miércoles, agosto 27, 2025

Luis Ramiro


 

Andrés Suárez

 

Eusebio Poncela

 Muere a los 79 años el actor Eusebio Poncela, rostro icónico de ‘Arrebato’ y ‘La ley del deseo’

El intérprete, protagonista de ‘Matador’, ‘Werther’, ‘Martín (Hache)’ y ‘Los gozos y las sombras’, y candidato al Goya por ‘Intacto’, ha fallecido en su casa de El Escorial, víctima de un cáncer.

El actor Eusebio Poncela ha muerto este miércoles a los 79 años. Fuentes de su entorno han confirmado a EL PAÍS que sufría de un cáncer desde hace un año y que ha fallecido en su casa de El Escorial. Rostro icónico de una obra maestra y de culto como Arrebato (1979), de Iván Zulueta, su recuerdo estará ligado al cine de Pedro Almodóvar por Matador (1986) y La ley del deseo (1987). Y con todo, participó en más de un centenar de obras de teatro, series de televisión y otras películas como Martín (Hache), Operación Ogro o Intacto.

Poncela nació en el barrio madrileño de Vallecas en 1945. De su padre recordaba que era un buen hombre, “un socialista que luchó en la guerra en el bando perdedor”. Su infancia estuvo marcada por dos constantes: su afán por ser actor y las habituales expulsiones de colegios (hasta de ocho lo echaron), que con los años él recordaba entre risas.

Logró ser admitido en la Resad, donde estudió Interpretación, y a finales de los setenta ya había logrado ser un rostro conocido, gracias a su belleza y a su fiereza, en el teatro español, gracias a un Romeo y Julieta, con María José Goyanes, y sobre todo, a un Marat-Sade con la compañía de Adolfo Marsillach.

Al cine no llegó hasta la rompedora La semana del asesino (1972), de Eloy de la Iglesia, un filme de terror protagonizado por un trabajador de un matadero cárnico que en una discusión mata accidentalmente de una pedrada a un taxista. Pondela daba vida a vecino de un moderno edificio de apartamentos adyacente a la chabola del protagonista, que descubre sus secretos. “Me parece increíble haber empezado por ahí, ya abriendo brecha y cantando las cuarenta”, contaba Poncela en Icon en 2022. “Eloy era la pera, le guardo mucho cariño, recibió muchos palos. Fue el primero que se enfrentó a la catarata de hostias, porque Iván Zulueta llegó 10 años después y Pedro [Almodóvar] un poco más tarde. La película pudo hacerse porque Vicente Parra, el protagonista, la sacó adelante para poder trabajar. Era un actor carismático y popular, estaba muy dentro del franquismo por su actitud y por sus trabajos, hacía cosas muy edulcoradas. Pero cuando los actores no son auténticos y guardan secretos [Parra era, según algunos compañeros, homosexual], enferman o no hacen bien su oficio. Un actor, para ser bueno, no puede guardar secretos ni llevar falsedades dentro. Entonces este hombre empezó a tener dificultades e hizo La semana del asesino. ¡Con lo que no contaba era con que Eloy iba a ser tan, tan, tan salvaje!“. Nota aquí.




Rafa Pons


Paris Joel

 

Félix Maraña

 SOS

Siempre al rescate Aita Mari,
en los más diversos puertos,
unos vivos y otros muertos,
como ayer rescató en Bari.
Lo suyo no es un safari,
sino acción humanitaria,
gran tarea sanitaria,
sin medios y heroicidad.
El migrante y su verdad
tienen mano solidaria.
Piden a gritos piedad
para el vivo y el ahogado
Y el mundo mira a otro lado,
carente de más piedad.
¿Dónde está la Humanidad
que los principios declaran,
que los países proclaman
Solemne y teóricamente,
qué se hizo aquella gente
si cristianos se declaran.
Una Euskadi solidaria
que se lanza a rescatar
a gentes en alto mar,
tarea noble y diaria,
sin precisar la plegaria
sino medios, carburantes,
y sólidos arbotantes
puertos, lanchas y a bogar,
salvando a los emigrantes.



