sábado, septiembre 26, 2026

René Lavand

 René Lavand, el ilusionista que convirtió su mano izquierda en un lenguaje propio y las cartas en historias inolvidables

A los 9 años, perdió la mano derecha en un accidente, aprendió a manipular las cartas con la izquierda y creó un estilo basado en la lentitud, el silencio y los relatos. Nació en Buenos Aires el 24 de septiembre de 1928.

“Pondré todo lo mejor de mi técnica en la baraja, y todo lo mejor de mi corazón en ustedes”, decía René Lavand. En esas palabras había algo más que una promesa al público: resumía su manera de entender el arte. Sobre una mesa, con una baraja y una sola mano, Lavand hacía que el tiempo pareciera detenerse. Sus cartas viajaban despacio entre sus dedos, casi a la vista de todos, mientras una historia, un silencio o una frase preparaban el instante en que lo imposible volvía a ocurrir.

A los siete años, una función de un ilusionista que vio junto a una tía despertó en él una fascinación que nunca lo abandonó. Dos años después, un accidente de tránsito le arrebató la mano derecha y obligó a aquel niño diestro a comenzar de nuevo. Las cartas, que hasta entonces habían sido un juego, se convirtieron en un desafío: aprender a hacer con una sola mano aquello que otros hacían con dos.

Con el tiempo, esa dificultad dejó de ser el centro de su historia y se convirtió en el punto de partida de una búsqueda artística. Lavand desarrolló de manera autodidacta una técnica propia y llevó la lentitud al corazón de sus juegos. Así nació la lentidigitación, una manera de ejecutar los movimientos tan despacio que el espectador pudiera observarlos y, aun así, no descubrir el truco. A esa búsqueda sumó silencios, música y relatos, hasta construir un estilo que lo llevó de los escenarios argentinos a las grandes pantallas y teatros del mundo.

La infancia que cambió el rumbo de su vida

Era el invierno de 1935. Aunque nunca dio la fecha exacta, el maestro del asombro contó que a los 7 años, su tía Juana lo llevó a ver al ilusionista Chang, que se presentaba en el mítico Teatro Avenida de Buenos Aires, una ciudad enlutada por la muerte de Carlos Gardel.

Héctor René Lavandera había nacido el 24 de septiembre de 1928 en Buenos Aires, hijo de Antonio Lavandera, zapatero y viajante de comercio, y Sara Fernández, maestra. El niño quedó fascinado después de ver actuar al misterioso ilusionista que sorprendía al público con juegos de manos que él no lograba descifrar. Esa mezcla de asombro y curiosidad fue suficiente para que las cartas comenzaran a ocupar un lugar especial en su vida. El pequeño René no podía hacer más que pensar en la magia y en las cartas: ese era su único tema de conversación. Al punto de que un conocido de la familia le enseñó sus primeros trucos. Autodidacta innato, empezó a practicar por su cuenta.

Ese mismo año, la familia Lavandera dejó Buenos Aires y se instaló en Coronel Suárez. Allí transcurrió una infancia sencilla, hasta que una tarde de carnaval de 1937 todo cambió. René tenía nueve años cuando salió a jugar con otros chicos y, al intentar cruzar la calle, fue atropellado por un auto conducido por un joven sin licencia. El impacto le destrozó el brazo derecho y los médicos debieron amputarle la mano y parte del antebrazo.

René era diestro. De un día para otro tuvo que aprender a realizar hasta las cosas más simples, como escribir, abotonarse una camisa, atarse los zapatos o manejar los objetos cotidianos. También tuvo que empezar desde cero con aquello que más lo atraía: las cartas. Al principio se le caían, no lograba controlarlas y los movimientos que antes imaginaba sencillos parecían imposibles con una sola mano...

Pero algo no había cambiado: aún quería descubrir qué podía hacer con una baraja. Consiguió libros de cartomagia y comenzó a estudiar sus técnicas, pero encontró un problema que marcó su formación. Los manuales estaban escritos para personas con dos manos. Lavand no tenía a quién copiarle ni una técnica, así que comenzó a modificar cada movimiento hasta encontrar una manera propia de ejecutarlo.

