sábado, septiembre 05, 2026
Elena Roger
"Durante años, me quité a mí misma el derecho a jugar por temor a equivocarme"
Tras agotar funciones en el Teatro San Martín con Invasiones I: No bombardeen Buenos Aires, la reconocida artista repasa el impacto de la ópera rock basada en temas de Charly García, la responsabilidad del prestigio y su libertad para romper moldes: “Arriba del escenario jamás interpreto una melodía si no es desde el compromiso dramático”.
Luego de una temporada marcada por el éxito en la sala Martín Coronado, Elena Roger se prepara para bajar el telón de Invasiones I: No bombardeen Buenos Aires –la ópera rock que enlazó los sucesos de 1806 y 1807 con el cancionero de Charly García– y volver a recorrer el país con una propuesta íntima a piano y voz. En una charla profunda, la artista reflexiona sobre el peso del prestigio luego de tres décadas de trayectoria, el rescate de las figuras femeninas en los relatos fundacionales, su vínculo con el prócer del rock y la decisión innegociable de involucrarse en cada decisión de su carrera.
–La obra se propuso abordar un acontecimiento histórico a través del rock. ¿Cómo nació el proyecto y qué resonancia tiene en tu historia personal?
–Vino a través de Ricardo Hornos, a quien conocí en Estados Unidos mientras hacía Evita. Ricardo venía de investigar sobre José de San Martín y, como le fascina Charly García, se le ocurrió enlazar sus canciones con las invasiones inglesas. Cuando me lo propuso, la temática me sedujo de inmediato.
Al vivir en Barracas, siempre tuve una fascinación particular por esa época: vivo muy cerca de la avenida Montes de Oca, la antigua “calle larga”, y siempre me imaginaba el paso de las tropas por ahí. Cuando el boceto tomó una dimensión mayor, entendí que el espacio natural para montarlo era la sala Martín Coronado, por la escala del relato. Se lo presentamos a las autoridades del teatro, les interesó y asumí el compromiso de encabezarlo.
–Protagonizar obras tan consagradas como Piaf o Evita suele elevar la expectativa a niveles extremos. ¿Cómo administrás esa exigencia sin perder la libertad creativa?
–Cuando lográs un trabajo muy premiado y con tanto prestigio, te colocan en un estándar altísimo para todo lo que hagas después. La platea aguarda eso y más. Durante años conviví con una responsabilidad tan rígida que me quité a mí misma el derecho a jugar, por temor a equivocarme o a defraudar la expectativa general.
En ocasiones me animé a romper el molde: al concluir Evita, mi primer álbum solista no fue de teatro musical sino de tangos y canciones populares. Sabía perfectamente que un repertorio de comedias clásicas se hubiera vendido mucho mejor, pero prioricé mis sentimientos de aquel momento. Arriba del escenario me costó más soltarme, porque escasean las propuestas donde el papel encaje justo con mi perfil y a la vez convoque masivamente. Por eso Invasiones I significó una verdadera jugada. Nota aquí.
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Coti Sorokin
Coti: su amistad con Andrés y Javier Calamaro, sus diferencias con Diego Torres por “Color esperanza” y los cumpleaños con Maradona.
stá de gira Coti y su paso por Buenos Aires es en forma de ráfaga. Solo dos días y de nuevo aeropuerto-avión-próximo destino-. A finales del año pasado lanzó Serenata en Mi Mayor para un amor y un atardecer y la gira de presentación lo encuentra a full entre España y Argentina.
A Buenos Aires Coti Sorokin (el mismo que nació como Roberto Fidel Ernesto Sorokin Esparza) vendrá a tocar a finales de octubre primero, en el marco del festival de Los 40, Primavera Pop (con Abel Pintos, Luck Ra, Ángela Torres y otros), y en noviembre con show propio en C Art Media, el 19. También los lanzamientos lo tienen muy activo en plataformas: un mes atrás lanzó con Olivia Wald “Tus errores” y el próximo jueves verá la luz una nueva versión de “50 horas”, con Silvestre y la Naranja.
“Este año empezamos a girar el 2 de enero y no paramos prácticamente. Vamos a terminar el año con más de 70 conciertos. En diferentes lugares, muchos novedosos para mí. Mucho Argentina, mucho España y un poco Latinoamérica y Europa”
–Alguna vez comparaste tus shows con el espíritu del jazz: están establecidas las canciones que van a tocar pero no sabés qué va a pasar con los solos, con la duración de cada tema, con la conversación entre los músicos...
