palabras por jornada. Y así, cada día, de 8.00 a 18.30, y con la única compañía de Luna, un bichón habanero de 15 años.
“Llevo una vida ritualizada”, confiesa nada más abrir la puerta a los visitantes, un jueves por la mañana con la ciudad cubierta de nieve y el cielo gris. Y bromea sobre el tópico de la organización y el rigor de Alemania: “No me parece que los alemanes estén a la altura”.
Aramburu recibe a Babelia en vísperas de la publicación de su nueva novela, Maite (el 4 de marzo en Tusquets Editores, como casi toda su obra), la historia de tres mujeres en San Sebastián durante los días del secuestro y asesinato del concejal Miguel Ángel Blanco a manos de ETA, en julio de 1997. Esto es Hannover, donde reside desde hace años, una ciudad sin cualidades, “la Valladolid de Alemania”, la llama él. Su otra patria. Este es su estudio, lejos del ruido y de la vida literaria. Es el taller al que raramente accede ningún extraño, la fábrica donde, con horarios rigurosos y milimétricos, y un método de trabajo calculado, confecciona estas historias sobre la patria del libro, su tierra de origen y sus habitantes, las “gentes vascas”. La crónica de un tiempo y un país que incluye novelas y relatos como Los peces de la amargura, Años lentos o El niño, y del que Maite es el volumen más reciente.
“Mi vida no da para mucho”, dice Aramburu. “Deliberadamente huyo de las aventuras, de las sensaciones intensas y de todo lo que me roba la serenidad. Organizo mi vida de tal manera que mis actos son reiterativos y para otros serían muy aburridos. Madrugo, escribo, ceno, leo… Un día, otro y otro. Ahora, cuando me saques de eso, estoy perdido. Cuando tengo que viajar ya empiezo a estresarme”. ¿Y la literatura? “La literatura es otra cosa. Uno sabe cuándo le ha quedado bien una paella y uno sabe cuándo le ha quedado bien una página. Eso es una experiencia inmensa. La sensación de ir a casa por la tarde, después de la jornada laboral, y haber escrito una buena página… Eso no lo cambio yo por nada”.
Todo es ritual, todo es orden, en el refugio de Aramburu. “Yo lo controlo todo”, dice al detallar cómo planifica las novelas hasta el mínimo detalle. También las lecturas. En castellano, se impone leer dos clásicos de la vieja colección Austral al mes, y dos en alemán. De los primeros, está leyendo el segundo tomo de Impresiones de un hombre de buena fe, de Wenceslao Fernández Flórez. “Es de una actualidad que tira de espaldas, sobre la ineptitud y la corrupción de políticos de principios del siglo XX”, observa. Se ha leído Ich bin Giorgia, las memorias traducidas de la primera ministra italiana, Giorgia Meloni. “Me parece una mujer muy perspicaz, conservadora”, dice. “Yo leo de todo. No tengo miedo de que nadie me contagie sus ideas, ni mucho menos”. Nota aquí.
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Espido Freire
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María Fasce
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Antonio Machado
Entierro de Antonio Machado en Collioure (Francia) el 22 de febrero de 1939. En un bolsillo de su abrigo portaba un papel con el último verso que escribió:
"Estos días azules y este sol de la infancia".
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Carmen Palomo Pinel
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Willie Colón
Muere Willie Colón, pionero y leyenda de la salsa, a los 75 años
El trombonista y compositor boricua cosechó grandes éxitos con Héctor Lavoe y Rubén Blades
“Willie Colón me dicen El Malo, porque pasan los años y sigo dando palos“, dice Bad Bunny en su exitoso tema Nueva Yol, en homenaje al músico puertorriqueño, nacido y criado en las calles del Bronx y muerto este sábado en un hospital neoyorquino a los 75 años. El tributo de Bad Bunny, que interpretó este tema en el intermedio de la Super Bowl, fue, tal vez, la última mención pública a Colón, pero por encima de todo el merecido reconocimiento de quien se convirtió en una leyenda en vida. Cantante, poeta, arreglista, productor y director musical, Colón comenzó su carrera musical a los 16 años y ha dejado más de 30 discos, nueve Discos de Oro y cinco de Platino y más de ocho millones de discos vendidos.
