PICAPEDRERO
martes, octubre 20, 2026
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León Gieco
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Miguel Cantilo
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Arturo Pérez-Reverte
“Me pone caliente cada nueva novela, cada batalla me obliga a ser joven de nuevo”
El escritor publica ‘La hipótesis más peligrosa’, donde mezcla el mito del Judío Errante con un relato iniciático sobre un padre y un hijo navegando por el Mediterráneo y su historia.
En la luminosa isla napolitana de Prócida, cuando desde el puerto llegas por una calle empinada a la bonita piazzetta Sèmmarèzio —actual plaza de los Mártires—, al lado de la iglesia de la Madonna della Grazie, se abre inesperadamente un panorama de no creérselo. Es el Mediterráneo todo el que se extiende hasta el infinito en una imprevista explosión de azul y de luz que llena el corazón de júbilo y de un extraño anhelo. Hay un hombre de espaldas contemplando ensimismado el mar desde la privilegiada atalaya del mirador. Su quietud y su porte lo hacen rivalizar con los de la estatua que preside la placita. Dado que el que observa las aguas con el conocimiento de causa de un Billy Bones es el escritor Arturo Pérez-Reverte la situación pide que el monumento sea de un marino ilustre, un navegante indómito o un capitán corsario; sin embargo se trata del insigne Antonio Scialoja, economista y político del Risorgimento, que no dejó de vivir aventuras: fue exiliado y volvió como ministro del primer gobierno de Garibaldi.
Pero son otras peripecias en las que piensa Pérez-Reverte enfrascado en ese mar que ha surcado tantas veces y, recalca, es su lugar, su casa (“mi patria es el Mediterráneo”) y su vida. O sus vidas si parangonamos al escritor con el protagonista de su nueva novela, La hipótesis más peligrosa (Alfaguara, ya a la venta, con una tirada inicial en España de 180.000 ejemplares): Asier Lerrant, una personalísima recreación del mito del Judío errante —el personaje condenado a vagar eternamente para penar una afrenta al Redentor— que le sirve al autor para narrar una conmovedora historia de relación paterno-filial y de iniciación instalada en un relato marinero en la tradición de Conrad, Stevenson, Jack London o el capitán Marryat. Estamos en los predios también, claro, de otra leyenda, la del Holandés errante.
Lerrant, correoso y leído marino con muchos pasados e identidades, sube a su velero, de homérico nombre Nostos y dotado de una gran biblioteca de clásicos, a Cal Gadea, un jovencito de 16 años experto en juegos de ordenador y con lenguaje de ahora (“ni tan mal, muy random”) que acredita ser su hijo. Juntos emprenden un peligroso viaje por el Mediterráneo que los llevará —pasando por Formentera, Cerdeña, las Eolias, Kasos…— hasta el puerto de Tiro, en el Líbano, y durante el cual el chico (al que no le gusta que le llamen así) ajustará cuentas con el marino y este le dará, con el ejemplo (“los verdaderos maestros son los que enseñan con lo que hacen, no con lo que dicen”) y algún puñetazo, una lección de navegación y de vida. El argumento central de la novela transcurre en la actualidad con una decena de flashes, que configuran una suerte de palimpsesto, a épocas y sucesos tan variados como la antigüedad romana y la Crucifixión, las cruzadas, la expulsión de los judíos de España, la caída de Constantinopla, Lepanto, el fusilamiento de Torrijos, la pesca en una almadraba siciliana en el XIX, la inauguración del canal de Suez, la erupción del Vesubio de 1872, Galípoli, o la huida de un campo de concentración nazi. La historia se sale de los caminos habituales de Pérez-Reverte (si es que los tiene) para transitar un espacio insólito en el que muchas de sus ideas y obsesiones navegan en un mar de rara emotividad. En La hipótesis más peligrosa hay aventura, amor romántico (el que se profesaron Lerant y la madre de Cal), un elemento fantástico y hasta sobrenatural, memoria, historia a raudales (cada vida anterior del protagonista) y mucho, mucho mar: una verdadera novela de mar.