Emiliano del Río


 

El Roto

 




martes, agosto 26, 2025

Bar Guanabara

 Cafetines de Buenos Aires: empanadas de membrillo y batata, manzanas asadas y flanes en un café de barra de 1961 servido por su dueño

Ubicado en el barrio de San Nicolás, rodeado de sitios con referencias históricas, el lugar donde se levanta hace más de 60 años el Bar Guanabara, antes, había sido una peluquería. En sus comienzos, un mural con la imagen de la bahía de Guanabara cubría toda la pared del local pero hacia 1979 cambió de manos y lo cubrieron. Lo compraron 15 nuevos socios entre los que se encontraba Hipólito Gasamanes, quien, con 92 años, sigue atendiendo esta joya oculta y casi extinta del centro de la ciudad

En el centro porteño, a poco de hurgar en sus calles al contrastar con fotos viejas, se descubren mínimos rincones que sirven de guion museístico para contar la Historia Argentina. Por ejemplo, el solar que ocupa el Bar Guanabara, un café de barra ubicado en Sarmiento 1232.

Una imagen que encontré —navegando por las redes—, de principios del siglo XX, reafirma el concepto. La captura pone en evidencia el período cuando la ciudad comenzaba a dejar atrás su perfil de aldea colonial para convertirse en una metrópoli con aires de capital europea. Y fue, justamente, en el barrio de San Nicolás donde más se observaron los cambios y ambos mundos convivieron por un tiempo.

La fotografía muestra una construcción de una planta, con aberturas y rejas coloniales, rematada con tejas españolas. Como precario cartel publicitario, su frente tiene pintada la leyenda “Tambo y café con leche”. El edificio lindero es el Prince George’s Hall, un palacete de tres plantas que la colectividad británica levantó para sus reuniones sociales. Por entonces, ese salón era considerado el más importante del país para la organización de eventos. En su interior se realizaron conciertos, obras de teatro, banquetes y combates de esgrima. Y en cada fin de año se desarrollaba la ceremonia de entrega de premios a los campeones de la Argentine Association Football League. La entidad precursora de la Asociación del Fútbol Argentino. Por ejemplo, en el sitio viejosestadios.blogspot hallé fotografías del año 1902, cuando se premió al ganador del torneo anual: el Alumni Football Club. Nota aquí.








Iván Noble


 

La Portuaria

 

Marwán

 Un amor de verano de... Marwán: ‘Fuera de temporada’

El cantautor y poeta recuerda una de esas relaciones con fecha de despedida que, tiempo después, da la sensación que no sucedió del todo.

Vivir un amor de verano. ¿Qué podría definirlo? ¿La sensación de plenitud o la inminencia del consabido final? ¿La urgencia por apurar las horas de cada noche juntos, conscientes de que la cuenta atrás está en marcha, o la calma hallada en cada encuentro jadeante sobre el cuerpo de nuestra amante? En nuestro imaginario sentimental siempre han estado estos amores en la cima de la pirámide de los romances. El motivo lo definía exquisitamente bien, en una sola frase, mi amigo Rafa Pons: “Qué pronto se olvida que un flechazo es una herida”. En los amores de verano esa condena se eleva a la máxima potencia. En el mismo disparo que Cupido nos lanza, además del enamoramiento meteórico y las horas deliciosas, está escrita la fatídica fecha de despedida. Septiembre nos lanzará, a ti a tu ciudad, a mí a la mía. El otoño, con sus mandatos, nos expulsará del paraíso.

Así sucedió en mi adolescencia con los amores de verano que viví: tú te quedas en Galicia, yo regreso hacia Madrid, se acabó la fiesta. Éramos tan fugaces que aquello era eterno. Quizá por esa transitoriedad, quizá por su carácter efímero, por la escasez de momentos compartidos, estos amores son verdaderas estrellas fugaces que atraviesan nuestra noche para llenarnos de luz y belleza. Relámpagos que nos dejan después el recuerdo emocionado y esa sensación de dulce dolor de quien ha rozado el milagro y se lo han arrebatado en un momento.