También trombonista y compositor, fue un pionero de la salsa desde su inicial colaboración con Héctor Lavoe. En 1967 ambos firmaron el álbum El Malo al que alude la canción de Bad Bunny, configurando uno de los dúos más influyentes de la salsa bajo el sello Fania Records. Con éxitos como Calle Luna, Calle Sol, CheChe Colé y El día de mi suerte, se convirtió en una figura clave del género en los años setenta.
Colón también cosechó grandes logros con el panameño Rubén Blades, formando un dúo muy activo a finales de setenta y primeros ochenta del siglo pasado, con un breve paréntesis en solitario y un retorno conjunto a los escenarios en los noventa. Ambos firmaron, entre otros álbumes, Canciones del solar de los aburridos. Fue uno de los dúos salseros más importantes de la historia de la música latina y rompieron en 2003, supuestamente por un desacuerdo financiero tras un concierto en Puerto Rico.
“Es con profunda tristeza que anunciamos el fallecimiento de nuestro amado esposo, padre y renombrado músico, Willie Colón. Partió en paz esta mañana, rodeado de su amada familia. Aunque lloramos su ausencia, también nos regocijamos con el regalo eterno de su música y los recuerdos queridos que creó, los cuales vivirán por siempre”, ha dicho en un comunicado su familia.
“Nuestra familia está profundamente agradecida por sus oraciones y apoyo durante este tiempo de duelo. Pedimos amablemente privacidad mientras navegamos por nuestro duelo”, añade el comunicado publicado por los deudos de William Anthony Colón Román, nombre de pila del cantante de El gran varón, que había nacido el 28 de abril de 1950 en el barrio del Bronx de Nueva York.
Colón fue el más boricua de los neoyorquinos, y eso es mucho decir, porque en el Estado vive más de un millón de puertorriqueños, el 17,5% del total de la población de la isla. Su vínculo con la isla palpitó a lo largo de sus más de 60 años de carrera artística. Pero fue su disco Hecho en Puerto Rico el que dejó patente su amor por la tierra donde nació su familia y hacia su vínculo más íntimo con la isla, su abuela, Antonia Román Pintor.
Aunque para el resto fuera considerado un nuyorican (como se denomina a los puertorriqueños nacidos en Nueva York), su abuela lo crio repitiéndole todos los días: “No olvides que tú eres puertorriqueño”, según contó en una entrevista con la agencia Efe en junio de 2013. Su abuela, confesó también en sus redes sociales, le enseñó el significado del amor condicional. Colón se refería a ella como “jibarita de Manatí”, la localidad de Puerto Rico de donde procedía, y de donde salió en 1928, con 22 años, en busca de una vida mejor. Toña, como la conocían en la barriada del sur del Bronx donde vivió, “murió a los 91 [años] sin saber inglés”, destacaba su nieto. Nota aquí.
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sábado, febrero 21, 2026
Carlos Ares
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Félix Maraña
SALAMANCA, SEDE, CULTURA Y PALANCA
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El Kuelgue & Litto Nebbia
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Luis Ramiro
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Rosa Montero
Dejar de dar lecciones
Yo nací en una España totalmente homogénea y he visto con emoción y asombro cómo ha cambiado esta sociedad.
Y de nuevo la bronca con los inmigrantes. Un resquemor que hunde sus raíces en un sentimiento primitivo (es el cavernícola que desconfía de los extraños) y que aumenta a velocidad exponencial ante el reto colosal que estamos viviendo. Nunca ha habido antes semejante volumen de desplazados o una presión migratoria tan tremenda. Millones de personas huyen de sus casas por el hambre, la violencia, la superpoblación, el cambio climático. Y esto no ha hecho nada más que empezar. Estamos al comienzo de un maremoto y por eso este tema está dividiendo a los individuos en dos facciones completamente opuestas. O estás a favor de abrirte de algún modo a los demás, o escoges cerrar a cal y canto tu rica sociedad, levantar empalizadas y dejar que los parias se agolpen a morir extramuros. Esta segunda opción no sólo resulta poco empática y nada ética, sino que, sobre todo, me parece suicida por lo estúpida. No hay castillo lo suficientemente alto para librarte del tsunami de desplazados que se aproxima. Tenemos que hacer algo, aunque desde luego la solución no es fácil.
