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jueves, octubre 01, 2026

Joaquín Lera

 SABINA 23 puertos.

Es un privilegio ser uno de los puertos de este libro de Christian Masello con prólogo de Luis Garcia Gil.
Aquí os dejo alguno de los fragmentos:
*JOAQUÍN LERA, cantante y poeta.
El músico es oriundo de Corcubión, provincia de A Coruña, Galicia.
Lera ha viajado por medio mundo... tal vez un poco más.
Y en su recorrido se cruzó con Sabina, lo que parece haberle dejado
una marca indeleble.
Así lo demuestra la misiva, repleta de imágenes que hablan de
recuerdos:
Son las cuatro de la mañana, o quizás las seis.
Llega un momento en que uno no sabe, dadas las zancadas, qué hora es, ni le interesa.
Es tanto el regocijo, el aprendizaje y la gratitud al humo del antro donde hemos pasado las últimas horas, entre cuerdas, copas, damas y papeles de fumar, que a la luna no podemos decirle más que «gracias por flotar a nuestro lado».
LUNA Y COMPANÍA...
DISFRUTANDO.
.
Todo empezó como empiezan las novelas: contando historias de nunca acabar.
El cuento de la buena pipa. Relájate...
Las ganas, la ilusión, una guitarra con balas de cristal y escalas en el traste del desastre que haría rico a más de uno;
tiempos de transición y revolución erótico-musical.
Las endorfinas dentro y fuera del pentagrama... adoquinadas al son del son que se llamaba «mi sofá es Madrid» (nadie sabía dónde estaba la casa).
Así era... porque en aquellos días el salón y el dormitorio eran barrios enteros y dormirse era perder el tranvía de la utopía hecha realidad.
Dicen, y doy fe, que algunos sueños se cumplen;
cuando los deseas y te
pones las pilas alcalinas, simplemente se cumplen.
¡Quién iba a decir, por ejemplo, que Bob Dylan tenía un hermano gemelo que hablaba en castellano y componía igual o incluso mejor que él…!
Fue entonces cuando nos hicimos hermanos, además de amigos, allá por el 79 o el 80, más o menos.
Lera describe aquellos tiempos:
Hablo de cuando el humo era de contrabando.
Cuando componer una canción era el mayor de los tesoros...
Y añade:
Sabina empezaba a despuntar en los ambientes intelectuales madrileños, mientras yo lo hacía en los soportales de la Plaza Mayor y la calle Preciados, pero las noches eran largas y siempre acabábamos encontrándonos en algún tugurio para estrenar nuevas canciones que almacenábamos en el desván de nuestro cerebro: vivencias, estribillos, egos, caricias…
Así llegaron las colaboraciones:
Mi tocayo siempre fue un tipo generoso, y a mí me lo demostró... Yo traté de recompensarlo (no sé si lo conseguí) cuando me invitó a hacer coros en su disco
Ruleta rusa, concretamente en las canciones «Pisa el acelerador» y «Eh, Sabina»... sin pedirle a cambio ni un solo centavo.
Faltaría más.
Compartimos escenario en varias ocasiones, y tuve el placer de componer junto a él, en su casa de La Latina, una bella canción sobre una letra que me puso encima de la mesa.
Tema que yo canto porque me gusta y me lo piden desde entonces:
«De Madrid a Granada».
(LA SENSIBILIDAD EN LAS LETRAS ES EL MÁXIMO Y SUTIL DE LOS ORGASMOS...)
La epístola incluye una anécdota de camaradería y trenes casi perdidos:
Una tarde me llamó Sabina por teléfono me y dijo:
-Joaquinito, ¿quieres venir a cantar conmigo a Vigo?
-Eso está hecho...
-Pues acelera que el tren sale en una hora...
Llegué a la estación del Norte con la lengua fuera y el tren echando humo...
Mi tocayo, descojonado de risa, me daba ánimos desde una de las ventanas del vagón litera...
-Vamos, campeón...
Me había confundido de andén, como tantas veces, y casi lo pierdo.
Cuando conseguí recuperar mi presencia de espíritu, cenamos en el vagón-restaurante y charlamos hasta las montañas del alba, donde el color verde renueva los sentidos, antes de que nuestros ojos bajaran las persianas...
Para el acontecimiento me regaló una corbata de seda de un color indescifrable, que en un principio estrené y enseguida tuve que quitar porque me apretaba tanto la nuez que no podía respirar, y con los nervios, que inundaban mis adentros, no digo más...
Creo que sigue en el armario de los recuerdos, con el mismo nudo. La corbata no se hizo para mi cuello cantarín.
Otra historia de la época:
Una vez Sabina fue jurado en un concurso de cantautores en una sala de Madrid.
Long Play se llamaba.
Concurso que gané con unas de mis primeras composiciones: Amo la música.
Algo en lo que, seguro, él tuvo que ver.
—Vas a ganar, eres el mejor.
-Si tú lo dices.
Y así fue...
La correspondencia revela más detalles:
La verdad es que nos teníamos y nos tenemos un gran cariño.
Sigue siendo un geniecillo travieso.
Con o sin lámpara.
Lástima que, por circunstancias de la vida (su creciente fama, mis miedos; yo no estaba preparado para tanto barullo... el gentío que lo rodeaba me daba sarpullidos), dejamos de vernos con tanta frecuencia.
Yo aún tenía mucho que aprender y él, de la noche a la mañana, se había convertido en una estrella mediática.
Mientras tanto, seguí buscándome la vida en pequeños garitos.
En aquel tiempo, Panchiño, Pancho Varona, fue mi guitarrista o compañero de viaje durante una pequeña temporada, hasta que un día me dijo:
—Me ha llamado otra vez Sabina para que entre en su banda. ¿Qué hago?
-¡Pues decirle que sí! Inmediatamente.
Y se convirtió en su mano derecha.
Un gran tipo Pancho, y pedazo de músico.
Hoy por hoy, con Sabina nos vemos poco, pero seguimos siendo coleguitas.
Cada uno en su casita y los recuerdos en Calle Melancolía.
Lera, en su libro La fragilidad de los espejos, incluye, bajo el título «El espejo de la cajita de música», unos versos dedicados a Sabina en los que,entre otras cosas, dice:
“La resaca me llevó a la orilla.
Escuché su melodía.
Hablé con el silencio.
Como un jinete solitario salí airoso del cráter donde muchos se quemaron”.
En su carta, el músico gallego habla del afecto mutuo entre los Joaquínes:
Sé que me quiere como se quiere a un hermano pequeño con pantalón corto. Y yo siempre le estaré agradecido por dejarme entrar en su casa, en su mundo y en algún que otro escenario, como cuando me dedicó unas bellas palabras cuando fui su artista invitado en la Praza da Quintana, allá en Santiago de Compostela, en su gira 19 días y 500 noches:
«Este es el tipo que me enseñó a hacer canciones».
Cómo te pasas, tocayo.
En todo caso, fue al revés.
Podría escribir un montón de anécdotas, de noches y días interminables,
pero esto es todo lo que quiero contar sobre mi amistad con mi tocayo.
Al que quiero, admiro y, a veces, incluso, echo de menos...
Y a modo de posdata:
Ya no hay Elígemes, ni Mandrágoras, ni Song Parnass allá en Lavapiés, con Hans, ese pintor que llegó de Berlín como anfitrión... pero nos quedan los olivos, el mar y el abrazo cómplice, cariñoso y largo de siempre.
Y tu voz, que llena estadios, plazas, teatros y el espacio que habito.
Tal vez mañana vuelva a ser tu telonero...
¡Que no pare la música!