Da la sensación de que los amores de verano son un paréntesis en la existencia, otra vida insertada en medio de esta vida gris, un trallazo de color en 4K, el descanso entre el descanso, la tregua irrepetible. Los amores de verano son incomparables porque un tiempo después da la sensación de que no sucedieron del todo. Su brevedad, el no haber agotado el sentimiento sobre la carne del otro, nos proporciona una sensación de extraña orfandad, de irrealidad, de sueño difuso. Se quedan en la memoria como un borrón extraño, con ese pigmento sepia de las cosas que no se pueden repetir. Pasa igual con todo aquello que se fue para no volver: la infancia, los años de universidad, la emoción de esos primeros libros de aventuras, los recuerdos en el patio, las inolvidables canciones de las cintas de casete de los años ochenta, el primer beso...

Cuando uno piensa en esos amores, con el paso del tiempo, da la impresión de que los hubiera vivido otro diferente. Dejan una marca tan nuclear y, a la vez, desaparecen tan rápido, que uno tiene la sensación diaria de ser ese tipo de las películas que despierta dándose cuenta de que las dos horas de metraje habían sido un sueño. Es como si la vida nos convirtiera de golpe en Clint Eastwood y Meryl Streep en Los puentes de Madison y nos condenara de golpe a ser, a la vez, el protagonista de Memento. Lo has vivido, pero no lo suficiente. Se grabó en tu mente, pero no lo suficiente. No logras recordarlo del todo o quizá no quieres, para que el pasado no pinche en hueso. Tras vivirlos, y tratar de recuperarlos en vano en la memoria, quizá solo quede agradecer por habernos permitido formar parte de la eternidad esas pocas noches. Pero algunos —entre los que me incluyo—, si probamos al amor entre nuestros labios somos incapaces de dejarlo ir fácilmente. Nos convertimos en perros de presa, mordemos y no soltamos. Entramos en la obsesión de convertir esos amores de verano en amores también de invierno.

La obstinación por volver a sentirlo nos lleva por estaciones de trenes, carreteras, peajes y aeropuertos. Somos la resistencia, nos oponemos a lo inexorable, no estamos hechos para renunciar, queremos disecar el momento. Y así lo hice. Hace 25 años acabé yendo, cada pocas semanas, a Galicia, con mis veintipocos, con el corazón en un puño durante toda la semana pidiéndole a Cupido que aún no lo agotara, que nos diera otro encuentro, que me dejara probar de nuevo esas cerezas que el verano me trajo hasta la boca, sabiendo que sería difícil —y quizá irracional— pedir una fruta que en ese momento ya estaría fuera de temporada. Nota aquí.



Marc Antoine Torres & Felipe Benítez Reyes


 

Javier Bergia

 

Manuel de la Calva

 Muere a los 88 años Manuel de la Calva, mitad del Dúo Dinámico y pilar en la historia del pop español

Junto a Ramón Arcusa, que ha anunciado su muerte en la red social X, dio vida a un tándem, pionero de la cultura juvenil y del fenómeno fan, cuya vigencia roza ya las siete décadas.

El cantante y compositor barcelonés Manuel de la Calva, pionero indiscutible en la historia del pop español y mitad desde hace más de seis décadas del histórico Dúo Dinámico, que integraba junto a Ramón Arcusa, ha fallecido este martes a los 88 años de edad víctima de un cáncer. Fue el propio Arcusa el encargado de comunicar en la red social X la pérdida de su eterna pareja artística, al que define como “amigo del alma, más que hermano, compañero de cien aventuras y de mil canciones”. Con el adiós de De la Calva se resquebraja la formación más adelantada, longeva y precoz que ha conocido la música popular española, por más que el tándem centrara el grueso de su actividad durante la década de los sesenta y luego permaneciese fuera de la circulación durante largos periodos. Manuel dejó 766 canciones registradas en los archivos de la SGAE, en cuya sede madrileña de la calle Fernando VI tendrá lugar la capilla ardiente, entre las 11 y las 20 horas de este miércoles.