Años después explicó que ahí estaba, paradójicamente, una de las claves de su estilo: no haber podido copiar a nadie. La necesidad lo obligó a experimentar, a equivocarse y a volver a empezar hasta dominar la baraja con la mano izquierda. Lo que comenzó como una dificultad terminó convirtiéndose en una búsqueda personal que, mucho antes de llegar a los escenarios, ya estaba definiendo al artista que sería. Nota aquí.







El Kanka

 


Jorge Drexler

 

Ramón Serrano

 LA ULTIMA SOMBRA DEL ALBA

In Memoriam
Cuando las primeras sombras se aclaran
y aparece en mar y cielo
el gris de la montaña
sucumbe la noche aciaga
en el hoyo de la madrugada
-cincuenta años sin campanas-
y en el aire surgen tristezas
convertidas en roja rabia
que el horizonte manchan
se esparce el nerviosismo
por toda la calzada
cinco golpes secos
y la sangre cae a goterones
en la acerada mirada
cinco golpes que asustaron
al jilguero que trinaba
en la playa de sal y plomo
cinco corazones paraban
no hay piedad para esos hombres
restos de la última saga
cinco golpes secos
y el silencio en la última hornada
¡ay ay cuántos miles y miles de huesos
se removieron en las fosas
de una historia mal acabada!



Iván Noble

 


Nestor Ló y Los Caminantes & Ricardo Mollo

 


Rafa Mora & Moncho Otero

 Rafa nos cuenta por Facebook.

Va a ser bonito y emocionante volver de nuevo al escenario del Café Libertad 8.
Volver a ponernos en la piel de tantas y tantos poetas.
Volver a vestir con música sus versos.
Colocarlos en el Pentagrama con respeto.
Con admiración.
Con ilusión.
Sintiendo lo que ellos y ellas escribieron.
Y lo que nosotros sentimos al leerlos.
Esa hermosa magia que es musicalizar lo escrito.
Muchas ganas de una nueva temporada.
Muchas ganas de veros de nuevo.
Muchas ganas de Versos sobre el Pentagrama un año más.
Os esperamos esta tarde para contaros y cantaros todo eso.
Versos y abrazos, siempre
Concierto especial de inauguración de la decimoséptima temporada de Versos sobre el Pentagrama.
Sábado 26 de septiembre
18 horas.
Café Libertad 8
Entrada: 7€ en taquilla hasta completar aforo.



Luis Fercán


 

Paula Mattheus

 


Joaquín Lera

 VIBRA EL INCIENSO

Vibra el incienso y se apaga.
Vestida de alientos… la aurora coquetea con el lucero del alba.
Se estremece el espejo al mirarte.
Echaba de menos tu melena plateada.
Caprichoso reflejo.
Descarado pirata,
desnudándote el alma.
Lunático intruso levitando en tu frente iluminada.
El kikirikí ha vuelto a las andadas.
La mañana se quita el chaleco.
Es hora de convertirse en árbol.
De montar en el tiovivo a los gorriones.
De perfumar las tostadas.
De tomar el tren de las infusiones.
De tirarle bengalas a las palabras.
De remar río arriba como un marinero con alas.
Tartamudea el silencio.
Se ha dormido en los laureles.
Al tiempo se le escapa el tranvía.
Ha perdido los papeles.
Si; Los que nunca se encuentran.
A los que les duele el viento.
Esos que se resbalan y salen corriendo detrás de la falda de los pensamientos.
Los que pagan la luz y los platos rotos.
Los que nos comen el coco.
Los que hacen que este mundo se halla vuelto loco.
Paso página; hay tarea.
Tránsito de cábalas.
A mi corazón le han salido canas.
Al cerebro ventanas.
Paisajes que resucitan al sueño.
Biombos tapando agujeros.
Olas con flores de loto y estelas.
Sábanas al sol y dos velas…
Una para morir de amor y otra para ser millonario en versos,
y regalarte el secreto que guardo en el jardín de los desvelos.





