SOÑAR,
lunes, abril 13, 2026
Rafa Mora
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Alberto Alcalá
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Efecto Mariposa, Javier Ojeda & David Summers
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Javier Ruibal
Cómo se prepara un disco en vivo: Javier Ruibal (que ya ha grabado cuatro) explica su receta
El cantautor gaditano graba este viernes en el Teatro de las Cortes de San Fernando un nuevo directo con un repertorio completamente inédito, acompañado por jóvenes músicos.
Javier Ruibal no tiene manías ni supersticiones, pero cada noche, justo antes de salir al escenario, acostumbra a contar hacia atrás desde 20, muy despacio: veinte, diecinueve, dieciocho, diecisiete… Un rito que volverá a repetir este viernes en el Teatro de las Cortes de San Fernando (Cádiz), con motivo de una ocasión muy especial: la grabación de un nuevo disco en directo, el quinto de su carrera tras Pensión Triana, Lo que me dice tu boca, Sueño y 35 aniversario.
Un reto “tan excitante como comprometido”, según este cantautor portuense de 70 años, ya que la experiencia acumulada no es ninguna garantía ante el vértigo del directo. “A mí me gusta mucho hacer directos, creo que es la verdad de la música, ¿no? Es más excitante que una grabación de estudio. La grabación del concierto ya se oirá después, pero la presencia del público es fundamental”.
En la receta de Ruibal, lo primero que hay que tener es “motivación y ganas y también un repertorio que permita la sorpresa”, comenta. “En este caso es todo inédito, a diferencia de los anteriores. En Lo que me dice tu boca había algunas canciones conocidas y muchas otras que no, en Sueño eran mis canciones acompañadas por la Orquesta de Córdoba… Aquí es todo nuevo, con arreglos nuevos de Javier López de Guereña y una banda preciosa”.
Compañerismos y complicidad
Ese factor, la banda, es otro de los ingredientes fundamentales en la cocina de su disco. En esta ocasión, Ruibal se rodea de un verdadero grupo de solistas, con Alberto Bocanegra al piano y teclados; Diego Villegas en los vientos; José Recacha en guitarras y bajos; y Joaquín Calderón, que aportará instrumentos de cuerda y violín, sin olvidar a su hijo, Javi Ruibal, a la batería, percusiones y producción.
“Javi, aparte de que tiene mucho criterio, me conoce lo suficiente y tiene la posibilidad de decirme: aquí creo que te estás pasando, o aquí te estás quedando corto. Y eso es estupendo”, comenta el artista. “Claro, él se ha criado escuchando mi música y me ha visto componerla incluso, entonces a él no le puedo yo engañar, es el único al que no puedo engañar de entre todo el planeta [risas]. Él sabe cuáles son mis cadencias y en todo caso, si las hay, mis virtudes”. Nota aquí.
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Elisa Martín Ortega
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Antonio Machado
Un sol de abril
En este nuevo aniversario de aquel mes luminoso que hizo feliz a Antonio Machado en 1931, me atrevo a recordar lo que escribió en una carta que, en mi opinión, no ha perdido vigencia.
Quien haya leído bien a Corpus Barga, encontrará difícil de creer que alguien pudiera contar alguna anécdota de Ramón María del Valle-Inclán que él desconociera; pero el autor de Los pasos contados, obra que no me cansaré de recomendar, se encontró en esa situación en uno de los peores y más trágicos episodios de nuestra Historia, pernoctando con un poeta que viajaba con su madre, su hermano José y la mujer de este. El poeta en cuestión, Antonio Machado, bebía “una taza de leche condensada que no acababa de diluirse en el agua, por más que él la removía con una cucharilla antes de cada sorbo” (Antonio Machado ante el destierro). Faltaba poco para que cruzaran la frontera y, a pesar de estar “extenuados de cansancio y de angustia”, como escribiría luego José (Últimas soledades del poeta Antonio Machado) se pusieron a charlar —vuelvo a Barga— “como en un café madrileño” de otros tiempos, y Machado “le hizo reír” con “las más sabrosas” aventuras y ocurrencias de uno de los dos mancos más brillantes de las Letras universales.
