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miércoles, noviembre 05, 2025

Álvaro Vargas Llosa

  “La reconciliación con mi madre es lo más hermoso que ocurrió en la etapa final de mi padre”

Seis meses después del fallecimiento de Mario Vargas Llosa, los homenajes a su figura se suceden. Su hijo mayor recuerda su despedida.

Seis meses después del fallecimiento del premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa, el pasado 13 de abril, los homenajes literarios, académicos y personales en torno a su figura se suceden este otoño. Desde el Congreso Internacional de la Lengua Española celebrado en su ciudad natal, Arequipa —donde también se ha relanzado la casa museo dedicada al escritor—, hasta la velada celebrada en la Maison de l’Amérique Latin de París, o las jornadas organizadas en Madrid por la revista Letras Libres La literatura es fuego, el estudio y la difusión del legado de Vargas Llosa han estado en primer término. Así se ha sentido especialmente en la celebración la VI Bienal Vargas Llosa, organizada por la cátedra del escritor y celebrada del 22 al 25 de octubre en Cáceres y Trujillo, en la que se falló el premio de novela que recayó en El caballo dorado de Sergio Ramírez. Álvaro Vargas Llosa (Lima, 59 años), hijo mayor del novelista, concedió allí esta entrevista en la que comparte sus recuerdos sobre el final de la vida del Nobel.

Pregunta. ¿Cómo fueron esos viajes que emprendió con su padre por Lima al final de su vida?

Respuesta. Yo tenía que cumplir una función, tenía la responsabilidad de conducirlo, y además quería que él fuera recordando cosas. En la vida real a él le encantaba convertirse en personaje, era un aventurero. Él decía siempre que no quería vivir entre paredes de corcho, quería hablar con todo el mundo. Siempre quería hablar… En esos viajes la idea era llevarle a donde ocurre, por ejemplo, el último capítulo de La historia de Mayta, era fundamental que esos paseos le hicieran rememorar lo que estaba perdiendo. Era un trayecto largo: él me escuchaba, y era evidente qué cositas iba recordando.

P. ¿Usted le guiaba?

R. Le iba recordando. Le decía, por ejemplo, que en el capítulo que fuera había un narrador que se llamaba Mario Vargas Llosa, que va a la cárcel a buscar a Mayta. Le decía: ‘Quiero que te conviertas en el narrador que está yendo a la cárcel’. Era una responsabilidad. Otras veces era la historia de un niño que veía al padre morir. Él abría los ojos, era evidente que estaba recuperando imágenes, que vislumbraba cosas un poco vagas contadas por él mismo en sus libros.

P. De todo lo que vivió en esos trayectos, ¿qué le emocionó a usted más?

R. Lo novedoso era lo más duro: ver al hombre vital que había sido metido en una especie de cárcel, completamente aprisionado por la enfermedad. Por eso los paseos eran tan importantes y, por eso, viajar con él y con la ficción. La relación familiar fue intensa; siempre fuimos una familia, pero ahora éramos una tribu. Aunque viviéramos desperdigados por el mundo, todos convergíamos hacia él. Lo vivíamos con una intensidad nunca vista.

P. ¿Qué fue lo más hermoso de ese reencuentro?

R. La reconciliación con mi madre es lo más hermoso que ocurrió en la etapa final de su vida.

P. ¿Cómo fue?

R. Fue un acto de amor, que ya no se podía expresar de la misma manera que antes, lógicamente, porque estaba en aquella cárcel que lo limitaba físicamente y mentalmente. Pero no tanto como para que no pudiera expresar en gestos de amor a mi madre lo mucho que le debía y la mucha gratitud que le tenía. Y era un acto de contrición. Mi madre estaba muy conmovida, muy generosa. Yo hice 12 viajes a Perú en el curso de 12 meses, a estar con ellos. Desde París, desde Nueva York, para estar con ellos, con mis hermanos. Ese encuentro fue lo más hermoso que vi, todo fue muy genuino, auténtico. Si tú estás con tus facultades limitadas, un gesto pequeño es un gesto que lo dice todo. Recordar los poemas que ellos habían leído en los años sesenta era muy hermoso para él. Nota aquí.



sábado, abril 19, 2025

Mario Vargas Llosa

 Francia y Vargas Llosa: una historia de amor inmortal

El Nobel fue de los pocos autores en ingresar en vida en la prestigiosa biblioteca de La Pléiade y el único en entrar en la Academia Francesa sin haber publicado en la lengua.

Francia no era sólo la patria literaria de Mario Vargas Llosa, era mucho más. Hasta el punto de que el país se saltó sus propios códigos y le incluyó en vida en su biblioteca de autores más ilustres, la Pléiade, donde suelen entrar a título póstumo, y además le dio un asiento en la Academia Francesa, el club “de los inmortales”, a pesar de no haber publicado jamás un libro en la lengua patria. El flechazo tuvo lugar en la librería Joie de lire (Alegría de leer), en el barrio Latino de París. Era el año 1959 y Mario Vargas Llosa tenía 23. Ese día salió de la tienda con un libro en la mano, Madame Bovary, de Gustave Flaubert. Se pasó la noche leyendo y “al día siguiente decidió que su alegría de vivir era escribir”. No sabía que esa historia iba a ser para siempre.

La anécdota, como se la contó el escritor, la recuerda uno de sus amigos y referentes en Francia: Daniel Rondeau, que entró en la Academia Francesa en 2019, poco antes de que Vargas Llosa lo hiciera en febrero de 2023. “Él me contaba que, cuando vino a París, quería respirar el aire de Balzac, de Baudelaire, de Proust, que sería un escritor también de domingos y de días festivos”, recuerda Rondeau en una conversación telefónica con EL PAÍS.

En París, en los sesenta, el Nobel de Literatura primero fue periodista y trabajó en la agencia de prensa AFP cuando se creó un área de noticias en lengua española y empezaron a contratar a periodistas sudamericanos. “Mario fue de los primeros en llegar. Éramos tres, no teníamos ni idea de lo que hacíamos, pero la vida era bonita. Él era discreto y muy trabajador”, ha recordado a France Info Sergio Berrocal, uno de los integrantes de ese trío pionero. A Rondeau, a quien conoció en los ochenta, le contaba que “las conferencias de prensa de Charles de Gaulle eran el espectáculo de teatro más bonito de Europa”, recuerda. Compartieron la época de Jean Paul Sartre o Albert Camus, “un periodo de mucha estimulación, que supo aprovechar. Amaba la ciudad de París. Francia y su literatura siempre fueron su fuente de inspiración. De Los miserables se sabía todos los personajes y dialogaba con ellos, con Jean Valjean o con Gavroche. Fueron los que le salvaron”, dice, en referencia a la obra de Víctor Hugo.