César de Centi & Tato López

 


Puño Dragón

 

“Negro” González Oro

 Murió el “Negro” González Oro, una voz que marcó una era en la radio

Tenía 74 años y vivía en Punta del Este. Fue el faro de una época dorada. “Es alegría lo que buscamos darle a la gente y sobre todo hacerla sentir acompañada”, definió. El adiós a un hombre que soñaba ser cantante, había estudiado teatro, recibió el carnet de locutor por la trayectoria y sentía curiosidad por la muerte.

Eran los primeros años de la década del noventa. Una noche, la línea de oyentes de Radio Del Plata recibió el llamado de una mujer que insistía con salir al aire. Lo habitual era que los oyentes fueran conectados inmediatamente con el conductor, sin ningún filtro previo, y esa no fue la excepción. “Negrito, quiero hablar con vos”, dijo ella. El conductor, que reconoció inmediatamente la voz de su interlocutora y le dijo “vos sos Tita”, enseguida escuchó: “No me interrumpas. Quiero decirte que tenés una luz especial y una voz divina. Aprovechala”.

La oyente era Tita Merello y el conductor era Oscar González Oro, “el Negro”, que este viernes murió en Punta del Este a los 74 años.

Esa noche y quizás sin saberlo, la actriz y cantante de tango que llevaba medio siglo consagrada como una estrella popular, le dio un consejo al que González Oro se aferró. Tal vez porque se lo daba nada menos que Tita Merello, tal vez porque Tita era también el nombre de su mamá, quizás por las dos cosas. Apenas algunos años después, alrededor de un millón y medio de personas lo escuchaban cada mañana en toda la Argentina: el “Negro” se había convertido en una de las estrellas de ese tanque de la AM que fue Radio 10 en los primeros años del siglo XXI.

Al frente de El oro y el moro, su programa de la segunda mañana en esa emisora, informaba pero, según su propia fórmula, perseguía otros dos objetivos: “Es alegría lo que buscamos volcarle a la gente y sobre todo hacerla sentir acompañada”, decía González Oro cuando describía su forma de estar al aire. Fueron casi cuatro décadas imparables de radio y televisión. Años y más años de liderazgo y de una vida centrada en esos estudios a los que, de chico, el “Negro” soñaba con llegar. Aunque en un rol muy diferente del que terminó ocupando.

Un chico que soñaba con cantar y extrañaba su tierra

Oscar González Oro nació en Mendoza el 16 de octubre de 1951. Fue el hijo de Ricardo y de Tita, y el hermano de Pedro, Ricardo y Armando. Fue el nieto de María Luisa, la abuela de la que se despidió con el corazón roto cuando su familia nuclear abandonó Cuyo para instalarse en una pensión del centro porteño: sus padres habían decidido la mudanza para ver si la suerte de los negocios familiares mejoraba.

El chico que había obedecido reglas en el colegio católico San Luis Gonzaga de Mendoza encontró un mundo más ancho y más diverso en la escuela porteña Mariano Moreno, donde cursó el secundario. El “Negro”, como lo llamaban todos, decidió que, para amigarse con Buenos Aires, debía conocerla. Compró una Guía Filcar y se ocupó de recorrer los barrios, aunque siempre volvía a su rincón porteño favorito: la Plaza de Mayo, donde se sentaba en las escalinatas del Banco Nación a escuchar tocar a las bandas militares. Nota aquí.



Marilia

 


El Roto

 


viernes, septiembre 25, 2026

Fito Páez

 


Javier Ruibal

 


Muerdo

 Ricardo nos cuenta por Facebook.