–Hay algo de eso. Nosotros improvisamos mucho arriba del escenario. Tenemos nuestro esqueleto, obviamente, pero me gusta que haya un buen porcentaje de libertad arriba del escenario. Confío mucho en la gente que me acompaña, que son grandes músicos. Confío mucho en la parte técnica, también. Todos estamos como en una situación en la que está ocurriendo algo vivo ahí. No es un videoclip que uno pone play y listo, todo empieza a correr exactamente igual que la noche anterior. Aquí los 70 conciertos te podría decir que prácticamente son todos diferentes. Quizás las listas de temas de algunos se han repetido, pero lo que pasa arriba del escenario es totalmente diferente.
–Pensaba en lo que está pasando cada vez más, que es el signo de estos tiempos: mucha pista, mucho de lo que suena en los shows está grabado y llega un momento en el que al espectador le cuesta discernir entre lo que está sucediendo en vivo y lo que es pista...
–Me pasa a mí que soy músico y llevo muchos años en el escenario. Prácticamente no hay diferencia y hay mucho grabado hoy en día. Incluso la voz del cantante muchas veces está grabada en gran parte, por ahí no en todo el concierto, pero si en gran parte. Creo que ahora eso está cambiando un poco. Hace unos años era peor.
–El año que viene se van a cumplir 25 de tu primer disco. Tuviste una trayectoria particular en comparación con otros solistas que empiezan con banda primero y que después se largan en solitario. Porque en tu caso, primero se conocieron las canciones, después tu nombre y por último tu cara.
–Y en algún momento se olvidarán de todo (risas).
–¿Soñaste cuando recién empezabas con un cuarto de la trayectoria que tuviste?
–No, la verdad es que no. Y me parece fantástico, porque creo que los verdaderos caminos son los que se hacen un poco a medida de cada uno. Yo creo que sí, que la hice un poco a medida de lo que me fue pasando, lo que fui viviendo, lo que fui buscando y también encontrando. Y además creo que las carreras están, por lo menos la mía y creo que la de mucha gente, atravesada por las historias personales, ¿no? Yo fui papá muy joven y esto lo cuento porque eso fue lo que a mí me llevó a determinadas decisiones artísticas. A la vez tenía una connotación familiar también, de cómo mantener a mi familia, cómo mantener a mis hijos.
–Fuiste papá muy joven y pasaste de cero a dos...
–Sí, de cero a dos, con mellizos. Entonces, por ahí no tenía la libertad o el colchón para decir “me voy a encargar de mi carrera solista”. No tuve esa posibilidad hasta que no me sentí con cierta estabilidad económica, que me la dio justamente el trabajo de producir, de hacer arreglos, de trabajar como sesionista, de dar clases, de escribir canciones para otros. Todo eso me dio una tranquilidad económica que me permitió después arriesgarme a iniciar una carrera solista sabiendo que no se iban a quedar sin comida mis hijos.
–¿Y cómo fue ese comienzo en la industria musical como compositor? ¿Qué puertas tuviste que golpear para decir yo tengo canciones a ver si les interesa?
–La primera puerta que golpeé, que en realidad no es que la golpeé sino que se abrió un poquito y yo puse la pata y me metí entero ahí, fue la de Javier Calamaro. Con Javier nos conocimos por una amiga en común. Escuchó unas grabaciones que yo había hecho y me llamó por teléfono sin que yo le dijera nada. Me llamó y me dijo: “Che, estoy armando un estudio nuevo. Me lo tiró así como al pasar y yo ni siquiera vivía en Buenos Aires y a la semana estaba viviendo en Capital y parado en la puerta del estudio esperándolo. A partir de ahí empezamos a ser una sociedad muy copada de muchas cosas, de hacer música publicitaria, música para cine, a producir discos y escribir canciones para otros. También a trabajar en sus proyectos como solista y en producciones grandes como Pampa del Indio, Chiapas, esos compilados en los que conocí a mucha gente. Ahí pude conocer también a Andrés, a Mercedes Sosa, a Charly, a León Gieco, a Fito. Nota aquí.