Esa devoción francófila le fue correspondida, sobre todo en dos momentos clave. Su entrada en la Pléiade, una de las colecciones de libros más exclusivas, de la editorial Gallimard. Creada en los años treinta, solo se seleccionan las obras más relevantes y por ello “suelen entran autores a título póstumo. Mario fue de los pocos que entró en vida”, explica Gustavo Guerrero, su editor durante muchos años en Gallimard. En la biblioteca de la Pléiade solo hay otros dos autores latinoamericanos: Jorge Luis Borges y Gabriel García Márquez. “Fui a Barcelona a entregarle la carta y es uno de los momentos en los que le he visto más emocionado”, cuenta Guerrero. Su relación con la editorial francesa duró 60 años. “Siempre fue fiel. Era divertido porque tenía un buen oído en los títulos para el francés, pero en castellano no sonaba igual, así que siempre estábamos viendo cómo se podía traducir”, explica. Para su editor y amigo, “no es concebible la vida de Vargas Llosa sin Francia y París, el lugar donde se hizo escritor e intelectual”. “No ha habido, desde Jorge Semprún, un escritor tan vinculado, y Francia le agradeció todo lo que él hizo, con su obra, por la literatura y la cultura” patria.

También se le reconoció con otro de los mayores privilegios posibles para un intelectual: entrar en la Academia Francesa. Fue en febrero de 2023. Se convirtió en el primer autor que, sin haber publicado un libro en francés, consiguió un asiento en el “club de los inmortales”, como se llama a los académicos. Son 40 miembros, su misión es velar por la lengua y ahí figuran mitos de la talla de Molière, Balzac, Camus, Baudelaire o Gustave Flaubert. Fue Rondeau el que le llamó para informarle. “Él estaba en Madrid, explotó de alegría. A los pocos días me llamó para preguntarme si todo era una broma”, cuenta. El día que tomó posesión de su asiento, tras su discurso, le confesó a su amigo: “Hoy es el mejor día de mi vida literaria”. Rondeau le dio la réplica en la ceremonia: Vargas Llosa ensalzó todo lo que le había dado Francia y su literatura, y su amigo destacó a su vez todo lo que el escritor había aportado al país. “Vargas Llosa me prometió que acudiría a las reuniones de académicos y lo hizo, se lo tomó en serio. Venía cada 15 días. Se sentaba detrás de mí y comenzó un nuevo libro que escribía en el local de la librería de la Academia. Cuando yo fui elegido miembro, en 2019, le dije a mi mujer: sé que el próximo en entrar será Mario”, cuenta. Nota aquí.



viernes, abril 18, 2025

Idígoras y Pachi

 


jueves, abril 17, 2025

Mario Vargas Llosa

 Adiós a Mario Vargas Llosa

Con el Nobel desaparece un autor cumbre de la literatura en español, un ensayista íntegro y un articulista de radical independencia.

La obra literaria y ensayística de Mario Vargas Llosa, fallecido el domingo en Lima a los 89 años, no tiene parangón en las letras españolas del último siglo. Los lectores de este periódico lo han sabido durante décadas, porque en él escribió, desde 1990 hasta 2023, tanto sus artícu­los de opinión de actualidad como su crítica literaria. La insaciable curiosidad intelectual de Vargas Llosa y la necesidad de implicarse en los debates de su época le llevaron a ser para el público mucho más que un autor de novelas. En sus artículos quincenales en este periódico transmitió opiniones radicalmente independientes y a menudo muy pegadas a la actualidad. El lector que quizá esperaba solemnidad y barroquismo tras la firma de un premio Nobel encontraba observaciones expuestas de una manera sencilla, honesta y respetuosa. Igual que podía dedicar un artículo a explicar su fascinación por un cuento de Faulkner, en las páginas de este periódico Vargas Llosa vertió elogios a dirigentes políticos de su agrado, anunció a quién iba a votar, escribió un alegato a favor de la legalización de las drogas y llamadas al entendimiento de los grandes partidos frente a los extremos. Bajo el concepto de “votar mal”, que irritó a algunos, criticó sin complejos cualquier opción política que en su opinión fuera un peligro para la democracia, desde Donald Trump a la izquierda peruana.

“Para poder escribir novelas yo he necesitado siempre tener un pie en la actualidad”, dijo cuando abandonó el columnismo en prensa. Su despedida de los lectores de su página habitual, hace poco más de un año, tuvo la elegancia de preferir el final escogido al final impuesto por la muerte. El agradecimiento de EL PAÍS y sus lectores por este enorme alimento intelectual de tres décadas es infinito.

Mario Vargas Llosa obtuvo todos los premios posibles y vivió incluso el privilegio de que el Premio Nobel resultase casi una obviedad para la inmensa mayoría de sus lectores: “Pero ¿no lo tenía ya?”, fue el comentario casi unánime de quienes siguieron su extraordinaria trayectoria desde que La ciudad y los perros (1962) lo consagró de forma instantánea como un novelista cautivado por el poder, sus enigmas y sus abusos que produjo obras maestras como Conversación en La Catedral y La fiesta del Chivo. El inventario de sus novelas eclipsaría sin embargo la voracidad incontenible de un ensayista apasionado, en perpetua interrogación sobre el mundo.

A los 54 años decidió utilizar su predicamento y su estatura ya mundial para implicarse políticamente en su país. En un episodio que hizo temer a muchos por su trayectoria literaria, en 1990 se presentó como candidato a la presidencia de Perú. Perdió contra el futuro autócrata Alberto Fujimori.