Manuel y Ramón no eran almas gemelas, sino entes complementarios; un ejemplo perfecto del yin y el yang en términos creativos. El propio De la Calva describía en 2006 a este periodista las enormes diferencias de temperamento entre él y su otra cara musical de la moneda. “Yo soy el extrovertido y el optimista a ultranza; Ramón, el serio, duro y perfeccionista. Pero teníamos algo en común: éramos inteligentes”, resumía. Y así surgió la química entre ambos cuando coincidieron en Barcelona, aún jovencísimos, en el departamento de delineantes de la fábrica de motores Elizalde, S.A.

La anécdota es legendaria, pero verídica: los dos, musiqueros de pro, hicieron buenas migas y se animaron a preparar una interpretación de White Christmas para la fiesta de Navidad de 1958. Los compañeros de la oficina, encandilados con la conjunción de sus voces, les insistieron en que acudiesen de inmediato a La comarca nos visita, el programa entonces más popular en Radio Barcelona. Allí se personaron el 28 de diciembre de aquel mismo 1958 y comunicaron al locutor su recién decidido sobrenombre artístico: The Dynamic Boys. Pero el bueno de Enrique Fernández, que se apañaba muy malamente con el inglés, decidió anunciarles al mundo como El Dúo Dinámico. Había nacido el primer y más fulgurante fenómeno de fans de la historia española, en unos tiempos de grisura en los que, desde luego, a nadie se le habría ocurrido hablar de viralidad. Nota aquí.




Carlos Lage


 

Marta Gómez

 

Diego Capusotto

 "Si tuviera miedo de hacer humor me estaría sacrificando"

A partir de la puesta en la que encarna al criado de una familia en bancarrota empeñada en sostener las apariencias, el humorista habla de todo: la alta sociedad, el peronismo, el humor, el poder, la comunicación política y lo que representa el gobierno de Javier Milei.

Diego Capusotto hace todo para pasar inadvertido. Para poder ser un ciudadano común más, acaso si eso es posible dada la popularidad alcanzada a través de los desopilantes personajes que supo construir con fina sintonía social, cultural y política. Esa búsqueda lo lleva a convocar a Página/12 a un antiguo bar alejado del ruido, de esos donde los colores chillones no forman parte de su decoración y las palabras en inglés brillan por su ausencia en el menú de cafés y minutas, a pocas cuadras de su casa y en un horario de baja concurrencia. Pero comete un error, o dos: la campera inflable naranja elegida para abrigarse llama demasiado la atención y su deseo fantasmagórico resulta imposible de cumplirse a esta altura de su reconocimiento popular. Los saludos, los pedidos de fotos y videos de admiradoras y admiradores de todas las edades, se suceden una y otra vez en la hora y media de charla con Página/12 en la que habla sobre su nueva obra de teatro, la política y la realidad argentina en la era Milei.

Capusotto está de vuelta. Aunque en realidad nunca dejó hacer cosas, abocado en los últimos años a la publicación de un libro de poesía y a un ciclo de charlas por todo el país. Pero el actor retornó a las grandes luminarias con el reciente estreno de Tirria, una obra de teatro de texto que sube a escena de jueves a sábado en el Teatro Metropolitan (Av. Corrientes 1343). La historia, escrita por Lucas Nine y Nancy Giampaolo, gira en torno a los Sobrado Alvear, una familia patricia argentina que en la década del ´50 atraviesa las penurias de un incipiente ocaso económico. Sin intención de revelar a sus pares su realidad, todos los veranos los Sobrado Alvear fingen viajar a Europa pero en realidad se encierran en baúles que juntan polvo en su mansión. Nadie sabe su secreto, salvo Hilario (Capusotto), su leal criado que se ocupa de que esa farsa pueda realizarse a base de discreción y arroz con leche. Dirigida por Carlos Branca, Tirria cuenta con las actuaciones de Andrea y Galo Politti, Rafael Spregelburd, Daniel Berbedes, Juan Arana y Eva Capusotto, hija de Diego.