En cualquier caso, el trato a los emigrantes es la bandera bajo la que ahora se decantan las ideologías. Ahí está Trump, que alardea de haberse librado de dos millones y medio de extranjeros sin papeles en 2025. Hace unos días le preguntaron a un economista en una televisión norteamericana: “Si han echado a los ilegales, ¿por qué no sólo no ha mejorado la situación económica sino que ha empeorado y hay más paro?”. El hombre dio tres razones; la primera, ya conocida, que el extranjero desempeña trabajos que el nacional no quiere; la segunda, que todos esos millones de irregulares mueven también millones de dólares, compran y consumen, y todo eso se pierde de golpe; y la tercera, que no trabajan solos. O sea que, si tienes un pequeño restaurante en el que el 25% de los empleados son esos irregulares y desaparecen, a lo mejor tienes que cerrar tu local. Sonaba bastante lógico.
Aplaudo con entusiasmo la reciente regularización de emigrantes y las críticas me parecen farisaicas, teniendo en cuenta que todo esto ya se ha hecho antes (Aznar regularizó a 524.621 personas y Zapatero a 576.506, por ejemplo). Yo nací en una España totalmente homogénea y he visto con emoción y asombro cómo ha cambiado esta sociedad. Según el INE de 2024, en el país viven 9,8 millones de personas nacidas en el extranjero (casi una de cada cinco). Sólo en los últimos tres años han llegado tres millones. Soy una firme partidaria de la multiculturalidad por lo que aporta de riqueza intelectual y vital, y creo que la inmensa mayoría de los que emigran son lo mejor de cada país: los más valientes, los más emprendedores. Pero todo esto también tiene una contrapartida oscura: profundos choques culturales; la falta de adaptación y de respeto ante nuestras leyes que muestran algunos extranjeros; la miseria en la que parte de ellos vive, lo cual fomenta la picaresca y la violencia… Si unes a esto la desconfianza cavernícola al extraño, que es un rasgo que llevamos genéticamente hincado en el cerebro, obtendremos un cóctel explosivo. Y no se puede desmontar esta bomba de relojería desde el voluntarismo optimista. No puedes limitarte a soltar alabanzas sobre los emigrantes y dejar que toda la gestión de los conflictos la asuma la extrema derecha. Nota aquí.
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Haydée Milanés & Pablo Milanés
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Uxía & Javier Ruibal
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Ramón Serrano
CUANDO LLEGA EL DESPUÉS
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viernes, febrero 20, 2026
Bodeguita Romero
Pedro Romero, de la Bodeguita Romero: "Yo tenía el listón alto, pero mi hijo Alejandro me ha superado"
La Bodeguita Romero es historia y tradición de Sevilla. Basta una mirada para notarlo. Prueba de ello es el grupo de turistas que espera en la puerta cuando aún falta una hora para abrir. Aunque ha llovido, los clientes se refugian bajo el toldo, pues el mal tiempo no priva a nadie de su cita diaria con el buen vino y la comida casera.
Al entrar, me recibe Alejandro, que hace los últimos preparativos con todo el personal para un nuevo día de trabajo. Me siento junto a la barra y allí comienzo a hablar con un invitado de excepción: su padre, el gran Pedro Romero.
Entre proveedores con la libreta en la mano y camareros que ordenan el género con presteza, Pedro y yo nos sentamos en un rincón, al lado de la ventana que da a la calle Harinas. Se le intuye bondad en la mirada y ganas de conversar. Y enciendo la grabadora.
¿Cómo empezó la bodeguita Romero?
En los años sesenta, la bodeguita Romero se distinguió por tener tres clases distintas de clientela: por la mañana, venían los del corretaje a vender piezas de vehículos y de camiones; a partir del mediodía, era el turno del comercio y el personal de banca que salían a la una del mediodía; y a las ocho de la tarde los universitarios de Sevilla quedaban allí. Como no todo el mundo tenía teléfono, se reunían en la bodeguita Romero. También venían los peritos agrícolas, los aparejadores y entablaban temas de conversación con todos los estudiantes.
Y los chavales bebían el vino fino y el solera. Yo he vendido el fino a dos pesetas la copa y la solera a 2,50 que antiguamente eran diez reales. La barra estaba totalmente cubierta de vasos de vino y de barriles de unas cuatro arrobas. Había que llenarlos de noche y de día. De noche se llenaba para el trabajo del mediodía y a partir de la tarde se llenaban los barriles para la noche.
¿Cómo ha cambiado la hostelería en todos estos años?
La hostelería ha cambiado muchísimo, antes era muy avasalladora. El cliente siempre tenía la razón. No se podía ni barrer delante de ellos. Y había que hacerle caso siempre para que el cliente no tuviese nunca una pega. Uno sabía la hora a la que entraba, pero nunca cuándo iba a salir porque llegaban las clásicas reuniones.