La paradoja definitiva del genio reside en que sus novelas transitaban el terreno de la libertad moral y la ambición omnicomprensiva de nuestras contradicciones —muchos identificaron ahí a un novelista de izquierdas—, mientras que su ensayo de análisis político y su intervención pública lo ubicaron más bien en las zonas templadas del conservadurismo liberal (y moralmente progresista). De lo que no adoleció nunca fue de cobardía o tibieza a la hora de actuar como intelectual en la sociedad de su tiempo: se separó del castrismo de la Revolución cubana a finales de los años sesenta, cuando la mayoría de intelectuales siguieron fieles a una utopía obstruida, y mantuvo una independencia de criterio a prueba de cualquier desafío civil y social. Estar de acuerdo con Vargas Llosa no era obligatorio: leer sus opiniones, sus tribunas, sus novelas, sí lo es. Nota aquí.



lunes, abril 14, 2025

Manuel Jabois

 Notas de una entrevista a Mario Vargas Llosa

“Ha dicho OK. Y deberíamos hacerla cuanto antes”, me escribió la redactora jefa de EPS. Fue la última portada del Nobel en el dominical de EL PAÍS, febrero de 2023. El encuentro empezó con una confusión y terminó con Vargas riendo, pero alerta: “No voy a hablar de Isabel”

“Ha dicho OK Vargas Llosa. Y deberíamos hacerla cuanto antes. Para meterla en el número del 5 de febrero, antes de su discurso en la Academia de Francia”, me escribió Belinda Saile, redactora jefa de EPS, el 12 de enero de 2023. Llevaba días intercambiando mensajes con ella y Borja Echevarría, director adjunto de EL PAÍS. Fui a mi estudio, donde recordaba tener El pez en el agua, crónicas de Vargas Llosa sobre su vida, y lo leí antes de citarme con él. A una entrevista a un tipo así, que ha vivido todas las vidas y escrito todos los libros y estudiado a todos los autores, hay que ir sólo con lo puesto. Y decidí en unos segundos, seguramente acordándome de Juan Cruz, que no se cansa de recomendarlo, que iría con la lectura fresca de El pez en el agua.

Tengo el libro ahora junto a mí con varias páginas marcadas. En una de ellas, Vargas habla de los ataques recibidos por parte de un viejo amigo, José Rosas-Ribeyro, empleado por el Gobierno de izquierdas; Rosas-Ribeyro se dirigía a la editora de Vargas, Patricia Pinilla: “Dile a Mario que no haga caso a las cosas que declaro contra él, pues solo son coyunturales”. En otra, la ruptura definitiva, helada, con su padre, del que días después me dijo en la entrevista: “El comienzo no fue bueno: descubro que no está muerto [le habían hecho creer durante su infancia que sí]. Él tenía la idea de que todos los escritores y poetas eran borrachos o maricones: le producía verdadero horror”. En esas páginas recuerda cómo, después de publicar La tía Julia y el escribidor, en el que retrata a un padre que actuaba de forma muy parecida a la de su violento padre, le escribió una carta para agradecerle que hubiese reconocido Vargas que había sido muy severo con él, “pues siempre te he querido”. Tiempo más tarde, mientras hablaba con su madre por teléfono, el padre quiso ponerse al teléfono para volver a hablar de La tía Julia y el escribidor. Vargas colgó, y días después recibió una carta grosera: Vargas había sido un calumniador resentido, y un ateo al que le esperaba el castigo divino. Además, el padre haría circular esa carta entre amigos y conocidos para que la leyese todo el mundo, y eso hizo: decenas, “acaso centenares de copias” circularon por Perú.

Recuerdo, mientras leía el libro, que me entró de golpe un sudor frío. Un mes antes, el 4 de enero, había escrito una columna sobre Vargas Llosa e Isabel Preysler en la que hacía risas con una noticia que había dado ABC: resulta que Vargas Llosa le había enviado el manuscrito de su último libro a Preysler, y esta le había contestado que no volviese más a su casa, que la ruptura era total. Lo interpreté como una crítica literaria, y fantaseé con la respuesta de Isabel Preysler: “Hasta aquí hemos llegado, esta narración no hay por dónde cogerla, pierdo el hilo, la sintaxis es de locos. No vuelvas por aquí, Tamara está espantada”. Eso escribía yo un mes antes del Nobel, su obra y sus desamores. Y ahora lo tendría delante con una excusa, su histórica admisión en la Academia Francesa, y una misión delicada que reservaba para al final, pues es cierto que había cosas más interesantes que preguntarle: que se pronunciase sobre su ruptura.

Cuando llegué a su famoso piso de la calle Flora del centro de Madrid, un enorme dúplex lleno de plantas y de luz del que había leído en las revistas que se había “refugiado” —y utilicé el verbo en mi entradilla— tras su salida de la mansión de Preysler, se acercó a mí sonriendo y dijo: “¡Te has dejado barba!”. Nunca nos habíamos visto ni, por supuesto, él sabía nada de mí, ni escribía mi nombre todas las semanas en Google para comprobar cómo iba de barba. Simplemente, como confirmé después por otro dato que no recuerdo, parecía haberme confundido con alguien. Esperé que olvidase la confusión o, en último caso, que esa confusión no entorpeciese la charla con historias del tipo “como ya sabes, porque estábamos juntos, en Lima pasó algo parecido”. No ocurrió nada más. Quizá, una llamada que interrumpió la grabación y el comentario de él: “Ah, no sabía que tenías un hijo”, que despertó de nuevo mi curiosidad sobre con quién me estaría confundiendo. Lo cierto es que, visto ahora en perspectiva, eran solo dos comentarios corteses de Mario Vargas Llosa a un entrevistador nervioso.

Nos sentamos en dos sillones, uno junto al otro, y una asistente nos ofreció beber. “Agua”, dijo el Nobel. Titubeé, pero decidí que un vino me sacaría del aturdimiento, pues aquel hombre que yo tenía delante, ya encorvado por la edad, ya flaco porque la vejez lo rodeaba como rodean los leones a sus presas, había escrito novelas que me habían dejado boca abajo (recuerdo La fiesta del Chivo un verano en mi pueblo: la terminé y, pálido, volví a empezarla para averiguar qué había pasado, cómo había escrito aquello).

“Abro una botella”, dijo la asistente. “No la abras, no hace falta, tomaré agua”, dije espantado, solo faltaba deshacerle la bodega al Nobel. Y la voz de Vargas Llosa, 87 felices años, de repente: “Mira, no me traigas a mí el agua, abre la botella y sirve dos vinos”. Bebimos dos tintos. Luego bebimos dos más. Recuerdo lo mucho que me impresionaba su edad y el hecho de que siguiese escribiendo libros y columnas, y aguantando paparazzis en el portal, así que empecé la entrevista preguntándole por la inmortalidad. “Ser inmortal me parecería aburridísimo. Es preferible morirse. Lo más tarde posible, pero morirse”. Y en las siguientes respuestas, inteligente, zanjó su confusión respecto a mí y respecto a otros asuntos históricos (dos, no más) en los que le bailaron las fechas claramente. “Lo que yo detesto es el deterioro. Las ruinas humanas. Es algo terrible, lo peor que podría pasarme. Por ejemplo, ahora tengo problemas de memoria. La memoria la tuve siempre muy lúcida. Recordaba las cosas, y noto cómo se ha empobrecido. Algunos nombres, por ejemplo: veo las caras, pero los nombres se me han perdido”. Y aclaraba que tenía una memoria prodigiosa para hechos muy concretos, aventuras muy precisas y, sin embargo, otras etapas de su vida se guardaban en una rara nebulosa. Nota aquí.