jueves, julio 23, 2026

Nito Mestre

 Nito Mestre en Bariloche: “Sui Generis fue el sueño del pibe”

El músico actuará el sábado en Wesley.

La llegada de Nito Mestre a Bariloche, a partir de la presentación que realizará el sábado en el Tap Garden de Wesley Brewery, devino en una visita del músico a la redacción del diario El Cordillerano. Llegó acompañado por el reconocido fotógrafo Diego Ortiz Mugica, con quien, tras saludar a los periodistas y sacarse fotos con aquellos que se lo solicitaron, ingresó al estudio radial.

Durante el programa Chocolate por la noticia, Nito mantuvo una extensa conversación con uno de los conductores de la emisión, Daniel Pardo.

Al finalizar el programa, Nito traspasó la puerta del estudio y ya se dirigía a la salida cuando fue interceptado por este cronista "pesado", que le propuso sentarse a charlar… ¡de nuevo!

El músico, lejos de poner reparos, aceptó de buena gana… 

—¿Qué se siente subir a un escenario en este momento de la vida?

—Es divertido. También lo es grabar, pero se trata de dos mundos distintos. Yo soy más un animal de gira, de actuar, por el contacto con la gente y todo lo que genera actuar, las pruebas de sonido en lugares distintos… Tocar en vivo me hace sentir joven.

—¿Y cómo recordás los primeros tiempos, los inicios artísticos?

—A veces, como si se tratara de algo que le hubiese sucedido a otro. Me pasó a mí, pero lo veo lejano en el tiempo. Lo recuerdo con cariño, pero como si no hubiese sido yo.

—Y recurriendo a aquel Nito de sus comienzos, ¿cómo se tomó la decisión de iniciar el álbum debut de Sui Generis, Vida, con Canción para mi muerte? 

—En realidad, el disco se llama Vida por el último tema (previo al instrumental Posludio), que es Cuando comenzamos a nacer. Ese era nuestro caballito de batalla e iba a ir primero, pero Jorge Álvarez (en aquel momento, 1972, al frente de la marca discográfica Talent), con muy buen criterio, dijo: “No, primero irá Canción para mi muerte, en cambio, Cuando comenzamos a nacer va a gustar con el tiempo y lo van a empezar a respetar, pero Canción para mi muerte 'pegará' directo”. Jorge, entonces, sostuvo: “Ese es el single”. En aquel momento, estaban los vinilos, así que ponías la púa y el primer tema tenía que “entrar” rápido, para que escucharan todo el disco. Si después del primero, no te gustaba el segundo, sacabas la púa y no escuchabas nada más. Entonces, las primeras canciones de los dos lados, sobre todo del A, tenían que “pegar”.

—Lo último que grabaron como Sui Generis, a partir de un registro en vivo, fue Si (detrás de las paredes), de 2001…

—Ese disco no me gusta nada, directamente. La pasé mal. Me parece un mazacote. Eso no es Sui Generis. El criterio de ese disco iba a ser otro. La realidad es que, cuando empecé a escuchar la grabación en vivo, la banda algunas veces aparecía, otras no… Hacían de cuenta que tocaban, estaban fuera de tiempo…  Y se empezó a corregir y corregir y corregir, pero cuando corregís todo es como agarrar una comida que está más o menos hecha y empezás a meter especias para mejorarla y queda cualquier cosa. Ese disco fue de goma, largo. Se empezó a emparchar y emparchar… El comienzo iba a ser tipo Steely Dan (un dúo de una elegancia sonora notable), pero hay trece mil billones de teclados por todos lados. A Charly le agarró lo de “la pared de sonido” (método que utilizaba el productor musical Phil Spector, superponiendo instrumentos hasta conformar una especie de muro sonoro). Adiós Sui Generis (1975), que es en vivo, no se corrigió, sólo se masterizó, y está bárbaro, es diez mil veces más prolijo que Si, que terminó como una pasta pasada…

—Por las sobregrabaciones...

—Sí, me resulta saturado. 

—¿Y qué te sucede con Sinfonías para adolescentes, la placa anterior, con la que Sui Generis había regresado? 

—Sinfonías me gusta más, pese a que tiene algo de desborde, pero cuenta con cosas más artísticas. De alguna manera, fue más arriesgado, pese a que hay muchos covers, y resultó divertido. El comienzo de la grabación fue medio enquilombado, porque Charly tenía una forma de grabar y yo otra, hasta que llegamos a unirlas. Habrán pasado cuatro o cinco sesiones y me empezó a gustar. En cambio, en el otro (Si), el proceso resultó engorroso, eran parches… En Sinfonías, en cambio, no había parches, aunque tampoco me “chifla” demasiado cómo está mezclado. En realidad, en ninguno de aquellos dos discos estaba muy de acuerdo con las mezclas, porque el técnico tenía mucha tendencia a Charly, no a Sui.