Anoche, en un rebosante y renovado/reformado Café Libertad 8, con olor aún a pintura, tuvimos la suerte de escuchar en solitario (guitarra o piano) a Muerdo. Fueron dos horas y media de canciones de la última gira "allá donde nacen las canciones" con muchas extras a petición del público, o improvisadas a tenor de los amigos que pasaban por el escenario. También nos regaló cuatro temas del que va a ser su nuevo disco, que se está fraguando a fuego lento, sin prisas, pero con la facilidad y el acierto que tiene en componer, mucho me temo que pronto tendrá que hacer descartes. Entre tema y tema nos habló de sus orígenes (geográficos, familiares musicales), sus dudas, sus miedos y su tenacidad en llegar donde está: a su mejor momento de hoy, que mañana será en su mejor momento del futuro. Le espera una larguísima carrera plagada de éxitos (L. E. Aute ya lo presagiaba). El viaje va a ser largo pero no tiene prisa en llegar (ya lo dice la canción) y mientras tanto, en citas como esta, nos hace viajar más allá de dónde nacen las canciones, directas al corazón, un viaje muy adentro, al de las emociones. Ayer fuiste un bálsamo Kantero Paskual. Gracias por el regalo. Yo estuve allí.



Milo J

 

Teresa Gómez

 


Marcel Marceau

La vida de Marcel Marceau, el joven que salvó de los nazis a cientos de niños judíos y se convirtió en el mimo más famoso del mundo

Cuando los nazis ocuparon Francia, Marcel Magel tenía 16 años y cambió su apellido por Marceau para ocultar su origen judío e incorporarse a la Resistencia como falsificador de documentos. En Lyon ideó un plan silencioso para sacar a cientos de niños judíos y llevarlos a Suiza. Después de la guerra creó a “Bip”, el personaje que deslumbraba con su mímica inigualable. Paradójicamente, la única palabra que pronunció en toda su carrera la dijo en una película muda: “¡No!”. Murió el 22 de septiembre de 2007 y, fiel a su arte silencioso, su lápida no tiene epitafio.

La única vez que Marcel Marceau habló en una de sus actuaciones fue, paradójicamente, en una película muda. En La última locura de Mel Brooks, estrenada 1976 con varios actores invitados, Marceau es el único personaje que pronuncia una palabra, un tajante “¡No!”, en una escena que ya forma parte de su historia y la del cine. Se definió siempre como pacifista y fue fiel a ese pronunciamiento: nunca quiso actuar en países gobernados por dictaduras. “No hablo: basta ese grito interior para desnudar el alma (…) Trabajo por la paz: soy un activista de esa causa tantas veces perdidas (…) ‘Bip’ es un héroe sin edad, sin época, y con eterna esperanza (…) El silencio es infinito: los límites los pone la palabra… Nunca le pidan a un mimo que hable: ¡jamás se callará!”, explicó una vez. Tampoco solía hablar del papel que había cumplido durante la ocupación alemana en Francia, durante la Segunda Guerra Mundial, cuando el silencio, la planificación, la valentía y su capacidad de entretener fueron las herramientas que utilizó para salvar a cientos de niños judíos del exterminio.

Nacido el 22 de marzo de 1923, Marcel Mangel tenía 16 años cuando las tropas alemanas ocuparon Francia. Su padre, un carnicero kosher, fue capturado y enviado a Auschwitz, donde moriría en 1944. En cambio, él y su hermano Alain pudieron escapar a Lyon, donde adoptaron nuevas identidades y se incorporaron a la Resistencia. Allí Marcel, que había adoptado el apellido Marceau para ocultar su origen judío, se convirtió en un verdadero dolor de cabeza para el jefe de la Gestapo, Klaus Barbie, a quién engañó una y otra vez. El jefe nazi hizo todo lo posible por capturarlo, pero nunca lo logró.

Al llegar a Lyon, la primera misión que recibieron Marcel y Alain fue incorporarse a un grupo de falsificación de documentos. Copiaban pasaportes y otro tipo de papeles para que pudieran ser utilizados por los miembros de la Resistencia que operaban en la clandestinidad y también para “cristianizar” a judíos franceses y así evitar que fueran deportados a los campos de exterminio.