Mario Vargas Llosa

 Muere Mario Vargas Llosa, gigante de las letras universales

El escritor hispano peruano, premio Nobel de Literatura en 2010, fue autor de obras maestras como ‘Conversación en La Catedral’. Ha fallecido en Lima a los 89 años

El novelista peruano Mario Vargas Llosa ha fallecido este domingo en Lima, según han informado sus hijos Álvaro, Gonzalo y Morgana en un comunicado en el que no se daban más detalles sobre la enfermedad grave que padecía desde 2019. Nacido en Arequipa el 28 de marzo de 1936, el premio Nobel de literatura de 2010 acababa de cumplir los 89 años. Autor de obras fundamentales como Conversación en La Catedral, La ciudad y los perros o La fiesta del Chivo, fue uno de los escritores más importantes de la literatura contemporánea en cualquier lengua. Novelista, ensayista, polemista, articulista y académico, Vargas Llosa pasará a la historia como un extraordinario narrador y un influyente intelectual a la antigua usanza, es decir, anterior a las redes sociales.

“Su partida entristecerá a sus parientes, a sus amigos y a sus lectores, pero esperamos que encuentren consuelo, como nosotros, en el hecho de que gozó de una vida larga, múltiple y fructífera, y deja detrás suyo una obra que lo sobrevivirá. Procederemos en las próximas horas y días de acuerdo con sus instrucciones”, señala el comunicado de sus hijos. “No tendrá lugar ninguna ceremonia pública. Nuestra madre, nuestros hijos y nosotros mismos confiamos en tener el espacio y la privacidad para despedirlo en familia y en compañía de amigos cercanos. Sus restos, como era su voluntad, serán incinerados”, añaden.

En octubre de 2023 publicó su última novela, Le dedico mi silencio, que se cerraba con un escueto colofón en el que anunciaba su adiós a la ficción. Dos meses más tarde se despedía también del columnismo periodístico, es decir, de su Piedra de toque, la tribuna que desde 1990 publicaba quincenalmente en EL PAÍS. Esos artículos eran la demostración de su inagotable curiosidad intelectual y de su afán por intervenir en todos los debates sociales y políticos de la actualidad. En ellos, como en algunos de sus ensayos, aparecía ese Vargas Llosa progresista en lo moral, pero neoliberal en lo económico que desconcertaba (y hasta irritaba) a los miles de admiradores de sus novelas.

Fue su compromiso político conservador el invocado durante años para explicar la tardanza en recibir un galardón para el que parecía predestinado: el Premio Nobel de Literatura. En 2010, justo cuando había desaparecido de las apuestas, la Academia Sueca lo despertó de madrugada en Nueva York —era profesor invitado en Princeton— para anunciarle que por fin se le había concedido la medalla más codiciada de las letras universales. ¿La razón? “Por su cartografía de las estructuras del poder y sus afiladas imágenes de la resistencia, la rebelión y la derrota del individuo”. Tenía 74 años y acababa de mandar a la imprenta una novela sobre el colonialismo salvaje asociado a la explotación del caucho: El sueño del celta.

Desde que debutó con 23 años con un volumen de cuentos —Los jefes (1959)—, no había dejado de escribir y publicar. Sin embargo, para encontrar una de sus grandes obras de ficción en el momento del Nobel había que remontarse una década atrás, hasta La fiesta del Chivo (2000). En cierto modo, aquella novela basada en hechos reales sobre la tiranía del dominicano Rafael Leónidas Trujillo era su tardía contribución a la oficiosa conjura de los autores latinoamericanos para retratar las dictaduras del subcontinente. Gabriel García Márquez (El otoño del patriarca), Miguel Ángel Asturias (El señor presidente) o Augusto Roa Bastos (Yo, el Supremo) le precedieron en la tarea.

Vargas Llosa fue parte fundamental del estallido global —el famoso boom— de la literatura latinoamericana desde que en 1963, siendo apenas un veinteañero, ganó con La ciudad y los perros otro premio, el Biblioteca Breve, convocado por la editorial barcelonesa Seix Barral. La inspiración le llegó desde su propio pasado: la adolescencia en el Colegio Militar Leoncio Prado de Lima, un sórdido lugar en el que lo internó su padre para sacarlo de la mansa órbita de la familia materna.

De hecho, la reaparición de su colérico progenitor, al que durante años creyó muerto, supuso el traumático fin de una plácida infancia transcurrida en Cochabamba (Bolivia) y en Piura, en el norte del Perú. No en vano, fue el momento de la resurrección paterna el elegido por el escritor para abrir sus memorias, El pez en el agua. Las publicó en 1993, tres años después de que Alberto Fujimori lo derrotase en las elecciones presidenciales. Aquella frustración política ocupa los capítulos pares de un largo relato que se completa en los impares con la educación literaria y sentimental del autor: desde que en 1957 viaja a París por primera vez gracias a un concurso de cuentos hasta el día en que acude a una perrera para rescatar al Batuque, un “chucho” que le habían regalado. Allí contempló una escena de brutalidad contra los animales de la que tuvo que recuperarse en el primer “cafetucho” que encontró: La Catedral. En 1969, ese episodio abriría Conversación en La Catedral, cuyo arranque entró instantáneamente a formar parte de la historia de la literatura: “¿En qué momento se había jodido el Perú?”. Nota aquí.



lunes, enero 06, 2025

Mario Vargas LLosa

 Mario Vargas Llosa regresa al mítico prostíbulo de la novela ‘La ciudad y los perros’

El Premio Nobel continúa con sus paseos discretos por los lugares que inspiraron su obra, esta vez en la zona rosa de la Lima de mediados del siglo XX.

Entre 1926 y 1956, siete cuadras en el distrito de La Victoria fueron el símbolo de la bohemia y el libertinaje de la Lima antigua. Adultos y jovenzuelos de distinta clase social, en traje, saco y corbata, se paseaban desde la avenida Grau hasta el jirón Barranca, contemplando a decenas de mujeres extranjeras, quienes desde sus ventanas les saludaban para luego darles su tarifa y así concretar un encuentro sexual. El jirón Huatica fue la primera zona rosa de la capital y, por tanto, se convirtió en el lugar de iniciación sexual de muchos jóvenes. Por esos años se hizo célebre una máxima para hallar el lugar: “Huatica, allá donde apunta el inca”, en referencia a un monumento cercano del inca Manco Cápac.