—Para vos, entonces, Sui Generis sería el de los inicios, no el del retorno del 2000…

—En aquel regreso, parte de Sinfonías está bien, pero el Sui verdadero es el de los tres primeros discos. Lo otro quedó bajo la influencia de Say No More, así que lo que siguió es y no es Sui. En Sinfonías hay más; en Si, muy poco.

—¿Cómo definirías a cada uno de aquellos primeros tres discos? Es decir, Vida, Confesiones de invierno y Pequeñas anécdotas para las instituciones.

—Los tres me gustan, cada uno a su manera. Con el tiempo, los escucho y, claro, hay una cosa con el sonido a la que uno se tiene que acostumbrar; el primero es súper inocente.

—Entre Vida y el tercero, Pequeñas anécdotas para las instituciones, no pasó mucho tiempo —el primero es de 1972; el otro, de 1974—, pero se nota una gran diferencia en el modo de abordar el sonido.

—En Instituciones cambió... En realidad, el cambio ya se había iniciado con Confesiones de invierno, porque Vida lo habíamos grabado en cuatro canales, era muy básico. En el segundo pasamos a ocho canales y fue otra cosa. Y en el tercero teníamos dieciséis.

—De aquella etapa también es Porsuigieco (la unión de Sui Generis con María Rosa Yorio, Raúl Porchetto y León Gieco)…

—El disco lo grabamos de a poquito, cada semana poníamos algo. Tardamos un año. Nunca coincidimos los cinco en el estudio. Cada uno tenía su carácter. Raúl era el que menos iba. De hecho, cuando hubo que hacer una foto de prensa no fue, así que puse, en un árbol, un cartel que decía “Porchetto”, y así quedó la fotografía. La gira estuvo divertida; era muy familiar, todos nos llevábamos bien. En cuanto a la grabación del álbum, cuando salió de nuevo (se reeditó en 2025, a cincuenta años de su registro), lo fuimos a escuchar juntos, y cuatro de los temas los oímos de la cinta original. Sonaban súper bien, como si estuviésemos tocando ahí; fue muy agradable. Nota aquí.






domingo, junio 07, 2026

Christian Masello

 La vez que recibí un mensaje del Indio desde su “palacio silente”

Cuando el artista tuvo el gesto de prologar un libro de un periodista del diario El Cordillerano.

“Christian, contesta Indio”. Así decía el mail que recibí un día de febrero de 2014. El correo electrónico contenía un archivo adjunto con un texto sobre Enrique Symns firmado por Solari y destinado a usar como prólogo en un libro en el que yo trabajaba.

Admito que, al ver aquello, algunas lágrimas se deslizaron por mi rostro. Pocas personas hicieron de su palabra un templo como él lo hizo. De la hablada, de la cantada y de la escrita. Daba escasas entrevistas. Sus recitales no eran conciertos, sino misas. Y lo que escribía —las letras de sus temas y demás— contenía un halo de misterio que enriquecía la leyenda. Que hubiese aceptado realizar aquel prefacio, simplemente, me resultaba increíble. 

Hoy, ante la noticia de su muerte, nuevamente aparecen aquellas lágrimas. Si bien la frase atribuida al filósofo griego Heráclito, vinculada al fluir de la vida, afirma que nadie se baña dos veces en el mismo río, insisto en que las lágrimas son las mismas. De algún modo, renacieron para volver a morir en un instante. Pero cambiaron su vestimenta. Algo más de doce años atrás, iban ataviadas con un vestido elegante, casi de fiesta, y ahora caen al vacío con ropajes negros, luctuosos. Aquellas eran dulces; estas, saladas.

“Camino del infierno se alcanza a ver el cielo y es bastante…aburrido. Esto parece habernos dicho Enrique todo el tiempo”, así comienza el texto que mandó por mail. El Enrique al que alude, claro, es Symns, periodista y notable escritor que falleció en 2023, creador de la mítica revista Cerdos & Peces y monologuista de varios shows ochentosos de Los Redondos.

El libro, que salió en 2015, se titula Enrique Symns. Dolor, soledad y magia frente a las puertas de la eternidad, y las palabras del Indio, presentadas como un “prefacio epistolar”, fueron enviadas desde —tal como él lo denominó— su “palacio silente”.

En 2022, en tanto, se editó Por qué escuchamos a Leonard Cohen, libro de Marcelo Figueras, también con prólogo del Indio, quien, sobre el final de aquel texto, refiriéndose al poeta y cantante canadiense, escribe: “Influenciado por la melancolía de Cohen, he imaginado muchas veces una manera de irme de esta dimensión, cuando mi tiempo aquí termine”. Y profundiza: “Sería algo así. Estoy jugando póker (cerrado, por supuesto) con amigos, y en un momento me levanto. Abandono la partida en silencio, dejando mis naipes volcados del revés sobre la mesa, sabiendo que mis amigos no osarán darlos vuelta y descubrir mi juego…”. 

Quedate tranquilo, Indio, a nadie se le ocurriría develar lo profanamente sagrado.

Descanse en paz.

Nota aquí.




miércoles, abril 08, 2026

Pedro Aznar

 Una charla profunda con Pedro Aznar: música, literatura, budismo, vinos y mucho más

Pedro Aznar es sinónimo de música. Su vida ha sido delineada por el sonido. Multinstrumentista, vocalista, compositor, productor… También, hacedor de versiones de temas ajenos que, a través de su paleta sonora, transforma en propios. 

Más allá de eso, es un amante de la literatura, y ha incursionado en la poesía escrita (tiene dos poemarios publicados, Pruebas de fuego y Dos pasajes a la noche). 

Por otra parte, ha desarrollado un perfil enológico. Primero, con el músico y vitivinicultor Marcelo Pelleriti, sacó Abremundos; luego, con el ingeniero agrónomo Franc Evangelista, Akasha, una colección de vinos que, desde Mendoza, incorporan el alma del Mediterráneo.

Y, claro, siempre será un Segú Girán. De hecho, con David Lebón homenajearon al grupo en el Quilmes Rock de 2025, año en que también lo hicieron en el Festival Cordillera de Bogotá, Colombia. En marzo de 2026, en tanto, se presentaron en Santiago de Chile, y están próximos a encarar una serie de shows en el Movistar Arena porteño.