Aquella noche, mientras “hablaba un cañón” de cuando en cuando o “gemía una granada”, entre mujeres con niños y “soldados heridos” a los que “la lluvia arrancaba sus vendajes”, el poeta también habló de otras cosas (Waldo Frank. La salida de España de Antonio Machado). Dijo, por ejemplo, que había intentado servir en el Ejército republicano “donde quiera que fuese” y que, por supuesto, “había sido rechazado”; dijo que ya sólo quedaba “una moneda en que podamos pagar nuestra deuda a nuestro pueblo: nuestras vidas” y, aunque sabía que el exilio “significaría para mí la muerte” (Pascual Pla y Beltrán. Mi entrevista con Antonio Machado), sus pensamientos tomaron precisamente el camino de Valle-Inclán, de quien no tenía duda de que habría sido el “amigo más sincero” y el “admirador más entusiasta” de los “capitanes” que habían plantado cara al fascismo (Prólogo a La corte de los milagros, 1938) y que aún resistían en la zona centro. En plena oscuridad, apeló a un caminante “infatigable” que “como don Quijote, no conocía el miedo, o no había para él miedo que no superase con el espíritu”.
La conversación con Corpus Barga, quien se desvivió por el poeta y su familia, fue en buena medida un último y buscado sol joven antes del que aparecería en su último verso, “estos días azules y este sol de la infancia”. Quedaba en Machado un resto de esperanza y, al no haber variado un ápice en sus convicciones, se aferró a lo que ni entonces ni más tarde podía cambiar: el triunfo en última instancia de la gran literatura, personificada en el dramaturgo y novelista, y de la luz que seguía brillando en él mismo, idéntica a la que había bañado “el maravilloso campo” castellano durante las elecciones municipales del 12 de abril de 1931 (carta a Guiomar) y, especialmente, de la luz de dos días después, cuando “con las primeras hojas de los chopos y las últimas flores de los almendros llegaba al fin la segunda y gloriosa República española” (El 14 de abril de 1931 en Segovia). “Un día profundamente alegre —muchos que ya éramos viejos no recordábamos otro más alegre—, un día maravilloso en que la naturaleza y la historia parecían fundirse”.
En Memoria de la melancolía, María Teresa León habla amargamente del momento en que su marido y ella se enteraron del fallecimiento del poeta. “Pocos días anteriores a ese final de nuestras horas libres, escuchando la radio francesa, oímos, entre dos anuncios, una pequeña noticia que se deslizaba: ‘Antonio Machado ha muerto en Colliure’. No dijeron nada más. ¡Para qué!”; y a continuación, añade que Rafael Alberti comentó: “Ahora sí que todo ha terminado”. En general, la gente tiende a interpretar que Alberti hablaba de la guerra, pero soy de la opinión de que su contundente frase estaba más relacionada con el futuro de España, porque el hombre de “hoy es siempre todavía” (Nuevas canciones, 1924), el que creía en la “poética” del “milagro musical” de Valle-Inclán en La lámpara maravillosa (Biografía cronológica y epistolario, de Juan Antonio Hormigón. Volumen III) se había convertido en el alma intelectual y moral no del país, sino de la mejor versión del país. Nota aquí.
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domingo, abril 12, 2026
David Uclés
El corazón duplicado de Saramago
Saramago fue lo más parecido que tuve a un mentor literario. Y para que este reconocimiento se formalice, me tatúo su firma en Lisboa.