“Es una familia patricia venida a menos, que funciona como una especie de grupo que quiere aparentar eso que no tienen, lo que en un momento tuvieron y no está más", define Capusotto. "Tirria tiene mucho que ver con las disposiciones en ese momento, y que aún se repiten, de clases sociales acomodadas frente a lo que viene, frente a la posibilidad de perder ese estatus, de algo que contamina eso que quieren ser, pero están derrotadas. Se lo cuenta como un grotesco, por lo cual los personajes terminan siendo casi caricaturescos y hasta casi simpáticos”.

-¿Simpáticos o patéticos?

-El género permite que ese patetismo se traduzca de una manera graciosa. Los autores son fanáticos de las películas de la época del teléfono blanco, solo que ahora ese teléfono se convirtió en un peligro, no en una cosa glamorosa o que forma parte de esa élite, sino en algo donde interviene la posibilidad de ser desenmascarados. Están anclados entre mantener la apariencia y no aguantar más la situación. La obra avanza como comedia a partir del vínculo de la familia con ese criado, que va a hacer todo lo posible para que se siga cumpliendo el mandato de apariencia, para sostener la mentira. Son como grandes vampiros aparentando estar en Europa.

-Un sostenimiento de algo que es muy argentino. La idea de ser más de lo que se es, hasta incluso creernos los “europeos” de América.

-Sí, eso sigue sucediendo. En esa época parecían estar más cercanos a esa idea. Hoy hay una decadencia más estructural, hay más población y más demandante. Esta familia sí tiene una pertenencia, no es el tilingo de barrio que quiere tener más que el vecino. Hay una cuestión de clase social que estuvo muy presente en la Argentina, con esa mirada hacia el afuera, con esto de representar lo europeo, y la pregunta es: ¿frente a quién?. Nota aquí.





Eduardo Sacheri


 

Eladio y los Seres Queridos

 

Joaquín Lera

 LUCIÉRNAGAS

¡Qué maravilla pasear en bicicleta!
Sentirse como un ave pedaleando.
Dar los buenos días a las nubes.
Inhalar ramos de luz con hierbabuena.
¡Qué lindo remar contracorriente!
Tener un delfín en la mirada.
Decirle al horizonte; Dame agua.
Maquillarse con brisa de salmuera.
¡Qué contagiosa ventura ser árbol!
Ayudar a una ardilla a ver la luna.
Columpiarse con hilos de retama.
Meditar entre hojas que sedan.
¡Qué matiz fundirse con la aurora! Escuchar al río su nana milenaria.
Saltar dejando huellas en el aire.
Cobijarse como un topo entre las piedras.
¡Qué misteriosa delicia oler ternura!
Inventar escenas con albricias.
Escenarios temblando de pureza.
Telones que se abren y se besan.
¡Qué trasparente bola de armonía!
¡Qué colmada audiencia de asombros.
¡Qué teatral arcoíris coloreando a la lluvia!
¡Qué afrodisiaco autor enfocando a la belleza!
¡Qué romancero de emociones!
¡Qué traje de amor a la medida!
¡Qué poética latiendo entre flores
deslumbrando a las luciérnagas!


César de Centi


 

Tute


 

lunes, agosto 25, 2025

Rodolfo Serrano

 El horror

Uno intenta —ya ve—
dejar los miedos,
agarrarse con fuerza a la esperanza,
pelearse con dios,
si así lo exige
esta vida de sombras y rutinas.
Visitas un hospital por ese suave
dolor sin importancia.
Y algún médico,
—profesional y muy amable—
te habla en un lenguaje frío, aséptico,
que incorporas después,
y para siempre,
a tu íntimo y doliente diccionario.
Y aprendes a vivir,
pendiente de papeles,
de esas citas temibles
en que vuelves
a ser niño asustado y desvalido
que tiembla cada noche
y tiene miedo
a mirar bajo su cama al acostarse.
Así las cosas,
se olvida uno de versos y poemas
y los viejos amantes se hacen niebla
y se esfuma esa noche tan gloriosa
y tantas noches tristes
que apenas si recuerdas.
Usted me entenderá,
mi viejo amigo.
Comprenderá, seguro, mis palabras.
Estos versos —ay— desesperados,
cuando el futuro
es solamente una pastilla
y el presente es un pájaro sin alas.
Y, luego, al acostarme,
sueño ciudades encantadas,
y subo a viejos trenes
y me encuentro,
en un compartimento misterioso,
a una dama muy bella,
que ojea a Joseph Conrad. Y está triste.
Mientras el tren
corre veloz entre la niebla.
(Y yo soy Kurtz
Entonces, me estremece
el horror, el horror que vive ahora
junto a mi corazón y sus tinieblas).
Foto de Raul Cancio.



