sábado, octubre 31, 2026

Bar del Hotel Claridge

 El legendario bar del hotel Claridge reabrió después de una puesta a punto: 80 años de historias, famosos y tragos en Microcentro

Tras tres meses de obras de restauración y a semanas de su aniversario, la tradicional barra porteña volvió al ruedo.

La renovación incluyó la puesta en valor de la boiserie de estilo Tudor, la restauración del piano y el reemplazo de la alfombra por un piso damero.

En esa mesa se sentó la cantante lírica Montserrat Caballé, desconsolada porque no la dejaban actuar en el Teatro Colón. En aquella se sellaron, a media voz, algunos de los pactos políticos que torcieron el rumbo del país. Aquí estuvo Umberto Eco; más allá, Alain Delon. Hay lugares de Buenos Aires que se recorren como si estuviéramos leyendo el índice de un libro sobre la historia del siglo XX. El piano bar del hotel Claridge es uno de ellos.

A pocas semanas de cumplir 80 años, volvió a abrir sus puertas tras tres meses de obras para devolverle la estampa señorial que los mayores de 50 recuerdan. Para los más jóvenes puede ser un hallazgo: un bar secreto en pleno Microcentro, detrás de una fachada londinense. Un pasaje inesperado a la atmósfera de la serie The Crown o a la elegancia atemporal de las películas de James Bond.

El ingreso a este bar notable de nuestra Ciudad es imponente. Para llegar hay que atravesar el lobby, revestido en mármoles italianos, de uno de los hoteles de lujo más antiguos de Buenos Aires. Así lo concibió el arquitecto Arturo Dubourg para sus dueños originales, los hermanos Felipe y Ottocar Rosarios. Desde 2006, el Claridge es administrado por la cadena española Eurostars Hotel Company. Ahora, en un Microcentro anémico después de la pandemia, la apuesta es devolverle protagonismo a su legendario piano bar.

Volver al salón de 1946

La obra buscó recuperar el aspecto que tenía el salón en sus orígenes. El piano bar lleva el carácter señorial sobre su piel: imposible no reparar en la boiserie de estilo Tudor que recubre las paredes de madera oscura o en sus gruesas vigas del techo. La restauración trajo más luminosidad con el reemplazo de la antigua alfombra por un piso damero nuevo, que reproduce los tonos que el original supo tener en los años 40. También se filtra claridad a través de los vitrales restaurados, ya sin piezas rotas o faltantes. Se pulieron los bronces y la barra. Se renovaron el mobiliario y la iluminación.

Y se restauró el viejo piano Zimmerman, una pieza patrimonial del salón por cuyas teclas pasaron músicos legendarios de tango y jazz. "Se trató de recuperar cómo se inauguró el hotel en 1946", resume Martín Díaz, uno de los históricos de la casa y hoy a cargo de la agenda cultural del piano bar. Las acuarelas y los cuadros antiguos que siempre fueron parte de la identidad del salón también recuperaron protagonismo.

El arquitecto Walter Fazio, que participó de la puesta en valor junto con la diseñadora Eugenia Medici, conoce bien la dificultad de intervenir un lugar así. Buena parte de la carpintería original se había hecho dentro del propio hotel. Hasta hace no tantas décadas, el Claridge tenía ebanistas y carpinteros propios, con un taller en el que se reparaban muebles, puertas y revestimientos. Algunas de aquellas máquinas todavía permanecen en el edificio.

La barra que tenía un hotel

Esa forma de entender la hotelería explica también por qué la barra terminó teniendo vida propia. Durante décadas no fue simplemente el lugar donde los huéspedes bajaban a tomar una copa. Muchos porteños iban al Claridge exclusivamente por ella.

"La barra tenía un hotel", recuerda Oscar Chabrés, recuperando una frase que circulaba entre quienes la frecuentaban en sus años de gloria. Chabrés entró al Claridge en 1987, pasó por distintos sectores de alimentos y bebidas y terminó detrás de la barra, donde permaneció hasta 2007. "Fue lo que me formó", dice.

La tradición, sin embargo, había empezado mucho antes. Enzo Antonetti trabajaba en el Claridge desde 1962. Dos años más tarde viajó a Edimburgo para competir en el International Cocktail Competition y ganó el primer premio con un cóctel creado por él, el Mar del Plata, preparado con gin, vermut dry, Benedictine, Grand Marnier y un twist de limón. Se convirtió así en el primer argentino en conseguir ese título mundial. Una placa de bronce instalada sobre la barra recuerda la hazaña. Durante años, el trago siguió en la carta del hotel. "No podía no estar", recuerda Chabrés.

Cuando Chabrés llegó, a fines de los 80, todavía alcanzó a conocer una hotelería con códigos que hoy cuesta imaginar. En el restaurante había un mozo cada cuatro mesas, ayudantes, sommeliers y dos maîtres. La atención tenía mucho de ceremonia y en la barra regía un protocolo no escrito.

Nada de "Che, ¿qué vas a tomar?". "Caballero, ¿qué va a tomar?", reconstruye Chabrés. Nunca se tuteaba al cliente, incluso después de años de trato. Y había otra regla todavía más importante: la discreción. "No me acordé nunca de lo que pasó la noche anterior", dice. En esas mesas y en esa barra se hacían negocios, se cruzaban políticos, empresarios y personajes conocidos. Lo que se escuchaba quedaba ahí. Nota aquí.




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