Piso Lisboa por primera vez como quien camina sobre una isla. Noto un ligero temblor, quizás un coletazo del terremoto que asoló la ciudad cien mil días atrás, o un recuerdo de lo que sucedió hace cuarenta años. No me refiero al incendio del Chiado, sino a cuando la península ibérica se separó del continente y flotó océano abajo. Me faltaban entonces cuatro años para nacer. ¿Acaso puedo saber a ciencia cierta si esto sucedió o no? Tal vez ocurrió y los testigos prefirieron olvidarlo. Todos menos Saramago, que en 1986 publicó La balsa de piedra e hizo que medio mundo imaginara la abrupta escisión. Hoy la siento bajo mis pies, aunque ya no estén ladrando todos los perros de Iberia a la vez.
Vine a Lisboa a realizar un ejercicio de resignación literaria: a renunciar a mi identidad, cual Fausto ante Mefistófeles, y asumir, sin fisuras, que soy porque leí, y que, por ende, soy como soy por haberme leído hasta los andares de don José Saramago: europeísta, demócrata, iberista y fabulista. Por él, invento territorios que se separan y lazos entre tierras hermanadas. Y por él, al escribir levanto arquitecturas y alegorías oníricas que siempre se deben a una premisa irreal: ¿qué pasaría si… se pudiera viajar al interior de las pinturas de los museos… o un volcán en Madrid recogiera toda la sangre de la guerra in-civil española… o la luz solar y artificial se fueran en Barcelona? Saramago fue lo más parecido que tuve a un mentor literario, y es la razón misma por la que vine a Lisboa, además de para presentar la traducción al portugués de La península de las casas vacías: para aceptar que no soy más que una de sus creaciones. Y, para que este reconocimiento se formalice, mañana me tatuaré su firma en el cuerpo. Me la tallará Malik, un brasileño cuya madre trabaja para la Fundación del escritor. Uno de los mejores tatuadores de Lisboa, me dicen: @numastudio_pt.
Llego el domingo de Resurrección y amanezco el lunes de Pascua en el dormitorio de la casa lisboeta de Saramago. Me encuentro con Pilar en la cocina, que lleva varias horas despierta.
—¡Feliz lunes de Pascua! —le digo risueño—. Si es que esto quiere decir algo…
—¡Querrá decir lo que nosotros queramos!
Pilar del Río ha tenido a bien acogerme estos días en su casa. Sabe que soy fetichista de los objetos de mis escritores predilectos y tuvo a bien abrirme las puertas de su hogar. Será mi cicerone en Lisboa, presentará mi novela en portugués y, pese a que no me dan miedo las agujas, me acompañará a tatuarme la firma de su marido —que espiritualmente sigue siendo su esposo, ya que la relación terminó por fallecimiento, no por ruptura.
—¿Sabes ya dónde te la tatuarás?
—Creo que en el brazo izquierdo. En un par de años me harán otro cateterismo, pero no creo que sea de nuevo por la ingle. Con suerte, me abrirán un agujero en el brazo y se llevarán así parte de la firma de José directamente hasta la aurícula herida.
Paseamos por Lisboa, tan bella que no sabría escribir una crónica sobre esta ciudad. Al llegar al edificio donde se encuentra la Fundación Saramago, de la que Pilar es presidenta, leo que fue erigido en 1523. Le cuento entusiasmado que el 523 es mi número preferido, que lo dibujé en mis pinturas, lo señalé en algunos de mis textos y lo uso de contraseña.
—¡Hasta lo llevo en los tres últimos dígitos de móvil!
—No, si… el que quiere ver casualidades, las encuentra.
En la puerta, me señala un olivo centenario. Proviene de Azinhaga, el lugar de nacimiento de José. El árbol se nutrió de sus cenizas para crecer. Acaricio las hojas del olivo con fuerza, que es como hay que acariciar a los olivos; os lo dice un jiennense. Y entramos. Por un instante, me imagino el parecido palacio de Jabalquinto de Baeza acogiendo una fundación con mi nombre, y una placa que indique que no se puede pasar con la cabeza descubierta. ¿Quizás una máquina expendedora de boinas en el recibidor? En un despacho, veo una foto donde Pilar y José salen abrazados. Nota aquí.