El jirón Huatica era un lugar famoso, pero fue la literatura la que lo hizo inmortal. En 1963, cuando el prostíbulo ya había sido clausurado por una disposición municipal, Mario Vargas Llosa publicó La ciudad y los perros, una novela que incendió a la sociedad de aquellos días al describir los abusos que se cometían en el colegio militar Leoncio Prado para “forjar el carácter”. En esa novela, además, contó cómo los cadetes aguardaban con expectativa los fines de semana para darse una vuelta por Huatica. Alberto Fernández, El Poeta, alter ego de Mario Vargas Llosa, estaba encandilado con una prostituta conocida como la Pies dorados.

En los albores del 2025, a casi setenta años de su cierre, Mario Vargas Llosa regresó a esas mismas calles legendarias, premunido de su bastón y de la compañía de su hijo Álvaro. “Paseo (y sonrisa pícara) por el legendario barrio rojo de Lima, el antiguo Jr. Huatica en La Victoria, donde iban los rijosos cadetes de La ciudad y los perros. Hoy jirón Renovación y, tantas lunas después, ni rastro de aquellas batallas”, escribió su primogénito en sus redes sociales.

El post tiene tres fotos: la primera, en blanco y negro, capturó una típica escena de la época: parroquianos afuera de los cuartos de las meretrices, yendo de un lado a otro o esperando su turno; la segunda: el hijo abrazando al padre de aspecto señorial tras la visita; y la tercera, una toma actual, donde puede verse una calle humilde, distante de cualquier rastro de lo que fue, cubierta por una telaraña de conexiones eléctricas.

En La ciudad y los perros, su primera novela y la que acabó por llevarlo a la fama, el Premio Nobel explica cómo cada una de las siete cuadras eran un universo aparte y estaba regulada por una estricta jerarquía. “La más cara —la de las francesas— era la cuarta; luego, hacia la tercera y la quinta, las tarifas declinaban hasta las putas viejas y miserables de la primera, ruinas humanas que se acostaban por dos o tres soles (las de la cuarta cobraban veinte)”, cuenta.

En otro apartado, donde narra el debut sexual del protagonista de la novela, retrata cómo eran los espacios donde se consumaba la lujuria. “El cuarto era chiquito y había una cama, un lavador con agua, una bacinica y un foco envuelto en celofán rojo que daba una luz medio sangrienta. La mujer no se desnudó (…). Sintiéndonos unos hombres completos, fuimos luego con Víctor a tomar una cerveza”. Nota aquí.



lunes, septiembre 16, 2024

Luis García Montero

 La admiración

Las distancias políticas son inevitables en un mundo cultural que asumió la difícil tarea política de unir las palabras libertad e igualdad.

Admirar a alguien con el que no se está de acuerdo es una suerte en la vida. Yo he tenido la suerte de admirar mucho a Mario Vargas Llosa desde que leí La ciudad y los perros, y he tenido la suerte también de mantener mi admiración pese a que sus ideas políticas estén distantes de las mías. Las distancias políticas son inevitables en un mundo cultural que asumió la difícil tarea política de unir las palabras libertad e igualdad. A veces asistimos con indignación a la borradura de la palabra libertad en sociedades que convierten las bellas banderas en excusas para la opresión. Y a veces comprobamos con tristeza que los partidarios de la libertad se alejan cada vez más de la palabra igualdad, desentendidos de la justicia social. En estas dinámicas no resulta extraño que surjan las crispaciones y los fanatismos. Por eso es una suerte admirar mucho a quien no piensa como uno. Se aprende a mantener la propia conciencia sin considerar al otro como un enemigo.

Acabo de leer El país de las mil caras (Alfaguara), el libro en el que Carlos Granés ha reunido los escritos de Vargas Llosa sobre Perú. Nada más llegar a la dirección del Instituto Cervantes, por admiración a Mario, empecé a urdir planes para que el Congreso Internacional de la Lengua se celebrara en Arequipa, la ciudad donde nació. Leo o releo ahora sus opiniones sobre Manuel Odría, Velasco Alvarado, Alan García, Fujimori padre, Fujimori hija o Pedro Castillo, leo sus recuerdos sobre los amigos escritores, su familia y su vida peruana, y mi interés se sostiene en una admiración profunda por el escritor. En literatura, la admiración es una deuda materna muy larga. En el convento de Santa Catalina de Arequipa se puede recordar el retrato de la hija menor de la tatarabuela de una bisabuela. Es una casa, el amor de una madre junto a la que se empezó a leer. Luego están Cervantes, Sartre, Camus, Vargas Llosa… Escribir es vivir, Flaubert dixit. Nota aquí.



domingo, marzo 03, 2024

Ramón Serrano

 Ramón nos cuenta por Facebook.