Pero, mientras llega el momento de brindar honores nuevamente a un tiempo que nunca fue pasado, porque la gente lo ha mantenido en el presente, Pedro está desplegando, en diversas ciudades argentinas, Una noche entre amigos, un espectáculo donde las canciones de otros artistas son traídas al escenario con su voz, además de temas propios, claro, en una amalgama que incluye anécdotas y confidencias. Con esa propuesta, se presentará en Bariloche, el 18 de abril, en el gimnasio María Auxiliadora, Beschtedt 754.

“Para mí, salir de gira es un hábito saludable. Me renueva, me cambia el horizonte, me hace encontrar con un montón de cariño llevando la música sobre el escenario. Lo hago desde los dieciséis años, así que si no lo tuviera sentiría que me falta algo esencial”, dice Pedro.

—Estás por actuar nuevamente en la Patagonia, y en la región hay una arteria que lleva tu nombre. ¿Qué sentís al haberte transformado en calle?

—¡Sí, en Plottier! Es un placer enorme, algo totalmente impensado. No lo imaginaba ni en mis sueños más locos, pero me dio un gran gusto, fue un mimo hermoso que me hicieron. La verdad que me siento muy honrado.

—Comenzaste a actuar desde muy joven. Primero, con Madre atómica; luego, con Alas. ¿Cómo fue tu ingreso a la música? ¿Cuándo sentiste que ese sería el camino?

—Desde muy chiquito jugaba con los discos y con el tocadiscos. Recuerdo que dibujaba grabadores en la arena —sonríe, y sigue: —Tenía una obsesión hermosa con el asunto... Y después, cuando tenía nueve, me “mandaron” —aunque es una forma de decir, porque, en realidad, fue como que obedecieron un pedido implícito mío— a estudiar guitarra. Y llegué a las hermosas y muy felizmente pedagógicas manos de mi primera profesora, que me hizo sentir que hacer música era un hermoso juego, que estudiar no era una obligación ni una cosa que pesara.

—¿Recordás su nombre?

—Sí, Elva Vignaldo. Volví de mi primera clase fascinado, y luego iba con muchísimo gusto. Esa profesora fue como un sello para mí, creo que me abrió la concepción de que estudiar podía ser verdaderamente placentero, y es algo que después quedó para toda mi vida, porque seguí estudiando música a lo largo del tiempo, y mi idea de aprender el oficio, mi trabajo, aquello a lo que me dedico y amo, es de una apertura constante. Así surge la intención de estar siempre listo para innovar, hacer cosas distintas, desafiarme a mí mismo, aprender algo nuevo y aplicarlo a la obra.

 —¿Cuál era la banda de sonido de tu infancia? O sea, si pensás en tu niñez, ¿qué escuchás en tu cabeza?

—Predominantemente, los Beatles, que eran mi centro musical. Amaba la música que hacían, tanto como la sigo amando hoy. También escuchaba a los Rolling Stones, blues, bossa nova, alguito de jazz, algo de música clásica, y ya en mi pubertad/adolescencia empecé a explorar a Astor Piazzolla, Egberto Gismonti, la música de los compositores impresionistas, como Maurice Ravel y Claude Debussy… Esa era un poco mi dieta musical. Nota aquí.






jueves, octubre 30, 2025

Christian Masello

 Maradona y su conexión con el sur: Diego también es Bariloche

Sentimientos que afloran a sesenta y cinco años del nacimiento del Diez.

Diego Armando Maradona nació hace sesenta y cinco años. Porque no le pegaba a la pelotita, sino que la acariciaba y conseguía magia con ella, su nombre trascendió de una manera insospechada. Se transformó en ícono, en emblema, en una de las personas más conocidas del mundo.

Aquella frase de remera: “Algún día tus hijos y los hijos de tus hijos te preguntarán por él”, evocándola con una estampa de Diego, parece ser cierta. Yo todavía no tengo nietos, pero mi hijo, cada tanto, me consulta por Maradona. Para colmo, en la biblioteca hogareña, hay una foto en la que estoy con el Diez, tomada una noche inolvidable, hace veintitantos años. Aquel registro fotográfico marca su “presencia” en la casa, reflejo de lo que mi memoria atesora. La vez de la captura de la imagen, lo entrevisté. Más allá del tiempo que me concedió, de las características que envolvieron al reportaje y demás (materia de, seguramente, otra nota futura), recuerdo a un joven que, en aquel lugar (un boliche), le expresó su admiración, lo saludó y, cuando ya se iba, volvió sobre sus pasos para preguntarle con timidez: “Diego, ¿me dejás tocarte la zurda?”. Maradona lo observó, sonrió, soltó una ocurrencia jocosa (“Me comprometés, pibe”) y se levantó un poco el pantalón, para dejar al descubierto el tobillo zurdo. El muchacho se agachó, estiró su mano, cerró los ojos y dijo: “Gracias”. Luego partió, con el rostro extasiado, como si hubiese tocado a un santo.

Al recordar aquel momento, esbozo en la mente mi conversación con el Diez también como si hubiese hablado no con Dios, pero sí con un dios. Un dios terrenal. Un dios que se cayó y se levantó varias veces. Un dios al que, en ocasiones, ser una deidad le pesó mucho. Un dios que alguna vez aseguró (y nadie lo rebatió) que “la pelota no se mancha”. Un dios con pies de barro, es cierto, pero, en su caso, ese barro, además de la debilidad de sus flaquezas, significaba apego al origen, al barro de los potreros donde se crio, en Villa Fiorito, en la zona sur del área metropolitana de Buenos Aires.

Y ahí aparece un factor relevante, el sur. Diego siempre fue sur. Lo es aún hoy, muerto… o casi muerto, porque un dios, en realidad, no puede morir, pese a lo que diga un acta de defunción en la que, a muchos, se nos dificulta creer. Por eso, Maradona por siempre será sur, en su inmortalidad mitológica.

Entonces, es el sur de Fiorito. También, claro, el de La Boca y el de Nápoles, con los clubs de las camisetas por las que más se lo recuerda, además de la albiceleste, perteneciente a la selección de este país ubicado al sur del sur del mundo.