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La Delio Valdez
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viernes, septiembre 04, 2026
Fernando Montalbano
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Rafa Mora
SIEMPRE
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Kiko Veneno & Estopa
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Silvio Rodríguez
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Ramón Serrano
CASA VALERO
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Ismael Serrano, Clara Alvarado & Litus
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Jorge Valdano
Messi, el rey que abdica
Leo nos enseñó, en cámara lenta, cómo es la esencia del fútbol. Caminando. Vagando por la cancha como si le perteneciera manejando los tiempos como un reloj y la pelota como un objeto sagrado.
Leo Messi le dice adiós a la Selección Argentina. “Me voy vacío”, dice su nota de despedida. “Nos deja llenos”, digo en representación de todos los que amamos el fútbol. Se despide de la camiseta más sufriente, querida y gloriosa para él. Deja el refugio preferido para mí, el lugar en el que podía disfrutarlo sin culpa. Como madridista fue un amor incómodo. Pero fue imposible no admirar su talento descomunal. Imposible, para mí, no sentirme orgulloso por delegación y por pura argentinidad. Imposible no quererlo.
Talento que asombró desde el primer día, pero que se hizo mayúsculo al final, cuando nos enseñó, en cámara lenta, cómo es la esencia del fútbol. Caminando. Vagando por la cancha como si le perteneciera, manejando los tiempos como un reloj y la pelota como un objeto sagrado.
En este último Mundial encontré un símil que creo que le hacía justicia. Un mago argentino, René Lavand, manco y virtuoso con las cartas, hacía un truco con una sola mano y decía: “No se puede hacer más lento”. Pero entonces, volvía a repetir el truco una y otra vez solo que, efectivamente, más lento en cada ocasión.
También Messi, en cada Mundial, desarrollaba su arte con más lentitud y no había manera de descubrirle el truco. En un fútbol cada vez más físico, más táctico, más sobreanalizado, nadie fue capaz de desactivar su precisión de cirujano.
Prescindía del adorno en beneficio de la concreción. No sobreactuaba. La suya no era una belleza artística, sino práctica. La belleza eficaz que exige el fútbol actual. Llevo 20 años haciendo lo mismo: cada vez que termina una jugada, me digo: “Así se juega”.
Como el fútbol no es cualquier cosa y Messi fue la expresión máxima de este juego durante casi todo el siglo XXI, estamos obligados a hacernos una pregunta: ¿Cómo se despide a un rey que abdica? Un rey por elección popular. Retirar la camiseta, recordar sus demenciales estadísticas, ver en bucle sus principales gestas. Todo me parece poco para un jugador que durante más de 20 años formó parte del paisaje social de nuestras vidas, elevando el fútbol pero, sobre todo, impactando en nuestras emociones. Cada uno a su manera disfrutó o sufrió a Messi y hoy, haciendo recuento, pasando la criba una y otra vez, queda lo único que importa: lo feliz que nos hizo.
No habrá mejor homenaje que recordar su trayectoria en la selección, no exenta de amarguras. Hasta el punto de que hace exactamente 10 años, se retiró aceptando que no había nacido para ganar nada relevante con Argentina. No lograba ser campeón y los subcampeonatos, uno en un Mundial, dos en Copa América, lo responsabilizaban sobre todo a él. Hasta arrastró la acusación de “pecho frío”. Dar vuelta esa carga da muestra de sus dos amores: el que siente por Argentina y el que siente por el fútbol. Volvió, se le calentó el pecho y ganó dos Copas América y un Mundial. Saldó sus deudas una por una, aunque a mí, sinceramente, nunca me debió nada. Pero tan en serio se lo tomó que, si competía con Diego (una especie de Jesucristo futbolístico para la religión argentina), terminó honrando también esa competencia ganándole a Inglaterra en la última curva y a toda épica.
Se va con justa gloria. Se lleva consigo una época y nos quedará la sensación de haber visto algo irrepetible. A alguien que convirtió lo extraordinario en rutina. Quizás sea el momento de entender la dimensión de ese privilegio. El fútbol seguirá, como siempre sigue. Argentina encontrará otro diez y nosotros otros ídolos. Mientras tanto, Leo mirará sentado en la mesa de los que caben en los dedos de una mano y cada vez que lo nombren, yo pensaré: “Así se jugaba”. Nota aquí.
