domingo, octubre 11, 2026
Silvio Rodríguez
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Ricardo Darín & Diego Peretti
Ricardo Darín y Diego Peretti: “Aunque no lo parezca, la película defiende el psicoanálisis”
Los experimentados actores se cruzan en una historia de inevitable resonancia en un país altamente psicoanalizado, que va virando de la comedia al thriller.
Dos figuras centrales del cine argentino, como lo son Ricardo Darín y Diego Peretti aseguran que una película no salga malograda. Y si se le suma una tema que atraviesa la cultura nacional, el psicoanálisis, la apuesta se convierte en desafío. En Lo dejamos acá, la nueva película de Hernán Goldfrid que llega a Netflix el viernes 16 de octubre, ambos actores se enfrentan en un duelo psicológico que pone en cuestión el poder y los límites de la relación entre analista y paciente. Darín interpreta a Ulises Verón, un prestigioso psicoanalista que empieza a desconfiar de los métodos tradicionales y decide intervenir cada vez más en la vida de quienes lo consultan. Peretti es Martín Bouchard, un escritor exitoso que atraviesa un bloqueo creativo y cuya llegada al consultorio desata una trama de humor negro, tensiones y zonas oscuras.
Se trata de dos actores que conocen como pocos los pliegues de la condición humana. Y en Lo dejamos acá la dupla invita a pensar qué sucede cuando quien escucha el sufrimiento ajeno pierde sus propias certezas. En un país como la Argentina, donde el psicoanálisis excede el consultorio y forma parte de la discusión cotidiana, el film abre interrogantes sobre la salud mental, la ética profesional y la necesidad -o la ilusión- de encontrar respuestas para aquello que angustia a los seres humanos. Todo logrado con un viraje de la comedia al thriller.
Consultado acerca de aquello que le atrajo de este psicoanalista que empieza a desconfiar de las herramientas tradicionales de su profesión, Darín se explaya sobre lo que le resonó: “Lo primero que me atrajo es que noté que lo que dice que le pasa a él, lo escuché no solo en su persona, sino en muchas otras personas: cierto descreimiento, descontento con respecto a la ortodoxia en el tema de la terapia. Y, por supuesto, a partir de ahí empezó a crecer la idea de hacer algo que tuviera humor y que empujara un poco las líneas y los límites para ver hasta dónde llega y cómo hacer para superar la zona de lo aceptable y lo inaceptable”, señala. “Y, en realidad, me pareció divertido el planteo y sobre todo cuando se ve obligado a encontrarse con una situación extrema, como es la que propone la aparición del personaje de Diego”.
A su lado, Peretti explica aquello que lo sedujo de Martín Bouchard, un escritor exitoso, que tiene dinero, reconocimiento, pero que de pronto queda paralizado frente a la escritura: “El personaje está muy bien escrito, es muy colorido. Me gustaba mucho la dinámica que tiene la película de esta cuestión medio detectivesca donde el terapeuta pone el cuerpo, además de su intelectualidad. El cuerpo y esta cuestión me parece muy original, muy creativo. Y con respecto al personaje me atrajo mucho lo colorido, las diferentes facetas que tiene. Me parecía muy lindo para actuar, para interpretar, muy interesante”, plantea el actor que conoce de cerca el mundo de la terapia por ser médico psiquiatra.
-Ricardo, ¿dónde encontraste la humanidad de un personaje que al mismo tiempo que quiere ayudar empieza a cruzar límites profesionales y éticos bastante peligrosos?
Ricardo Darín: -Sí, la humanidad es un poco comparable a lo que pasa con muchas otras personas que están disconformes con determinadas estructuras, funcionamientos o normativas, y por buscar la forma de escapar de eso empiezan a cometer otros errores. La contradicción está en que tiene una moral, pero es una moral que hay que investigar. Pero lo que me pareció que es loable en el caso es que realmente hay un descontento con respecto a lo que es el resultado de lo que ve en la actualidad. Está disconforme con eso y reacciona. Se puede equivocar o no, pero reacciona. No solo yo, todos sabemos que hay muchas disconformidades, pero que se van naturalizando y se van quedando así estancas y no se hace nada por cambiarlo. Me parece loable en el caso de este tipo que, a pesar de sus equivocaciones, él intenta.