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Antonio de Pinto
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Ismael Serrano
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Guillermo Blanco Alvarado
Memphis La Blusera, una historia que merecía ser contada
“Todo el mundo la recuerda, pero cuando preguntás sobre bandas y canciones, difícilmente te la mencionen”, señala el autor, que hizo un concienzudo trabajo de investigación y entrevistas.
Guillermo Blanco Alvarado metió la pluma allí dónde -dice él y dicen más- hacía falta: la larga, sorprendente y sinuosa historia de Memphis la Blusera. El periodista se puso el overol. Investigó fuerte. Consiguió 50 buenas fotos. Reseñó cada uno de los 14 discos –en vivo y en estudio- que la banda publicó entre 1983 y 2014. Le pidió al periodista Humphrey Inzillo que le escribiera el prólogo. Biografió a cada uno de los 30 músicos que fueron parte. Habló con más de cien personas aledañas o de la entraña misma de la porteñísima banda originada en Floresta, a instancias del saxofonista Emilio Villanueva, durante el lejano y frío 1977. Y a todo lo envolvió con un título sugerente: Lo único importante, La fantástica historia de Memphis La Blusera.
“La idea de escribir sobre Memphis me surgió a partir de la muerte de Adrián Otero, al ver que no había nada escrito sobre él o sobre la banda. Yo había entrevistado a él y a otros integrantes y con esas notas comencé”, cuenta Blanco Alvarado. Las charlas aquellas que nombra el autor fueron para No tan distintos, programa radial dedicado al jazz y al blues que condujo entre 2006 y 2022.
Sin embargo, entre la idea y su materialización a través de la editorial El Bien del Sauce pasó una década. Entre medio, Blanco Alvarado publicó Mataron a González, su primera novela y Tigre 2004/2019, una gesta de 15 Años, libro futbolero que concibió junto a Enrique Jorgensen, y recién tras esta experiencia se animó con la de Memphis, banda a la que iba a ver durante las últimas dos décadas del milenio pasado. “Los habré visto siete u ocho veces en distintos lugares, como también vi a los Ratones, a los Redondos, a Soda, a Charly, al “Flaco” Spinetta, a Pappo, y por supuesto a David Lebón que fue y es mi artista preferido”, recrea el periodista. “Con esto quiero dejar claro que no era un fan de la banda, aunque me gustaba porque además siempre me gustó mucho el blues. Pero a partir de que empecé a escribir sobre ellos, a conocerlos y a volver a escuchar los discos, revaloricé mis sensaciones sobre Memphis, sobre la originalidad de ese sonido y sobre la poesía de Otero”.
-¿Por qué creés que no se ha escrito sobre Memphis, en un momento en que se editan muchísimos libros de rock?
-Siempre digo que Memphis es una banda que envejeció mal. Todo el mundo la recuerda, todos conocen sus canciones más emblemáticas, pero cuando preguntás a alguien sobre bandas y canciones en general, difícilmente te la mencionen, y cuando vas a los rankings de rock nacional, casi no aparece. Es una banda que a partir de la muerte de Otero quedó guardada en un rinconcito muy pequeño del cerebro, no como sucedió con otros fallecimientos, como los de Luca Prodan o Miguel Abuelo. Es por eso que, quizás, nadie lo haya hecho antes… simplemente porque a nadie se le había ocurrido.
Fue otro miembro nodal de Memphis el que avispó a Blanco Alvarado de tal carencia: el “Ruso” Daniel Beiserman, bajista y compositor de la agrupación. “Fui varias veces a su casa. Esas entrevistas fueron muy interesantes para el libro, como también otras. La de Fabián Prado, por ejemplo, que se fue de mala manera de la banda. O la de Analía, la pareja de Otero al momento de su muerte, que iba con él en el auto cuando ocurrió el accidente, y no había hablado con nadie del tema desde ese momento”, revela.