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Ángeles González-Sinde
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jueves, septiembre 03, 2026
Leiva & Carlos Ares
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Gioconda Belli
Gioconda Belli, premio de Literatura en Lenguas Romances: “Los nicaragüenses seguimos en el mundo y vamos a luchar por la libertad”
La FIL de Guadalajara le otorga el prestigioso galardón a la escritora en el exilio por revitalizar ”la expresión poética del cuerpo, el deseo y el goce femenino”, que combina la intimidad con la conciencia política.
La escritora nicaragüense Gioconda Belli (Managua, 77 años) se ha alzado este lunes con el prestigioso premio de Literatura en Lenguas Romances, otorgado cada año por la Feria del Libro de Guadalajara. La FIL ha premiado la escritura íntima y política de la autora, de la que ha destacado su revitalización de “la expresión poética del cuerpo, el deseo y el goce femenino”, en la que también convergen lo colectivo, “el erotismo y la historia”. La escritora, que vive exiliada en España desde hace cinco años, ha recibido el reconocimiento con una enorme alegría, agradeciendo la tradición literaria de su tierra natal. “Los nicaragüenses seguimos en el mundo y vamos a seguir escribiendo y luchando por la libertad de nuestro país”, ha afirmado tajante la escritora, que guarda con especial cariño su primera experiencia en el exilio, en México, en plena dictadura de Somoza, en 1975. “Mexico fue un bastión de la solidaridad contra las tiranías”, ha resaltado antes de mostrarse crítica con la posición “indiferente” que está adoptando actualmente el Gobierno mexicano hacia esta segunda vuelta protagonizada por el sandinismo.
Gioconda Belli, como Sergio Ramírez y un puñado más de intelectuales, se ha convertido en uno de los símbolos del destierro al que ha abocado a cientos de personas la tiranía de Daniel Ortega y Rosario Murillo en Nicaragua, la segunda que le toca padecer a la autora. Belli se ve a sí misma como “un animal político”, ha dicho en ese sentido, y ha “vivido intensamente la política, entendida como resistencia”: sin tristeza, ni seriedad, simplemente, con determinación e imaginación. “Uno de los grandes problemas del mundo es que hay una crisis de imaginación. No hemos imaginado otros mundos”, ha recalcado. “La palabra y los libros”, ha añadido, por contraste, “seguirán siendo fundamentales para trascender esta época”.
La autora del poemario Sobre la grama (1972) y de las novelas La mujer habitada (1988) y El país de las mujeres (2010), entre otras obras, es la primera escritora centroamericana en ganar este reconocimiento, dotado con 150.000 dólares, y la primera persona nicaragüense en alzarse con él. Belli recibirá oficialmente el galardón durante la jornada inaugural de la feria, que tendrá lugar el 28 de noviembre en Guadalajara, la capital de Jalisco, al oeste mexicano. La ciudad se ha configurado como uno de los grandes polos culturales del país, en parte gracias al potente foro de las letras hispanas, que este año tendrá a Italia como invitado de honor. La comisión organizadora prepara un extenso programa con 61 autores, inspirado en las palabras del escritor Umberto Eco ―“El mundo nos habla como un gran libro”―, de cuya muerte se cumplen 10 años.
Hay doble aniversario en esta convocatoria, en la que la propia FIL celebra su edición número 40. Para ir abriendo el apetito, la feria anunció hace menos de dos semanas una lista con 26 novelistas menores de 40 años, a los que seleccionó como las voces que están renovando la ficción y ampliando los horizontes de la novela contemporánea en español. El foro anunció también esta semana el premio de Literaturas Indígenas de América de este año, que ha recaído en el poeta guatemalteco garífuna Wingston González. Resta conocer quién se hará con el premio Sor Juana Inés de la Cruz, otorgado a mujeres que escriben en español y que la propia Gioconda Belli recibió en 2008. Nota aquí.
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Carlos Cano
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Drugos & Quique González
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Verónica Brunati
Gracias Leo
Hace días que no puedo escribir.
No encuentro las palabras.
Les cuento a mis hijos algunas cosas que quisiera que recordaran de Messi y de su papá. Y pienso: ¿qué escribiría el Topo hoy?
Mi mamá me mira. Le digo que la quiero. La saludo desde la televisión mientras hablo de Messi. Siento que la amo. Y pienso en todas las veces que me vio irme a cubrir a la Selección con Messi.
¿Te dije lo suficiente que te amo, ma? Ella estuvo conmigo en Brasil, en Chile, en Estados Unidos, en Rusia y en tantos otros lugares. Ayudándome con mis hijos para que yo pudiera hacer mi trabajo.