Y Bariloche también es sur. Nota aquí.




viernes, septiembre 12, 2025

Zorrito Von Quintiero

 Una noche con el : “¿Querían nieve y rock? ¡Acá estoy!”

Viernes en Bariloche. Nené Bar. Once y pico de la noche. Fabián “Zorro” Quintiero (al apellido puede antecederse también un “Von” con cierta resonancia aristocrática, made in una ocurrencia de Miguel Savaleta), bajo en mano, se mete entre el público. La banda a pleno —él incluido, porque ahí, en medio de la gente, no deja de tocar el instrumento— hace Los viejos vinagres, de Sumo. Todos saltan. El Zorrito ríe, arenga, disfruta al ver que las personas sienten el pulsar de la música. Se escucha al vocalista del grupo, Ike Parodi —impecable—, cantar aquello de “juventud, divino tesoro”. Y el Zorro, en medio de esa alegría rockera y nocturna que cae como un bálsamo en la ciudad, parece alguien que anda por los cuarenta y tantos. Sin embargo, él mismo, al contar que vino a esta parte de la Patagonia de viaje de egresados en 1983, expone que se encuentra próximo a los sesenta. Parece un error. El tipo realmente aparenta menos edad. Una de dos, piensa el cronista, o hizo un trato con el diablo o los buenos rockeros no envejecen. Lo de andar metiéndose con Satán parece poco creíble. Será, entonces, que el rock, cuando se lleva con elegancia, puede contrarrestar el estereotipo del músico “quemado”.

Y, así como revela que la localidad lo recibió hace algo más de cuatro décadas en su experiencia de fin de curso, también reconoce que, en esta ocasión, la visita es “un viaje de regresados”. No suena errado… El Zorrito parece estar de vuelta de todo, más allá de que aún se mantenga en el camino.

Su nombre, según la etapa vivencial, aparece ligado, por ejemplo, a Suéter, Soda Stereo, Charly García, Los Ratones Paranoicos…

Esos enlaces no son mera casualidad. El Zorrito posee un aura particular. Transmite algo poco usual. Tiene sentido del humor, pero, cuando de tocar se trata, no pierde nunca el ritmo. Es decir, se ríe, pero se toma el asunto en serio.

Y es un gran contador de anécdotas. Durante un mano a mano, quien suscribe, haciendo hincapié en esa característica, le dice que se asemeja a una especie de Guillermo Coppola, pero del ámbito rockero. Al escuchar la comparación, en el rostro se le dibuja una sonrisa y deja constancia de que todo lo que cuenta sucedió.

Por ejemplo, volviendo a lo del viaje de egresados, afirma que, junto a sus compañeros de quinto año, intentó, tras ya haber venido a Bariloche, retornar en el mismo año, y que, para lograrlo, el curso acudió a un programa de Silvio Soldán, donde la suerte, a último momento, dio un volantazo que los hizo quedarse en la banquina.

En Nené, más allá de las anécdotas, lo que sobra es música. Y de la buena.

El lugar es un establecimiento gastronómico, un sitio cuyos tragos tienen buena fama. Así, durante la noche, antes de que Zorrito Von & Los Gustocks (tal el nombre “oficial” de la banda) suba al escenario, el bartender Facundo Russo prepara una bebida tras otra. Y lo mismo sucede mientras el show se desarrolla. También después, con los que se quedan a tomar una copa más. Predominan los pedidos de gin-tonics en diversas variedades, muy de moda en los últimos tiempos. Pero, asimismo, asoman clientes que obligan al uso de la coctelera, por ejemplo, con un tradicional cóctel margarita en las rocas (con el vaso escarchado en sal). Por momentos, Russo, detrás de la barra, parece tener mucho más que dos manos. Los pedidos salen con rapidez, a pesar de la cantidad abrumadora. Nota aquí.






sábado, julio 26, 2025

Christian Masello


 

martes, julio 01, 2025

Joaquín Lera

 Joaquín nos cuenta por Facebook.

Ser uno de los puertos de este libro: “Sabina 23 puertos” …escrito por Christian A. Masello, me alucina.
Lo que conté para este libro, una especie de carta o diario nocturno, me trae recuerdos irrepetibles e inolvidables.
No sé lo que habrá pensado Sabina al leerlo.
Imagino que reírse entre dientes y decirle al silencio:
!Joaquinito, vaya tela!
¡Qué tiempos aquellos!
A mi, al releerlo, me vienen a la memoria retales sorprendentes, algunos mágicos… otros no tanto, pero sin duda todos apasionantes y muy locos, en compañía de mi tocayo y otros grandísimos artistas, rememorando esos años en que todo era un descubrimiento.
Si tenéis oportunidad leerlo.
No por mi, que también, sino por otros compañeros de viaje que forman parte de la tripulación de este barco de papel.
Gente amiga a la que quiero, aprecio, respeto o admiro como; .
Manolo Tena, Víctor Manuel, Ana Belén, Jaime Asúa, Pancho Varona, Antonio García de Diego, Juan Antonio Muriel, Javier Bergia, Luis Eduardo Aute, Pablo Milanés, Luis García Montero, Javier Ruibal, Adriana Varela, Alejandro Romano, Mara Barros, Javier Batanero, Benjamin Prado y otros no menos importantes.
En fin… pasaréis un buen rato.
Me complace dar las gracias a Christian A. Masello por invitarme, por su cariño y amabilidad, y felicitarlo por esta magnífica obra que le costó varios años terminar, recopilando, con delicadeza y mimo, cada una de las historias de los pasajeros que formamos parte de este viaje literario.
Un abrazo de este polizón para cada uno de ellos.
Gracias por el oleaje y los buenos momentos compartidos.



miércoles, enero 03, 2024

Joan Manuel Serrat

 Pongamos que hablo de Serrat…

Hay personas con las que te cruzás a diario y no pasa nada. Absolutamente nada.

Otras, en tanto, con las que quizás hablás unas pocas veces en la vida, modifican tu existencia.

Durante mi infancia, Joan Manuel Serrat fue un long play en un cajón de un mueble ubicado en el garaje del hogar familiar.

No era que el catalán estuviera condenado a una sombra de ostracismo, simplemente sucedía que en la casa no había tocadiscos. Hablamos de un vinilo, y en la época en que quien suscribe era un niño, si bien todavía no eran objetos de colección, ya no resultaba tan común contar con aparatos para reproducirlos. 