-Yendo al interior de la banda, hay en el libro un merecido reconocimiento a Emilio Villanueva, cuya labor fue muchas veces tapada por el protagonismo de Otero. ¿Lo sabías y solo faltaba refrendarlo?
-Sabía de su importancia en el grupo. Emilio era la cara más visible de Memphis después de Otero, por su barba, por tocar el saxo que además es el sonido que identifica a la banda. Pero desconocía la importancia que tuvo en los comienzos, eligiendo el nombre y poniendo su casa como sala de ensayo, entre muchos aportes. Pero, claro, Otero y Beiserman eran los Lennon-McCartney de Memphis. Nota aquí.
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Ramón Serrano
PALABRAS A MI PIRERI
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Marwán & Jorge Drexler
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Rosa Montero
Pedir perdón
La historia de la humanidad es una interminable lista de abusos y el enorme sufrimiento que siempre acarrean.
En 1999, dos psicólogos sociales norteamericanos estudiaron y definieron por primera vez un sesgo cognitivo que fue bautizado con el nombre de ambos, Dunning-Kruger. Consiste en que, cuanto más tonta e incompetente es una persona, más satisfecha y segura está de sí misma y de sus (inexistentes) habilidades. Por el contrario, los individuos más inteligentes y preparados suelen ser los más inseguros y autocríticos. Es una maldita desgracia de trampa mental, porque fomenta que los más necios de entre los más bobos se eternicen en los cargos y prosperen. Y de todos es sabido que, como dijo el historiador italiano Carlo M. Cipolla en su delicioso ensayo Allegro ma non troppo, las leyes fundamentales de la estupidez humana, los tontos son mucho más dañinos y peligrosos que los malvados.
Pues bien, echando un vistazo rápido a la actualidad, yo diría que el fenómeno Dunning-Kruger abunda en la política. Cuando menos, el sistema favorece a quienes, más que pensar, repiten topicazos. Por ejemplo, y aunque esté feo señalar, me inunda el desaliento cuando veo a Isabel Díaz Ayuso en esos vídeos en los que suelta banalidades colosales tan radiante y orgullosa de sí misma como si fuera Sócrates. Tomemos su penúltima ayusada, la referente a que los abusos los cometían en América los aztecas y los mayas y que entonces llegamos por fortuna nosotros, los de la Cruz, para civilizarlos. Hay simplificaciones tan chirriantes que hieren los oídos, por el nivel de desconocimiento que encierran. Por desgracia el ser humano posee una vertiente depredadora y feroz. Todo poder tiende de forma natural a explotar y aplastar al más débil. El invento genial de la democracia consiste precisamente en esa comprensión pesimista del alma humana, en saber que el poder anhela ser eterno y absoluto, y que por eso hay que fragmentarlo y repartirlo lo más posible para contenerlo. O sea que sí, claro que sí, los aztecas y los mayas y los incas y los caribes han sojuzgado y abusado, pero también los españoles, los ingleses, los japoneses, los persas, los asirios, los cartagineses, los zulúes, los hunos, los cosacos, los otomanos, los tártaros, los almorávides, los aqueos y toda la absoluta infinidad de pueblos que han habitado este trágico planeta. Así que, en lo moral, ninguna superioridad de nadie, por desgracia. Y por cierto: en la conquista española de América hubo mezcla y matrimonios con los indígenas mientras que, siglos después, en la conquista de los ingleses hubo exterminio de los pueblos autóctonos. Pero esto sucedió así no porque fuéramos más buenos, sino porque en nuestra época no era posible enviar a muchos españoles al otro lado del mundo y había que quedarse con los aborígenes para trabajar y procrear, mientras que la conquista inglesa ya fue, gracias al desarrollo del transporte marítimo, una colonización, una ocupación de tierras, y para ello hay que matar primero a sus legítimos pobladores. Nota aquí.