TRES CITAS CON EL GABO
Corría 1969. Todavía no habíamos fundado DOPESA. Llevaba algo más de un año trabajando en el Grupo Mundo de Sebastián Auger. Como redactor de la revista Meridiano reproduje parte del primer capítulo de Cien años de soledad recomendando un libro recién llegado a España que consideraba Cum laude. Entonces el nombre de García Márquez apenas era conocido en nuestro país para los no ilustrados. La Agente Doña Carmen, todavía sin bautizar el Boom Latinoamericano, entró en ira bíblica y presentó el flagrante delito ante mi Jefe. Pedí una cita con el Gabo que se prestó al momento y tuvo lugar en dos o tres días, en un bar cercano al lugar de trabajo.
Yo quería hablar y elogiar tu novela. Reconozco mi ignorancia, le solté compungido apenas nos trajeron los cafés. Soy nuevo en eso de los derechos y de la propiedad intelectual. Te pido perdón.
El Gabo me miró fijamente, escudriñándome los ojos con su mirada. Unos segundos de silencio me parecieron horas, se llevó la crema de café italiano a los labios y me dijo sosteniendo la tácita en su mano: te creo, pareces buena persona. Estás perdonado.
Muchas gracias pero quiero pedirte un favor. Quedó sorprendido. Te pido que intercedas por mi ante Carmen Balcells, que no presente una querella por daño a los derechos, tus derechos de autor. Eres muy osado, respondió enseguida. Luego sonrió. Lo intentaré dijo.
Y no pasó nada.
Vi al Gabo en algunos actos culturales, generalmente presentaciones de libros. Un buen día me llama por teléfono el director gerente de Edhasa, la editorial que en España representaba Sudamericana, la editora de Cien años. Me pregunta si tengo una grabadora profesional. En aquel tiempo se grababa sobre cintas magnéticas que requerían un aparato de cierto volúmen y peso. Casi como una pequeña maleta.
Le respondí que sí. Entonces me dice "Están reunidos en casa, de Mario Vargas Llosa el Gabo y Julio Cortazar para una entrevista por radio con una periodista danesa y se les estropeó su aparato magnetofónico... ¿Podrías prestarles el tuyo?" Ser el testigo de una reunión así no me lo podía perder. Tres grandes escritores juntos era una cumbre. Así que me fui con mi grabadora en un taxi hacia la Vía Augusta donde vivía Mario y allí permanecí cdurante toda la entrevista, sin estar presente por discreción. A Mario le conocía del mundillo cercano a la Balcells. Al Gabo, pues ya lo conté. De allí salió una cierta amistad con Julio Cortazar, al que por cierto me encontré años después en un Congreso Interamericano de Prensa en Caracas.
En diciembre de 1970 mi mujer y yo estuvimos en el encierro de Montserrat como protesta por la pantomima del llamado proceso de Burgos a seis etarras ante un tribunal militar cuyo fiscal pedía para todos ellos la pena de muerte. Éramos unos 250, todos gente de la cultura, escritores, editores, artistas, cantantes de la nova cançó, etc. algunos ya famosos, como Joan Miró, Tàpies, otros camino de serlo como Serrat, Oriol Bohigas, Castellet, Nunes, Gabriel Ferrater, Guinovart, Colita, Montserrat Roig, y un largo etc. Hubo una gran movida internacional y, tras muchas dudas, al final Franco les conmutó la pena de muerte por los 30 años de cadena perpetua. Nosotros fuimos fichados por la policía como "simpatizantes de ETA y multados. Una llamada del Gobernador Civil a mi jefe motivó una serie de dificultades en mi trabajo como director de la editorial DOPESA y del Club Mundo, espacio de conferencias y tertulias crítico con el gobierno franquista. En esta situación decidí presentarme como candidato a un anuncio de La Vanguardia que buscaba una "importante editorial" un gerente para una sucursal en un país latinoamericano. Fui elegido y pasé unos meses de entrenamiento para conocer el fondo editorial antes de partir para México, como director gerente de Labor Mexicana.
Fue entonces cuando pensé en Gabo. Él había vivido y trabajado en México antes de residir en Barcelona. Le llamé por teléfono, le expliqué la situación y quedamos para comer en un restaurante cercano al bar del rapapolvo de nuestro primer encuentro. El Gabo sólo me dijo "cuando llegues a México llama a este teléfono y pregunta por Max, el escritor español exiliado Max Aub, y dile de mi parte que haga por ti lo que él hizo por mí cuando yo llegué". Eso fue todo y supuso mucho para mí.
Al año de mi estancia en México me tropecé con García Márquez en el famoso bar de la Zona Rosa que llevaba el nombre de la película de Buñuel y Dalí El Perro Andaluz, me levanté de la tertúlia en que estaba y le saludé afectuosamente. Por desgracia el Gabo iba acompañado de varios amigos de compromiso y abandonaban el local. Le pedí para vernos y me dijo que partía de nuevo para España a los dos días. Yo marché de México al año siguiente y ya no le volví a ver. Esas fueron mis citas con el Gabo, Gabriel García Márquez, gran escritor, periodista y maestro de periodistas, buena persona y Premio Nobel de Literatura 1982, trece años después de nuestra primera cita.

25 abril 2022/2024
Acabo de leer "un cumpleaños con Gabo", un capítulo de "Dientes de perro" del escritor cubano Manuel Pereira Quinteiro y le he pedido amistad y me la ha concedido al punto. A él le dedico este recuerdo, publicado aquí hará pronto dos años.





viernes, diciembre 22, 2023

Mario Vargas Llosa

 Despedida a un novelista

El punto final a la carrera de Mario Vargas Llosa me ha emocionado por lo que significó para mi experiencia de latinoamericano y para mi vocación de novelista. Sus obras forman parte de mis recuerdos tanto como mis propias vivencias.

En la última página de Le dedico mi silencio, después del punto final de la novela, Mario Vargas Llosa escribe dos párrafos sorprendentes. Ocupan el lugar de esas notas de autor, más o menos convencionales, donde se dan dos o tres precisiones sobre la escritura del libro que acabamos de leer, y así nos cuenta Vargas Llosa que terminó el borrador de esta novela en Madrid, el 27 de abril de 2022, y que pasó los meses siguientes corrigiéndolo. Pero entonces, de manera súbita, de una línea a la otra, la nota inofensiva toma el tono y el lenguaje de un diario: Vargas Llosa anuncia un viaje al norte del Perú; luego cuenta que ya lo ha hecho, y que le ha servido mucho; luego escribe: “Creo que he finalizado ya esta novela”. Su intención ahora es terminar un ensayo sobre Sartre, dice enseguida, y cierra el párrafo –y el libro– con estas palabras: “Será lo último que escribiré”.

No pensé que esa página sencilla me fuera a emocionar como lo ha hecho, a pesar de que la leí con la conciencia plena de lo que la obra de Vargas Llosa ha significado para mi experiencia de latinoamericano y mi vocación de novelista. Pues con esa despedida no se cierra solamente una de las empresas literarias más ricas, abarcadoras y ambiciosas de nuestro tiempo, sino también la obra de una generación entera que transformó dos cosas para siempre: la literatura en lengua española y el lugar de América Latina en el imaginario del mundo. Vargas Llosa es el último de una estirpe, el único superviviente de ese puñado de escritores que hemos agrupado bajo el tosco rótulo de boom latinoamericano, cuyos libros han ocupado para muchos de nosotros el lugar de una verdadera educación: literaria, como es evidente, pero también sentimental y política. Las grandes novelas del boom quisieron reescribir la historia latinoamericana; lo que también lograron fue darnos a algunos las herramientas para inventar nuestra biografía.