Silvina Moreno

 

Daniel Hare


 

Bersuit

 Bersuit en Ferro, canciones para estos tiempos

En un microestadio atestado, la banda repasó un disco emblemático en una lista salpicada de canciones de todas sus épocas. Hubo una sorpresiva participación de Lali Espósito.

Y de pronto, una ovación ensordecedora bajó de todos los rincones del Microestadio de Ferro. Con un elegante pijama rojo, la estrella pop Lali Espósito apareció el viernes a la noche en el show de Bersuit y cantó con la banda una emotiva versión de “El viento trae una copla”, ante la sorpresa del público, que no se esperaba a una invitada de ese calibre. “¡Olé, olé, olé, Lali, Lali!”, corearon los bersuiteros y bersuiteras sin distinciones. “Es un honor para mí”, dijo ella antes de bajarse del escenario mientras se abrazaba con el cantante Dany Suárez, que desbordaba de alegría por lo acontecido. La escena sucedió en la segunda parte del concierto de Bersuit, cuando la banda ya había tocado todas las canciones del emblemático disco Hijos del culo (2001), que está cumpliendo 25 años de existencia.

La celebración no es caprichosa. Hijos del culo es uno de los discos que más satisfacciones le trajo al grupo y que consolidó también su identidad sonora: esa mezcla de cumbia, tango, murga, folklore y, claro, rock argentino. O en todo caso, un rock inclusivo, con una importante cuota de crítica social o espíritu combativo, como se prefiera. Como en el orden del disco, el grupo arrancó con “El gordo motoneta” y “La del toro”, dos clásicos que enseguida desataron la euforia y el pogo. En el Microestadio no cabía un alfiler. Agotaron las dos fechas que pautaron para celebrar el disco. Este sábado repiten en el mismo lugar.

“No hay fracaso más rotundo que haberse venido al mundo para aburrirse y nada más”, cantaron en “La del toro”, como una forma de reafirmar su vocación por la fiesta, el jolgorio y la desfachatez. Porque si algo nunca fue la Bersuit es una banda solemne, aunque a veces se pongan serios. De este modo, ofrecieron un recital de dos horas y media que viajó desde la cumbia “El viejo de arriba” hasta la canción “Vuelos”, dedicada a Abuelas y Madres de Plaza Mayo. No importó que el sonido nunca fuera el adecuado. Si bien mejoró con el correr de las canciones, las condiciones técnicas del lugar no estuvieron a la altura de la celebración. Pero en este caso, el público no paró de disfrutar, bailar y cantar las canciones, todos clásicos, algunos imbatibles.

Como en todo cumpleaños, el concierto estuvo lleno de invitados. “Muchas gracias familia por llenar este lugar”, dijo Suárez después de cantar “Desconexión sideral” junto al Cóndor Sbarbati, otra de las voces líderes. El primer invitado de la noche fue el violinista Javier Casalla, quien sumó sus cuerdas en “Canción de Juan” y se quedó también para “Veneno de humanidad”, que encontró nuevos colores en la voz del patagónico Lisandro Aristimuño. De fondo, en las pantallas gigantes, la niña de la tapa original movía sus ojos, su boca y se reía a carcajadas con ayuda de la inteligencia artificial.

El ritmo de murga se hizo presente por primera vez en la noche con “Toco y me voy”. Las pantallas ahora mostraban imágenes de archivo de Diego Maradona y de Lionel Messi jugando para la Selección Argentina. Desde abajo, un seguidor le alcanzó a los cantantes una bandera que reivindicaba la lucha del Hospital Garrahan, desfinanciado y atacado por el gobierno actual. Otra pancarta que llegó hasta el escenario era una que decía “Justicia por Pablo Grillo”, el fotógrafo herido gravemente por un gendarme mientras cubría una de las tantas marchas de jubilados en el Congreso.