-Justamente la película juega permanentemente con la pregunta acerca de qué puede hacer un terapeuta por un paciente y dónde debería detenerse. ¿Les parece que hay una frontera clara entre acompañar a alguien y pretender modificarle la vida?
Diego Peretti: -Sí, sin duda. La terapia es un trabajo de subjetividad, de intelectualidad, de cognición. Ahora, cuando además del compromiso emocional, empezás a involucrarte trasladando problemas propios al paciente es ahí donde el límite se desdibuja, y la trama de la película un poco advierte sobre eso. Ya lo van a ver, pero empieza a resquebrajarse el camino terapéutico por esta forma. Y como dice el personaje de Ricardo, tener la salud mental en manos de alguien es una gran responsabilidad. Hay que estar con mucho cuidado si se cambia de técnica. Es algo como para tener mucho cuidado.
-Hay algo inquietante en que un paciente entregue parte de su intimidad y de sus decisiones a otra persona. ¿Cómo lo ven eso?
R. D.: -Es absolutamente inquietante. Y riesgoso, vertiginoso, porque ahí depende específicamente de con quién te vas cruzando en el camino. Te podés cruzar con gente de bien o de la otra. O te podés incluso cruzar con gente de bien que está equivocada. Es muy riesgoso, siempre lo fue y lo seguirá siendo. Lo que pasa es que hay una parte de todo este aspecto que es altamente fructífera: el hecho de poder poner fuera lo que nos pasa. Todas nuestras incertidumbres, nuestras zonas oscuras, nuestras preguntas, nuestras inquietudes. El solo hecho de poder verbalizarla frente a alguien en términos profesionales, todos sabemos que hace que, de alguna manera, uno tenga una mirada sobre eso, que no es exactamente la solución, pero es un camino posible. Lo que pasa es que cuando se toman otros caminos dependemos de con quién nos estamos cruzando. Esto es lo que plantea un poco, en términos de humor, la película. Plantea en manos de quién dejás tu salud mental.
-Diego, el bloqueo creativo aparece como un síntoma. ¿Lo pensaste como un problema específicamente artístico o como la manifestación de algo más profundo del personaje?
D. P.: -Es más profundo, sí, desde ya. Un bloqueo creativo de un escritor que hace tiempo que está en el métier y que está teniendo libros de éxito y, de repente, por una cuestión que ya verán en la trama, se bloquea. Y obviamente parte de algo más profundo. Por eso cae en terapia. El advierte que suceden cosas muy extraordinarias en la terapia que está llevando a cabo y eso hace que haya una sutil sospecha de que algo demasiado diferente está ocurriendo. Entonces comienza a haber una suspicacia muy grande con respecto a este terapeuta. Nota aquí.
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Manuel Rivas
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María Guivernau
LO INVISIBLE
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Benjamín Prado
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Juan Carlos Baglietto & Silvina Garré
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Rafa Mora
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Eduardo Sacheri
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Manuel García
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Ismael Serrano
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sábado, octubre 10, 2026
Piero & Pablo Milanés
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Félix Maraña
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Manuel Vilas
Anne Carson en el abismo
Vale la pena recordárselo al mundo entero: la poesía existe y es necesaria.
Fiel a su capacidad de sorpresa inveterada, la Academia Sueca se ha ido a un lugar imprevisible, y ha ladeado una vez más al gran Murakami, y su veredicto se ha posado en la poesía. Vale la pena recordárselo al mundo entero: la poesía existe y es necesaria. Yo llevo leyendo a Anne Carson desde antes de que fuera Anne Carson, porque la poesía de esta ensayista, helenista y traductora canadiense posee una fuerza transformadora única, un estilo propio que decapita las fronteras entre la lírica, el ensayo y la narración. Carson se dio cuenta de que la poesía actual debía iniciar una expansión, una colonización de otros géneros literarios. De ahí también la modernidad arrebatada de sus libros.
Desde que irrumpió con el brillante estudio Eros, dulce y amargo en 1986, pasando por la heterogénea prosa poética de Agua corriente en 1995, Carson ha sabido tejer un puente insustituible entre la Antigüedad clásica y las grietas existenciales de la vida cotidiana contemporánea. En su arriesgada novela en verso Autobiografía de rojo, de 1998, donde reescribe el mito griego del monstruo alado Gerión a partir de los fragmentos de Estesícoro, inventa versos inolvidables sobre la belleza de la antigüedad clásica, que viene a nuestro presente para afirmar que el tiempo de la poesía es el tiempo infinito del universo.