Así es. Yo puedo decir —y aquí ya paso a la primera persona— que mi vida civil es incomprensible sin los libros de estos escritores, desde sus ficciones a sus ensayos y desde su periodismo a su poesía. Mi relación con ellos comenzó con la lectura de El coronel no tiene quien le escriba, que hice a los 11 años como tarea escolar, y en el curso de las cuatro décadas siguientes ha sido una presencia constante: esos libros han sido a veces un modelo y un acicate, y a veces una autoridad incómoda contra la cual sólo cabe la rebeldía, pero siempre han estado allí, como una suerte de país portátil. Una parte considerable de mi vida de lector y novelista tiene lugar en otras lenguas y otras tradiciones, pero ese momento preciso de la literatura latinoamericana del siglo XX, el que empieza con Borges y termina con Vargas Llosa, es para mí un hogar, por lo menos en el sentido de aquel verso de TS Eliot: el lugar del cual partimos. Nota aquí.



miércoles, noviembre 15, 2023

Luis García Montero

 Mario

Confieso como lector mis amores con Vargas Llosa. En un mundo lleno de ratas, conviene escuchar con sensatez el vals peruano, la sardana o la copla española.

Nos cantó Joaquín Sabina que bailar es soñar con los pies. Seguro que Toño Azpilicueta, protagonista de la última novela de Mario Vargas Llosa, estaría de acuerdo. Le dedico mi silencio es la historia entretenida de un crítico musical que apuesta por el vals peruano como remedio sentimental para reunir las vetas más quebradas de la realidad peruana. No es una locura, porque la música, la emoción artística en general, puede enlazar los rincones de cada yo en un sentido de pertenencia. Pero cuando alguien se pone a bailar sin que sus pies se apoyen en la tierra, los sueños se convierten en obsesiones que sacan desde el fondo de nuestras cuevas las ratas más desagradables.

Conviene soñar con los pies en la tierra. Toño Azpilicueta no le hace caso a su mujer, más sensata que él, y las obsesiones en forma de rata le invaden el cuerpo y el alma. Una desgracia. No es lo mismo soñar que delirar de manera fanática. La gran calidad literaria de Vargas Llosa facilita que una narración entretenida se llene, al margen de los dogmas de actualidad, de interpelaciones necesarias sobre la cultura, la historia, la identidad, la soledad, el imperio, la lengua española, la basura y los amores de cada uno.

Confieso como lector mis amores con Vargas Llosa. Tan malo es dejar de soñar como olvidarse al soñar de mantener los pies en la tierra. En un mundo lleno de ratas, conviene escuchar con sensatez el vals peruano, la sardana o la copla española. Mario anuncia al final de su novela que será la última que escriba. Pero no nos dedica del todo su silencio, porque se compromete a escribir un ensayo sobre Sartre, un maestro de juventud. Ojalá lo haga. Es un lujo leer a los escritores que nos obligan a discutir con nosotros mismos y a poner los pies en el suelo para seguir soñando. Nota aquí.



jueves, noviembre 02, 2023

Mario Vargas Llosa

 "Es casi la que más cariño me despierta"

Acaba de salir "Le dedico mi silencio", la última ficción del Nobel peruano, según él mismo anuncia en las palabras finales.

También cuenta que sólo le queda por escribir un ensayo sobre Sartre: "Será lo último que escribiré".

En Argentina, el libro ya está disponible en formato ebook y audiolibro, y llegará a las librerías el 1° de noviembre.

Mario Vargas Llosa (Perú, 87 años) ha aprovechado la oportunidad de su homenaje a la música popular peruana –Le dedico mi silencio, Alfaguara, ya disponible en ebook y en formato impreso la semana que viene– para anunciar en cinco palabras su adiós final al oficio de su vida, la escritura de novelas. “Será lo último que escribiré”.

Ahí hace este anuncio, en la página postrera de la novela que el jueves salió a la venta: “Creo que he finalizado ya esta novela. Ahora, me gustaría escribir sobre Sartre, que fue mi maestro de joven. Será lo último que escribiré”.

Esta entrevista fue respondida por el Nobel a partir de un cuestionario, cuya transcripción, con las respuestas, resultan una explicación variada de los distintos aspectos de esta obra tan decisiva en su larga vida de novelista. Aquí confiesa que, escribiendo de uno de los personajes reales del libro, lloró a mares (“como debe ser”) en la soledad de su casa de Madrid.

–Usted ha escrito una especie de Quijote peruano, sobre un personaje que busca todo lo que hay sobre una ciencia, una música o un hecho y se vuelve loco, como el personaje de Cervantes. ¿Siente que esa puede ser una interpretación adecuada de la peripecia humana que narra en su novela?

–Toño Azpilcueta no se vuelve un poco loco imaginando aventuras sino persiguiendo una idea fija sobre el papel integrador de la música criolla, pero siempre cabe añadir una dimensión humana a las novelas que se escriben y esta, por supuesto, sería una visión muy exacta del personaje y de su historia

–Ese enloquecimiento de Toño Azpilcueta domina su libro, pero hay zonas de sosiego en los que el narrador explica un país ideal en el que la música, el vals peruano, puede ser el punto de unión de actitudes y de ciudadanos. Esa alegría que da la música es también parte del patriotismo que exalta el narrador. ¿Se siente usted identificado en este personaje que va contando la relación de Perú con su historia y con su música?

–Claro que sí, de hecho, la música, el vals peruano, han sido para mí un punto de unión con mis orígenes, y ha jugado un papel de unión de actitudes y de ciudadanos, como dices. Esa alegría que da la música a Azpilcueta debería ser el patriotismo al que alude el narrador. Me siento muy identificado con el personaje, con su amor y orgullo por lo propio, e incluso con sus ilusiones utópicas. Nota aquí.







viernes, febrero 03, 2023

Mario Vargas Llosa

 “No me arrepiento de nada”

El escritor hispanoperuano y premio Nobel recibe a ‘El País Semanal’ en su casa de Madrid y se confiesa sobre la literatura y la vida, a punto de ingresar en la Academia Francesa.

El escritor Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 86 años), premio Nobel de Literatura, recibe en una casa de espacios enormes, luz y libros. Es su famoso refugio de la calle de la Flora en el centro de Madrid, que el autor abandonó hace siete años para irse a vivir a una casa aún más famosa, la de la conocida como reina de corazones Isabel Preysler en Puerta de Hierro, también en Madrid. “La experiencia se vivió y ya está. Ya vuelvo a estar aquí, rodeado de mis libros”, dirá en medio de la entrevista, riendo como si hubiese regresado de Ítaca. “No me arrepiento de nada, absolutamente”, matiza acto seguido. El escritor de clásicos de la literatura universal como La ciudad y los perros, Conversación en La Catedral, La casa verde, La guerra del fin del mundo o La fiesta del Chivo está de buen humor. Observa que el periodista pide vino y cambia su petición: él también quiere vino. La conversación se alarga una copa más, una hora y media en la que responde a todo o casi todo. El jueves 9 de febrero será uno de los días más importantes en la vida de Mario Vargas Llosa: entrará en la Academia Francesa; el primer escritor, desde su fundación en 1634 por el cardenal Richelieu, que lo hace sin obra original en lengua francesa. Un hito para quien tenía París como un sueño de juventud y Flaubert como un sueño de estilo.