También formaban parte del equipo de reubicación de huérfanos. Para poder hacerlo debían enfrentar las operaciones de traslado que había ideado Barbie, el implacable “Carnicero de Lyon”: hacía redadas e intervenía personalmente en las deportaciones. Así logró atrapar a cientos de niños judíos. A muchos los asesinaba en el acto, y a otros los enviaba a Alemania y a Polonia para internarlos en los campos de concentración.

Salvar a los niños

Marcel seguía las órdenes de su primo, Georges Loinger, jefe de la unidad secreta de la Resistencia Francesa llamada Oeuvre de Secours aux Enfants: un grupo judío de ayuda que sacaba a niños, también judíos, del espanto de la Francia ocupada por las tropas nazis. Marceau y su equipo idearon un plan para llevar a los niños a Suiza, un país neutral, en grupos de veinte a treinta viajando en tren desde Lyon hacia el Este y desde allí a pie, atravesando los Alpes en pleno invierno. Del otro lado de la frontera los esperaban otros miembros de la Resistencia que llevaban a los chicos hasta Ginebra. Para desorientar al Ejército alemán vistieron a los chicos como boy scouts. Así, en caso de ser interceptados por un control militar, podían decir que estaban de campamento en las montañas. Nota aquí.



César de Centi

 

Lisandro Aristimuño

 


Charles Bukowski

 


Monstriña

 


jueves, septiembre 24, 2026

Drugos & Juancho Sidecars

 

Maricarmen Abascal

 Maricarmen, de 87 años, es desahuciada de su casa y se irá temporalmente con unos familiares

La vecina de Retiro ha rechazado la plaza de emergencia gratuita en una residencia que le ofrecía el Ayuntamiento de Madrid

Maricarmen Abascal está en la calle a los 87 años. Falta un minuto para la una de la tarde de este miércoles cuando sale recostada en una camilla y la suben a una ambulancia del Samur, que se pierde entre las calles del barrio madrileño de Retiro rumbo al hospital Gregorio Marañón, en medio de un funeral de lágrimas, gritos y ansiedad de las cientos de manifestantes que la han defendido hasta el final. Maricarmen ha cerrado la puerta de su casa por última vez. No podrá volver, por mucho que haya vivido 71 años en ella. “Este desahucio es un asesinato”, gritan unos activistas mientras otros lloran, aún incrédulos. “Nadie hizo nada por ella”, lamenta un vecino.

Es el cuarto y definitivo intento de desahucio de esta mujer, que llevaba ocho años luchando por quedarse en el piso de alquiler frente a los propietarios, Urbagestión S. L., que han rechazado todas las ofertas de ayuda, todas las gestiones del Ministerio de Vivienda y todos los intentos de mediación del Sindicato de Inquilinas. Maricarmen se irá a vivir temporalmente con un primo al que llama hermano, tras rechazar la plaza de emergencia gratuita en una residencia que le ofrecía el Ayuntamiento. En la Comunidad de Madrid hay, de media, tres desahucios al día y este se ha convertido en símbolo del movimiento por el derecho a la vivienda.

La madrileña ha recibido durante más de 12 horas el apoyo de 500 personas, entre ellas Ana Belén, Carlos Bardem y Juan Diego Botto. Un centenar pasó la noche en las escaleras del número 46 de la calle del Alcalde Sainz de Baranda, donde Maricarmen trató de descansar rodeada de su primo, su sobrina y un círculo cercano del sindicato. Abajo, en el portal, transcurría una noche de vigilancia, tensión e incertidumbre. Fuera, desde antes de las 6.00, decenas de activistas, vecinos y políticos ocuparon los dos lados de la calle, ya cortada. En medio del cordón policial se montaron tiendas y se organizaron asambleas para gestionar la resistencia, después de un emotivo discurso de Maricarmen. “No me quiero ir, pero esta gente por dinero hace lo que sea. Es muy difícil vivir siete años con la daga en la cabeza”, dijo este martes, después de meses en los que pasó de andar enérgica, a estar en silla de ruedas, con menos masa muscular y más demacrada. Nota aquí.