No encuentro todavía las palabras para explicar algo que tampoco sé cómo explicar: media vida cubriendo a la Selección Argentina con Messi.
Todo lo que Messi fue para nosotros. Todo lo que nos inspiró. Todo lo que nos ilusionó. Todo lo que nos enseñó con su manera de ser. Porque la dimensión de Messi como ser humano es tan grande. Mi vida es mejor por Messi.
La del Topo lo fue. Y la de mis hijos también.
Porque Messi es una felicidad única.
Después del accidente del Topo, Messi me hizo llamar para que fuera a la Ciudad Deportiva Joan Gamper. Me recibió, me abrazó y me preguntó:
— “¿Qué puedo hacer por vos, por Agus y Lucía?”
¡Recordaba los nombres de mis hijos! Me sorprendió. No supe qué decirle. Lo miré a Daddy. ¿Qué podía pedirle yo a Lionel Messi? No sabía.
— “Quiero ayudarte. ¿Qué puedo hacer por ellos?"
Y yo le dije:
— “Ser Lionel Messi”.
Mis hijos son felices cuando te ven, Leo. Mis hijos lloran mucho. Solo quiero volver a verlos reír.
Leo me miró y me dijo:
— “No. Algo más, Vero…"
—Si no consigo más trabajo, si veo que la cosa se complica, le mando un CV a tu papá. Te lo juro.
Nunca le dije que estaba en el fondo del mar. Nunca le dije que no sabía cómo seguir sola. Él insistió.
— “Bueno, sí –le dije–, que los recibas a Agus y a Lucía algún día. Nada los hará más felices”.
Y tenía razón.
Messi es una felicidad tan grande. Yo fui muy feliz viajando y cubriéndolo. Me sentía una súper mamá. Es increíble decirlo así, pero es verdad. Messi me inspiraba. Me daba fuerzas cuando no las tenía. Nota aquí.
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Luis Mario
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Abel Pintos
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Fito Páez
Fito Páez ofrece un exorcismo de creación y amor por la música en español
El cantante argentino, acompañado de un noneto de cuerda, emociona en el Teatro Real de Madrid con un concierto de repertorio inédito.
Fito Páez había prometido un exorcismo, pero lo que ayer ofreció en el Teatro Real de Madrid fue un oasis. Aunque tal vez, en estos tiempos, un exorcismo sea un oasis. Y viceversa.
Con 34 grados y la temperatura de la calle aún más caldeada, la gente fue accediendo al teatro con cierta intriga.
—¿Qué repertorio hará? —, decía un chico.
—Es complicado, porque su obra es inabarcable—, le contestó otro que confesó haberse sumado recientemente a la pasión por Páez.
—¿Viste la polémica que hubo cuando tocó entero el último disco? —, planteó otro de acento argentino, en referencia a una actuación en mayo en Buenos Aires en la que interpretó íntegramente Novela, su por aquel entonces última grabación.
Por si hubiera poco intríngulis, el telón audiovisual de fondo con motivos navideños que se activó al apagarse las luces no ayudó a resolver el misterio.
Tampoco las primeras y enigmáticas palabras del cantante al aparecer en el escenario vestido con un traje oscuro a rayas, gafas de pasta y ese aura de hombre de 63 años en plenitud: “Todo en la vida es especialísimo, pero hoy un poco más. Voy a cerrar un círculo y voy a dar vuelta a un partido. Es una noche muy fuerte”.
Y ya, para rematar la gestión de expectativas, presentó a los músicos que lo acompañaban -un noneto de cuerda con cuatro violines, dos violas, dos violonchelos y un contrabajo dirigidos por Víctor Elías- como “la orquesta del doctor Víctor Frankestein Elías y la de los hijos e hijas malditos de la doctora Shelley”. También anunció que interpretaría “algunas gemas del siglo XX y del XXI”. Y con esa sensación de aquello que decía Ortega y Gasset de que sorprenderse es empezar a entender, comenzó el concierto.
El telón de fondo se abrió y apareció la imagen de dos corazones latiendo. Aún de pie, interpretó Dale alegría a mi corazón. Después se sentó al piano y empezó Cadáver exquisito. Cuando la orquesta tocó los primeros y -a priori- difícilmente reconocibles primeros acordes de 11 y 6, un grito de emoción se escapó desde varios puntos del público. Páez tiene himnos que se corean en los estadios, pero este poema urbano es su canción más reproducida en Spotify.