Aún los cds aguardaban por su difusión masiva en la Argentina y lo más común era escuchar cassettes (si algún joven cayó desprevenido en este artículo y desconoce el término, se le recomienda buscar un mayor que intente explicarle que existían unas cositas de plástico con cintas magnéticas en su interior que reproducían sonidos…).

En fin, a lo que iba… Serrat, para mí, más allá del respeto que imponía su nombre, porque en mi familia, como en tantas otras, siempre se lo consideró un prócer de carne y hueso –pero lejos del mármol–, era un disco en un cajón.

Y, más allá de que no contaba con un equipo para reproducirlo, cuando husmeaba en el mobiliario, aquella carpeta acartonada con un círculo negro en su interior llamaba mi atención.

En la tapa se lo veía a ese tal Joan Manuel sentado en el piso, con las piernas estiradas, una campera de cuero marrón, polera negra, pantalón beige y botas, encendiendo un cigarrillo.

Yo, en aquel momento, andaría por los diez años. Nota aquí.




sábado, marzo 25, 2023

Christian Masello

El recuerdo de una charla con “el señor de los venenos” y algo más…

Conversé con él una vez, y la charla fue tan intensa que dio lugar a un libro.

Enrique Symns murió el jueves 16 de marzo.

Tenía setenta y siete años.

Su salud estaba más que deteriorada.

Cuando me avisaron que había fallecido, vinieron a mi memoria postales de aquel encuentro.

“Primera imagen de Symns: fuma con la mano derecha afirmada en el marco de la puerta de un bar sin nombre en la fachada. Es un viejo con pinta de cansado, pero no por un esfuerzo físico reciente, no, lo suyo es un agotamiento substancial que viene de años, atribuible tal vez al dolor del mundo que lo come de a poco.”

Así describí en el libro la impresión bautismal.

También detallé: “Y más allá de no estar desalineado, hay cierto nerviosismo en su vestimenta, como si el ropaje no pudiera acomodar la figura que intenta guardar, como si la esencia del ser que resbala en su interior buscara escapar, como si la indumentaria fuera un elemento más de una prisión que acomete a ese ente extraño”.

Ya van varias líneas de este artículo y todavía no expliqué quién fue (es y continuará siendo) Enrique Symns.

Da cierta desazón que no se lo conozca demasiado.

En realidad, Enrique siempre fue un hombre de “círculos”.

Su nombre era una clave para entendidos.

Si alguien lo citaba quería decir que esa persona conocía la bestia que respiraba en Cerdos & Peces, la revista que rompió cualquier tipo de formalismo. O que estaba al tanto de su vínculo de amor/odio con Los Redondos; o que había sido monologuista del grupo de Patricio Rey, así como de tantas otras bandas de rock; o que era autor de varios libros, entre ellos el imprescindible El señor de los venenos.

El Indio, en el prefacio que escribió para aquel texto que parí en un arrebato –como manera de responder a lo que la pluma de Enrique había marcado en mí–, delineó: “Me atrevo a decir a decir que, sin darse cuenta, ha trabajado para su nombre sin la esperanza de que algún día su nombre trabaje para él”.

Eso viene a cuenta de aquello de los “círculos”. Symns hizo todo lo posible por ser “el as del Club París” (Indio dixit), el del lustre más negro en el bar (o los bares), lo cual colaboró a que no lograra trascender ese ámbito. Escarbó en la basura en busca de “la” rosa que se haya perdida en ella. Pero costó que la belleza de esa flor extraviada en la oscuridad, a pesar de que él supo encontrarla, pudiera ser apreciada por una cantidad de gente que le proporcionara el dinero suficiente para no tener que recurrir, en algún momento, a un colchón de cemento. Porque Enrique supo lo que es dormir en la calle. También conoció hoteluchos de la peor de las famas (si llegaban a tener aunque sea mala fama…) y se hizo experto en pensiones carentes de estrellas. Igualmente, hay que aclarar que hubo momentos donde la plata llegó… pero en sus manos –y nariz– se esfumaba. Nota aquí.




miércoles, noviembre 23, 2022

Christian Masello

 Dicen que Pablo Milanés murió…

cen que Pablo Milanés falleció en Madrid.

Tenía setenta y nueve años.

Cualquiera que haya contado con la posibilidad de escucharlo en vivo sabe cómo es la voz de un dios de ébano.

Entre las cosas que tiene esto del periodismo, está lo de conocer a gente que uno cree inalcanzable.

El asunto es en especial grato cuando hablamos de artistas.

Porque con aquellos que siempre nos sentimos cercanos a partir de su obra existe una conexión desde antes de empezar a conversar.

Puede ser que, en alguna ocasión, alguno se distancie de la idea que teníamos sobre él y la impresión no sea del todo buena, pero, en general, me ha ido bien.

Aunque solemos no percatarnos, son humanos y pueden tener días mejores que otros, pero cuando me ha tocado dialogar con alguien a quien admiro, casi siempre, al terminar la entrevista, tuve una sensación de lealtad conmigo mismo, en el sentido de decir: “No me equivoqué cuando comencé a escucharlo, o a leerlo, o…”.

Es decir, oír de cerca la voz de quien supo deleitarnos el alma nos traslada al momento en que descubrimos sus creaciones y se produjo el encantamiento.

Al haber podido hablar con varias de esas personas, uno va perdiendo el nerviosismo que normalmente tendría en una situación así.

No es que se lo tome como algo normal, se siente un cosquilleo, pero no paralizante.

Sin embargo, aquel sábado 9 de abril de 2011, cuando me encontré con Pablo Milanés, me temblaban las piernas.

Nos reunimos en el bar del hotel porteño donde él paraba.

Parecía un buda de tez morena.

Pronto, la calma que emanaba de su ser me inundó y los nervios se despejaron.

Hablamos de temas diversos.