Precisamente junto al mar, en el puerto de Nápoles, a punto de embarcar en un ferry para Prócida como síntesis y emblema de la mediterraneidad que fluye por toda La hipótesis más peligrosa, aunque la isla, qué le vamos a hacer, no sale en la novela, está Pérez-Reverte. El escritor refunfuña contra el turismo de masas que llena la ciudad y la terminal, con cruceros gigantescos como el que se cruzan los protagonistas en la novela y del que Errant reniega. Es verdad que igual el autor ha dormido mal porque se aloja en el Hotel Vesubio, que ya es nombre para buscar tranquilidad, y además en la habitación de encima de la que murió Caruso. “Nápoles se ha llenado de guiris, ya no es peligroso”, dice con mirada afilada y recordando que en el Castel Nuovo que domina el puerto “hizo muchas guardias Alatriste” (Nápoles es el escenario principal de Corsarios de Levante). Sale el ferry y el escritor se lo toma con paciencia como un león enjaulado. ¿La popa?, pregunta alguien. “Suele estar detrás”, contesta el novelista. Nota aquí.
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Fabiana Cantilo
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El Greco
La histórica confitería de Caballito donde nació Sui Generis: tiene más de 70 años y es famosa por sus sándwiches de miga
Una reunión clave para la historia del rock argentino ocurrió entre las mesas de El Greco.
Conserva un espíritu porteño “vintage”, con recetas clásicas y mozos de camisa y corbata.
En Caballito hay una confitería donde los mozos todavía atienden de camisa y corbata, las porciones de torta son enormes y los sándwiches de miga se preparan como hace décadas. Pero entre sus mesas también se escribió un capítulo inesperado de la historia del rock argentino: allí tuvo lugar una reunión decisiva para el nacimiento de Sui Generis.
Se trata de El Greco, un clásico de avenida Rivadavia que abrió en 1952 y todavía conserva buena parte del espíritu de las antiguas confiterías porteñas. Por sus salones pasaron músicos, políticos y figuras del espectáculo, pero también generaciones de vecinos que siguen eligiendo el lugar para desayunar, almorzar o llevarse alguna de sus especialidades.
Y aunque su historia alcanza para llenar varias páginas, buena parte de su atractivo actual está detrás de las vitrinas: facturas de manteca, masas finas, tortas de otra época y unos sándwiches de miga que figuran entre los grandes favoritos de su clientela.
La reunión que dio origen a Sui Generis
Aunque El Greco abrió sus puertas en 1952, la historia gastronómica de esa dirección se remonta a fines del siglo XIX. Por entonces, los hermanos Gianni atendían un café en la esquina de Rivadavia y Rojas, que años más tarde trasladaron a un local cercano bajo el nombre de Campidoglio.
Era un típico café de barrio, con mesas de billar, partidas de cartas y largas sobremesas. Después de varios cambios de propietarios, cerró en 1949. El edificio fue demolido y, tres años más tarde, nació allí El Greco, que comenzó a hacerse conocido por su pastelería, sus sándwiches y su rotisería.
Pero el episodio más curioso de su historia ocurrió a finales de los años 60. En una de sus mesas se reunieron Charly García, Alejandro Correa y Beto Rodríguez, integrantes de To Walk Spanish, con Carlos Piegari, músico de otra banda llamada The Century Indignation.
La intención era convencer a Piegari de que se sumara al grupo. Él aceptó, pero puso una condición: que también incorporaran a su compañero Nito Mestre. Así, aquella conversación terminó siendo decisiva para la formación de Sui Generis, una de las bandas fundamentales del rock argentino.
Con el paso del tiempo, El Greco atravesó cambios de dueños, cierres y remodelaciones. En los años 80 quedó en manos de un grupo de socios, entre ellos integrantes de la familia Fernández, que continúa vinculada al negocio.
Durante las décadas del 80 y 90, sus tres salones fueron escenario de fiestas, reuniones y celebraciones. También se hizo conocido por su servicio de catering para eventos multitudinarios y amplió su propuesta con platos de restaurante.
El salón conserva buena parte de su estructura original, aunque las instalaciones se modernizaron. Los clientes más antiguos todavía recuerdan una particularidad de aquella época: había un piano y distintos músicos se turnaban para tocarlo a lo largo del día.
