sábado, octubre 03, 2026

El Kanka

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𝙀𝙇 𝙆𝘼𝙉𝙆A, 𝙀𝙎𝘼 𝘾𝙊𝙎𝙏𝙐𝙈𝘽𝙍𝙀 𝙏𝘼𝙉 𝘽𝙊𝙉𝙄𝙏𝘼 𝘿𝙀 𝙎𝘼𝙇𝙄𝙍 𝙐𝙉 𝙋𝙊𝘾𝙊 𝙈Á𝙎 𝙁𝙀𝙇𝙄𝘾𝙀𝙎

Hay conciertos a los que uno va a escuchar música y hay otros de los que sale con la sensación de haber pasado un rato entre amigos. El domingo, en la Galileo Sala Galileo Galilei (Galileo Backstage), ocurrió lo segundo.
Dos noches, sábado y domingo, y las dos con la sala repleta. El Kanka, solo, con su guitarra y sus canciones, enfrentándose al escenario sin más escudo que sus acordes, sus letras y ese desparpajo malagueño que parece convertir cualquier concierto en una agradable conversación de sobremesa. De las que perduran y permanecen.
Juan Gómez Canca, malagueño, más conocido como El Kanka, lleva ya muchos años haciendo de la canción de autor un territorio donde caben la ironía, la ternura, la filosofía cotidiana, la rumba, el bolero, el pop y, sobre todo, las ganas de mirar la vida con una sonrisa. Comenzó su carrera en solitario en 2007 y desde entonces han ido llegando: Lo mal que estoy y lo poco que me quejo, El día de suerte de Juan Gómez, De pana y rubí, El arte de saltar, Cosas de los vivientes, Las Canciones y ahora La calma, su séptimo trabajo.
Y precisamente eso parecía perseguir el domingo: que saliéramos de allí un poco más felices. Lo consiguió.
El Kanka"de profesión titiritero", quizá no tenga la voz más poderosa ni más académica del panorama de la canción de autor, pero tiene algo que para mí resulta mucho más difícil de conseguir: una manera propia de cantar y de contar. Y, sobre todo, una guitarra extraordinariamente bien manejada, llena de recursos, capaz de sostener por sí sola canciones que en otras manos necesitarían una banda entera.
Sus letras pueden parecer sencillas a primera escucha, pero debajo de esa aparente facilidad hay mucho trabajo. Son ágiles, ingeniosas, llenas de imágenes y de pequeñas verdades cotidianas. Y cuando a todo eso se suma ese timbre tan suyo, un poco desgarbado, un poco canalla y siempre encantador, aparece un artista difícil de confundir con otro.
Un tipo que parece no haberse enterado de que es una estrella.
O que, sabiéndolo, ha decidido no comportarse como tal.
Durante el concierto hubo también espacio para convertir al público en parte de la banda. Y ahí apareció uno de los grandes momentos de la noche: el coro de silbadores profesionales que intentamos formar entre todos.
La intención era magnífica. El resultado… mejor olvidarlo. «Parecemos jilgueros», vino a decir El Kanka.
Y tenía toda la razón. Pero qué bien nos lo pasamos intentando silbar.
Porque esa es otra de las virtudes de este hombre: consigue que el público deje de ser público y se convierta por un rato en cómplice. Nos enseñó incluso su «unidad mínima de baile», ese tres por cuatro en el que bastaba dejarse llevar suavemente de un lado a otro a ritmo de vals. Y allí volvieron a aparecer los jilgueros. Esta vez, además, bailando.
También hubo «Spam Orgánico». Así llamó, con bastante sorna, al momento de anunciarnos su próximo gran concierto madrileño: el 26 de noviembre de 2027 en el Movistar Arena, dentro de la gira La Calma. Un anuncio publicitario, sí, pero hecho a su manera, sin perder la sonrisa.
Y entre canción y canción, entre risas y silencios, llegó uno de los regalos de la noche: una canción nueva, todavía en primicia, una canción de pérdida y búsqueda, de ausencia y dolor, de dar vueltas alrededor de aquello que ya no está mientras uno espera que algo vuelva a iluminar el camino. Como quien espera abril.
Fue uno de esos momentos en los que la sala se quedó quieta y la guitarra pareció decir más que cualquier explicación.
Y después, como si no quisiera dejarnos demasiado tiempo dentro de la melancolía, El Kanka volvió a tirar de sonrisa, de ritmo y de complicidad.
El concierto terminó con tres "vises anunciados" dejando de fondo pinceladas rumberas de «No estamos locos» de Ketama y hasta un guiño a «Digan lo que digan» de Raphael. Una despedida a su medida: música, humor, memoria, mestizaje y ese punto de alegría despreocupada que parece acompañarle siempre.
El Kanka se fue. Nosotros nos quedamos con las canciones.
Y con la sensación de que, durante un par de horas, una sala llena de gente que no se conocía demasiado había conseguido convertirse en una pequeña comunidad de cómplices, cantantes, bailarines y, sobre todo, jilgueros silbadores.
Quizá ese era el verdadero propósito de la noche.
En un fin de semana dominado por las reivindicaciones en Madrid, desde la Multitudinaria marcha por la Educación a la rebelión en una lucha justa por la vivienda de la acampada de la Puerta del sol ¡Ole por ellos! El Kanka nos remató la tarde con la idea de disfrutar pensando y luchando, y salir un poco más felices.
Y, durante dos horas, por una vez, no hacía falta mucho más
¡MUY GRANDE DON JUAN!
















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