En Hombres en sus horas libres, título perfecto, y en su consagratoria La belleza del marido: Un ensayo narrativo en 29 tangos, de 2001, nos dijo cosas como esta: “La belleza no es una ilusión. Es la única verdad que conocemos, el único absoluto que se nos permite tocar antes de desaparecer”, a mí estos versos me dieron la vida, me dieron la alegría. La poesía de Carson me recuerda, por su originalidad, a la filosofía de Baruch Spinoza. Ambos crean un panteísmo lleno de razón y de belleza sin conciencia, sin moral. La reivindicación de la poeta Safo nos recuerda que la poesía es extensión en el tiempo. Leer a Anne Carson es aceptar que la poesía no es un adorno estático ni un refugio nostálgico, sino una forma viva, rigurosa de pensar e interrogar la realidad. La pregunta es siempre la misma: ¿somos trascendentes? Spinoza decía que formamos parte de la gran substancia.
La invocación del mundo antiguo de Carson busca la integración del pasado en esa gran substancia de la poesía. Que el mundo vuelva hoy la mirada hacia esta poesía es la prueba de que la literatura de riesgo importa; más que de riesgo, yo la llamaría “la literatura de abismo”. ¿Qué año era? Recuerdo el viento del lago Michigan azotando con fuerza las puertas de cristal del Poetry Foundation Building, en el céntrico barrio de River North en Chicago. Era un día de abril del año 16, y hacía demasiado frío como para pensar en la primavera, pero así es Chicago. Carson abrió su libreta negra. No leyó. Más bien le declaró la guerra a Albert Einstein cuando dijo: “El dolor es un tipo de tiempo. No avanza, solo se acumula en las esquinas de una habitación”. Al término de su charla, tuve ocasión de cenar con ella y charlamos sobre una pasión compartida y desatada y atávica y desenfrenada: el amor a la música de Lou Reed.
La genialidad de Lou Reed también fue el abismo. Lou y Carson eran muy amigos y ella le había dedicado un poema para su setenta cumpleaños. La obra de la flamante Premio Nobel alcanzó su plenitud con la publicación de Nox, del 2010, una elegía en formato de libro-objeto, donde la poeta llora la muerte de su hermano Michael. Lou Reed hoy estaría feliz, porque con Anne Carson gana la poesía atrevida, la poesía antiacadémica, la poesía distinta a todas, la poesía del lado salvaje. Porque si no se expande sobre lo desconocido, la poesía solo son palabras muertas. Nota aquí.
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Hilda Lizarazu
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Rubén Juarez
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Gioconda Belli
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Las Pelotas & Cruzando el Charco
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viernes, octubre 09, 2026
Benjamín Prado
La ley de Azcona según Benjamín Prado: "No le cuentes tus penas a los amigos, que les divierta su puta madre"
Frente a la epidemia literaria del trauma y el exhibicionismo íntimo, el poeta publica sus memorias como un ejercicio de vitalidad.
El mercado literario actual sufre una epidemia de exhibicionismo patológico. Abrir una autobiografía hoy en día es arriesgarse a que el autor de turno te vomite sus traumas infantiles, su último divorcio, sus ansiedades no resueltas y hasta la receta de la mermelada de su abuela. Se ha puesto de moda confundir la literatura con el diván del psiquiatra, cobrando la sesión a veinte euros la tapa dura. Benjamín Prado, afortunadamente, detesta esa literatura de confesionario barato.
Al sentarse a escribir Qué estoy haciendo aquí (Alfaguara, 2026), su esperadísimo libro de memorias, el poeta y novelista madrileño decidió aplicar a rajatabla una máxima brutal, lúcida y escandalosamente brillante del legendario guionista Rafael Azcona: "No le cuentes tus penas a los amigos, que les divierta su puta madre".
Cuando me siento frente a él y le pregunto cuánto porcentaje de su vida real ha dejado fuera de estas páginas, su respuesta es una lección magistral de higiene narrativa.
"Me he dejado fuera todo aquello que no me resultaba agradable de recordar y, sobre todo, todo aquello que pensé que le resultaría irrelevante a la gente. A mí las memorias solo me interesan a partir del momento en que el tío es Kafka. Lo demás, la tía Maricarmen que hacía una mermelada de fresas estupenda... no me provoca gran interés".