Hoy ya no suena aquel piano, pero siguen las mesas ocupadas por vecinos que se conocen de toda la vida, los camareros que recuerdan los pedidos habituales y una carta que mantiene muchos de sus clásicos. Nota aquí.
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Sole Gimenez & Alba Engel
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Arde Bogotá
Arde Bogotá ensancha los límites del rock español con su inspirado nuevo disco
En ‘Manufacturas del Club de la Gente Sola’ el cuarteto de Cartagena confirma un nivel creativo audaz y elevado dentro del clásico guitarra-bajo-batería-voz
Cuando el rock español joven parecía un asunto marginal y limitado a una escorada minoría, llegó Arde Bogotá y lo llevó de nuevo a la cima, a llenar pabellones, a arrastrar a miles de seguidores a festivales, a conseguir que un público amplio vibre con las guitarras rotundas y las canciones viscerales. A las mieles del éxito suele acompañarlas el recelo de una parte del público y de algunos críticos, sectores ambos ruidosos y llenos de suspicacias. Desde que el cuarteto de Cartagena se transformó en un acontecimiento musical de envergadura, se abrió la veda en busca de vetas que alimenten la desconfianza hacia su propuesta. Esta tendencia va a seguir después del previsible éxito de su tercer disco, de título tan rimbombante, Manufacturas del Club de la Gente Sola.
No es nada nuevo lo que le pasa a Arde Bogotá. También ocurrió, por ejemplo, con Héroes del Silencio, seguramente el grupo español con el que conservan más similitudes. Solo con el paso de los años (muchos) y gracias a la inquieta carrera de Bunbury en solitario, cierto público y medios especializados comenzaron a valorar el legado del cuarteto de Zaragoza. Pero Arde Bogotá es el ahora, viven un momento dulce en 2026, este es su tiempo y valorarlos por su música es lo que toca.
En su nuevo álbum afianzan su impacto sin acomodarse, manteniendo intacta la voluntad por explorar nuevos caminos, asumir riesgos y entender el arte como un territorio vivo y en permanente transformación, aunque no todos los hallazgos terminen de cuajar. Pero la intención de avanzar compensa estos traspiés.
La base del sonido se limita al clásico bajo-batería-guitarra-voz, pero a pesar de un equipaje tan reducido, consiguen hallazgos interesantes. En ese sentido, surgen estructuras musicales flamencas gracias sobre todo a los dibujos melódicos de la guitarra de Dani Sánchez. El ejemplo más claro está en la segunda canción, El Tesoro, una pieza que arranca con palmas acompasadas y se desarrolla en clave sutilmente jonda, incluso en la temática de la letra. No tiene nada que ver con el flamenco-rock: es algo más ligero, pero relevante. Estos pespuntes del género más importante del folclore español aparecen ocasionalmente por el álbum, siempre enriqueciéndolo. Una mirada a la música de raíz española a la que nunca se atrevieron los citados Héroes del Silencio, ensimismados por lo anglosajón, aunque luego Bunbury se desquitaría, eso sí, en clave latina.
La personalidad de Arde Bogotá viene marcada por la voz de Antonio García, gran cantante que amplifica su figura cuando se desenvuelve en concierto: hacía tiempo que no encontraba el rock de aquí a un líder tan completo. Conscientes de su fortaleza, el grupo deja que la voz se imponga en un plano elevado y que tire de la canción, como en Antifiesta, que ofrece todo lo bueno del cuarteto: una composición original con un inicio sinuoso, un estribillo pegajoso, una aceleración en el último tramo y una letra inteligente. Será una atracción fija en sus conciertos durante años.
En el terreno narrativo ofrece reflexiones interesantes, como abrazar la posibilidad de dejar de sentir para protegerse de las emociones y el dolor, como en Señor Herrero. Olivos está llamada a ser otra de las joyas del álbum: emocionante, intensa y con un verso para enmarcar: “Que a todos los olivos miserables vendrá la primavera a abrazarles”. Conviven con esta poesía de altos vuelos otras claramente mejorables (“Qué calor, uh, uh, qué calor!, Hiérvelo, hierve mi amor”, Hervidero), además de alguna canción que baja el nivel, como Bigger Splash.