Después de unos cánticos en contra del presidente, Bersuit desplegó su clásico segmento tanguero. Para eso, invitaron al cantor Cucuza Castiello, quien ofreció su voz arrabalera en “Perro amor explota” y en “Porteño de ley” junto al guitarrista, cantante y compositor Tito Verenzuela. Luego de la litoraleña “Grasún”, la visceral “Caroncha” -con Fabricio Rodríguez en armónica- y la cumbia “El viejo de arriba” -con Beto Olguín de Los Pérez García-, llegó el turno de un clásico que suele quedar para el final en la lista, pero que esta vez entró en la primera parte del show: “La bolsa”. “Tenemos la oportunidad de corregir errores porque vamos a volver a votar”, apuntó Dany Suárez después. Nota aquí.



Walas

 

Javier Bergia & Begoña Olavide


 

Verónica Echegui

 Muere a los 42 años la actriz Verónica Echegui, talento ineludible del cine español de las dos últimas décadas

La intérprete, que explotó con ‘Yo soy la Juani’ y ganó el Goya como cortometrajista por ‘Tótem Loba’, falleció ayer en Madrid víctima de un cáncer, provocando una conmoción entre sus compañeros y la industria audiovisual

La actriz Verónica Fernández de Echegaray, más conocida como Verónica Echegui, falleció este domingo a los 42 años en Madrid víctima de un cáncer, según han confirmado fuentes de su entorno a este diario. Nacida en Madrid en 1983, Echegui destacó por su versatilidad, su capacidad para dar vida a personajes complejos y auténticos, y su riesgo escogiendo proyectos. Además de su talento como intérprete, indiscutible, tenía talento para contar historias: en 2022 ganó el Goya al mejor cortometraje de ficción como directora, guionista y coproductora del aterrador Tótem Loba.

Poca gente del cine español sabía de su enfermedad, que su entorno ha llevado con discreción, por la que ha estado hospitalizada en los últimos días, y su fallecimiento ha provocado una conmoción entre sus compañeros y en general en el audiovisual español.

Saltó a la fama con su papel protagonista en Yo soy la Juani (2006), el drama de Bigas Luna que le valió una nominación al Goya a la Mejor Actriz Revelación e inició una de las carreras más prolíficas del cine español reciente. En El patio de mi cárcel (2008), interpretó a una joven presa, una actuación que le mereció una nominación a los Premios Goya. En Katmandú, un espejo en el cielo (2011), dirigida por Icíar Bollaín, encarnó a una maestra catalana que viaja a Nepal para enseñar en una escuela de los barrios más pobres de Katmandú. Por estos dos filmes fue nominada como mejor actriz principal en los Goya. Como directora, se alzó con el galardón a Mejor cortometraje de ficción en 2022 con Tótem loba.

Más recientemente, había participado como actriz en Justicia artificial (2024), un thriller político en el que interpreta a una jueza que descubre una conspiración relacionada con la inteligencia artificial en el sistema judicial. Otras películas destacadas en su filmografía incluyen La gran familia española (2013), Explota Explota (2020) y Objetos (2022). Además, ha trabajado en series como Intimidad (2022) y Los pacientes del doctor García (2023). Nota aquí.



Sueter & Nahuel Pennisi

 

Andrés Suárez, Marwán & Funambulista


 

Bruce Springsteen

 Cincuenta años de ‘Born to Run’: cómo un chico de 25 años peleó contra todo y construyó “el último disco en la Tierra”

Bruce Springsteen tenía un ultimátum: o vendía mucho su próximo álbum o le echaban de la discográfica. Así empezó el camino de sufrimiento y gloria de un trabajo fundamental.