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Manu García del Moral
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Eduardo Mendoza
“España está menos crispada que en las tertulias televisivas y en las columnas de los epígonos de Umbral”
El autor de ‘La ciudad de los prodigios’ mantiene una charla tranquila sobre la vida, el humor, sus libros y la distinta tensión política en Madrid y en el resto de España. Con su nueva novela, titulada ‘La intriga del funeral inconveniente’, vuelve la diversión
El mejor mostacho de las letras españolas cita en un restaurante del Ensanche barcelonés. Llega pronto. Detrás de ese bigote asoma la sonrisa de Eduardo Mendoza. Es una sonrisa tímida, elegante y sobre todo irónica, como su literatura.
“No empieces un libro si el resultado no es incierto”, le dijo una vez Juan Benet a un joven Mendoza. No empieces una entrevista si el resultado no es incierto:
—¿No está por aquí su primer colegio, las monjas del Loreto?
—Justo ahí. Qué desastre: rezar, leer y escribir desde los tres años. Al menos las monjas no pegaban. Después fui a los Maristas: allí sí que sacudían bien.
—De los maristas salió usted anarquista, trotskista y existencialista. “Llevaba el pelo revuelto y lucía un fiero bigote”, ha dicho alguna vez. “Era ignorante, inexperto y pretencioso”, se describía con el látigo de seda del autorreproche. El bigote sigue ahí.
—Un tonto. Quiero pensar que fui perdiendo la tontería y todos esos carnés por el camino, y sin embargo no he renunciado a los principios de aquella época. Hice un par de viajes por el Este para ver el comunismo. Aquello no era una novela de John Le Carré, pero había educación y sanidad, nadie pasaba hambre ni frío, tenían jardines y teatros. En fin, los ideales: yo estaba equivocado, pero no completamente equivocado. Hoy no es que vea muchos ideales en nuestro desorden. Y nunca he renunciado a cierta mirada: no soy un converso, como alguno de mi generación.
“Desde niño siempre había querido escribir, que no es lo mismo que ser escritor. Tengo un amigo a quien le gustaba el fútbol; se hizo cronista deportivo y acabó aborreciéndolo. Eso pasa cuando lo que te encanta empieza a coger un barniz profesional, con sus deberes y obligaciones”. Mendoza habla igual que escribe: escucharle le limpia a uno la mirada. Nota aquí.
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Julio Zarco
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sábado, abril 11, 2026
Rodolfo Serrano
Mirando cuadros de Hopper
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Rebeca Jiménez
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Pez Mago & Funambulista
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Luis García Montero
“Estoy orgulloso de ser el viudo de Almudena Grandes”
El poeta y director del Instituto Cervantes regresa a la novela con una historia de segundas oportunidades que vuelve a acercarle a la ausencia de su fallecida esposa
Luis García Montero se proponía huir de Almudena Grandes como el tema literario que le ha desbordado desde su fallecimiento, en 2021, y a la que dedicó su poemario Un año y tres meses. Por ello decidió desempolvar una vieja novela aparcada en un cajón con las correcciones que su esposa le había aconsejado, y reescribirla. Pero lo que se encontró de frente fue el mismo universo del que pretendía alejarse y unos personajes que anticipaban lo que a él le ha tocado vivir. El resultado es La mejor edad (Tusquets), un regreso a la novela después de 12 años por parte de este poeta nacido en Granada en 1958, catedrático de Literatura Española, director del Instituto Cervantes y columnista de EL PAÍS.
El círculo sigue, así, cerrándose en torno a la enfermedad y la muerte de su gran amor, cómplice y una de las escritoras más destacadas de la literatura contemporánea española. La ausencia, como explicará, le aporta conciencia.
“Fíjate”, explica García Montero en su piso en el centro de Madrid. “Metí esta historia escrita en 2017 en un cajón por indicación de Almudena, la retomo porque no quiero repetir literariamente los poemas que ya he escrito, y me encuentro con un protagonista que ha quedado viudo y otro que acompaña a una mujer enferma. A veces la literatura imagina la vida y va por delante de ella, nos abre un camino adelantado”.