Tropiezos inevitables que afloran cuando un grupo se marca como meta la búsqueda de nuevas formas de expresión dentro de un género, el rock, donde da la impresión de que está todo dicho. Pero no. Nota aquí.
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Salvador Dalí
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León Gieco
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lunes, octubre 19, 2026
Paula Mattheus & Ciudad Jara
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Woody Allen
Woody Allen enaltece el Museo del Prado: “En Nueva York no hay nada así”
El cineasta estadounidense visita la pinacoteca en medio del rodaje de su filme madrileño, que empezó el 5 de octubre y cuya duración prevista es de seis semanas.
El cineasta estadounidense Woody Allen (Nueva York, 90 años) ha aprovechado el rodaje de su nueva película en Madrid para hacer una visita el Museo del Prado. “Vivo en Nueva York, donde hay varios museos, pero no hay nada como el Prado. Nunca he visto nada igual, es realmente un placer y un privilegio poder estar en una sala de un museo con una colección enorme y estupenda como esta”, ha dicho en un breve vídeo difundido por la propia pinacoteca en su cuenta de Instagram, donde el director aparece ante la obra de Goya ‘El 3 de mayo en Madrid’ (‘Los fusilamientos’).
Allen se halla a la mitad del rodaje de su película madrileña, la 51ª de su amplia trayectoria. La filmación comenzó el pasado 5 de octubre y tiene prevista una duración de seis semanas. El cineasta es reconocido por sus películas sobre romance y crisis existenciales, así como los homenajes que suele rendir a las ciudades que forman parte de su cartografía sentimental. Pero también ha dedicado espacio los museos. Un ejemplo de ello es el filme Sueños de un seductor (1972), donde su personaje (un excéntrico amante del cine que alucina con Humphrey Bogart) visita el Museo de Arte Moderno de San Francisco. Sobre el Prado, Allen ha enaltecido las obras que atesora: “La colección es estupenda, todos los cuadros son magníficos, no los puedes ver en ningún otro lugar del mundo; y las pinturas españolas, los Velázquez, los Murillos y los Goyas... Es simplemente un banquete”. Nota aquí.
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Andrés Suárez
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Andrea Mazas
Y FLORES Y TOMATES
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Quique González
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Pablo Guerrero
Luis nos cuenta por Facebook
Anoche los extremeños homenajeamos -en su pueblo- a Pablo Guerrero, que nació tal día como hoy. Y llovió a cántaros, como no podía ser menos. Nada impidió la celebración. Siempre en el recuerdo.
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Carlos Chaouen
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EFFE & Kutxi Romero
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Ricardo Soulé
Ricardo Soulé, espíritu en libertad
El compositor, cantante, guitarrista y violinista fue más que las obras inoxidables de Vox Dei. Y en varias charlas con Página/12 dejó claro que el rock era solo uno de sus intereses.
Justo suena en una vieja compactera un disco que no era precisamente de los clásicos de Ricardo Soulé. Ni de los que había concebido con Vox Dei en aquella época dorada. Ni de los suyos, solistas, más renombrados, caso Romances de Gesta. Se llama Buddy Middler y es como una novela filosófica-musical. Lo hizo en 2008, junto a una agrupación familiar, a la que le había puesto uno de esos nombres de criatura mitológica que tanto le gustaban: La Bestia Emplumada. Sus temas hablan de cosas como el espíritu de los peregrinos, de la lentitud de los viajes en las sombras, de ángeles que pasan, de llegar a la colina, del ateneo del alma, todo adobado con un sólido, denso y parejo rock and roll, porque la rockeaba bien el buen Ricardo.
Suena ese disco entonces, porque no solo existen La Biblia y “Presente”, cuando una noticia que hiela la sangre aparece en algún portal. “Tengo toda la fe puesta en Dios”, manifestaba el guitarrista, violinista, compositor y cantante, al anunciar la suspensión de todas las actividades que tenía programadas para el resto del año. La alarma cunde en todo el mundo rockero, pero el respeto prima. Pide privacidad y nadie se zarpa como aquel fotógrafo que retrató a Luis Alberto Spinetta en sus últimos días. Se le concede el respeto. Pero por lo bajo se sabe. Se percibe el dolor. La resignación. Un músico de aquella época llora desconsolado cuando el mismo Ricardo lo llama desde el hospital, tal vez con la intención de despedirse. Otro allegado revela por lo bajo el bravo diagnóstico, y un pionero del rock de acá sabe de los tratamientos paliativos. Los buenos mueren.