Para escribir sobre uno mismo, lo primero que hay que hacer es matar al personaje que te da de comer. Por eso, Prado ha tenido que dejar aparcado a Juan Urbano, su célebre detective y alter ego de ficción. "Juan Urbano y yo no somos la misma persona. Yo no le veo ni la misma cara", advierte. "Para unas memorias uno tiene que cambiar de registro, cambiar de voz. He contado mi vida no como si yo fuera el protagonista, sino el coprotagonista".
Prado no escribe para darse importancia ni para purgar culpas. Él prefiere la perplejidad del eterno intruso. De hecho, confiesa que el título del libro no es un alarde de falsa humildad, sino pura estupefacción ante su propia biografía.
"Me ocurre esta cosa que me caracteriza: estar todo el rato sacando los pies del tiesto, metiéndome donde no me llaman, colándome en las bodas sin ser amigo ni del novio ni de la novia". Actor eventual, letrista de Sabina, tertuliano kamikaze... Prado mira hacia atrás y se pregunta cómo demonios llegó hasta allí.
Y mirar hacia atrás, amigo lector, es un deporte de riesgo. La memoria es una editora tramposa, y Prado, consciente de ello, confiesa haber recurrido a la tecnología para no caer en lo que él llama el 'efecto Mandela'.
El momento en el que me lo cuenta es, sencillamente, oro puro: "Yo le pregunté hasta la fecha de mi segunda boda al ChatGPT. Tienes que tener cuidado con esas anécdotas de hace cuarenta años, que las has contado mil veces en grupo y ya no sabes si tú estabas allí o te la han contado. Preguntas a los amigos: 'Oye, ¿yo estaba allí el día que tal?'. Y unos dicen que sí, y otros que no".
Pero si algo vertebra este libro es su condición de eslabón perdido. Prado es uno de los últimos herederos directos de la Generación del 27. Bebió, charló y aprendió de Rafael Alberti, de Rosa Chacel, de una María Teresa León devorada por el Alzheimer y de María Zambrano. "Entendía que era algo natural pensar que cuando fuera mayor escribiría también mi historia. Si alguien quiere leer este libro como la continuación de algunas de las memorias de ellos, también se podría".
Es inevitable preguntarle, entonces, cómo observa este hombre curtido entre los gigantes de plata la actual trinchera digital, plagada de ruido y de poetas de 280 caracteres. Lejos de ponerse estupendo o apocalíptico, Prado exhibe una tolerancia envidiable.
"Los poetas de Twitter tienen exactamente la misma ilusión que tenían los del 27 cuando hacían sus gamberradas creacionistas o ultraístas. El tiempo pone a cada uno en su sitio. Si ves la foto fundacional del 27, a la mitad los conoces y la otra mitad pasaron sin pena ni gloria".
Sin embargo, donde Prado sí saca el cuchillo es en la pereza intelectual de nuestra época. Antes, la literatura era una fascinante excavación arqueológica. "La cultura global era un viaje hacia atrás", me explica, gesticulando. "Si te gustaba Lorca, ibas a ver cómo lo hacía Alberti o Cernuda. Ibas retrocediendo". Hoy, en cambio, hemos claudicado ante la inmediatez.
"En esta era del titular y del input, la gente se conforma con una visión muy parcial. Y si hay una cosa que se le nota a un escritor, son las lecturas. Ves rápido quién se cree que está descubriendo el Mediterráneo y quién tiene un sustento detrás".
Terminamos la charla. Prado tiene casi 65 años y Qué estoy haciendo aquí lleva unas cuantas ediciones, algo inaudito para unas memorias en este país desmemoriado. Pero detrás de su ironía a prueba de bombas y su negativa a ponerse solemne, asoma el vértigo del reloj.
Le pregunto, para cerrar, qué demonios está haciendo aquí y ahora. La sonrisa se le afloja un milímetro, lo justo para dejar ver al escritor frente al abismo del papel en blanco.
"Intentar ganarle tiempo al tiempo. Tenía un proyecto que era hacer 10 novelas de Juan Urbano. Llevo siete, me quedan tres. Empiezo a mirar con preocupación la cuenta atrás en la que estoy metido y no sé si me dará tiempo. Vi a Almudena (Grandes) sufrir tanto por no acabar sus episodios en la guerra interminable, que me provoca una cierta congoja".