Por ejemplo, sobre los instantes dedicados a la composición. Mostrando una coincidencia con Joaquín Sabina, Pablo dijo: “Parece que nosotros tenemos una tendencia, cuando estamos felices, a irnos por ahí, divertirnos, y cuando somos infelices nos dedicamos a la pluma y reflejamos lo que espiritualmente sentimos. Creo que por eso la tristeza nos lleva a la creatividad. La verdad es que, en los momentos en que soy feliz, antes que sentarme a escribir y a trabajar, prefiero dar una vuelta”. Nota aquí.


domingo, junio 19, 2022

Jairo

 Jairo recuerda a su esposa, repasa su vida, viaja a una galaxia lejana y se define como “totalmente geminiano”

Jairo cumple setenta y tres años.

La excusa es esa, pero podría ser cualquier otra.

Siempre resulta interesante dialogar con él.

En estas líneas no se descubre nada al decir que se trata de una persona con un talento mayor y una voz única.

Además, es un tipo culto, “en el buen sentido de la palabra”, como diría Antonio Machado, aunque el español se refería al término “bueno”, que Jairo también lo es, claro.

Pero, en lo que hace a la expresión “culto”, la mención alude a una cualidad que se desprende de él casi sin querer.

Lo significativo es que, lo que en otros suena a impostura con una dosis importante de soberbia, en su persona aparece como una forma de ser donde la humildad le es intrínseca.

Así, cada conversación que lo tiene como protagonista deriva en lugares insospechados, donde las historias se van hilvanando y uno termina pidiendo disculpas por haberle robado tanto tiempo… aunque, por dentro, en realidad, se tengan ganas de decir: “No le molesta, maestro, si charlamos un rato más…”.

También es cierto que, con respecto a otros juegos de preguntas y respuestas de tiempo atrás, ahora hay una gran diferencia, aunque no ausencia.

Lo distinto es que Teresa Sainz de los Terreros, esposa del cantante, corpóreamente ya no está, porque falleció en julio de 2021, pero si aquí se dice que eso no se refleja en un vacío es porque Jairo suele hablar en plural y evocar hechos donde, de alguna u otra manera, ella interviene.

“Era una mujer que tenía una personalidad extraordinaria”, describe el artista, a la vez que acota: “Se encuentra muy presente en la casa”.

Jairo cuenta que está escribiendo un libro autobiográfico, y hace unos días le preguntó a Mario, uno de sus hijos, que vive en París, por alguna anécdota de Teresa, algo que el cantante no supiera o no recordara.

Así, Mario le narró una historia de cuando iba a la escuela secundaria en Francia, en tiempos donde la familia vivía en aquel país, y, ante el estreno de un espectáculo del papá (es decir, Jairo), tras el show, la noche se había eternizado en una cena en un restaurante, con una sobremesa que recién les permitió volver al hogar a una hora muy cercana a la que el joven debía ingresar en el colegio.

“¿Cómo vas a ir a la escuela? Si no has dormido…”, soltó Teresa, quien, para que en la institución comprendieran el porqué de la falta de su hijo, escribió una nota dirigida al director, donde, con una prosa muy respetuosa y amable, a modo de justificativo, explicaba: “Nuestro hijo fue a una actuación de su padre, que es cantante. Por la emotividad, el festejo se extendió y regresamos a casa muy tarde”.

Lo substancial fue lo que puso hacia el final, antes de la firma: “Prefiero que duerma en casa a que lo haga en clase”.

“Así era ella”, ríe con afecto Jairo, que, precisamente, señala que su esposa solía decir “que la época más feliz de su vida fue la que vivió en Francia”.

“Creo que eso está directamente relacionado con la crianza de los chicos, porque cuando nos fuimos a vivir a París, mis hijos eran pequeños, estaban en la escuela primaria, en la edad de formación. Mi actividad era muy vertiginosa, viajaba mucho, y quien se ocupó de los niños, de orientarlos, de estar con ellos, en otro país, donde se hablaba un idioma distinto, fue ella, y me parece que eso, en el fondo, le dio una satisfacción muy grande como persona, como mujer, como mamá. Por eso ella lo relaciona con la mejor época de su vida”, reflexiona el artista, con ese “relaciona” en presente que se cuela para demostrar que los tiempos verbales no nacieron solo para definir lo que la realidad porfía en acreditar, sino, también, como forma indicativa de expresar los latidos en el pecho cuando se nombra a alguien. Nota aquí.




martes, febrero 08, 2022

Christian Masello

 El recuerdo de un encuentro con Spinetta

Se cumple una década del fallecimiento de Luis Alberto Spinetta.

El Flaco se fue a poco más de un año de la muerte de mi viejo.

Quizá porque se llamaban igual –Luis Alberto–, tal vez por la causa de la muerte –cáncer–, quién sabe bien por qué, si por esas razones u otro motivo enredado en algún vericueto mental, el asunto es que, en mi cabeza, cuando evocó a Spinetta, suele aparecer también la imagen de mi papá.

Mi viejo no era seguidor del Flaco, ni nada por el estilo.

Creo que para él, Spinetta siempre fue sinónimo del primer Almendra, el de Muchacha ojos de papel, y ahí se había quedado con respecto al músico.

Yo, en tanto, me inicié en el derrotero spinetteano en épocas de Los Socios del Desierto, en Bariloche.

Spinetta aterrizó en la ciudad cuando todavía no había salido el disco doble de esa formación.

Era una época en que se había puesto muy duro en cuanto a las condiciones que buscaba para publicar su obra.

Finalmente, arreglaría con Sony, y el álbum se publicaría en 1997.

Pero estábamos en 1995, y todavía faltaba para aquello.

Spinetta se presentó con dos shows, uno íntimo, en la biblioteca Sarmiento, y otro eléctrico, en Bomberos.

Concurrí al primero, el jueves 10 de agosto, bajo el mismo techo del salón que atesora infinitos libros. Nota aquí.




viernes, agosto 27, 2021

Adriana Varela

 Christian nos cuenta por Facebook.

Se cumplen veintisiete años del fallecimiento del Polaco Goyeneche.
Aquí, una charla que, el año pasado, para esta fecha, mantuve con Adriana Varela, musa de los elegidos:

Con los graves de Dios, Adriana Varela recuerda al “Polaco” a 26 años de su muerte

A veintiséis años del fallecimiento de Roberto “Polaco” Goyeneche, Adriana Varela, en una charla íntima, recuerda al dueño de la garganta con arena más sensible.