Marta Gómez

 


Rozalén

 

Pablo Sciuto

 


Andrés Suárez

 


Nya de la Rubia & Miguel Campello

 

Joaquín Lera

 “DE NIÑOS”

De niños nos conformamos jugando en la arena.
Al crecer en vez de querer ser veleros, la avaricia nos condena.
¡Qué pena!
Menos mal que la música es un río,
y la poesía el mar donde te miro.
Quisiera ser un coral en medio de la ría.
¡Hay tanta luz en el agua!
¡Tanta belleza en las algas
nadando hacia la orilla!
¡Qué maravilla!
¡Brisa con versos de espuma!
¡Ternura solitaria que suma!
¡Oleaje de matices en lienzos de papel!
!Erizarme la piel!
¡Llevarme a ese oceánico mantel!
¡Qué canten las sirenas!
¡Inmensas acuarelas de nubes!
¡Apasionado diálogo estrellado!
¡Museo vocal que baja y sube…
deletreando lo que aquí subrayo!
¡Qué ventanilla!
¡Qué mágica bombilla!
¡Qué recogimiento en las venas!
¡Qué pincel de palabras me anillan
a tan esplendorosa escena!
!Qué elevado misterio sagrado… soñar que sigo jugando, como un niño en la arena!



Diego Prenollio

 


Sole Giménez

 

María Guivernau

 


Ismael Serrano

 


El Roto

 


miércoles, septiembre 23, 2026

Gustavo Santaolalla

 “No quería hacer un vino de celebrity”

De paso por Buenos Aires para dar un concierto en el Teatro Colón, el músico ganador de dos premios Oscar, habló sobre su historia como productor de vino.

Copa de Malbec en una mano y en la otra el ronroco (instrumento andino pariente del charango con el que ha recorrido el mundo), Gustavo Santaolalla habla sobre cómo se vinculan en su vida el vino, la comida y la música ante su pequeño auditorio en el restaurante El Mercado del Faena Buenos Aires Hotel. Luego, deja la copa sobre una pequeña tarima y hace sonar su ronroco para regalar a los presentes un par de sus clásicos y una canción nueva.

Días antes de presentarse en el Teatro Colón como culminación de su Ronroco Tour, gira que lo llevó por Europa, Asia y Latinoamérica, el músico ganador de dos premios Oscar ofreció una cena íntima maridada con los vinos de Cielo y Tierra, su propia bodega. Lejos del fenómeno de los “celebrity wines”, Santaolalla lleva haciendo vino en Mendoza hace más de 25 años, proyecto que encara con el mismo enfoque con el que hace música: en busca de lograr un hecho artístico. También, cuenta durante este entrevista, jugando... “pero en serio”, aclara.

–Gustavo, ¿qué te llevó a meterte en el mundo del vino?

–Yo tengo un apetito voraz por la vida. Tengo una gran curiosidad desde chico por todo. ¡Como que no me quiero perder nada! Ahora, por ejemplo, acabo de cumplir otro de mis sueños, que era hacer un perfume. Porque uno de mis tantos intereses tiene que ver con el olfato, que es el único sentido que cuando nos vamos a dormir no se cierra. Todos los otros sentidos se cierran pero el olfato queda abierto por si viene un animal, un incendio o algo. Quería hacer un perfume y logré hacerlo. Pero el interés por el vino está muy relacionado con el interés por la comida que siempre tuve. Mi madre era una gran cocinera, mi mujer es una gran cocinera y a mí también me encanta cocinar. Y de la misma manera en que hago música aunque no sé ni leer ni escribir música, con el vino hice un camino parecido. Fue una cosa de ir aprendiendo a través de distintas experiencias.

–¿Cómo fue ese aprendizaje?