A los académicos franceses los llaman inmortales.

Ser inmortal me parecería aburridísimo. Mañana, pasado, el infinito… No, es preferible morirse. Lo más tarde posible, pero morirse.

¿Piensa en la posteridad?

En la vida lo he hecho. Pienso en mis hijos, en mis nietos. Pero de mis libros no pienso nada.

¿De verdad no piensa: ‘Este libro se va a quedar para siempre, este otro también’?

Tengo libros que merecerían sobrevivirme, sí. Conversación en La Catedral y La guerra del fin del mundo. Son dos libros en los que trabajé muchísimo. Pero yo no pienso en la muerte. ¿Qué ocurrirá con mi obra después de muerto? No lo sé, no estoy en esas.

¿En qué está?

En nada de eso. Lo que yo detesto es el deterioro. Las ruinas humanas. Es algo terrible, lo peor que podría pasarme. Por ejemplo, ahora tengo problemas de memoria. La memoria la tuve siempre muy lúcida. Recordaba las cosas, y noto cómo se ha empobrecido. Es inevitable: 86 años. Hay cosas que recuerdo más que otras, pero… Algunos nombres, por ejemplo: veo las caras, pero los nombres se me han perdido. Nota aquí.



martes, julio 11, 2017

Mario Vargas Llosa

García Márquez por Vargas Llosa

'Cien años de soledad', publicada hace medio siglo, fascinó a Mario Vargas Llosa, que consagró a la obra de Gabriel García Márquez un estudio pionero. En esta charla con el ensayista colombiano Carlos Granés recuerda aquella fascinación y repasa las luces y sombras de un escritor al que conoce como pocos.


El pasado jueves, 6 de junio, Mario Vargas Llosa (1936) conversó con el ensayista colombiano Carlos Granés dentro de un curso dedicado a la obra de Gabriel García Márquez (1927-2014). Durante una hora, hablaron de la obra del autor de Cien años de soledad y de la amistad que unió a ambos escritores desde que se conocieron en 1967 hasta su ruptura en 1976. Los fragmentos que siguen son un extracto de esa conversación. Nota aquí.


miércoles, abril 06, 2016

Luis García Montero

Vargas Llosa y el impudor



El escritor Mario Vargas Llosa tiene como una de sus prioridades la meditación sobre la libertad. No creo que carezca de sentido que su última novela, Cinco esquinas (Alfaguara, 2016), aborde esta reflexión desde una perspectiva sexualizada. La historia empieza con la sorpresa erótica de dos amigas que descubren su deseo en una noche cómplice. Compartiendo cama sin malas intenciones, Marisa le pone de pronto la mano en el muslo a Chabela y Chabela le coloca esa mano en la entrepierna. Después llegan con mutua felicidad los besos, los cuellos, los giros del cuerpo, los pechos, los vientres y el trajinar de los sexos en los dedos y en las bocas. Una buena noche desde luego. Nota aquí.

miércoles, marzo 30, 2016

Mario Vargas Llosa

Vargas Llosa, un ‘Rolling Stone’ de la literatura en español

El Nobel recibe un homenaje multitudinario, cosmopolita y privado en sus 80 años

En sus últimos cumpleaños Mario Vargas Llosa, que se estrenó en la literatura cuando tenía menos de 20 años, había dicho que cuando cruzara la frontera de los ochenta querría tener un gran danés, al que acariciara al atardecer, viviendo sus últimos tiempos. Desde este lunes, cuando cumplió al fin los 80, tiene el gran danés, que le regaló su pareja, Isabel Preysler, pero ha pospuesto indefinidamente su deseo de retirarse frente al mar, acariciando semejante ejemplar de perro. Quiere seguir trabajando, aún más duro, en novelas por venir. Nota aquí.


lunes, octubre 19, 2015

Ernest Hemingway

Hemingway y las guerras

Su vida fue intensa, violenta, rondando siempre la muerte. Alimentó sus cuentos, novelas y reportajes con esas experiencias, de una manera tan directa que su obra literaria es, ni más ni menos, una autobiografía apenas disimulada

Sabía que Hemingway escribía de pie, en un atril, como Víctor Hugo, pero no que lo hacía con lápiz y en unos cuadernos rayados de escolar, con una caligrafía tan tortuosa que hasta en la pantalla que aumenta varias veces su tamaño resulta muy difícil descifrar sus manuscritos.
La exposición que dedica la Morgan Library de Nueva York a Hemingway y las dos guerras mundiales permite seguir buena parte de su vida y su trabajo con detalle y descubrir, por ejemplo, que este hombre de acción era también muy puntilloso a la hora de escribir, casi un flaubertiano, pues rehízo nada menos que 17 veces el comienzo de su mejor novela, The Sun Also Rises (también llamadaFiesta, como en español). Nota aquí.

lunes, junio 23, 2014

Mario Vargas Llosa

“Esta realidad puede llegar a ser el infierno”

El escritor cree que la falta de transparencia lleva a los jóvenes al desprecio por lo social


¿Qué papel adopta cuando habla con jóvenes? El de un curioso. El abismo generacional es el más grande de la historia. Los jóvenes están más en las pantallas; ahí su desenvoltura es imbatible. Nosotros seguimos siendo librescos.
¿Qué más cambió? Se hacen adultos muy pronto. Frente al sexo, por ejemplo. Es una libertad que los hace más sanos de lo que fuimos nosotros. Los tabúes y las prohibiciones hicieron que el sexo fuera traumático. Crónica aquí.

domingo, mayo 15, 2011

Prado & Vargas Llosa

"La poesía es el género literario supremo"
El Nobel participó en el Festival Internacional de Poesía de Granada junto a Benjamín Prado como teloneros de la pianista Rosa Torres-Pardo y el poeta Luis García Montero. Nota completa aquí.

viernes, abril 22, 2011

Mario Vargas Llosa

“Los socialdemócratas tienen debilidades colectivistas”
Defendió a Von Hayek y Friedman, los ultraderechistas que respaldaron a Pinochet y fundaron la Sociedad Mont Pelerin que lo invitó a la Argentina. Pero dijo que él nunca apoyó a una dictadura. Una entrevista con Vargas Llosa sobre la economía, Lula, Cardoso, el Estado, los liberales, Sudamérica, Humala y Dostoievski. Nota completa aquí.