El Cordillerano: – ¿Cómo fue aquel 27 de agosto de 1994?
Adriana Varela: – Iba todos los días al Anchorena… Me vine a dormir una siesta, porque estaba muy cansada, y mi hija, que era muy chica, me avisó: “Mamá, se murió el Polaco”. “La puta que lo parió”, dije… Yo sabía que iba a pasar, pero me dio bronca… Recuerdo el velorio, pegada a Luisa, su señora, con la que tenemos un gran afecto. Mi mamá es muy amiga suya, hablan todas las noches.

E.C.: – ¿Ibas al sanatorio a diario?
A.V.: – Sí, estaba ahí, pero no lo veía. Le pregunté a Luisa: “¿Querés que entre?”. Me contestó: “¿Vos creés que el Polaco quiere que lo veas así?”. Y yo le dije: “No”.

E.C.: – Uno se imagina a un hombre muy grande, pero en realidad tenía sesenta y ocho años.
A.V.: – Sí, parecía mucho más; era un hombre de gran delgadez, que había tenido una vida muy intensa… Pero, aparte, creo que estaba bastante hinchado las pelotas de vivir con esas limitaciones físicas.

E.C.: – Lo habías conocido en 1989…
A.V.: – Exactamente.

E.C.: – Fue por un reemplazo en el café Homero.
A.V.: – Sí, el dueño del Homero dijo: “Gracias, Adriana, seguí los días de semana”. Entonces, el Polaco contestó: “Si la piba no viene los fines de semana, yo tampoco vengo”. Era su código de lealtad. Me había elegido, de alguna manera, como ahijada.

E.C.: – Poco antes habías visto la película “Sur”, y él, justamente, te cautivó, sentiste una especie de conexión… Luego, lo conociste. ¿Creés en eso que podríamos llamar coincidencias de la vida?

A.V.: – No solo creo, a mí me habían medio preparado… Cuando todavía no cantaba, más que en mi casa, me dieron una carta astral maravillosa, y el que la hizo me dijo: “Tenés que cantar”. Yo respondí: “¿Pero qué canto?” Empecé en el programa de Badía, y me alquilé la película “Sur”, tampoco sé por qué… Para mí, son cuestiones de sincronicidad… En “Matrix”, Keanu Reeves tenía que atender el teléfono o, si no, perdía; bueno, yo lo atendía. Estaba atenta, porque el astrólogo me lo había anunciado: “Van a aparecer ‘personitas’ que te van a traer señales, y vas a recorrer un camino que no imaginás… no te asustes”. Y así fue, con todo… y con todos. Nota aquí.



jueves, agosto 19, 2021

Pancho Varona

 “Joaquín, al final, nos enterrará a todos”

Hay personas a las que el calificativo de buenas (“en el buen sentido de la palabra”, como trazó, con pluma inmortal, Antonio Machado) les ajusta a la perfección.

Pancho Varona es una de ellas.

Hace casi cuarenta años, subió por primera vez a un escenario con Joaquín Sabina.

Aún lo acompaña.

Ha trabajado con otros artistas de renombre.

Produjo discos de varios músicos.

Incluso, tiene un álbum de 1995 con su nombre en la portada.

Hasta se ha dado el gusto de sacar dos libros, uno titulado “Más de cien verdades”, donde expone influencias y gustos; el otro, “Pociones”, reúne letras de canciones y poemas.

Pero, más allá de todo, siempre ha estado al lado de Sabina.

En las buenas y en las malas.

Conoce todas las aristas de Joaquín.

Compañero fiel, desempeña el rol de escudero, llevando las armas de aquel que, sin título aristocrático de por medio, se muestra “innoblemente” caballero.

Pero, además, en los momentos necesarios, saca a relucir su propia espada, para luchar contra aquellos molinos que, frente a don Joaquín, pretenden ser gigantes. Nota aquí.



jueves, julio 15, 2021

Piti Fernández

 Piti Fernández en un derrotero verbal: Sabina, el Indio, Maradona, la paternidad y los cambios alimenticios.

Juan Germán Fernández.

Quizá, a muchos, el nombre no les suene.

Ahora bien, si decimos Piti, cantante de Las Pastillas del Abuelo, la cosa cambia.

Se forjó en el sendero de la música a fuerza de ganas y talento.

A la hora de escribir canciones, le saca punta a la pluma.

No es casual que le preste atención especial a la lírica.

Entre sus influencias, sobresalen el Indio Solari y Joaquín Sabina, que confluyen en las canciones pastilleras sin quedar expuestos como pastiches vulgares, sino que surgen como pinceladas a modo de mojones sonoros, una forma de decir “acá se sigue el camino que tal y cual abrieron”.

El pibe que buscaba una foto con el Indio, o que Joaquín le regalase una frase al paso para incluir en alguna canción, evolucionó.

Igual, de aquel muchacho queda una sana inocencia… Pero salpicada con algo de sabiduría rutera.

“En un momento, vino la vida y me dijo: 'Hola, ahora tenés que hacerte cargo de mí, ¡full time!'”, expresa.

Ese instante, de “empezar a vivir la propia existencia”, él lo sitúa alrededor de quince años atrás, cuando la experiencia musical comenzaba a ser cosa seria. 

A la sapiencia que despuntaba por aquella época, le ha sumado, además de años, la erudición que otorga ser padre.

Toda esa ilustración vivencial quizá sea el eco de algo que le soltó el Indio, allá lejos y hace tiempo, cuando un Piti adolescente se acercó a una sala de ensayo donde estaba el cantante de la gola ricotera y le lanzó: “¡No cambies nunca!”.

El Indio lo miró, alzó los hombros, como forma de darle a entender que no podía concederle tal deseo, y proyectó verbalmente lo que Piti comprobaría en carne propia: “Los tiempos cambian, y uno cambia con los tiempos”. Nota aquí.



jueves, abril 22, 2021

Christian Masello

 Hoy llegó a Puerto Templario, “ Sabina 23 puertos “, vaya alegrón y sorpresa, gracias Adolfo Esdrújulo por el envío, te debo “ La Brigada “  y Christian Masello, ilusión  enorme permitirme atracar en el puerto 4, ni en mis mejores sueños, gracias compadre.

“ El dorado era un champú, la virtud unos brazos en cruz, el pecado una página web..”

#SiempreSabina

#espiritutemplario