Y ahí lo tienen. Benjamín Prado, el intruso profesional, el amigo divertido que se niega a contarnos sus penas, corriendo contra el reloj para poder terminar su obra antes de que se apaguen las luces. Qué suerte tenemos de que, mientras tanto, nos haya dejado subirnos a su barco para disfrutar del viaje. Nota aquí.
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Joan Manuel Serrat
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Anne Carson
Anne Carson gana el Premio Nobel de Literatura 2026
La poeta canadiense ha sido galardonada por “su obra audaz e inventiva” que “ha creado nuevas formas para la literatura contemporánea”. “Están todos locos, es una locura”, ha asegurado la sorprendida autora al saberse ganadora.
La poeta y ensayista canadiense Anne Carson, de 76 años, ha ganado el Premio Nobel de Literatura 2026 “por su obra audaz e inventiva que, en un diálogo lúdico con la tradición clásica, ha creado nuevas formas para la literatura contemporánea”. El galardón, anunciado este jueves y que será entregado el 10 de diciembre en Estocolmo, está dotado con un millón de euros y es la máxima distinción literaria mundial.
La noticia, según ha explicado la secretaria permanente de la Academia Sueca, Ingrid Carlberg, ha llegado a Carson mientras estaba en Islandia “escuchando el viento”, y aunque “sorprendida, estaba contenta”. “Creo que están todos locos, es una locura”, dijo Carson al ser preguntada por sus sentimientos respecto a la concesión del premio. Desde 2022 ella y su marido, el artista Robert Currie, tienen la nacionalidad islandesa. Autora de obras tan rompedoras e imaginativas como la novela en verso Autobiografía de Rojo (Pre-textos), La belleza del marido (Lumen) o Nox (Vaso roto) —el libro que dedicó a su hermano fallecido presentado en una caja y con las hojas unidas en un largo texto—, entre las múltiples distinciones que ha recibido está el premio Princesa de Asturias en 2020. En el discurso que pronunció al recibirlo recordó el viaje que hizo por el Camino de Santiago en 1983.
Especializada en filología clásica y con un amplio conocimiento de las lenguas clásicas, la poeta y traductora ha compaginado la escritura con la docencia y en sus libros ha logrado conectar a los clásicos griegos con la intimidad de su poesía. Lúdica e irónica, clásica y moderna, el trabajo de Carson ha marcado un antes y un después. El fragmento y la traducción, el tiempo y la relectura son ideas clave en su trabajo, que nunca es ajeno al humor ni al amor. El suyo es uno de los grandes nombres de la poesía anglosajona del siglo XX, con una voz y una perspectiva absolutamente personal, como demuestra, por ejemplo, Norma Jean Baker de Troya, la obra que indaga en el origen de la palabra guerra y discurre por la libre asociación para tratar la violencia, la gloria o la ceguera. Coetánea de Louise Glück (1943-2023), la poeta estadounidense que obtuvo el Nobel en 2020, Carson es la segunda canadiense que obtiene este premio, después de Alice Munro (1931-2024), que lo recibió en 2013.
Tal y como ha destacado el jurado del Nobel, la obra de Carson desprende una enorme libertad. Ella escribe en el poema Podría 1: “Si no eres la persona libre que quieres ser, busca un lugar donde puedas contar la verdad sobre ello. Contar cómo te va con todo. La franqueza es como una madeja que se produce a diario en el vientre; tiene que desenrollarse en algún lado (...)”.
Un libro sobre la vida de santos, unos poemas de Safo en edición bilingüe, la obra de Emily Brontë y, sobre todo, el encuentro con una profesora de latín a quien cita siempre que tiene ocasión, marcaron su destino literario y su pasión por las letras clásicas. Publicó su primer poemario a los 42, cuando ya era doctora en filología clásica. Su espíritu audaz la ha llevado a explorar colaboraciones en otros campos artísticos (ópera, performance) sin restar peso, ni profundidad a su trabajo. Entre sus fans se cuenta Rosalía, a quien la poeta ha dedicado un artículo recientemente tras asistir a su concierto en Chicago. “Es una encarnación, a sus 33 años, del glamur y la fuerza femeninos. Sabe hacer pucheros, posar y parodiar su propia seducción: esto es el nuevo feminismo. Me fascina”, ha escrito Carson sobre la cantante. Nota aquí.
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Tato López & César de Centi
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Ramón Serrano
EL JARDÍN DE LA ESMERALDA
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Avelino Fierro
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