Se fue Ricardo el viernes 2 de octubre, a los 76 años. Ocurrió en Quilmes, región que lo vio nacer cuando amanecía el año `50, y en la que vivió buena parte de su vida. Sus hijos son los que se encargan de cristalizar la noticia por las redes: “Con un inconmensurable dolor tenemos que comunicar la partida física de Ricardo Soulé, nuestro padre (…) su espíritu es libre, su música es de todos, su alma está en paz y su obra es eterna. Lo amamos y lo amaremos eternamente con todo nuestro corazón, hoy sumergido en un inmenso dolor. Se fue en paz, amado, rodeado y acompañado todo el tiempo por su familia. Gracias por el amor”.
Por ese amor que Soulé no solo transformó en música durante aquellos extraordinarios discos de los cuales se ha hablado bastante –y bien- en tiempo y forma. De Caliente, el de “Presente” y “Azúcar amarga”. De La Biblia según Vox Dei y su extraordinario todo conceptual. De Jeremías pies de Plomo, el de “Ritmo y blues con armónica”. De Es una nube, no hay duda, el de “La verdadera historia de Sam el montañés” o, ya solo, del citado Romances de Gesta, el de la “Leyenda del Azor” o Vuelta casa, su poderoso disco debut en esta senda.
Porque ya que estaba sonando Buddy Middler cuando apareció la noticia de su estado de salud, sano y noble es recordar que Soulé fue siempre Soulé no solo en sus más populares obras, sino en todos sus días, etapas, geografías y discos. Violinista magnético. Guitarrista fino, contundente y talentoso. Cantante de timbre poderoso y melodioso a la vez. Gran pluma. Mística y terrenal. Sacra y profana. En sus más conocidos y citados discos, sí, pero también en Buddy Middler, el que sugiere estas palabras porque además tiene muy buenos temas como “Plegaria” y “Desesperadamente”. O en Dolmen. O en el más cercano Vulgata, el último que Soulé publicó en estudio.
No fueron pocas las veces que uno de los fundadores de Vox Dei habló de estas cosas con Página/12, todas durante el milenio actual. Buscaba en esas largas y profundas charlas no omitir, pero sí hacer un paréntesis para obras más conocidas, y profundizar en las búsquedas que solía encarar en sus otros discos. Los de culto. Los que escuchaban los suyos, pero era difícil hacer trascender en medio de un estado de cosas muy distinto al de décadas pasadas. Disfrutaba mucho más hablar en sus largas charlas de “Elías, el profeta” y de juglares medievales, barrocos, que de sexo, drogas y rock and roll. Se ponía un tanto incómodo cuando se le preguntaba por las idas y vueltas con Willy Quiroga y Rubén Basoalto, sus compañeros de viaje con Vox Dei que también han partido ya.
Hacía un culto a la vida conyugal y familiar. Siempre Graciela, su mujer, brotaba de sus palabras. También sus hijos. No solo Gabriel, que ligó uno de los más bellos temas que se hayan hecho en la historia del rock criollo (“Mi Gabriel”), sino los demás, que son cuatro y cada quien ocupaba un lugar especial en su alma. Sus posturas musicales también daban lugar a largas reflexiones. “Muchos seguidores me preguntan por qué compongo temas que tienen varias partes y yo les explico que el concepto burdo del rock de tres minutos nunca me gustó. Ese tiempo es tan corto que no permite desarrollar ideas. Mis influencias tienen que ver con sonidos de otros siglos. Me gusta más estudiar una sinfonía de Vivaldi que escuchar a Chuck Berry, a lo sumo puedo escuchar de él un par de temas y nada más”, dijo a este medio en enero de 2000, épocas en las que había formado el Soulé Ensamble. Nota aquí.
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Hilda Lizarazu
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Ramón Serrano
DE LA FATÍDICA HORA
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Funambulista & Antonio Orozco
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