El poeta está visiblemente mejor de lo que ha estado. Acaba de regresar de Rota y prácticamente vive -cuenta- con su hija Elisa y su nieta de dos meses, rehaciéndose de un tiempo de pérdidas en que a la muerte de su esposa se sumó la de su padre y su primera nieta, de apenas semanas. “Cuando escribía esta novela en 2017 e intentaba imaginar qué me podría pasar a mí para que la vida se me diera la vuelta, solo me salía la viudedad”, narra.
Y es por ello por lo que su protagonista está viudo. Hablamos de un juez jubilado que fue muy autoritario al iniciar su carrera en los setenta y al que la vida hizo girar hacia la defensa de los derechos civiles al modo de Baltasar Garzón. Hoy busca a una de sus víctimas, un hombre al que condenó de forma injusta a la cárcel en 1975, para intentar reparar el daño, y se encuentra al dueño de un bar que está cuidando de su mujer postrada por un derrame cerebral. Ambos inician una amistad particular que les ayuda a repasar sus vidas, a ajustar cuentas, buscar segundas oportunidades y entablar una reflexión sobre las edades y el envejecimiento que incluirá sorpresas.
Pregunta. ¿Quería huir del tema de Almudena Grandes y finalmente regresó a él de otra manera?
Respuesta. Regresé a ella de varias maneras: por un lado, nosotros nos leíamos los manuscritos y teníamos mucha complicidad, podíamos ser muy duros el uno con el otro, y aquí hay muchas correcciones que he hecho según sus indicaciones; por otro lado, está la búsqueda de no repetir el libro de poemas que ya había escrito, que es lo que me vuelve a salir; y además están los temas que, aunque escribí antes, tienen que ver con mi vida: la enfermedad y la viudedad.
Su propósito inicial en la novela, sin embargo, tiene mucho más que ver con el momento de España y la Transición. “Quería hacer una reflexión sobre la historia de España, pero no de la evolución política, sino del diálogo generacional, de qué manera recuerdan el paso de la dictadura a la democracia la gente mayor y qué ideas, sentimientos e ilusiones tienen hoy los más jóvenes”.
P. ¿Y ha averiguado cuál es la mejor edad?
R. Es aquella en la que uno ha vivido un amor fuerte que le da sentido a la vida. Así es para mis dos protagonistas y para mí. Conocí a Almudena en 1992 y vivimos 30 años juntos, compartiendo la vida, y a veces mi hija Elisa me pregunta: “¿cuándo quieres más a mamá, ahora que se ha muerto o cuando estaba viva?" Pues la quería mucho, pero la ausencia grave te lleva a tomar conciencia de lo que fue la mejor edad. Nota aquí.
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Eduardo Sacheri
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Tráfico de Libros
𝐋𝐚 𝐥𝐢𝐛𝐫𝐞𝐫𝐢́𝐚 𝐝𝐞 𝐋𝐚𝐯𝐚𝐩𝐢𝐞́𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐟𝐮𝐧𝐜𝐢𝐨𝐧𝐚 𝐭𝐚𝐦𝐛𝐢𝐞́𝐧 𝐜𝐨𝐦𝐨 𝐛𝐢𝐛𝐥𝐢𝐨𝐭𝐞𝐜𝐚 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐩𝐞𝐫𝐬𝐨𝐧𝐚𝐬 𝐦𝐚𝐲𝐨𝐫𝐞𝐬 𝐞 𝐢𝐧𝐯𝐢𝐭𝐚 𝐚 𝐭𝐨𝐜𝐚𝐫 𝐞𝐥 𝐩𝐢𝐚𝐧𝐨
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Santiago Segura
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Félix Maraña
MEDIO SIGLO DE POESÍA
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Javier Sáez de Ibarra
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Ramón Serrano
A SOÑAR
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