Noviembre de 1975. Última prueba de fuego para Born to Run. El disco, lanzado el 25 de agosto, se está vendiendo muy bien, pero ahora toca exponerlo en directo en el exigente Hammersmith Odeon de Londres. La primera vez que Bruce Springsteen toca en la ciudad donde triunfaron sus ídolos: The Beatles, The Rolling Stones, The Yardbirds, The Who… Pero Bruce está enfadado. Mucho. Nada más entrar en el local para la prueba de sonido, todavía sin público, se ha encontrado octavillas en cada una de las butacas donde se lee: “¡Bruce Springsteen, la próxima gran sensación!”. Un golpe de efecto de su manager, Mike Appel. El aludido, furioso, despedaza todos los pasquines que puede. Al cantante esa publicidad le parece “el beso de la muerte”. “Estoy muy cabreado. Me avergüenza, y ofende a mis fans. No es así cómo funciona. Toca y cállate la boca. Mi negocio es el negocio del espectáculo, no el de contar. No has de contar nada a la gente. Se lo muestras y dejas que decidan por ellos mismos”, relata Springsteen en su autobiografía refiriéndose a las sensaciones de hace medio siglo.

Tardó 30 años en ver en vídeo aquel concierto. Su percepción, por aquellas pretenciosas octavillas, fue de desasosiego, de un recital de regusto amargo; el público y la crítica, sin embargo, vieron la plasmación en directo de un disco enorme producto de un trabajo hercúleo de un chico de 25 años, ocho canciones que en gran medida conforman la personalidad de lo que es Bruce Springsteen hoy. Pero la trayectoria de Born to Run fue todo menos placentera. Para celebrar este medio siglo (el álbum se publicó un 25 de agosto), Springsteen rescató y lanzó el pasado viernes un tema inédito de forma oficial (apareció en ediciones piratas) de aquellas sesiones, Lonely Night in the Park.

“Born to Run marca el inicio del Bruce que todos conocemos. Los dos primeros álbumes eran buenos y apuntaban cosas, pero es en este en el que comprime todo lo que prometía. Se desprende de la influencia de Bob Dylan y toma un camino propio. Es el Springsteen más personal y la base del músico de masas que todavía es”, señala para este reportaje Jorge Otero, líder del grupo asturiano Stormy Mondays y privilegiado que compartió micrófono con Springsteen en 2007 en un club de Nueva Jersey. Otero tocaba con Joe Grushecky y Bruce, amigo de este último, se subió al escenario.

Otero apunta de dónde venía Springsteen antes de Born to Run: de dos discos con buenas críticas, pero escasas ventas, Greetings from Asbury Park, N.J. y The Wild, The Innocent & The E Street Shuffle, ambos de 1973. La discográfica (Columbia Records) le exigía números, dinero, miles de ejemplares volando de las tiendas. Tenía sobre la mesa un ultimátum. “Si el próximo álbum fracasaba, nuestro contrato se acabaría y con toda probabilidad me mandarían de vuelta con la chiquillería de los más recónditos pinares del sur de Jersey”, cuenta el protagonista en sus memorias, tituladas precisamente Born to Run. Nota aquí.





El Roto

 


domingo, agosto 24, 2025

María Ruiz & Chambao

 

Vega


 

Carlos Salem

 A veces fui.

A veces yendo.
Vivir es colarte en el casino
con una corbata prestada,
apostar las pocas fichas
al número que te late
en la garganta.
Y a veces ganar.
Pero irte antes
de conocer el resultado.
A veces soy eclipse si te pienso,
y la luna y el sol hacen lo suyo,
que algunas veces fue lo nuestro.
A veces, todavía.
(Y que se joda el croupier
que maúlla todo el tiempo,
sin creérselo del todo,
su cansina canción
del «no va más»).



Mercedes Sosa & Rubén Rada

 

Iván Ferreiro


 

Félix Maraña

 Dios y la venta ambulante

En un pueblo sevillano,
en un puesto callejero,
recogidos en cestero,
en medio de Montellano,
unas monjas al reclamo
llevan desde Belorado
dulces de andar clandestino.
En este andar peregrino
de las monjas sin clausura,
venta pobre y sin usura,
veo un mundo cervantino.
[En la fotografía, Imanol Bueno Bernaola, poeta vasco, posa con las monjas peregrinas].