Pasado el inicio, se empezó a resolver el misterio. Cantó el Romance de la pena negra -texto de Lorca al cual puso música hace casi tres décadas para que lo cantara Ana Belén-, Desarma y sangra -de Serú Girán-, y, de pie, Te recuerdo Amanda -de Víctor Jara-. “Uno se acostumbra, pero las palabras y la música hacen una alquimia legendaria. Por eso estas canciones siguen teniendo esa poética y esa carga sentimental que nos emocionan a todos”, dijo Páez. Nota aquí.
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Al Di Meola
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Lépoka & Kutxi Romero
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Rodolfo Serrano
LA RUTINA
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Cassandra Wilson
Muere Cassandra Wilson, diva del jazz contemporáneo con su voz versátil de blues
La cantante, ganadora de dos Grammys, cosechó una exitosa carrera a partir de los noventa
La palabra diva, tan manoseada, encajaba como un guante de seda blanco con el nombre de Cassandra Wilson, fallecida este pasado martes según informó The New York Times. Al cierre de este obituario, no se conocían aún las causas de su muerte a la edad de 70 años. Caprichosa e imprevisible, la cantante, ganadora de dos Grammys, fue una de las voces más aclamadas del jazz norteamericano del último medio siglo, gracias a la versatilidad de su voz y su facilidad para fusionar estilos.
Nacida en Jackson, en el estado de Misisipí, Wilson combinó en la infancia la guitarra y el piano durante su aprendizaje musical en el sur, pero, si algo le sirvió para su futura carrera, fue formar parte del colectivo M-Base, una formación que en la década de los ochenta trabajó nuevas formas de pensar la improvisación a base de funk. Tras su paso por Nueva Orleans y Nueva York, la intérprete se dio a conocer a mediados de aquella década con discos en los que, sepultada en la moda de producciones electrónicas, no conseguía destacar ni encontrar un lugar en un circuito en el que, además, las mujeres cantantes quedaban relegadas a un segundo plano para los críticos jazzísticos en beneficio de las bandas instrumentales y los solistas.
Todo cambió en la década de los noventa. Wilson firmó por el sello Blue Note, legendaria casa de Miles Davis, John Coltrane o Herbie Hancock, y desarrolló una obra en la que daba rienda suelta a su particular forma de combinar estilos. Su voz grave y afectada rompía las cadenas del edulcoramiento y resonaba profunda en filigranas instrumentales minimalistas. A veces, desprendía un lamento blues, otras un spiritual crepuscular, y otras más escarbaba en el folk con su vozarrón afroamericano de espíritu herido. Dos álbumes la encumbraron como una referencia del jazz vocal: Blue Light ‘til Dawn (1993) y New Moon Daughter (1996). En ellos, su canto guardaba una tristeza similar al de Billie Holiday u Odetta.
De hecho, desde entonces, reivindicó la tradición del Delta, cuna del blues y tierra a la que pertenecía. Con temple y elegancia, grabó en 2002 el que para muchos fans era un álbum muy querido: Belly of the Sun, donde llevaba a su terreno de melancolía cruda clásicos de Bob Dylan, The Band, Jimmy Webb o Glen Campbell. Y también, desde entonces, encaró con su particular sello todo tipo de standards de otros géneros. Igual cantaba, sin prisa y con gravedad, a The Beatles, Neil Young, U2, The Monkees o Louis Armstrong.
Entrado el siglo XXI, se había erigido ya como una de las voces más importantes del jazz internacional, convirtiéndose en una habitual de los grandes festivales norteamericanos y europeos. No fueron pocos los promotores que se quejaron por sus ausencias y retrasos, como los periodistas que no podían templar a un ser indomable. Sin embargo, los nuevos rostros, surgidos en las últimas dos décadas y que rejuvenecieron el gran circuito del jazz femenino, eclipsaron parte de su última obra. Al descomunal éxito de Norah Jones en 2002, que instauró una tendencia a relanzar voces con aire pop, y la aparición de talentos más iconoclastas y modernos como Esperanza Spalding o Cécile McLorin Salvant, la cantante perdió el impacto de antaño en cada nuevo lanzamiento. Con todo, publicó trabajos interesantes como Thunderbird y Loverly. Nota aquí.
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Romano
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