–Experimentando, probando. Yo no pretendo ser el mayor experto de nada y mi acercamiento al vino es como el que tengo con cualquier instrumento que no sé tocar. Como artista, pienso que si me das cualquier cosa tengo que ser capaz de producir con ella un hecho artístico. Si me das un instrumento que no conozco, tengo que sacarle algún sonido. De última, lo que puede pasar es que lo rompa. Pero me pone en una situación de peligro, que es algo que ya de por sí está bueno. Y además me obliga a ser minimalista. Me permite utilizar algo que es una parte importantísima de mi vocabulario, que es el silencio. No un silencio que implica el vacío, sino un silencio elocuente, un silencio que dice muchas cosas. Por otro lado, hacer vino también me permite jugar, y para mí jugar es algo muy importante en la vida. Y lo del vino fue jugar, pero en serio, porque para mi jugar es algo serio.

–¿Cómo surgió la oportunidad de hacerlo?

–Yo estaba en Mendoza produciendo a Orozco Barrientos, entonces dijimos “¿por qué no?“. Y nos metimos en el tema de hacer vino siempre con la búsqueda de la excelencia y siempre con la inocencia, siempre jugando. Lo que tenía en claro es que no quería hacer un vino de celebrity. Todo lo contrario, lo mejor que me puede pasar es que un día alguien diga ”che, ¡qué bueno que es este vino! ¿Quién lo hace?" Y eso me pasó en un par de oportunidades muy lindas. Una fue con Gael García Bernal, que me escribe y me dice “Estoy acá comiendo con Jorge Drexler en un restaurante en Buenos Aires y estoy tomando un vino increíble... Y miro la etiqueta de atrás, pinche Gustavo, ¡y es tu vino!“, me dice. ”Perfecto”, me dije, se cumplió lo que yo quería que pasara.

–¿Sentís que hacer vino es un hecho artístico?

–Bueno, para mí sí. Inclusive el manejo de la viña tiene algo sumamente creativo, ¿viste? Hay que tomar decisiones que son pragmáticas pero también artísticas de alguna manera, y que tienen que ver con qué tipo de vino querés hacer. Cuánto vas a podar, cuando plantás cómo pones la hilera con respecto al sol, cuándo cosechar... En fin, montones de cosas, ¡es fascinante! Porque cada decisión puede modificar lo que vas a encontrar cuando después abras esa botella de vino. El vino, ¿no? Tengo además una gran conexión con Juan Carlos Chavero [el enólogo de Cielo y Tierra]. Él además es músico y entendió que yo quería hacer vinos que tuviera una gran identidad, que no se dejaran llevar por las cosas que están de moda. Es lo mismo que pasa en la música: yo no pertenezco a ninguna clique. De hecho, dentro de lo que es el mundo de Hollywood yo soy un outsider. Y ser un outsider, tanto en la música como en el vino, te da cierta libertad. Nunca me gustó ser parte de la manada. Es cierto que hay manadas más sofisticadas, pero son manadas también.

–Cuando finalmente los vinos salieron a la calle, ¿sentiste que habías logrado lo que buscabas?

–Sí, tardamos como cinco años, con alguna crisis en el medio, pero al final salieron tres vinos. Y lo lindo es que al poco tiempo los tres sacaron medalla de oro en un concurso.

–Contame acerca de tu experiencia de hacer un perfume.

–Fue maravillosa, porque siempre tuve ese interés. Cuando parábamos en el Palacio Duhau, pasábamos por el local de Fuegia 1833, que está enfrente. Y era algo que tenía muy presente porque a mí me llamaban mucho la atención sus perfumes, que vienen envueltos en un mapa antiguo de la Argentina y que como ingredientes usan resinas de la Patagonia y hierbas del litoral, cosas que reafirman nuestra identidad, que es algo que me encanta. Un día le digo a Sergio [su manager]: “¿Por qué no averiguás de quiénes son?”. Ahí me enteró que eran de Julián Bedel, hijo de Jacques Bedel, que fue un arquitecto y artista plástico muy amigo de Clorindo Testa. Y resultó que además Julián es coleccionista de guitarras como yo, y también es luthier: hace guitaras. Entonces pegamos muy buena onda. Nos fuimos a Milán, que es donde está la central de Fueguia, a trabajar juntos en un perfume. Ahí nos metimos en una cámara de vació con el roncoco a trabajar con las esencias. Nota aquí.







Vitico y Los Leones