Yo ya trabajaba con doce años en la calle General Polavieja. Allí lo que había eran establecimientos de bebidas, salvo tres o cuatro casas. Por ejemplo, estaba la peluquería Berro que tenía veinte peluqueros, después teníamos frente a la bodega una sastrería de toreros y a continuación en la esquina estaba la camisería Derby. Desde la capillita San José, por la parte de la acera de la izquierda, se encontraban Calvillo, el Pasaje Andaluz y la bodeguita Romero. Seguimos para adelante y estaba la peluquería Bosch en una esquinita y a continuación los Candiles; por la parte de la derecha, viniendo de plaza San Francisco, teníamos la Perlita en la esquina, el Portón, una sastrería pequeña, el restaurante La Viuda y, al lado, Los Navarros.
¿Y cómo ha cambiado Sevilla?
Lo que menos tenía un chaval en la calle era algo punzante en el bolsillo. Tú podías salir y vivir en lo que era la Sevilla antigua, pasear por la calle Sierpes, irte a la Campana a las doce de la noche como si fuese la Feria. Estaba el bar Pinto abierto, el bar Flor que no cerraba, había varias cafeterías y se vivía la noche sin peligro y sin temor. Un ambiente que no se volverá a ver. No teníamos problema en llegar con cuatro copas porque, si decías que habías estado en la bodeguita, tu padre te pasaba la mano porque él había estado antes al mediodía. Esa era la vida.
¿Cómo empezó usted en la bodeguita?
Como te comento, yo empecé con doce años, terminando el bachiller. En casa me preguntaron si quería trabajo o estudios. Dije trabajo y me dieron estudios y trabajo. Una vez que terminé el bachiller elemental, me puse detrás de la barra. Y así hasta los setenta y cinco años que tengo. Nota aquí.
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Pancho Varona
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Efecto Mariposa
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Ramón Serrano
EN PRESENCIA
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Tomás Sánchez Bellocchio
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Rafa Mora
AHORA
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Fran Fernández
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Luis Pastor
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jueves, febrero 19, 2026
Manuel Jabois
Una llamada
Con las amistades que a veces suspendemos por alguna contrariedad, habría que tener más delicadeza. El puente puede estropearse, pero no romperse.
Hace unos días, me llamó alguien para hablar de una persona que se murió cuando yo estaba enfadado con ella. Habíamos tenido una amistad a distancia larga e irregular, y por diversas razones que no vienen al caso, en algún momento yo decidí cortar aquello. No sé cuánto tiempo llevábamos sin hablar; no era mucho, y de hecho no era la primera vez: siempre nos reconciliábamos. Pero en esta ocasión, se murió de repente. Lo peor de todo, lo más desapacible de esto, es que me he enfadado tan pocas veces en mi vida que en realidad nadie los llama enfados, sino berrinches. Y en esa ocasión no hubo oportunidad de que el berrinche cesase: la muerte deja todo sin terminar, convierte el último momento en algo inacabable. Como apenas había hablado de eso, a esta persona que me llamó casi no la dejé hablar: me hundí en un monólogo de amor y reproches, casi de escándalo, hasta censurar que se hubiese muerto sin darme la oportunidad de cambiar las cosas; hasta ahí puede llegar el desconcierto. Fue extraño. Porque además, al acabar la charla me fui al móvil para leer nuestros mensajes, y resulta que su contacto estaba bloqueado. Tuve durante años bloqueado a un muerto del que no hablé ni escribí y al que apenas quise recordar luego de su fallecimiento. Al parecer, un instinto de protección. La famosa culpa, ese endiablado mecanismo interno que aparece tantas veces sin ton ni son —hace poco, una amiga se puso mal durante una comida, enfermó por algo que le sentó mal, y solo decía “perdón, perdón”, como si hubiese invocado ella la enfermedad—. Sobre la culpa habría que hablar en profundidad. Con las amistades que a veces suspendemos por alguna contrariedad, habría que tener más delicadeza: el puente puede estropearse, pero no romperse. Luego pasan cosas que dejan el berrinche, la discusión o el enfado en algo tan relativo, tan nimio, tan estúpido, que uno no puede ni reconciliarse con el duelo. Nunca nada es para tanto. Nota aquí.
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César de Centi
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